El gobierno de la interdependencia

México ante la nueva arquitectura del poder

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: Gaceta UdeG

El poder contemporáneo ya no conquista territorios: reescribe las reglas de la interdependencia.

Un país se gobierna hoy no sólo por las decisiones que toma, sino por la manera en que se inserta en esa red global de obligaciones y riesgos.

I. EL LABORATORIO ARGENTINO: LA ECONOMÍA COMO FORMA DE INFLUENCIA

En octubre de 2025, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos anunció un paquete combinado de cuarenta mil millones de dólares destinado a estabilizar la economía argentina: una línea de liquidez de veinte mil millones respaldada por Derechos Especiales de Giro del Fondo de Estabilización y un facility privado por otros veinte mil millones.

El propósito oficial fue fortalecer el peso y garantizar la capacidad de pago de deuda; el efecto real fue una reconfiguración del margen político y financiero del país.

Sin imponer reformas explícitas ni condiciones visibles, Washington logró, a través del flujo de dólares y del control de liquidez, un nivel de influencia directa sobre las decisiones internas de Buenos Aires.

Las compras de pesos, la intervención en el mercado y la asistencia financiera actuaron como instrumentos de supervisión estructural: no dictaban políticas, pero sí delimitaban comportamientos.

Los mercados reaccionaron con alivio; la política, con dependencia.

El rescate argentino confirmó el tránsito de la intervención abierta a la condicionalidad técnica, en la que la estabilidad se convierte en una forma de influencia estructural. La lección es clara: el poder ya no se ejerce por presencia, sino por administración del riesgo.

Para México, este episodio constituye un espejo inmediato. No se trata de predecir una copia del modelo argentino, sino de comprender que el mismo lenguaje financiero y regulatorio que redibujó el margen de acción de Argentina es el que define hoy las relaciones de México dentro del T-MEC y del sistema monetario global.

II. LOS MECANISMOS DE LA NUEVA INFLUENCIA

La fuerza contemporánea se ejerce mediante tres herramientas silenciosas: los tratados, las inspecciones y el sistema financiero. Cada una opera como un dispositivo de control que redefine la autonomía nacional.

El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) funciona como un marco de observancia continua.

La revisión sexenal abierta en septiembre de 2025 no evalúa únicamente los beneficios del libre comercio: mide la calidad del cumplimiento.

Cada panel, consulta o cláusula técnica se ha convertido en una auditoría sobre las políticas internas.

El tratado ya no es un acuerdo: es una estructura de rendición constante.

Las inspecciones son hoy la diplomacia del tiempo. La suspensión temporal de verificaciones agrícolas en 2024, por razones de seguridad, demostró que un retraso de días puede equivaler a una sanción velada.

Una demora en la certificación basta para alterar flujos de exportación y credibilidad política. La advertencia se formula sin nota diplomática: se comunica en los puertos.

El sistema financiero internacional constituye la clave de acceso invisible del siglo XXI.

Las órdenes emitidas por FinCEN y OFAC en 2025 consolidaron la noción de cumplimiento extraterritorial: el acceso al dólar equivale al reconocimiento jurídico dentro del sistema global.
El poder ya no se impone: se ejerce a través de la pertenencia y la exclusión.

III. LA COERCIÓN POR VULNERABILIDAD CRÍTICA

Por encima de los mecanismos financieros o regulatorios, existe una dimensión más profunda: la dependencia estructural en energía, seguridad y tecnología.

La coerción por vulnerabilidad crítica se manifiesta cuando la interrupción de suministros energéticos, digitales o logísticos se convierte en instrumento de presión.

El país que no puede garantizar sus recursos básicos no decide: reacciona.

México debe construir una arquitectura de seguridad crítica —energética, alimentaria y cibernética— que respalde toda estrategia exterior. Sin esa base material, la soberanía es retórica.

IV. EL DESAFÍO INTERNO: LA EROSIÓN INSTITUCIONAL Y LA PÉRDIDA DE CONTINUIDAD

El problema mexicano no es sólo económico: es estructural.

En las últimas décadas, el Estado ha visto erosionarse su capacidad técnica, su autoridad moral y su continuidad operativa.

Instituciones que antes garantizaban estabilidad —Banco de México, órganos reguladores, servicio civil, contrapesos administrativos— han sido debilitadas por ciclos políticos que confunden renovación con desmontaje.

Cada gobierno reescribe su aparato de gestión como si empezara de nuevo, sustituyendo experiencia por lealtad y método por narrativa.

El resultado no es ideológico, sino funcional: el Estado pierde memoria.

Y sin memoria no hay política de largo plazo.

Esta erosión institucional tiene un costo geopolítico.

En el nuevo orden internacional, los países ya no se juzgan por su ideología, sino por su capacidad de cumplir lo que firman y sostener lo que inician.

México, debilitado en su estructura civil y saturado de decisiones de corto plazo, corre el riesgo de ser tratado no como un socio previsible, sino como una variable inestable dentro de la región.

Restaurar la función pública, profesionalizar el aparato estatal y devolver credibilidad a las instituciones no es una agenda política: es una estrategia de supervivencia internacional.

La soberanía no se pierde por invasión, sino por desgaste; y su restauración comienza cuando el Estado vuelve a ser confiable para sí mismo.

V. DE LA SOBERANÍA FUNCIONAL A LA COPARTICIPACIÓN ESTRATÉGICA

Defender el margen de maniobra no basta.

México debe pasar de administrar la interdependencia a coparticipar en su diseño.

Esto implica generar valor estructural y establecer condicionalidades propias, transformando los activos nacionales en instrumentos de negociación.

El control sobre minerales críticos, el rol logístico del nearshoring y la infraestructura del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec son palancas de poder legítimo.

El país que aporta soluciones técnicas esenciales se vuelve indispensable.

La independencia moderna no consiste en el aislamiento, sino en la indispensabilidad inteligente.

VI. LIDERAZGO CON FUNDAMENTO MORAL

La técnica ordena; la moral orienta.

La autoridad legítima se mide por su capacidad de dirigir los medios al bien común.

El liderazgo ético y el fundamento moral exigen que la coparticipación estratégica de México se oriente a la búsqueda del Bien Común Regional, promoviendo el principio de que los activos globales deben servir al desarrollo humano, un enfoque que convierte al país en un ancla de equilibrio y solvencia moral.

El liderazgo ético —no la influencia material— puede ser la contribución más valiosa del país. Un Estado que combina solvencia económica, credibilidad institucional y vocación de servicio ejerce poder sin imponerlo.

VII. EL FACTOR HUMANO

Ninguna estructura puede sustituir la virtud.

La profesionalización del Estado debe ir acompañada de liderazgos éticos y formación moral, capaces de anteponer el bien común a cualquier interés ideológico o personal.

La soberanía empieza en la conciencia de quienes gobiernan: sin integridad, no hay independencia real.

VIII. CONCLUSIÓN

Gobernar en la era de la interdependencia no significa resistir ni obedecer, sino proponer con inteligencia.

La independencia ya no se defiende por aislamiento, sino por la capacidad de modelar el orden compartido.

México puede seguir siendo un país administrado o convertirse en un país conductor; todo dependerá de su habilidad para unir fortaleza institucional, seguridad crítica y autoridad moral.
Esa triada es la nueva definición de soberanía.

El poder del futuro no se medirá por la extensión del territorio, sino por la solidez de las instituciones y la claridad del propósito.

México aún puede ser quien proponga el orden, si aprende a gobernar con justicia, continuidad y sentido.

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