El imperio de lo frívolo

Allí donde debería regir la verdad del ser, impera la dictadura de la apariencia

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: Especial

Vivimos bajo un régimen singular: el de lo frívolo. Lo que antaño se toleraba como defecto pasajero hoy se celebra como norma social. La música sin forma se impone como himno colectivo, las modas dictan leyes universales con más fuerza que cualquier código civil, la política se gana con gestos teatrales y no con razones prudentes. Lo ligero, lo trivial, lo efímero ya no son accidentes de la vida, sino principios rectores de la cultura.

Pero esta frivolidad visible no es la raíz, sino la herida que supura. Detrás del maquillaje, de la cirugía y de la política-espectáculo hay un mismo acto espiritual: el alma que se ha encorvado sobre sí misma, renunciando a la apertura del ser.

San Agustín lo llamó con precisión: incurvatus in se. No es metáfora moral, sino diagnóstico ontológico: el hombre ha dejado de mirar a Dios, a la verdad y al bien común, para girar alrededor de su propio yo. Vive como un planeta sin sol, curvado en su órbita, condenado a su propia sombra. Esa curvatura lo explica todo: la moda que esclaviza, la política que entretiene, la religión que se vuelve espectáculo. ¿No es esto lo que ya experimentamos? El dedo que se desliza en el scroll infinito sin memoria; la foto repetida veinte veces hasta borrar las marcas del rostro; el miedo a sonar «aburrido» y preferir la mentira atractiva; el gobernante que busca un hashtag antes que una ley; el templo convertido en show. Son gestos distintos, pero obedecen a una misma raíz: el yo curvado, adorándose a sí mismo.

La Liturgia de la Apariencia

El imperio de lo frívolo tiene su templo en la imagen. Hombres y mujeres se ofrecen al altar del instante, no para ser, sino para parecer. La cosmética del vacío no es capricho privado: es la manifestación visible de una civilización que ha abdicado de la belleza como participación del ser.

Conviene matizar: el cuidado del cuerpo y la salud son virtudes cuando se ordenan al bien de la vida y del alma. Pero cuando ese cuidado se emancipa de su telos, la virtud degenera en vicio. La templanza se convierte en obsesión, la fortaleza en vanidad atlética, la cirugía en artificio de Narciso. La salud cultivada es virtud; la salud idolatrada es vicio.

La frivolidad sí impone sacrificios: ayunos crueles, operaciones dolorosas, horas de culto al espejo. Es una liturgia sin altar, una religión invertida que exige penitencias, pero no ofrece redención, sino un pseudopoder. El espejo es el crucifijo invertido de la frivolidad: se adora una imagen que es promesa de nada. Y lo que se presenta como libertad es la forma más refinada de esclavitud: la mujer que imagina reinar con su silueta, el hombre que presume músculos esculpidos, no son soberanos, sino tributarios de un mercado que dicta cada temporada qué deben ser.

Mecánicas del Imperio

El imperio de lo frívolo no se limita a colorear la superficie de la vida; ha penetrado en las estructuras mismas del orden social. Allí donde debería regir la verdad del ser, impera la dictadura de la apariencia.

En la educación, el aula ha dejado de ser lugar de contemplación para convertirse en mercado de opiniones. El niño ya no aprende a preguntar «¿qué es?», sino «¿qué me gusta?». Así, la inteligencia se emancipa de la verdad y se somete a la emoción subjetiva. Una generación incapaz de rigor intelectual no es accidente pedagógico, sino producto buscado de un sistema que teme al pensamiento porque solo quiere consumidores.

En la política, la prudencia ha sido sustituida por la teatralidad. La acción de gobierno ya no se mide por la conformidad al bien común, sino por la eficacia del gesto. Los parlamentos se han transformado en teatros de sombras seniles donde se representa una farsa para emocionar a las multitudes y ocultar la ruina del edificio. Allí donde la política debería ordenar, se limita a entretener.

En la cultura, la belleza ha sido abdicada en favor del ruido que se consume con la velocidad de un relámpago. Lo que antes se medía por la verdad y la forma, hoy se somete a la tiranía de la popularidad inmediata. La música generada por algoritmos, las películas recicladas, la moda fabricada en días para morir en semanas: todo responde a la aceleración que devora el silencio, porque el silencio es peligroso: deja hablar al ser.

En la religión, la tentación es aún más trágica: el culto mismo se ve reducido a espectáculo. Allí donde debería escucharse la gravedad del misterio eterno, se ofrece un mercado de emociones efímeras. El altar se convierte en escenario y la liturgia en producto. La fe, que debería arrancar al hombre de la frivolidad, termina imitándola como si la Iglesia debiera competir con el carnaval de las pantallas.

En cada una de estas esferas, la misma lógica se repite: el alma encorvada sobre sí misma se multiplica en estructuras sociales que encorvan a todos. El incurvatus in se ya no es solo un drama interior: es el régimen cultural de nuestra época.

Profecía y Decadencia

Los contrarrevolucionarios lo vieron con claridad. De Maistre advirtió que, al expulsar a Dios, la sociedad caería en el absurdo colectivo. Donoso Cortés afirmó que los pueblos que renuncian a la verdad quedan disponibles para la tiranía. Bonald señaló que la palabra, separada del ser, se disuelve en ruido.

La frivolidad es precisamente eso: un ruido ensordecedor que cubre el silencio del ser. Su poder es aparente; su brillo, ilusorio; su imperio, efímero. Es espuma: se eleva con un soplo, se disuelve en un instante. La frivolidad es pseudopoder: gobierna las superficies, pero jamás conquista la profundidad.

Resistir el Imperio

Resistir no es ensayar un moralismo privado ni refugiarse en nostalgias estéticas: es recuperar el orden del ser en cada ámbito de la vida. En lo personal, la resistencia comienza cuando el hombre redescubre el silencio como espacio ontológico, no como mero descanso. El silencio no es vacío: es condición de la palabra verdadera, porque solo en el silencio se deja hablar al ser.

En la educación, resistir significa devolver a la inteligencia la pregunta primera: «¿qué es?». Allí donde la enseñanza se reduce a opinión, el hombre queda infantilizado, incapaz de ascender al orden del ser. La verdadera pedagogía no halaga la espontaneidad subjetiva: eleva hacia lo universal, hacia el gozo de la verdad.

En la política, la resistencia consiste en recordar que la autoridad no se legitima en la aclamación inmediata, sino en el servicio a la verdad del bien. Allí donde la oratoria se convierte en artificio, el Estado degenera en farsa; allí donde la política se somete al mercado de emociones, la comunidad se disuelve en espectáculo.

En la fe, la batalla es decisiva. El cristianismo no se reduce a emoción, ni la liturgia a entretenimiento. El culto es, por esencia, reconocimiento del orden del ser en su Fuente. Cuando el altar se convierte en escenario, la Iglesia se convierte en espectáculo y los fieles en público. Resistir la frivolidad en la fe significa devolver al culto su solemnidad: no como formalismo estético, sino como epifanía de la gravedad de lo eterno.

Resistir el imperio de lo frívolo es, en última instancia, restituir a cada cosa su sentido ontológico. No se trata de multiplicar prohibiciones, sino de recuperar el Fundamento.

Conclusión: El Incurvatus como Sentencia

El imperio de lo frívolo reina en la superficie, pero se desmorona en la raíz. Lo que parece vitalidad no es más que convulsión de un alma encorvada en sí misma. El incurvatus in se no es un accidente ni un rasgo psicológico: es la condición estructural de una civilización que ha dejado de mirar hacia arriba.

El yo encorvado sobre sí mismo no se abre a la verdad, no se entrega al bien común, no se postra ante Dios. Vive girando en torno a su propia sombra, condenado a la repetición de su vacío. Así nace la política-espectáculo, la educación convertida en mercado de opiniones, la cultura reducida a ruido y la religión adulterada en show. Todo ello es fruto de un mismo encierro: el hombre que ya no se soporta abierto al ser.

No hay en esta clausura un poder real: solo un pseudopoder condenado a desaparecer. Una sociedad incurvada sobre sí misma puede brillar en las pantallas, pero no puede durar en la historia. Puede producir gestos, pero no obras; ruido, pero no palabra; espectáculo, pero no culto. Su fin no será una catástrofe súbita, sino una lenta disolución en la nada.

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