Proyección política y civilizatoria de una comunidad sin forma en un mundo sin centro

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: Especial
I. UN MUNDO QUE SE REPLIEGA SOBRE SU SOMBRA
La historia vuelve a rugir. Las recientes amenazas de Rusia, las advertencias de Dmitry Medvédev sobre ataques preventivos a Occidente, y el endurecimiento militar en Eurasia no son gestos tácticos, sino síntomas del hundimiento del orden liberal global. Lo que se desploma no es un tratado, sino un mundo: el mundo nacido de la modernidad, del contrato, del positivismo jurídico y de la soberanía abstracta.
Occidente ha dejado de creer en sí mismo. Ya no defiende la verdad, sino la opinión. Su democracia ha dejado de representar, su derecho ha dejado de ser justo, y su cultura ha dejado de edificar. Eurasia, por reacción, no ofrece luz, sino sombra opuesta: orden sin ley natural, fuerza sin caridad, continuidad sin misericordia.
Y en medio de esta pugna —ni nueva ni ya contenible— una presencia sin forma aún perdura, aunque apenas sea nombrada: la Hispanidad.
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II. LA GUERRA QUE NO ES GUERRA: BLOQUES SIN PRINCIPIO
La geopolítica contemporánea, estructurada en bloques en pugna, no se apoya ya en principios, sino en reflejos de supervivencia. Las potencias disputan rutas, recursos, áreas de influencia, pero carecen de una concepción recta del orden.
• El bloque atlántico defiende una libertad sin verdad, un progreso sin naturaleza, y una igualdad que disuelve toda forma. Es tecnocrático en lo político, nihilista en lo cultural y relativista en lo moral.
• El bloque euroasiático, por su parte, erige una soberanía sin medida, una tradición sin alma y un poder que ya no reconoce límites objetivos. Su fuerza no se ordena, su historia no se abre a lo universal.
Ambos se combaten, pero ambos han olvidado el principio. Ninguno conoce el verdadero fin del poder: el bien común enraizado en la ley natural, bajo el reinado de la Verdad que no se muda.
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III. LA HISPANIDAD: UNA FORMA SIN ESTRUCTURA, UN PRINCIPIO SIN PODER
En este escenario, la Hispanidad no aparece como actor político visible. Sus Estados están fragmentados, sus élites son herederas del liberalismo decimonónico, y sus estructuras han sido desfiguradas por revoluciones, globalismos y dependencias ideológicas.
Y sin embargo, existe. No como potencia, sino como presencia silenciosa. Como forma civilizatoria que aún sobrevive dispersa, en la lengua compartida, en la fe popular, en las costumbres jurídicas consuetudinarias, en la visión cristiana de la familia, de la muerte, del trabajo, de la dignidad.
No es una categoría cultural. No es un legado sentimental. Es una Cristiandad concreta, proyectada en la historia bajo el signo de la unidad de fe, lengua, culto y derecho.
La Hispanidad no gobierna, pero aún late.
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IV. NI BLOQUE NI NEUTRALIDAD: UNA POSICIÓN EN EL EXILIO
La Hispanidad no forma parte del bloque liberal: su origen es católico, no ilustrado; es jerárquico, no contractual; es comunitario, no individualista.
Tampoco pertenece al bloque euroasiático: su visión del orden no es despótica, ni atea, ni ciega.
No está alineada. Está desplazada.
No por irrelevancia, sino porque ya no hay estructuras capaces de contenerla. Y sin embargo, su doctrina permanece. Su alma vive. Y allí donde la fe aún es pronunciada en español con reverencia, hay un fragmento de la forma hispánica esperando redención.
La Hispanidad no tiene ejército, pero tiene martirio.
No tiene moneda, pero tiene sacramento.
No tiene representación internacional, pero tiene altar.
Y por eso, aún puede hablar.
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V. EL LLAMADO DE LA RAÍZ: NI JEFATURAS NI SUPLANTACIONES, SINO FIDELIDAD A LA TRADICIÓN
Durante siglos, España fue principio generador de unidad. No como imperio en sentido moderno, sino como origen político-misional de una forma civilizatoria.
Hoy, España atraviesa una crisis profunda. Ha renunciado a su vocación providencial, ha aceptado ser una república moralmente neutral, y ha entregado su memoria a la técnica y al consenso.
Pero no está muerta. En sus pueblos rurales, en sus devociones silenciadas, en sus ancianos fieles, aún pervive el alma cristiana que un día fundó la Hispanidad.
En Hispanoamérica —aunque con otras formas y heridas propias— sucede lo mismo:
Allí donde la modernidad no ha terminado de penetrar del todo, donde las familias aún educan con cruz y Rosario, donde las misas aún son verdaderamente adoradas, allí persiste una llama que no ha sido apagada.
Por tanto, el camino no es debatir quién debe liderar.
La pregunta correcta es: quién ha conservado, quién ha sido fiel, quién puede aún recordar lo que fuimos.
Y la respuesta es doble: España y América, ambas heridas, pero aún vivas, si se dejan juzgar, corregir y renovar desde la única norma que no se equivoca: la Tradición católica.
Porque sólo desde ella se puede discernir lo que permanece de lo que se ha corrompido.
Y sólo desde ella puede reconstruirse un orden no imaginario, sino conforme al ser y al bien.
La Hispanidad no se salvará por proyectos culturales, sino por la restauración de su forma tradicional: doctrinal, política, litúrgica y social.
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VI. HACIA UNA PROYECCIÓN: FIDELIDAD COMO TAREA POLÍTICA
La tarea no es inventar una estructura, sino discernir y custodiar lo que aún vive.
• Formar élites que piensen desde el orden, no desde la ideología.
• Restituir la doctrina política católica hispánica: de Tomás a Suárez, de Vázquez de Mella y de tantos otros .
• Reconectar pueblos fieles: no por tratados, sino por fidelidades compartidas.
• Fortalecer las devociones, los santuarios, las escuelas, las familias: los verdaderos bastiones del orden.
Y sobre todo: reconocer que el alma hispánica no se perdió. Sólo fue enterrada.
Y ahora, el mundo necesita su resurrección.
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VII. CONCLUSIÓN: UNA VOZ POSIBLE EN LA DESORIENTACIÓN DEL MUNDO
La Hispanidad no es alternativa geopolítica. Es forma civilizatoria enraizada en la Tradición.
Y por eso, puede volver a ser luz: no por su fuerza, sino por su fidelidad.
No por su pasado, sino por su verdad.
Entre el nihilismo del Occidente terminal y el cesarismo sin alma del nuevo Oriente, la Hispanidad —si permanece fiel a Cristo Rey— puede volver a hablar.
Y no hablará como antes, desde los tronos, sino desde los pueblos.
Desde los que aún oran. Desde los que aún esperan.
Desde los que aún creen que el orden es posible… porque el Reino ya ha sido sembrado.
La forma vive.
La Tradición juzga.
La Cruz permanece.
