La libertad se gana produciendo mejor

El gran engaño: la fórmula falsa de la prosperidad

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: Pxhere

Subir salarios o reducir jornadas sin elevar la productividad no es justicia.

Es el espejismo moderno de la equidad sin esfuerzo: un aplauso efímero que se paga con el futuro.

I. El aplauso efímero: ¿por qué cada aumento salarial se siente como un robo?

Nuestra época está fascinada por la idea de que la voluntad política puede reemplazar las leyes de la gravedad económica.

Creemos que la prosperidad depende solo de firmar un decreto.

El propósito es noble, pero la premisa esconde una traición silenciosa: un país no se vuelve más justo multiplicando derechos, sino multiplicando valor.

Cuando la productividad se estanca, cada aumento nominal es, en realidad, un préstamo al mañana: un crédito que se cobra con inflación que empobrece, con déficit que hipoteca el futuro o con desempleo que destruye familias.

La justicia social sin eficiencia no es justicia; es una promesa que se paga con la ruina.

Brilla un día en el aplauso político y al siguiente se desploma sobre quienes pretendía ayudar.

II. La verdad incómoda: trabajamos más, pero ¿avanzamos?

El verdadero déficit de la nación no se encuentra en el salario ni en la jornada: habita en el vacío que ocurre entre ambas, en el estancamiento de la productividad.

Durante dos décadas, nuestra eficiencia laboral apenas ha crecido 0.4 % anual, mientras el gasto público y la masa salarial han escalado varias veces más.

Es la gran frustración de nuestra era: trabajamos más horas, pero producimos lo mismo.

¿Qué nos detiene?

Una educación que no prepara para el mundo real.

Una informalidad que impide invertir en talento.

Una maraña de trámites, una inseguridad persistente y una justicia lenta que encarecen el simple acto de ser ordenados.

Confundimos el movimiento con el progreso, el esfuerzo con el fruto.

El resultado es un país que se agota sin avanzar, que camina mucho y llega poco.

III. La trampa del reloj: por qué reducir la jornada hoy es un lujo insostenible

Reducir la jornada laboral es una aspiración legítima del desarrollo humano.

El descanso digno es innegociable.

Pero trabajar menos horas sin generar más valor por hora no es un avance: es una caída.

Es un lujo insostenible, un espejismo que se disuelve en el costo de la vida.

Cada minuto que se resta al horario debe compensarse con un minuto más productivo.

De lo contrario, los costos suben, los precios se disparan y el poder adquisitivo se desploma.

El trabajador gana más dinero en menos tiempo, pero al final del mes compra menos vida.

No hay progreso en el reloj si no hay progreso en el método.

Reducir la jornada sin aumentar la educación práctica y la eficiencia real es como quitarle horas al reloj sin darle cuerda al mecanismo.

Miremos a los países que trabajan menos horas: Alemania, Holanda, Dinamarca.

Ellos no lo lograron por decreto, sino porque cada hora suya produce tres o cuatro veces más valor que la nuestra.

Su descanso es una conquista; nuestro deseo, una ilusión.

IV. El principio olvidado: el orden que nos devuelve el poder

En el corazón de toda economía sana late un principio invisible y poderoso: la subsidiariedad.

No es una palabra doctrinal: es la arquitectura práctica de la libertad.

Significa que el poder central no debe absorber aquello que una instancia inferior puede hacer mejor.

Aplicada a la economía, la subsidiariedad nos devuelve el poder y el orden:

            •         El trabajador: debe ser formado y empoderado con las herramientas para mejorar su propia tarea.

            •         La empresa: debe invertir en innovación, organización y capacitación, no solo en nómina.

            •         El Estado: en vez de imponer la prosperidad por decreto, debe garantizar las condiciones —educación, energía, seguridad y justicia— que permiten crearla.

Sin este orden, la productividad se asfixia en el burocratismo.

Con él, la libertad se vuelve práctica, medible y fecunda.

La subsidiariedad es la forma institucional del sentido común.

V. El nuevo patriotismo: la productividad como acto cívico y moral

La productividad no es una fría obsesión tecnocrática.

Es, en esencia, una virtud cívica.

Significa respeto por el tiempo, amor por el trabajo bien hecho, orden en los procesos y honestidad en los resultados.

Una nación productiva es, ante todo, una nación disciplinada.

Por eso, aumentar la productividad es un mandato que va más allá de los economistas: requiere maestros que enseñen a pensar con método, empresarios que midan resultados, funcionarios que simplifiquen trámites y ciudadanos que valoren el deber tanto como el derecho.

Sin productividad, el salario justo se evapora.

Y sin subsidiariedad, la libertad se disuelve.

La justicia sin esfuerzo no es virtud; la virtud sin resultado, no es justicia.

VI. El desafío del siglo XXI: una campaña nacional por la excelencia

Así como el siglo XX tuvo su campaña de alfabetización, México necesita hoy una cruzada nacional por la productividad.

Una campaña educativa y cultural que enseñe a cada trabajador, empresa y servidor público a mejorar lo que hace, a medir lo que produce y a entender que toda hora vale más cuando se aprovecha mejor.

No se trata de trabajar más tiempo, sino de trabajar con más sentido.

El verdadero patriotismo del siglo XXI no reside en el gasto ni en el decreto, sino en la excelencia del trabajo cotidiano.

Cada minuto de productividad ganada es un acto de independencia económica, una victoria silenciosa de la libertad sobre la dependencia.

VII. Conclusión: la verdadera libertad — un descanso merecido, no un decreto

El descanso justo es una conquista.

La holgazanería, un retroceso.

La reducción de la jornada será una victoria solo cuando el país sea capaz de producir lo mismo —o más— en menos tiempo.

De lo contrario, será una ilusión cara que, irónicamente, pagarán los propios trabajadores.

La libertad verdadera no consiste en trabajar menos, sino en dominar el propio trabajo.

Y eso solo se logra con orden, conocimiento y responsabilidad.

Subir salarios o reducir jornadas no es malo.

Lo malo es hacerlo sin productividad, porque se traiciona el fin que se busca.

Pero cuando la Productividad y la Subsidiariedad se encuentran… el descanso se vuelve merecido; la prosperidad, posible, y la libertad, real.

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