El triunfo para Morena no será la aprobación de su Plan C ─que se da por descontado─, sino en que sus reformas beneficien realmente a todos los mexicanos

Por Mario Rosales Betancourt
Imagen ilustrativa: Especial
No se coció el arroz, se frio la democracia. La llegada del ciclón autoritario ya es inevitable. Y la culpa mayor es de los ahora partidos de oposición, que hicieron muy mal las cosas cuando eran gobierno y ahora ni juntos pudieron convencer a la ciudadanía. El resultado es que todos vamos a perder, incluso Morena.
Pertenezco a la generación que nació y vivió su niñez durante el régimen priista de Miguel Alemán y López Mateos. A esa generación que de joven se opuso activamente a los gobiernos de Díaz Ordaz y Luis Echeverria; que estuvo en 1968 y en la noche de los halcones.
También estuve en la parte alta del auditorio de Medicina, de la UNAM, escuchando los insultos del presidente Echeverria, gritándonos: «Coro fácil, jóvenes fascistas», entre otras lindenzas. Estuve desde el principio apoyando la corriente crítica de Cuauhtémoc Cárdenas y de Porfirio Muñoz Ledo ─que se debe estar revolcando en la tumba─. Así desde joven, fui un crítico del autoritarismo y un promotor de la democracia.
Ahora, en mi vejez, veo cómo regresaremos, inevitablente, al infierno autocrático, donde un gran Tloatani es y será ─en la realidad─ el único y verdadero poder.
La falsa democracia termina con la verdadera democracia; es falsa porque la verdadera se define por sus resultados, los cuales deben de ser benéficos para el pueblo.
La democracia es, por definición, un gobierno de todos, en beneficio de todos; mucho se ha citado el artículo 39 constitucional, el cual dice, en efecto, que «Todo poder público dimana del pueblo». Pero agrega que «SE INSTITUYE PARA BENEFICIO DE ÉSTE».
Y en nuestro tercero constitucional, se define la democracia como «un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo». Así, no hay democracia, sino dictadura de la mayoría cuando el resultado no es el beneficio de todos.
Es evidente que la mayoría calificada es la de una sola fuerza política. Y es lógico presuponer que si se le utiliza para aprobar la reforma judicial que se propone, la desaparición de organismos autónomos, etcétera, no provocará un mejoramiento económico y social del pueblo, sino que ─en el menos malo de los casos─ desencadenará un empeoramiento de la calidad de vida, tanto de quienes forman parte de sus bases como de quienes simpatizan con la oposición o de quienes ni partido político tienen. Esto significará ─insisto, en el mejor de los casos─ un desperdicio de oportunidades y en ─en el peor─, una crisis de proporciones mayúsculas.
El triunfo para Morena no será que se aprueben sus reformas constitucionales, lo cual se da por descontado. «Por sus frutos los conoceréis», dice la Escritura. Pues bien, el triunfo para Morena se dará solo en caso de que sus políticas se traduzcan en mayor y sostenido crecimiento económico, en más y mejores empleos, en que se terminen la inseguridad y la corrupción, en que exista una mejor calidad de vida (lo que incluye salud, educación, ejercicio de las libertades, eficaz protección a nuestros derechos y bienes); en una justicia pronta y expedita, imparcial y efectiva.
Si eso ocurre, será un éxito, pero si no se traduce en hechos lo que prometen… , el resultado será el ejercicio hegemónico del poder. Y esto será infinitamente peor que un fracaso.
El mesías para unos, el satanás para otros, termina su gobierno no con reconocimientos y críticas, sino despertando amores y odios, igualmente extremos, enfermizos y fanatizados.
Por muchos años, viviremos un sistema presidencialista y oligárquico, como antes, cómo cuando era joven; en una autocracia oligárquica, tapada con piel de democracia. En la dictadura perfecta.
