Claves de lectura para no extraviar el centro de Dilexi te

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: Especial
La escena es mínima y basta para ordenar una lectura entera. En Betania, una mujer irrumpe, rompe un frasco de nardo y derrama el perfume sobre la cabeza de Jesús (cf. Mt 26,6-13). El gesto desconcierta porque no pasa por la aduana de lo útil. Por eso aparece la objeción: «Era mejor venderlo y darlo a los pobres».
Jesús no corrige el amor a los pobres; corrige la premura del cálculo. Defiende el exceso gratuito y promete memoria. Leído desde aquí, Dilexi te pide un orden que hace fecunda cualquier obra: primero la fuente, después el río. Sin esa jerarquía, lo social absorbe lo sagrado; con ella, lo social brota de lo sagrado sin suplantarlo.
Contra la prisa de la utilidad
El reproche en Betania no es cínico: apela a un bien real. Precisamente ahí reside su filo. Una parte del debate contemporáneo mide la caridad por su rendimiento inmediato y la esperanza por indicadores trimestrales. La escena enseña otra gramática: reconocer una presencia antecede a programar una respuesta.
Cuando la adoración se diluye, la ayuda se reduce a trámite o consigna que se apaga al primer desencanto. Cuando brota de la fuente, la caridad persevera: soporta ingratitudes, administra escaseces y vuelve a empezar.
Fuente y río: no rivalizan
Oponer culto y compromiso ha sido una tentación recurrente. Betania la disuelve sin estridencias: la prioridad del culto revela al prójimo, no lo posterga.
Dos tesoros se sostienen mutuamente —el altar y los pobres—; tirar de uno hace tambalear al otro. La belleza que dignifica el culto no es lujo: educa el corazón para el servicio. No es capricho estético, sino pedagogía del alma: una música que abre el pecho, una piedra que eleva la mirada, un silencio cuidado.
Personas y estructuras: responsabilidades mutuas
La objeción de entonces se traduce hoy con vocablos distintos —«sistema», «modelo», «estructuras»—. Existen y duelen; piden reforma. Pero si todo se disuelve en una máquina impersonal, nadie se convierte.
La enseñanza es sobria: reforma y conversión se exigen mutuamente. Los mejores dictámenes quedan en papel si no incluyen un yo que se detenga, cure, pague y vuelva. Sin reformas, la compasión es esporádica; sin conversiones, la reforma pierde sangre.
Bienes y bien común: la medida que falta
El frasco tenía valor; la escena no desprecia lo valioso, lo transfigura. El debate público suele extraviarse entre dos simplificaciones: demonizar la ganancia honesta o excusar la avaricia.
La brújula es el bien común, ese pacto silencioso por el que lo propio florece sin olvidar al vecino. El punto humano se ubica en custodiar lo que es de uno y compartir lo superfluo; pagar lo debido y ofrecer lo gratuito.
Preferencia que ordena, no divide
Citar a los pobres para cancelar el gesto fue la trampa de aquella tarde. Jesús protege el gesto para proteger de verdad a los pobres. Traducido al presente: la preferencia por quien más sufre es prioridad moral, no bandera de parte.
Si el lema divide, se perdió el centro; si ordena, todos encuentran lugar, porque la comunidad no se compone de bloques enfrentados, sino de rostros: estudiantes y obreros, campesinos y empresarios, familias y solitarios.
Eficacia y memoria
La promesa de Jesús a la mujer no es un gráfico: es memoria. Hay eficacias que no entregan informe y sostienen barrios enteros: reconciliaciones sin foto, generosidades anónimas, fidelidades silenciosas.
Cuando escasean los resultados, no se desprecia la fuente: se vuelve a beber. Una sociedad necesita esa reserva de decisiones pequeñas que cambian destinos.
Dignidad y derechos sin moda
Otra máscara del «¿para qué este derroche?» es la volatilidad de ciertos lenguajes de derechos. Cuando se desanclan de lo que el ser humano es, los más frágiles quedan a la intemperie: el anciano reducido a carga, el migrante a estadística, el niño por nacer a variable.
La justicia más alta protege bienes que no cambian con la estación: la vida, la familia, la libertad de conciencia y el espacio para la fe que se traduce en servicio.
Cooperación sin confusión
Betania es una casa llena. También las instituciones piden gramática. A la autoridad le tocan marco y justicia; al tejido social —y a la vida de fe— conciencias y cercanía.
La cooperación honra a ambos; la confusión los disminuye. Cuando el Estado pretende pastorear, asfixia; cuando la Iglesia se vuelve oficina, se marchita. Lo fecundo es un marco justo y rostros acompañados.
La escuela discreta de la limosna
Ningún programa sustituye un gesto que acerque manos y nombres. La limosna bien dada —tiempo ofrecido, abrigo que cambia de hombros, sobre anónimo que devuelve el sueño— no es reliquia: es pedagogía de humanidad.
Políticas rectas y manos tendidas no se estorban; se completan. Delegar por sistema la responsabilidad enfría el corazón.
Volver a la clave
Betania no es un paréntesis piadoso: es regla de lectura. Evita dos atajos simétricos: convertir Dilexi te en sociología con barniz religioso o en espiritualidad desencarnada.
La escena devuelve el orden que salva: reconocer antes que programar; adorar antes que gestionar; servir sin convertir al hermano en expediente.
Queda el perfume —invisible en su origen y, sin embargo, capaz de cambiar la casa entera— y queda la promesa de memoria: «Dondequiera que se proclame esta Buena Noticia… se contará lo que ella hizo» (Mt 26,13). Ese movimiento no caduca: del altar al hermano, y del hermano de vuelta al altar. Ahí la caridad deja de ser campaña y se vuelve cultura.
