Elon Musk y la religión del no-ser

Netflix, el culto woke y la batalla por el alma de tus hijos

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: +Pinto

I. EL HECHO: MUSK CONTRA NETFLIX

Cuando Elon Musk escribió en X: “Cancel Netflix for the health of your kids”, el mensaje recorrió el mundo en cuestión de horas. No fue un comentario menor: millones de personas comenzaron a cancelar sus suscripciones, los mercados reaccionaron y las acciones de Netflix cayeron.

Durante días, los medios intentaron explicar lo que había pasado. Un empresario tecnócrata, que representa todo lo que la modernidad idolatra —éxito, inteligencia, poder—, acababa de denunciar a uno de los templos de la cultura progresista global.

No se trató solo de un gesto simbólico: fue un golpe real al corazón de la industria del adoctrinamiento audiovisual.

Las cifras lo confirman: Netflix perdió decenas de miles de usuarios en Estados Unidos en apenas 48 horas; el hashtag #CancelNetflix alcanzó millones de menciones; y, lo más importante, la conversación cambió.

Por primera vez, el gigante que se creía intocable fue acusado de algo que no se resuelve con mercadotecnia: corromper la inocencia de los niños.

II. EL IMPACTO: EL DESPERTAR DEL ÍDOLO

Incluso un ingeniero puede tener alma… y eso asusta al siglo XXI.

Elon Musk, el hombre que quiso poblar Marte, miró hacia la Tierra y vio el infierno en el televisor.

Sin buscarlo, se convirtió en símbolo del tecnócrata que, al descubrir las consecuencias morales de su propio mundo, empieza a despertar.

No se trata de glorificarlo. Musk no es guía espiritual, pero ha puesto el dedo en la llaga: la civilización moderna está enferma de imágenes.

Su crítica no nace de la fe, sino de la evidencia: Netflix enferma a las mentes jóvenes, erotiza la infancia, normaliza la confusión, y convierte la perversión en entretenimiento.

Y aunque él no comprenda toda la raíz del problema, su gesto es una grieta providencial.

Porque cuando incluso los hijos de la modernidad empiezan a dudar de ella, es señal de que la mentira está agotándose.

III. EL DIAGNÓSTICO: NETFLIX COMO TEMPLO DEL VACÍO

Netflix no es solo una empresa. Es una religión sin dogma, un templo del vacío decorado con arcoíris.

Cada serie es una homilía de lo efímero; cada historia, una catequesis de la confusión moral.

1. EL CONTENIDO COMO ADOCTRINAMIENTO

Durante los últimos años, Netflix ha convertido su catálogo en un manual ideológico:

– En Sex Education, adolescentes se transforman en predicadores del libertinaje.

– En Cuties, niñas de 11 años son sexualizadas bajo la excusa de la “autonomía”.

– En Big Mouth, la pubertad se retrata como un carnaval de vicios.

– En Dead End: Paranormal Park, la identidad se redefine como espectáculo.

– En CoComelon Lane, la confusión de roles se presenta como ternura inclusiva.

No es casualidad. Es una pedagogía sistemática de la anormalidad, diseñada para destruir la inocencia y sustituir la moral natural por la emoción individualista.

Netflix no produce cultura: produce desarraigo, deseo y duda.

2. LOS DATOS REALES DEL DESGASTE

Desde 2022, Netflix perdió más de un millón de suscriptores en América del Norte.

Su caída no se debe a la competencia, sino al hartazgo moral.

Cada vez más familias cancelan porque ya no soportan la propaganda disfrazada de ficción.

Y aunque los medios lo minimizan, el fenómeno es real: la cancelación se ha convertido en una forma de resistencia.

Cancelar Netflix no es una moda: es un acto de higiene espiritual.

IV. EL WOKISMO: LA HEREJÍA QUE APRENDIÓ A SONREÍR

El wokismo no te grita: te acaricia.

No te impone: te convence con ternura.

Es la vieja herejía gnóstica vestida de empatía, que te dice que el cuerpo no significa nada, que el amor no tiene forma y que la diferencia entre el bien y el mal es solo un prejuicio.

Te enseñan a sentir sin pensar.

Te repiten que juzgar es odiar.

Te dicen que amar es aprobarlo todo.

Pero cuando te quitan el juicio, te quitan el alma.

El wokismo convirtió la pantalla en una escuela del sinsentido.

Y Netflix en su seminario principal.

Ya no se trata de entretener, sino de reeducar: borrar la naturaleza, desdibujar la historia, confundir la inocencia.

V. EL EFECTO EN LAS ALMAS

Los niños crecen viendo caricaturas donde la familia tradicional es ridiculizada, los padres son torpes y los héroes dudan de quiénes son.

Los adolescentes se forman en un mundo donde la vulgaridad es autenticidad, el vicio es liberación y la castidad es represión.

Y los adultos se acostumbran a la neutralidad moral, al sarcasmo constante, al placer sin culpa y a la indiferencia ante el mal.

El resultado no se mide solo en estadísticas: se nota en los ojos vacíos, en la ansiedad, en la depresión juvenil, en la soledad que inunda los hogares.

Netflix no es inocente: es uno de los principales instrumentos de ingeniería psicológica contemporánea.

Ha reemplazado la comunión familiar por la simultaneidad pasiva de la pantalla.

VI. LA RESPUESTA TRADICIONAL: CANCELAR Y RECONSTRUIR

Desde la visión tradicional, cancelar Netflix es un deber moral, porque no se puede cooperar con un sistema que promueve el desorden del alma y la corrupción de la infancia.

No se trata de censura, sino de coherencia.

El católico no puede financiar su propia ruina espiritual.

Cancelarlo no es huir del mundo, sino resistir al mundo que pretende devorar la verdad.

Cada cancelación es un acto de testimonio.

Cada hogar que apaga Netflix reabre un espacio para el silencio, la lectura, la conversación, la oración.

Musk, sin saberlo, tocó una verdad más grande que él: hay que desconectarse del sistema para volver a ser humanos.

Y aunque su motivación no sea la fe, su acción coincide con la más elemental sabiduría cristiana: si la ocasión de pecado entra por los ojos, apaga la pantalla.

VII. CONCLUSIÓN: LA REBELIÓN DEL SER

La guerra que vivimos no es política ni cultural: es una guerra espiritual.

Netflix, el wokismo y el espectáculo no son modas: son la negación del orden divino.

Todo comienza cuando el hombre deja de aceptar que fue creado.

El alma moderna no busca salvarse: busca definirse.

Pero quien se inventa termina perdiéndose.

No venceremos con gritos ni hashtags, sino con claridad y ejemplo.

La claridad empieza cuando apagas la pantalla y levantas la mirada.

Cuando ves, no las luces, sino la Luz que espera en el rostro humano.

La guerra no se gana con clics, sino con reencuentros.

El enemigo no teme nuestras palabras: teme nuestra visión.

Y ver otra vez —ver el ser, ver la verdad, ver a Dios— es la forma más alta de rebeldía.

POSICIÓN FINAL

Por eso, sí: hay que cancelar Netflix.

No por seguir a Musk, sino por seguir la Verdad.

No por moda, sino por salud del alma.

El entretenimiento sin verdad es veneno lento.

El católico que ama la pureza, la familia y el orden natural no puede sostener el altar del enemigo.

Cancela Netflix. Recupera tu alma. Y vuelve a mirar el mundo como lo ve Dios

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