Antes del trigo fuimos maíz: pan en tamal consagrado por vapor. Luego llegaron espigas, molinos, vitrinas francesas, hornos industriales… y no cambió el hambre del alma. El pan descendió de los salones y encontró su patria definitiva: el barrio

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: Voz de las empresas
México despierta antes que el sol. No por relojes ni fábricas, sino porque un horno —en alguna esquina bendita— abre la boca y deja escapar el aliento primero del día. Ese olor convence al mundo de volver a empezar. No amanece la ciudad: amanece la panadería. Una reja se eleva como cortina de teatro, y un hombre con delantal blanco —de manos santas y agotadas— pone a vibrar la levadura mientras el barrio, aún en sombras, se reconcilia con la vida por la nariz.
Ese olor no es aroma: es reconocimiento. Los pasos saben adónde van: hacia la esquina donde el panadero ha encendido su brasero de consuelo. Vidrios empañados, charolas que cantan en cobre, bolsas de papel que crujen como cartas antiguas. En México, el horno es un pequeño sol, y el panadero es un astrónomo del barrio que mide el tiempo por migas.
Yo he visto ese milagro en la privada de Santa María la Ribera, donde las paredes altas guardan los secretos del barrio y el silencio conserva un pudor de patio. Allí el tío Panchito llegaba con dos bolsas olorosas a destino. Su presencia sobre el mantel bastaba para que la gran mesa familiar se encendiera en vocación de fiesta. Los padres en su puesto solemne; los tíos con esperanza rejuvenecida; y los niños, los de la casa, sabían que ese instante era para ellos: el pan dulce consagra la infancia. Nadie más entraba: la puerta se cerraba al resto del mundo. Era la familia consigo misma, celebrando —sin discursos— la bendición de existir juntos.
El papel se abría con cuidado litúrgico y surgía la geometría divina de los panes:
- conchas de armadura celestial,
- chilindrinas de risa exagerada,
- yoyos que giran sobre la memoria,
- orejas rumorosas que escuchan el barrio,
- polvorones que mueren felices en el primer suspiro,
- besos unidos por mermelada,
- puerquitos de piloncillo,
- cuernitos de terquedad amable,
- garibaldis con domingo incorporado,
- panqués de amanecer dulce.
La elección no era capricho: era un acto de identidad. Una taza de café con leche para los mayores; un vaso de leche fría para los pequeños: comer era pertenecer.
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Tengo un amigo —Guillermo Caso— que amó a su padre con devoción nacida del horno. Su padre fue panadero: hombre del alba, regidor de la temperatura justa, custodio del secreto que hace subir la masa. Guillermo lo recuerda como se parte un pan: con profundo respeto. Una espalda que conoció el fuego y unas manos que leyeron el clima. Una dignidad sin discursos: la dignidad que alimenta.
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Antes del trigo fuimos maíz: pan en tamal consagrado por vapor. Luego llegaron espigas, molinos, vitrinas francesas, hornos industriales… y no cambió el hambre del alma. El pan descendió de los salones y encontró su patria definitiva: el barrio.
Porque cada panadería es hogar público, archivo del sabor, altar sin solemnidad. Allí se estudia México por la boca:
- la concha consuela,
- el pan de elote recuerda cosechas,
- la mantecada aprueba ascensos,
- la chilindrina guarda el juego vivo,
- el puerquito restituye el parentesco con la tierra,
- el bisquet sostiene la sobremesa callada,
- la campechana vuelve dócil el vidrio del azúcar,
- la dona es extranjera que decidió quedarse,
- el pastel promete fiesta sin calendario.
Y entonces, como coro del barrio, entra Chava Flores, santo patrono de la cotidianidad mexicana. Y los panes se reconocen en su canto:
«Concha divina, preciosa chilindrina
de trenza pueblerina…».
«…ven dame un bísquet,
chamuco sin harina,
pambazo de agua y sal».
«Concha querida, te ves entelerida;
tú que eras un cañón».
Porque la panadería también se canta.
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México es un mosaico, y el pan dulce su explicación más sincera:
En el Norte:
Pan Mena de autoridad ferroviaria,
chorreada indeleble que mancha la memoria,
coyota sonorense —sol redondo del desierto—,
barquilla de crema con cielo incorporado,
borrachitos que celebran el descaro.
En el Bajío:
hogazas que exigen agradecimiento al partirse,
almendrado que perfuma la tarde.
En el Altiplano:
cocol que no se rinde,
pan de burro de sabiduría dura,
pan de pulque que bendijo madrugadas campesinas,
mantecadas de fiesta discreta,
pan de nata con abolengo de rancho.
En la capital:
universo entero en la vitrina:
conchas, chilindrinas, yoyos, orejas,
puerquitos que son infancia viva,
pollitos de crema que se dejan querer.
En Guadalajara:
el virote —que solo se ahoga para renacer en gloria roja—.
En Michoacán y Guerrero:
pan de fiesta y marquesote perfumado de devoción.
En Yucatán:
coconitas de jarana y anís,
bolitas que suenan a mar lejos.
En Chiapas y Oaxaca:
pan de piedra, pan de pueblo:
pan que resiste.
En todos lados, tres misterios gozosos de la mesa:
pan de muerto, pan de feria y rosca de Reyes:
fe coronada en harina.
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Nada de esto existiría sin los héroes de la madrugada: manos de harina, paciencia en la espalda, olor a fuego en la ropa. Oficio de cansancio santo. Ellos sostienen el alba del país.
México canta lo que come:
la primera palabra del niño no es abstracción…
es concha.
Y su primer credo es morder.
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«…y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos se vacía
el santo olor de la panadería».
— Ramón López Velarde, La Suave Patria
Ese perfume que bautiza la aurora y ennoblece los oficios,
que hace del trigo una comunión diaria y del horno un pequeño altar,
es la primera oración del país cuando despierta.
Y entonces, México entero —familia y barrio, campo y ciudad—
voltea al cielo,
sabiéndose pequeño ante la eternidad
pero grande en la mesa compartida,
y eleva la súplica que sostiene nuestra esperanza:
Danos hoy nuestro pan de cada día
y bendice a los panaderos.
