Del éxodo campesino al éxodo digital

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: Gaceta CCH
I. El eco de una vieja herida
En 1939, John Steinbeck creyó escribir una novela sobre la pobreza. En realidad escribió una parábola sobre el alma moderna: el instante en que el hombre, expulsado del suelo que lo alimenta, queda suspendido entre la máquina y el hambre.
Las uvas de la ira no es una obra de fe, sino de compasión humana: su autor observa el drama del hombre desde la justicia natural, no desde la luz de la gracia.
Y aunque su mirada carece de la dimensión sobrenatural que otorga sentido pleno al sufrimiento, su descripción conserva el valor objetivo de la verdad natural: el orden herido que, aun sin ser comprendido teológicamente, testimonia la desintegración del vínculo entre el hombre, la creación y su Creador.
El dolor que muestra Steinbeck no necesita ideología para ser reconocido; necesita verdad para ser redimido.
Hoy, casi un siglo después, el mismo drama se repite con otro decorado. Los campos son digitales, las cosechas son datos, y las máquinas no arrancan trigo sino conciencia.
Steinbeck retrató la mecanización del cuerpo; nosotros vivimos la mecanización del espíritu.
Él vio la injusticia económica; nosotros vemos la injusticia ontológica.
Su denuncia nació de un humanismo compasivo; la nuestra brota de una visión del orden natural.
Y sin embargo, ambas convergen en una misma herida: la sustitución del hombre por su instrumento.
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II. La nueva desposesión
En la novela de Steinbeck, la tierra deja de ser herencia y se convierte en propiedad bancaria. Los campesinos, arrancados de sus casas, parten hacia una California que prometía esperanza y solo ofrecía miseria.
El autor describe aquella tierra exhausta con imágenes que parecen eternas:
“El polvo colgaba en el aire como un velo; los campos estaban pálidos y quebrados, y la tierra, cansada, pedía lluvia”.
El tractor, símbolo del progreso, fue también el verdugo que borró la frontera entre la eficiencia y la expulsión.
Hoy asistimos a la segunda fase de esa desposesión: el algoritmo sustituye el juicio; la predicción suplanta la prudencia; la productividad devora la libertad.
Ya no se trata de expulsar al hombre de su tierra, sino de su propia mente.
Los Joad de nuestro tiempo no viajan por carreteras polvorientas rumbo a California: deambulan por las autopistas digitales buscando propósito.
Ya no cargan sacos de maíz, sino de información; ya no buscan pan, sino reconocimiento.
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III. El rostro invisible del poder
Steinbeck intuyó que el verdadero poder no tiene rostro. En su novela, los bancos eran “monstruos que respiran dinero”:
“El banco —decía el capataz— no es un hombre. Es un monstruo. Los hombres lo hicieron, pero no pueden controlarlo”.
Aquella frase, escrita en medio de la Gran Depresión, suena hoy profética.
¿Y qué son las inteligencias artificiales sino el perfeccionamiento de ese mismo poder sin alma?
El algoritmo decide, pero nadie responde. La máquina predice, pero nadie razona.
Las decisiones surgen de una opacidad técnica que se parece demasiado a un misterio religioso invertido: un dogma sin Dios, una fe sin verdad.
Si el capitalismo industrial creó una esclavitud económica, el capitalismo digital amenaza con crear una esclavitud del espíritu: el hombre reducido a variable, la vida transformada en patrón.
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IV. Del hambre al vacío
El hambre de los años treinta era de pan; la del siglo XXI es de sentido.
Los campesinos de Las uvas de la ira sufrían la humillación de la inutilidad física; nosotros sufrimos la de la inutilidad espiritual.
Mientras ellos eran expulsados del campo por el hierro, nosotros somos desplazados de la inteligencia por el silicio.
Y si el pan se reemplaza con créditos, el pensamiento se reemplaza con sugerencias.
La humanidad entera ha entrado en una migración interior: una marcha silenciosa desde la experiencia hacia la simulación.
Steinbeck describió ese éxodo con una precisión casi bíblica:
“Sobre la carretera 66 avanzaban los coches cargados de colchones, ollas, niños dormidos y padres exhaustos que aún esperaban trabajo”.
Hoy, por esas carreteras invisibles del mundo digital, marchan otras familias: profesionales, artistas, trabajadores anónimos, expulsados de su lugar por una nueva economía que ya no necesita su esfuerzo.
La compasión de Steinbeck fue noble, pero incompleta: alivia, no redime.
Su mirada moral, sin luz sobrenatural, muestra la bondad del hombre sin el horizonte de la gracia.
Y sin embargo, su testimonio permanece: el hombre que ha perdido la fe sigue reconociendo la herida del mal.
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V. La falsa redención del algoritmo
Así como los bancos de Steinbeck eran deudores de una lógica sin alma, hoy las grandes corporaciones tecnológicas repiten la misma teología vacía: prometen salvación a través de la eficiencia.
Pero la eficiencia no redime: solo multiplica el vértigo.
La técnica, cuando se emancipa del bien, se convierte en idolatría.
El nuevo becerro de oro brilla en pantallas, no en altares, y sus sacerdotes hablan el lenguaje de la neutralidad.
Bajo esa máscara, la humanidad vuelve a ser mercancía.
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VI. El nuevo vino de la ira
El título de la novela proviene del Battle Hymn of the Republic:
“He is trampling out the vintage where the grapes of wrath are stored…”.
Dios pisa las uvas de la injusticia para extraer el vino de su juicio.
En nuestro siglo, el lagar se ha vuelto digital: fermentan allí las uvas del orgullo técnico y del poder sin medida.
Cada vez que la inteligencia se usa contra el orden natural, comienza a destilarse el vino amargo de la autodestrucción.
Steinbeck, aun sin fe, percibió el principio moral que rige toda civilización: cuando el hombre desfigura el bien, el orden mismo reacciona.
La ira de la que hablaba no era política: era la justicia inmanente que retorna cuando la criatura olvida su Creador.
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VII. El símbolo final
En la última página de Las uvas de la ira, una mujer amamanta a un desconocido moribundo:
“En el granero, la mujer alzó al niño moribundo y lo sostuvo contra su pecho. Había en su gesto una paz antigua, anterior a la palabra”.
Ese instante, que Steinbeck interpreta como compasión humana, resuena —a la luz de la Tradición— como un eco natural de la caridad divina.
Aun sin nombrarlo, el autor sugiere que el bien no se extingue, que hay una corriente moral que sobrevive incluso cuando la fe se ha apagado.
Esa nostalgia del bien es lo que hace que su testimonio siga vivo: el hombre moderno, por más lejos que camine de Dios, todavía conserva sed de Él.
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VIII. ¿Volverán los Joad?
Quizá el ciclo no haya terminado.
Tal vez el tractor y el algoritmo sean solo distintas máscaras del mismo poder que desconoce el alma.
Quizá el hombre, al sustituir sus manos por máquinas y su mente por códigos, esté preparando sin saberlo un nuevo éxodo, tan silencioso como el de aquellos campesinos que partieron hacia California con un sueño de pan y esperanza.
No lo sabemos.
Nadie puede prever qué forma tomará el dolor cuando la inteligencia se divorcie del trabajo, ni qué paisaje dejará el progreso cuando la utilidad lo devore todo.
Pero algo en el corazón humano —esa nostalgia de pertenecer, de tener un lugar en el mundo— parece demasiado fuerte para ser erradicado por completo.
¿Volverán entonces los Joad?
¿Habrá otra caravana de hombres desplazados por su propio ingenio, caminando hacia un horizonte que promete redención y ofrece desierto?
¿O esta vez la humanidad sabrá detenerse antes de repetir la misma historia, antes de transformar la mente en máquina y el alma en dato?
Nadie puede responderlo.
Pero mientras las carreteras digitales sigan llenas de quienes buscan un sentido que la técnica no puede dar, la pregunta seguirá viva, como una brasa bajo las ruinas de la modernidad.

Ya estamos en la época de la sinrazón o confusión, donde al mal lo llamamos bien y viceversa, y apuntamos a la época de los descerebrados o “zombies”, utilizando una palabra que seguro nuestros jóvenes van a entender, donde simplemente dicha distinción ya no importa.
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