La vacuna: ¿solución o decepción?

Por Mario Rosales Betancourt (*)

Imagen ilustrativa: Fernando Zhiminaicela (Pixabay)

La vacuna es una esperanza compartida, pero ya la OMS señaló que a pesar de que comenzó su aplicación en varios países habrá 6 meses más de altos contagios y muertes.

En nuestro país, el anuncio de que iniciará en breve la aplicación de las vacunas provocó (al parejo de otros factores) la grave situación actual, que obligó al regreso del nefasto, pero necesario semáforo rojo, en la Ciudad y el Estado de México.

Hemos oído a muchos decir, con supina ignorancia: «No importa si me enfermo, pues ya existe la vacuna con lo que si me da, se me podrá curar; por ello, no se necesita ya obedecer las medidas de distanciamiento, uso de cubrebocas y demás»; incluso hay quienes desean que se de el contagio de rebaño, idea sólo digna de quienes son y se creen, parte de un rebaño.

Lo primero: la vacuna no es un antiviral, o sea, no es una cura, y por ello no sirve de tratamiento a una persona ya enferma.

Segundo: el tener la vacuna es muy distinto a lograr la vacunación universal o, por lo menos, generalizada, y mientras esto no suceda, seguirán los casos de contagiados y muertos.

Lo tercero: la vacuna sirve para un tipo específico de coronavirus, pero se sabe que es un virus —como el de la influenza— que tiene mutaciones; por ello, será una vacuna, que tendrá que aplicarse periódicamente, (como la de la influenza, que tiene que aplicarse cada año), por lo cual pudiera darse el caso de que se tuviera que aplicar una nueva vacuna cuando aún no termina de aplicarse la primera.

El peor peligro es que en la aplicación de la vacuna, prevalecieran criterios económicos o políticos. En el primer caso, sería terrible que ante esta necesidad, se resolviera conforme a las reglas del mercado, las de la oferta y la demanda, o sea, que quienes tienen más poder adquisitivo tengan prioridad. Pero también sería muy nocivo socialmente que el manejo de la vacuna se haga con propósitos políticos, particularmente electorales, ya que si no se vacuna a todos, la efectividad de la vacuna, solo será relativa

Si a lo anterior sumamos que hay quienes —con criterios absurdos— cuestionan y se oponen a la aplicación de la vacuna, la pandemia se quedará mucho más tiempo entre nosotros.

Es evidente que tanto empresas fabricantes, como gobiernos, están interesados en que la vacuna funcione con efectividad total, y con ello regresemos muy pronto a una vida sin limitaciones y temores (y aun a la que disfrutábamos, sin saberlo, ni ser conscientes de ello, antes de marzo de este año, que termina en forma tan lamentable).

Ojalá sirvan las vacunas, aunque ello dañe el sistema de mercado, al fortalecer monopolios y gobiernos. El daño ocasionado primero en vidas que se perdieron prematuramente, en empleos, en calidad de vida, en seguridad, educación, salud, etc., son irrecuperables; pero si no funcionan las vacunas en el corto plazo, se afectará la gobernanza. La desesperación podría llevar a situaciones caóticas. Por ello, por el momento, hay que cumplir con las reglas de higiene, aunque no sean legalmente obligatorias.

Hay que actuar con responsabilidad, pensando en nosotros mismos y en los demás. Ha sido mucho el tiempo, la incertidumbre, el daño sufrido, el dolor, pero debemos seguir resistiendo, soportando y aprendiendo. No es un año para olvidar, sino para recordarlo mucho, para —en el futuro— actuar mejor.

(*) Profesor titular C con 44 años de antigüedad en FES Acatlán, UNAM. Profesor con 39 años de antigüedad en UAM-Azcapotzalco. Miembro de ANPERT (Asociación Nacional de Periodistas de Radio y Televisión) y de CONAPE (Compañeros Internacionales Periodistas y Editores).

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