¿Quién como María? – Reflexiones sobre el Documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe

Con profunda tristeza hemos leído este texto que, tras un tono melodioso, oculta un contenido pernicioso

Por Roberto de Mattei

Imagen ilustrativa: El Español Digital

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El 16 de octubre de 1793 tuvo lugar el que quizá fue el crimen más repugnante de la Revolución Francesa: la ejecución de la reina María Antonieta tras un juicio farsa ante el Tribunal Revolucionario. Plinio Correa de Oliveira escribió sobre María Antonieta: «Hay ciertas almas que solo se engrandecen cuando les soplan vientos de desgracia. María Antonieta, inútil como princesa e imperdonablemente frívola como reina, se transformó de manera sorprendente al enfrentarse al torbellino de sangre y miseria que inundó Francia; y el historiador constata, con respeto, que de la reina nació una mártir y de la muñeca una heroína».

El 21 de enero, el rey de Francia, Luis XVI, fue guillotinado. El papa Pío VI, en su alocución Quare lacrymae del 17 de junio de 1793, reconoció en el sacrificio del soberano «una muerte dedicada al odio a la religión católica», atribuyéndole «la gloria del martirio». La misma gloria, podríamos decir, recayó sobre María Antonieta, culpable únicamente de representar —con su sola presencia— el principio de la realeza cristiana frente al odio de la Revolución.

Pío VI
El sacrificio de Luis XVI, «una muerte dedicada al odio a la religión católica»
Retrato de Pompeo Batoni. (Museo de El Vaticano)

El escritor británico Edmund Burke (1729-1797), en uno de los pasajes más bellos de sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa (1791), escribe: «Han transcurrido dieciséis o diecisiete años desde que vi por primera vez a la reina de Francia, entonces Delfina, en Versalles, y sin duda jamás una visión más grácil visitó esta tierra, que ella parecía apenas rozar. La vi alzarse en el horizonte, adornando y alegrando aquella elevada esfera en la que acababa de comenzar a moverse, resplandeciente como el lucero del alba, llena de vida, esplendor y alegría. ¡Oh! ¡Qué revolución! ¡Y qué corazón debo tener para contemplar aquella ascensión y aquella caída sin emoción! […] Jamás imaginé que viviría lo suficiente para ver semejante desastre sobre ella en una nación de hombres tan valientes, en una nación de hombres de honor y caballeros. En mi imaginación, vi diez mil espadas alzarse de repente de sus vainas para vengar incluso una mirada que la amenazara con un insulto. Pero la era de la caballería ha terminado. La era de «Han llegado sofistas, economistas y contables; y la gloria de Europa yace extinguida para siempre» (Reflexiones sobre la Revolución en Francia, traducción italiana Ideazione, Roma 1998, pp. 98-99).

Hoy, dos siglos después, las palabras del escritor británico vienen a la mente ante un acontecimiento de mucha mayor trascendencia. El 4 de noviembre de 2025, en la Casa General de los Jesuitas, se presentó Mater Populi fidelis , una nota doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto es el cardenal Víctor Manuel Fernández. 

El documento consta de ochenta párrafos dedicados a la “correcta comprensión de los títulos marianos”, que pretenden aclarar “en qué sentido ciertas expresiones que se refieren a la Virgen María son aceptables o no”, situándola “en la correcta relación con Cristo, único Mediador y Redentor”.

Con profunda tristeza hemos leído este texto que, tras un tono melodioso, oculta un contenido pernicioso. En una hora histórica de confusión, en la que todas las esperanzas de las almas fervorosas se dirigen a la Santísima Virgen María, la Congregación para la Doctrina de la Fe pretende despojarla de los títulos de Corredentora y Mediadora Universal de todas las gracias, reduciéndola a una mujer como cualquier otra: «madre de los fieles», «madre de los creyentes», «madre de Jesús», «compañera de la Iglesia», como si la Madre de Dios pudiera ser confinada a una categoría humana, despojándola de su misterio sobrenatural. Resulta difícil no ver en estas páginas la culminación de la deriva mariológica posconciliar que, en nombre del «medio justo», ha optado por un minimalismo que degrada la figura de la Santísima Virgen María.

María Antonieta representaba la realeza terrenal, reflejo de la realeza divina, pero frágil como todo lo humano: su trono se derrumbó bajo la furia de la revolución. María Santísima, en cambio, es la Reina universal, no por derecho humano, sino por gracia divina. Su trono no está en un palacio, sino en el corazón de Dios. «El Altísimo», dice san Luis María Grignion de Montfort, «descendió perfecta y divinamente a nosotros por medio de la humilde María, sin perder nada de su divinidad y santidad. Y es por medio de María que los pequeños deben ascender perfecta y divinamente al Altísimo, sin temer nada» (Tratado sobre la verdadera devoción a María, n. 157).

San Luis María Grignion de Montfort
Imagen: Public Domain

Los hombres pueden intentar “decapitarla”, reduciéndola a una mera mujer, pero María sigue siendo la Madre de Dios, Inmaculada, siempre Virgen, Asunta al Cielo, Reina del Cielo y de la tierra, Corredentora y Mediadora universal de todas las gracias, porque, como explica San Bernardino de Siena: “Toda gracia dada a los hombres procede de una triple causa ordenada: de Dios pasa a Cristo, de Cristo pasa a la Virgen, y de la Virgen nos es dada a nosotros” (Sermón VI in fetis BMV, a. 1, c. 2). 

Por esta razón, según San Agustín, citado por San Alfonso María de Ligorio, todo lo que decimos en alabanza de María siempre es demasiado poco en comparación con lo que merece por su excelsa dignidad como Madre de Dios (Le glorie di Maria, vol. I, Redentoristi, Roma 1936, p. 162). 

Edmund Burke lamentaba que no hubiera diez mil espadas listas para defender a la reina María Antonieta, “contra una sola mirada que la amenazara con el insulto”. Estamos convencidos de que hoy hay un puñado de sacerdotes y laicos en el mundo, nobles y valientes de espíritu, dispuestos a empuñar la espada de doble filo de la Verdad para proclamar todos los privilegios de María y clamar a los pies de su trono: “¿Quién es la Virgen?”.

Sobre ellos descenderán las gracias necesarias para la lucha en estos tiempos turbulentos. Y quizá, como siempre sucede en la historia cuando se intenta oscurecer la luz, el documento del Dicasterio de la Fe que pretende minimizar a la Santísima Virgen María confirme, sin quererlo, su inmensa grandeza. 

Para Rorate Celi

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