México ante el nuevo oro

El desafío de las tierras raras

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: Peggy Greb | Us Department of Agricultura

I. El tablero geopolítico del nuevo siglo

Hay épocas en las que el poder no se mide en ejércitos ni en divisas, sino en elementos invisibles.

Durante el siglo XX fue el petróleo; hoy, en el XXI, son las tierras raras. Diecisiete elementos discretos —lantano, neodimio, praseodimio, europio, terbio, disprosio y otros— sostienen las turbinas eólicas, los satélites, los motores de los autos eléctricos, los aviones furtivos y los sistemas de guiado de misiles. Son la médula tecnológica del mundo moderno, el recurso que decide quién tiene industria, energía y soberanía.

China, dueña de alrededor del 70 % de la producción y casi todo el refinado mundial, ha convertido ese dominio en un instrumento de poder político. Con una sola frase —“restringiremos exportaciones”— puede desatar pánico en Silicon Valley o en el Pentágono.

La escena recuerda a 1973: cuando la OPEP cerró la llave del petróleo. Occidente comprendió que la dependencia energética era también dependencia política. Hoy se repite la historia, pero con un mineral en lugar de crudo, y con el dragón en lugar del desierto.

II. El despertar de las potencias

Estados Unidos ha reaccionado con la velocidad del que despierta tarde. Su gobierno ha destinado cientos de millones de dólares para crear una cadena nacional de suministro de tierras raras y reducir la dependencia china. La empresa MP Materials, en California, es el emblema de ese esfuerzo: extrae, separa y pronto fabricará imanes permanentes para motores eléctricos.

Australia, Canadá y la Unión Europea se han sumado, abriendo minas, relajando regulaciones y apostando por una reserva estratégica de minerales críticos.

El nuevo “oro” no brilla: se oculta en rocas grises, pero su valor geopolítico es incalculable.

La ecuación es sencilla: sin tierras raras no hay transición energética, ni defensa moderna, ni inteligencia artificial. Quien controle su cadena productiva tendrá una hegemonía silenciosa. Quien no la controle, dependerá de quien sí la tenga.

III. México: potencial dormido

México posee lo que podría ser una carta maestra en este juego de potencias.

Estudios del Servicio Geológico Mexicano señalan reservas superiores al 1.7 millón de toneladas en estados como Sonora, Chihuahua, Durango, Coahuila y Oaxaca. En este último se encuentran concentraciones particularmente altas de lantánidos.

El subsuelo mexicano contiene el mineral del futuro, pero la política minera aún mira al pasado.

Las razones del rezago son múltiples. La Ley Minera reformada ha generado incertidumbre jurídica: concesiones más restringidas, mayor intervención estatal y tiempos de aprobación prolongados.

A esto se suma la ausencia de infraestructura de refinado, el eslabón que transforma la roca en óxidos de alta pureza. México, pese a su potencial, no ha construido plantas de separación ni centros de metalurgia avanzada.

El país es, en el mejor de los casos, una promesa geológica sin cadena industrial.

IV. ¿Estamos a tiempo o ya es tarde?

El reloj corre, pero aún no marca la medianoche.

Las proyecciones indican que la demanda global de tierras raras se duplicará antes de 2030. Estados Unidos y Australia tardarán entre cinco y diez años en consolidar sus nuevas plantas.

México tiene, por tanto, una ventana de oportunidad: si en 2025-2026 se definen reglas claras, se podrían iniciar proyectos piloto y, hacia 2030, insertarse en la cadena norteamericana de valor.

Si no se actúa ahora, la historia quedará escrita sin nosotros.

Participar tiene sentido, pero no a cualquier precio.

Sería un error repetir el modelo extractivo que exporta recursos y reimporta tecnología. México debe integrarse aguas abajo, capturando valor a través del refinado, la manufactura de aleaciones y la producción de imanes para vehículos eléctricos.

V. Las condiciones del ingreso sensato

Para entrar de manera prudente y soberana, México necesita cumplir con seis condiciones esenciales:

        1.    Claridad jurídica y estabilidad fiscal.

Sin reglas firmes, ningún capital —nacional o extranjero— invertirá a quince años. Es imprescindible una legislación minera que distinga entre control estatal y bloqueo burocrático.

        2.    Alianzas estratégicas, no dependencias.

Los modelos de asociación público-privada permitirían al Estado conservar soberanía mientras el capital privado aporta tecnología, eficiencia y riesgo.

        3.    Infraestructura metalúrgica y de refinado.

Ninguna nación se vuelve potencia exportando piedra; lo es cuando exporta conocimiento. México debe crear centros de separación hidrometalúrgica y parques industriales especializados.

        4.    Formación de capital humano.

Universidades e institutos tecnológicos deberían formar ingenieros en materiales críticos, metalurgistas y químicos especializados en lantánidos.

        5.    Licencia social y ética ambiental.

Toda explotación debe hacerse con consentimiento de comunidades, mitigación ambiental y beneficios locales. La ética del bien común no es un obstáculo: es la única garantía de estabilidad.

        6.    Política industrial coherente.

Integrar esta agenda al T-MEC y a la política de electrificación vehicular es la vía natural para asegurar compradores, financiamiento y seguridad jurídica internacional.

VI. El dilema estadounidense

¿Por qué Estados Unidos, siendo vecino de un país con reservas estratégicas, no ha mirado hacia el sur?

La respuesta es incómoda: falta de confianza.

México ofrece geología, pero no certidumbre.

El inversionista norteamericano prefiere una mina lejana en Australia a una más cercana en Sonora si allá obtiene reglas claras, tiempos definidos y respeto contractual.

El problema no es el suelo mexicano, sino su marco de decisión.

Si México aspira a ser parte de la reconfiguración de la cadena occidental de minerales críticos, debe volver confiable su palabra jurídica.

VII. Conclusión: soberanía o dependencia

El siglo XXI será el siglo de las tierras raras.

No se trata solo de un mercado, sino de un nuevo mapa de poder. Los países que comprendan la importancia de estos minerales construirán su independencia tecnológica; los que no, dependerán del permiso ajeno para encender sus máquinas.

México tiene el recurso, la ubicación y la oportunidad.

Lo que falta es la decisión estratégica.

Si el Estado mexicano logra conjugar prudencia ambiental, seguridad jurídica y visión industrial, puede convertirse en el tercer vértice de la cadena occidental junto a Estados Unidos y Australia.

Si no lo hace, quedará mirando, desde la orilla, cómo otros convierten su tierra en el oro del futuro.

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