¿Quién pagará el mañana?

Mecanismos de Equidad Intergeneracional en España y lecciones urgentes para México

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: Pexels

El día que Europa confesó su edad

España acaba de anunciar un nuevo recargo en las nóminas: un 0.9 % adicional sobre la base de cotización para alimentar el Fondo de Reserva de la Seguridad Social. Lo llaman el Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI).

En apariencia, es una simple retención contable; en el fondo, es una confesión histórica: Europa envejece y ya no sabe quién pagará el mañana.

El continente entero está inmerso en una febril búsqueda de fórmulas para sostener su sistema de bienestar. El desafío es existencial: nacen menos hijos y se jubilan más personas cada año. Cada país ensaya su propio remedio: fondos soberanos, impuestos solidarios, bonos por natalidad o exenciones familiares. Todos los mecanismos son distintos, pero comparten una misma pregunta de fondo: ¿cómo equilibrar el tiempo entre los que viven y los que vendrán?

México, hasta hace poco fuera de este debate, comienza a seguir la misma curva demográfica: menos nacimientos, más dependencia económica y un menor reemplazo generacional. El llamado invierno demográfico ya no es una amenaza exclusivamente europea; también se avecina en casa.

Pero el problema no es solo contable, es civilizatorio. Cuando una sociedad deja de creer que el futuro merece ser engendrado, el presente se vuelve un ejercicio melancólico de administración del declive. Por eso, este artículo mira hacia Europa —y especialmente a España— para entender la naturaleza de estos mecanismos, evaluar su funcionamiento y extraer lecciones esenciales. Porque no se trata solo de números: se trata de justicia entre generaciones y de preservar el sentido mismo de la continuidad humana.

1. España: El laboratorio del tiempo

El Gobierno español publicó recientemente la ampliación del Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI). A partir de enero de 2026, el gravamen alcanzará el 1.2 % sobre la base de cotización por contingencias comunes (la base inicial es de 0.6 % en 2023, y aumentará progresivamente hasta el 1.2 % en 2029): el 0.75 % lo pagará la empresa y el 0.15 % restante el trabajador (en la versión final, esta distribución será \bm{0.6\%} para la empresa y \bm{0.3\%} para el trabajador en 2029, pero la esencia del reparto es clara).

El objetivo oficial es taxativo: reforzar la “hucha de las pensiones” —el Fondo de Reserva de la Seguridad Social— ante la inminente y masiva jubilación de la generación del baby boom.

Esta medida, contenida en el Real Decreto-ley 2/2023, busca garantizar la sostenibilidad del sistema hasta 2050. En teoría, ese dinero no se destina a los jubilados actuales, sino que se acumula para mitigar el déficit estructural que está por llegar. En la práctica, significa que millones de trabajadores españoles empezarán a financiar hoy un futuro que quizá nunca disfruten directamente.

Junto al MEI, España aplica también una “cuota de solidaridad”, una contribución adicional que grava la parte del salario que excede la base máxima de cotización. Al igual que el MEI, tampoco genera derechos nuevos, sino que solo refuerza el fondo común. El mensaje político y demográfico es meridianamente claro: el tiempo ya no se sostiene por sí mismo.

Y, sin embargo, la política del tiempo no puede reducirse a un cálculo actuarial. El tiempo pertenece antes al orden del ser que al de la contabilidad. Una sociedad que mide el futuro solo en tasas y porcentajes ya ha renunciado a comprenderlo.

2. Qué Son los Mecanismos de Equidad Intergeneracional (MEI)

Los Mecanismos de Equidad Intergeneracional (MEI) son instrumentos económicos, fiscales y jurídicos que buscan distribuir de forma justa entre generaciones los costos derivados del envejecimiento poblacional. Nacieron en Europa para evitar que las próximas cohortes —cada vez menos numerosas y con menos respaldo— carguen solas con las pensiones, la salud y los cuidados de una población envejecida.

En su raíz, son un intento de justicia: un pacto fiscal entre el presente y el futuro. Pero una justicia que olvida su fundamento —el bien común y la continuidad de la vida— degenera pronto en mero equilibrio contable.

Por eso, los MEI son más que una técnica; son un espejo moral donde las naciones se observan y se preguntan si aún creen en su propia continuidad.

3. Europa: lo que funciona y lo que no en políticas de relevo

El laboratorio europeo ofrece valiosas lecciones sobre la implementación de estos mecanismos.

Suecia, con una tasa de fecundidad de \bm{1.66} hijos/mujer, implementó los Fondos AP y el Automatic Balancing Mechanism (ajuste automático de pensiones). Su lección central es que la rigidez técnica previene déficits crónicos.

Alemania, con \bm{1.48} hijos/mujer, ha apostado por el Generationenkapital, un fondo público de inversión con excedentes de seguridad social. Su meta es clara: el dinero debe trabajar por el tiempo; no depender solo de la pirámide poblacional.

Francia, con \bm{1.79} hijos/mujer, conserva la fecundidad más alta de la UE gracias al «Quotient familial» (estructura fiscal que reconoce el número de hijos) y una red nacional de guarderías. Su lección: la política familiar integral (fiscal y social) es el verdadero motor de la natalidad.

Polonia, con \bm{1.21} hijos/mujer, demostró que los subsidios aislados no bastan (Programa 500+ / 800+). Sin vivienda asequible y estabilidad laboral, el incentivo se diluye.

Estonia, con \bm{1.56} hijos/mujer, ofrece permisos parentales al \bm{100\%} del salario y la “prima de velocidad” (bono por segundo hijo rápido). Su lección: el tiempo parental debe ser dignificado y la rapidez del relevo incentivada.

Hungría, con \bm{1.53} hijos/mujer, combina exenciones fiscales permanentes por hijos (ej. madres con cuatro hijos exentas de IRPF) y créditos de vivienda. La fiscalidad profamilia y el apoyo al patrimonio generan repunte demográfico.

Grecia (\bm{1.32}) y Portugal (\bm{1.38}) son ejemplos de países que implementan o experimentan con paquetes de estímulos y subsidios tardíos, mostrando la urgencia de la crisis.

Europa entera se encuentra en una carrera contra el reloj demográfico. Unos invierten en fondos de capitalización; otros, en hijos. Algunos prefieren ajustar las pensiones; otros, revalorizar la maternidad. Todos comparten una conciencia: el futuro cuesta, y alguien tiene que pagarlo.

Pero solo paga quien cree que el futuro vale la pena.

4. Las fallas de la igualdad ciega: un cuestionamiento al MEI español

Los mecanismos de equidad intergeneracional suelen presentarse como instrumentos de justicia neutral, pero no siempre lo son.

El error más grave es tratarlos como impuestos neutrales, aplicables por igual a todos los cotizantes. No es justo cobrar el mismo porcentaje de recargo a una familia que ya está criando hijos —y que, por tanto, está invirtiendo en el porvenir con su tiempo y dinero— que a quien decide no tenerlos. Los padres ya están «pagando el mañana» con una renuncia diaria y un esfuerzo no monetizado. Gravarles exactamente igual al resto equivale a castigarlos fiscalmente por hacer lo correcto para la nación.

Una igualdad puramente aritmética puede ser, en el fondo, la más profunda de las injusticias. Una política fiscal que ignora la diferencia esencial entre quien sostiene la vida y quien solo la consume termina por desarraigar la esperanza.

Por ello, más que un cálculo, el MEI (en cualquier país) debería ser una forma de reconocimiento: un modo de afirmar que la generación que cría no es una carga, sino el verdadero tesoro que mantiene el equilibrio del tiempo.

5. México: El momento de la virtud, no de la necesidad

México aún puede anticiparse. Aunque su mediana de edad es menor que la europea, la tendencia es inequívoca: la natalidad se desploma, la esperanza de vida se alarga, la dependencia económica crece. Entre 1990 y 2025, el número promedio de hijos por mujer bajó de \bm{3.4} a menos de \bm{1.9}. El invierno demográfico mexicano ya está escrito en las estadísticas.

El país necesita una política demográfica integral que devuelva al futuro su espesor humano. Las lecciones de Europa nos obligan a ser audaces:

1. Crear un MEI-MX Familiar-Sensible: Implementar un mecanismo de equidad con exenciones automáticas o créditos fiscales ampliados a la crianza. El recargo intergeneracional debe ser inversamente proporcional al número de hijos a cargo.

2. Establecer un Fondo Soberano Intergeneracional: Un fondo de inversión a largo plazo (al estilo noruego o alemán), con gobernanza técnica y blindado de la política de corto plazo. Que el superávit de hoy trabaje para el déficit de mañana.

3. Reconocer el Cuidado como Cotización: Contabilizar los años dedicados al cuidado de hijos o dependientes como semanas cotizadas para la pensión (siguiendo modelos como el español o el estonio).

4. Incentivar el Arraigo y la Vivienda Familiar: Políticas de suelo, tasas preferentes y créditos hipotecarios ligadas al tamaño familiar, promoviendo la estabilidad y la certeza de largo plazo.

5. Incluir la “Lente Demográfica” en el Presupuesto: Toda política pública —sea de salud, educación o infraestructura— debe evaluarse por su impacto generacional.

6. Promover una Cultura del Relevo: dignificar la maternidad, honrar la vejez y volver a entender a la familia como la célula esencial del futuro de la nación.

Europa actúa por necesidad. México aún puede hacerlo por virtud.

6. Conclusión: el orden del ser

El Mecanismo de Equidad Intergeneracional español no es una simple reforma contable: es un espejo. Refleja la ansiedad de un continente que envejece y la urgencia de reinventar el contrato entre padres e hijos. Los números son fríos, pero el mensaje es ardiente: si no cuidamos a quienes cuidan, si no apoyamos a quienes crían, no habrá nadie que pague el futuro.

La justicia entre generaciones no consiste en repartir cargas de forma aritmética, sino en reconocer el orden del ser: que el tiempo pertenece primero a quienes lo dan con su vida. Cuando la economía se reconcilia con esa verdad, deja de ser mera administración de lo útil para volver a ser —como quería Aristóteles— sabiduría práctica del bien común.

El tiempo, como el dinero, también se invierte. Y las naciones que lo entienden a tiempo son las únicas que realmente perduran.

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