México ante el rearme global y el nuevo equilibrio de la resiliencia

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: Shutterstock vía SIPRI
La política nació para impedir que el caos dicte el destino de los hombres. Es la forma racional de proteger la vida común cuando la historia se vuelve incierta. Durante un tiempo, la estabilidad pareció asegurada por sí misma. Hoy descubrimos que fue tan solo un intervalo —y que nadie puede permitirse confundir la pausa con la paz—.
El gasto militar mundial superó 2.7 billones de dólares en 2024, no porque los gobiernos deseen la guerra, sino porque han comprendido que la vulnerabilidad cuesta más que la prevención. Europa, que imaginó que la prosperidad podía reemplazar la prudencia, despierta del sueño más cómodo de su historia: nunca fue tan cara la ilusión de una seguridad externa.
Alemania instala aeronaves F-35 con capacidad de disuasión nuclear compartida y adquiere Arrow-3 para interceptar amenazas en la frialdad del espacio. El Reino Unido —tras la ilusión de caminar a solas— regresa al abrazo estratégico de Europa: los océanos protegen, pero no sostienen una industria. Francia refuerza su autonomía defensiva para que la seguridad no sea un favor ajeno sino una decisión propia.
Sobre ese telón de fondo, Rusia ha vuelto a hablar con claridad matemática. En Valdái, Putin articuló una doctrina de resistencia larga: una economía del disuasivo que no busca la guerra, pero tampoco abarata la paz. La premisa fue transparente: Europa puede rearmarse, pero si intenta anular la ventaja rusa en su perímetro —mediante despliegues occidentales de largo alcance que desdibujen el santuario estratégico— Moscú responderá elevando el costo de cada paso ajeno. No prometió conquista; prometió hacer antieconómica la ambición del adversario.
Esa lógica descansa en la gradación del dolor: presión cibernética sobre redes eléctricas, avisos sobre cables submarinos y rutas satelitales, sabotaje plausible en nodos logísticos, manipulación del espectro, operaciones informativas y uso instrumental de flujos migratorios. La advertencia mayor fue contra la proximidad de vectores occidentales capaces de penetrar en profundidad: no es el misil lo que irrita; es la geografía del misil.
Europa ha respondido con realismo. Alemania ha pasado de billetera a integrador; Londres recompone su lugar en la defensa del continente; París recuerda que la disuasión creíble necesita voluntad. Si esa bisagra se mantiene, el triángulo defensivo europeo consolida un sistema de negación en varias capas —cielo, espacio, ciberespacio, logística— que no busca el choque, sino el encarecimiento preventivo de la agresión.
Porque una nación ya no colapsa cuando pierde una guerra: se colapsa cuando deja de funcionar. Basta que la electricidad se apague, que las redes se vuelvan mudas o que un puerto clave se detenga, y un país que nunca fue invadido queda fuera del mundo. El territorio dejó de medirse en kilómetros: hoy se mide en infraestructuras que permanecen de pie bajo presión.
Aquí entra la fuerza que redefine nuestra época: la inteligencia artificial. No como novedad, sino como sistema nervioso del Estado moderno. Drones que no dudan. Redes que anticipan. Algoritmos que evitan que lo improbable se vuelva irreversible.
La tecnología no sustituye al hombre: le permite vencer su lentitud.
Europa lo ha entendido: si aumenta inversión dual-use en solo 1.5 % del PIB y lo inyecta en su propia industria, la productividad puede crecer 0.5 % hacia 2028. La prevención regresa como política económica. Lo deseable sería un mundo que no exigiera tales ajustes; lo inevitable es este mundo, que sí los exige.
Y aquí el tablero gira hacia México.
No porque busque protagonismo, sino porque el mundo ya depende de él.
México sostiene arterias logísticas del mercado occidental, comparte sistema eléctrico con Estados Unidos, alimenta la industria aeroespacial de la OTAN económica y conecta océanos por los que corre el futuro.
Pero esa misma conexión nos vuelve vulnerables: si la luz falla aquí, se atenúa allá; si un puerto se quiebra aquí, se descompensan cadenas enteras; si nuestras redes caen, tiembla Norteamérica.
Ya no es especulación: la fragilidad mexicana es vulnerabilidad estadounidense.
Y ese hecho es poder.
La resiliencia dejó de ser discurso militar: es competitividad económica. El Instituto Mexicano para la Competitividad lo advierte: “Es importante identificar las necesidades estructurales de cada entidad, incluyendo el mantenimiento, modernización y ampliación de la infraestructura para el suministro de insumos básicos, como agua y electricidad”. Y precisa: “La resiliencia en la infraestructura tiene tres componentes… resiliencia en los servicios. Son sistemas interconectados a nivel red. Como, por ejemplo, la energía eléctrica”.
El mercado estadounidense coincide. La American Chamber of Commerce afirma: “La confianza digital será el intangible que definirá la economía mexicana en la era del nearshoring”, y recuerda que el reto es: “atender la creciente demanda de electricidad por el nearshoring con fuentes bajas en emisiones que nos permitan…”.
El Consejo de Empresas Globales eleva la apuesta: “…apuntan a la apertura de Nuevas Industrias y Desarrollo de infraestructura física y social necesaria para atraer y retener talento global.” Y COMEXI lo traduce a supervivencia estratégica: “Generar sistemas de alerta temprana ante eventos climatológicos extremos.”
Nada de esto militariza al país: lo vuelve indispensable.
No necesitamos grandeza ofensiva. Necesitamos no apagarnos.
Tratar energía y agua como fronteras invisibles, comunicaciones como arterias vitales, logística como músculo soberano, trazabilidad como pasaporte geopolítico, fábricas como garantía de continuidad.
La soberanía ya no consiste en declarar independencia, sino en evitar la dependencia de las interrupciones.
Las preguntas que ya miden nuestro valor son simples y brutales:
- ¿Puede México operar 72 horas sin su red principal?
- ¿Reactivar un puerto bajo ataque?
- ¿Garantizar suministro sin sanciones?
- ¿Se comunica si el cielo se vuelve hostil?
- ¿Ensaya resiliencia con quien comparte su destino?
La claridad eleva.
La evasión devalúa.
Europa rearma para no romperse.
China invierte para no ser contenida.
Rusia disuade para no ser cercada.
Estados Unidos se fortalece para no ser sorprendido.
México sostiene, en silencio, una parte de ese equilibrio.
Pero solo contará mientras continúe funcionando.
La seguridad del siglo XXI no decide quién gana la guerra, sino quién evita la parálisis.
Las alianzas no se sellan con discursos, sino con infraestructuras que no pueden caer.
La política vuelve a su vocación original: proteger la vida común cuando la incertidumbre golpea. Esta es la Doctrina de la Continuidad: la que dicta que sobrevivirá quien pueda mantenerse en pie; la que entiende que el interruptor —más que el misil— determina la historia.
Pero conviene no olvidar lo esencial: la continuidad no es el fin de la política, sino la condición mínima para que la comunidad humana pueda perseguir sus verdaderos fines: la vida digna, la estabilidad moral y el bien común trascendente. Sin orden operativo, los bienes superiores no se alcanzan; pero sin bienes superiores, el orden operativo no tiene sentido.
