El endeudamiento externo que nuestros países latinoamericanos contrajeron en los inicios de los 80 da la pauta al capitalismo y sus metrópolis para introducir el “Ajuste Estructural”, el que se desarrolló como centro y eje de su dicotomía: “o privatización o bancarrota”. Todo ello tuvo como telón de fondo la reunión de Vail, en Colorado, USA, evento en el que se reunieron los banqueros comandados por Rockefeller.

Por Mauricio Castillo Videla
Imagen ilustrativa: Especial
En la primera entrega de esta serie, titulada «Agenda 2030: nuevo orden para América Latina y el mundo», analizamos la historia de la nueva gobernanza.
Vimos que las élites financieras comenzaron a cimentar la Posmodernidad en cuanto concluyó la Segunda Guerra Mundial. Con ese propósito impusieron al mundo instituciones como la Organización de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud, etc.
Hoy, la agenda ambientalista domina parte de la escena global y, por ende, América Latina está bajo su influjo.
El debilitamiento deliberado de América Latina
Todo lo anterior nos va mostrando cómo se ha ido construyendo este esqueleto de poder y rearticulación del mundo moderno por parte de los grandes oligopolios; la base estructural la aportan los Estados Unidos y los ejes articuladores los tenemos en organizaciones como la Trilateral, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (en las cuales se contemplan nuevas funciones para la ONU y la OTAN.
Los cambios estructurales, vale decirlo, se preparan con décadas de anticipación. En la primera entrega del presente trabajo recordamos que, en junio de 1990, el entonces presidente de los Estados Unidos, George Herbert Bush, anunció un “Nuevo Orden Mundial”.
Conforme a lo anterior, Thomas Pickering, entonces embajador de USA ante la ONU, afirmó –el 15 de septiembre de 1991– que el concepto de “Nuevo Orden Mundial” debía ser entendido, en primer lugar, desde la perspectiva de la “seguridad internacional” y, en segundo lugar, como elemento redimensionador de la realidad internacional al interior del consejo de la ONU. Tal concepto, dijo Pickering, “consiste principalmente en basar nuestras actividades relacionadas en materias de seguridad en la forma del Consejo de Seguridad que ahora funciona y opera” (El Mercurio, 15 de septiembre de 1991).
Por su parte, la OTAN pretende asignarse la tarea de “guardia armada internacional”, con el objetivo de resguardar a las “democracias liberales” y, por ende, servir de fuerza militar o ejercito supranacional. Al respecto Carl Vuono, quien como jefe del Estado Mayor del Ejército de USA, declaró el 24 de marzo de 1990 al New York Times que “las prioridades del ejercito serán la lucha contra del narcotráfico y la defensa de los regímenes democráticos de América Latina”.

Mapa: Fundación Konrad Adenauer
La declaración de Vuono no se da de manera inconexa y espontánea; representa una verdadera declaración de principios íntimamente conectada al “nuevo papel” que se le asigna a la OTAN. En ese mismo sentido se pronunció Fukuyama el 2 de mayo de 1991, en durante una gira por Brasil, donde propuso “la unión de todas las democracias liberales en una entidad militar para solucionar los conflictos de todo el planeta”.
El escritor del “Fin de la Historia” y asesor del Departamento de Estado de los Estados Unidos dictó esa fecha una conferencia a la que tituló “La Crisis del Autoritarismo y el Nuevo Orden Internacional”. En ella expuso la necesidad de que el planeta tuviera una fuerza armada multinacional –aunque solo hubiera un polo de poder– con el objetivo supremo de servir de instrumento de disuasión a favor del concepto democrático de Occidente. (Es decir: vamos configurando lo que los pensadores del Iluminismo ya venían teorizando).
Por lo tanto, el concepto de “Nuevo Orden Mundial” no es creación per se de Bush, aunque sí es privativa de USA. El concepto surge del llamado “Proyecto de los 80”, trabajo llevado a cabo durante los años 1975-1976 en USA y cuyo objetivo consistía en evaluar, definir y planificar la acción a seguir en la década de los 80 en aras de implementar un nuevo reordenamiento económico y político funcional a los intereses norteamericanos compartidos por la Trilateral.
Compuesto por diez grupos de trabajo que publicaron 30 volúmenes y fueron dirigidos por la COMISION DE ESTUDIOS DE LA JUNTA DIRECTIVA del CONSEJO DE RELACIONES EXTERIORES (COUNCIL OF FOREIGN RELATIONS), presidido por David Rockefeller, el “Proyecto de los 80” tiene como sus más connotados integrantes a Cyrus Vance, Zbigniev Brzezinski, Michael Blumental, Henry Kissinger y Fred Hirsch.
De estos, Fred Hirsch se desempeñó como director de la revista The Economist, en la que planteó un conjunto de tesis bajo el título “Alternativas al desorden monetario”. Es este escrito, Hirsch nos habla de un “Nuevo Orden Económico Mundial” que debería considerar los siguientes factores:
- Desintegración controlada de la economía mundial; lo que debería traducirse como la implementación de un orden económico homogéneo, indiferenciado en cuanto a las estructuras territoriales específicas, y propulsor de un “orden económico internacional moderado”.
- Creación de un marco capaz de contener la “politización”, esto es, producir “un equilibrio de fuerzas emergentes” fijando “límites precisos a las aspiraciones nacionales”.
Hirsch partió de un precedente importante: el de las “leyes internacionales de amarre” que el NOM ha construido gradualmente. Un ejemplo lo tenemos en el GATT (General Agreement on Tariffs and Trade), denominado en español como “Acuerdo General de Aranceles y Comercio”.
Creado en 1947 (dos años después de que el FMI y el BM iniciaron su existencia formal, el 27 de diciembre de 1945), el GATT conjuntó una serie de leyes internacionales que es estos momentos regulan el 90% del comercio mundial. El GATT fue el precursor de la actual Organización Mundial del Comercio (OMC).
“Guardián del GATT” es el llamado GRUPO DE LOS SIETE formado por Japón, USA, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y Canadá. En 1998 se le sumó Rusia y se le denominó GRUPO DE LOS OCHO o G8.
La relación Norte-Sur se mostró a partir de ese momento de manera fehaciente y sin máscaras. Bajo el alero o imposición del GATT, el Norte impone al Sur leyes internacionales de comercio como las que se traducen en la “apertura total” e irrestricta a las Corporaciones Trasnacionales en los servicios bancarios, de salud, de comunicación e incluso, de turismo.
Y ¿qué pasó con nuestros países, con el tercer mundo? Que Bush, Hirsch, Landau y el mismo Rockefeller lo sometieron a un “AJUSTE ESTRUCTURAL” que forma parte del “actual modelo de desarrollo” (estrategia orientada por el BM y el FMI).
Según se dijo en Costa Rica, entre el 22 y 29 de marzo del año 1992, “El impulso de las políticas de ajuste estructural y el pago de la deuda externa son dos de los pilares básicos del actual modelo de desarrollo. Esta estrategia orientada por el BM y el FMI (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional) busca contener la demanda interna, devaluar las monedas, eliminar las subvenciones estatales a los combustibles, reducir drásticamente el gasto público; en síntesis, disminuir la participación del Estado en la economía”.
Sin embargo, lo que no dijo ni se dice es que los subsidios a la agricultura o al desarrollo industrial en los países del Norte ha llegado a cifras increíbles de 500 billones de dólares al año. Para el GATT, desde luego esto no equivale a una contradicción.
El endeudamiento externo que nuestros países latinoamericanos contrajeron en los inicios de los 80 da la pauta al capitalismo y sus metrópolis para introducir el “Ajuste Estructural”, el que se desarrolló como centro y eje de su dicotomía: “o privatización o bancarrota”. Todo ello tuvo como telón de fondo la reunión de Vail, en Colorado, USA, evento en el que se reunieron los banqueros comandados por Rockefeller.
El “Nuevo Ordenamiento Económico” de Fred Hirsch, el “NOM” de Bush y la poshistoria de Fukuyama dieron pie al “Ajuste Estructural” y, este último, a la deuda externa latinoamericana. (Todo amparado por las oligarquías locales y la clase militar que ayudó a reforzar este ordenamiento en los años 80 y posteriores). América Latina, en consecuencia, fue prácticamente desmantelada.
La pobreza aumentó y desapareció el potencial industrial de la región (que era muy promisorio a principios de la década de 1970). Los países más afectados fueron Brasil, México y Argentina. Todo ocurrió de cara al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), los cuales simplemente atestiguaron cómo la creciente deuda externa provocó un incremento considerable de la pobreza.

Foto: Banco Mundial
El BID y la CEPAL saben perfectamente que, en 1960, la pobreza afectaba a 110 millones de personas en América Latina, lo cual afectaba al 51 % de la población. Ese porcentaje se redujo a 40 % en 1970 y a 35 % en 1980. Pero algo pasó después.
Para 1985, el número absoluto de pobres en América Latina (163 millones de personas) representaban el 40 %; de ellos, al menos 61 millones vivían en extrema pobreza.
El número de pobres alcanzó los 204 millones en 1990 y las carencias se hicieron más acuciantes para los hogares. Las estadísticas mostraban a mitad de la década de 1990 que en 4 de cada 10 hogares latinoamericanos no se consumía el mínimo de calorías necesarias y que, de 12 millones de niños nacidos anualmente, más de 70 mil morían antes de los 12 meses.
La tasa de deserción en la escuela primaria era de 15% (mayor que las de África y Asia); el desempleo y el subempleo afectaba al 44 % y el 68 % de las viviendas no cumplía con los mínimos indispensables.
Historia de la Agenda Ambientalista 2030
Continuando el relato anterior, a principios de los años 90, las grandes corporaciones y los Estados asociados a las mismas a través de las Naciones Unidas, iniciaron según su relato “una reflexión sobre la crítica situación que viven millones de personas en todo el planeta. Las enfermedades, el hambre, la pobreza, la muerte infantil o el analfabetismo, obligan a los líderes mundiales a impulsar una estrategia conjunta para generar un incremento de los indicadores de bienestar en los países en desarrollo.
En este plan, participan desde entonces el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, el Fondo Monetario Internacional, la Fundación Bill y Melinda Gates y la Fundación Ted Turner, entre otras. Y como explica Marín-Aranguren: “Lo que no hay que perder de vista es que en esta oportunidad se conjuga el esfuerzo de los Estados, los Organismos Intergubernamentales (OIG), y las multinacionales”.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) fueron presentados en la Asamblea General de Naciones Unidas entre el 25 y el 27 de septiembre de 2015.
La Agenda 2030, en el documento denominado “Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”, inicia de esa forma una nueva etapa de gobernanza mundial de las etites a través de la Naciones Unidas. Fue adoptada por unanimidad por 193 Estados miembros, recoge 17 ODS, 169 metas y 232 indicadores centrados según ellos “en la persona, el planeta, la prosperidad, la paz y las alianzas, los medios para su implementación y el mecanismo de seguimiento y revisión a escala nacional, regional y global”.
Tiene como fundamento teórico varias iniciativas desarrolladas en el tiempo, especialmente para America Latina, como la “Declaración de Guadalajara”, del año 1991, luego, por el “Congreso de Bariloche”, del año 1995 (V Cumbre Iberoamericana de Bariloche).
Calcularon 10 años para que se desarrollara y lograra el despliegue óptimo a nivel global. Lo cierto es que la Agenda 2030 sigue en proceso, aunque son notorias sus coincidencias con la Cuarta Revolución Industrial que promueve el fundador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab.
Es verificable que todo el andamiaje de la Organización de las Naciones Unidas (por ejemplo, Organización Mundial de la Salud, Organización Internacional del Trabajo, Organización para la Agricultura y la Alimentación, ONU Mujeres y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe) impulsa la Agenda 2030. Y que otros organismos como El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, GAVI (alianza mundial provacunas) y la Unión Europea lo hacen también.
Financiamiento de la Agenda
El financiamiento de la Agenda es multivariado, proviene desde fuentes de capital privado.

Los fondos procedentes de la “filantropía privada “se han hecho cada vez más relevantes en la acción al desarrollo. Como es conocido, las fundaciones más grandes tienen su origen en países desarrollados (por ejemplo, la Fundación Bill y Melinda Gates, el Fondo de Inversión en la Infancia, la Fundación Susan T. Buffet, la Ford o la Ikea); pero hay otras que están localizadas en los países en desarrollo (como la Fundación Carlos Slim, de México; la Tata Trusts Foundation, de India; la Li Ka Shing, de China; o la Vehbi Koç, de Turquía, entre otras). Los recursos movilizados por estas fundaciones han seguido una tendencia alcista en el tiempo, de modo que en 2014 movilizaron cerca de 64 000 millones de dólares.
En el documento “From Billions to Trillions”, elaborado por el Banco Mundial en el 2015, se reconoce la necesidad de movilizar billones de dólares en inversiones de todo tipo: “públicas y privadas, nacionales y mundiales, tanto en capacidad como en capacidad”.
Finalmente para terminar este tema, se expone el desglose de los destinos de fondos para cada ODS y el origen de la financiación mixta de la agenda (corporaciones y estados).
