Su gran límite es que no propone un cristianismo vivido, sino un cristianismo cultural

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: Especial
En los salones de la intelligentsia parisina, donde el cinismo suele disfrazarse de moderación, la figura de Éric Zemmour ha dejado de ser una simple provocación televisiva. Es ya otra cosa: un síntoma incómodo de una civilización que presiente su propia fatiga.
En su reciente aparición en TV Libertés, presentando su libro La messe n’est pas dite. Pour un sursaut judéo-chrétien, Zemmour ya no habla como candidato en campaña ni como comentarista de plató. Habla como quien se siente obligado a anunciar un desastre: la posible desaparición de Francia tal como la hemos conocido. Invoca la Cristiandad, habla de raíces, de misas, de altares derribados. El tono no es el de un tecnócrata, sino el de un profeta secular que, paradójicamente, quiere salvar una civilización que nunca fue plenamente la suya.
La pregunta es inevitable: ¿estamos ante el gran defensor de la tradición francesa o ante la última mutación de la propia Revolución que arrasó esa tradición?
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I. El personaje: una Casandra en la ágora digital
Zemmour no encaja en el molde del político profesional. Es, ante todo, el intelectual orgánico de una derecha que se siente despojada de su memoria. Judío bereber de origen, francés por asimilación radical y bonapartista por temperamento, encarna el modelo republicano que él mismo percibe en ruinas.
De las columnas de Le Figaro pasó a los grandes platós, y de los platós a la arena electoral con su partido Reconquête. No es un salto caprichoso, sino la continuación lógica de un mismo hilo: en El suicidio francés hizo la autopsia del país; ahora, con La messe n’est pas dite, pretende pasar de la autopsia a un intento de resurrección apoyado en lo que llama las raíces “judéo-chrétiennes” de Francia.
Su biografía ayuda a entender la tensión de su discurso, pero no la agota. Más allá de su historia personal, Zemmour encarna el límite interno del modelo asimilacionista republicano: un sistema que prometió integrar a todos bajo un mismo marco laico y hoy descubre que ha desarmado, en nombre de esa integración, las defensas espirituales de la propia comunidad histórica que decía proteger.
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II. La arquitectura del pensamiento Zemmour: ortodoxia, ortopraxia y laicidad
El corazón de su tesis es sencillo de formular y difícil de neutralizar: la política no es un campo neutro, sino la forma visible de una guerra civilizatoria. Quien controla los símbolos, las escuelas, las leyes y las cunas, controla el futuro.
En ese marco, Zemmour recurre a una distinción tomada del lenguaje teológico: ortodoxia y ortopraxia. Según su lectura, el catolicismo que hizo Francia se configura, en su madurez histórica, como una religión de la fe interior, una ortodoxia. Eso permite distinguir entre la esfera de Dios y la del César, entre la ciudad de Dios y la ciudad terrena, y aceptar que la Iglesia no absorba todo lo político.
El islam, en cambio, aparece en su diagnóstico como ortopraxia: no sólo un credo, sino una ley integral. Regula la herencia, el matrimonio, la comida, la vestimenta, el comercio. No admite ser relegado a la conciencia privada porque, por definición, pretende regir la ciudad.
A partir de ahí, su razonamiento se encadena:
1. La República laica fue diseñada para una Iglesia que aceptaba jugar el juego de la discreción pública, desplazando su influencia hacia la conciencia individual.
2. Ese espacio supuestamente “neutral” está siendo ocupado por una religión que no acepta la neutralización, porque se concibe a sí misma como ley total.
3. La demografía inclina la balanza: si quienes creen que su religión debe gobernar la ciudad tienen más hijos que quienes consideran la fe como asunto íntimo, el resultado es un cambio de civilización.
Conclusión: la laicidad, que fue muralla, se convierte en puerta. El “campo neutro” se revela como un altar vacío, listo para que otra fe lo ocupe. Frente a esto, el libro propone un sursaut judéo-chrétien: una especie de sobresalto identitario que reactive el cristianismo cultural como barrera de contención.
Pero el propio subtítulo del libro delata ya el límite de su proyecto. La fórmula “judéo-chrétien” no es inocente. Puede sonar respetable en el lenguaje político, pero introduce una ambigüedad típicamente moderna: coloca en el mismo plano lo que, para la fe católica, está jerárquicamente ordenado. El Antiguo Testamento no es una raíz autónoma yuxtapuesta al cristianismo, sino promesa cumplida en Cristo. Aceptar sin crítica esa etiqueta es empezar la defensa de la Cristiandad usando un concepto que ya rebaja la unicidad de la verdad cristiana.
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III. Los aciertos: cuando la derecha vuelve a pronunciar la palabra “Cristiandad”
Antes de señalar sus límites, conviene reconocer con precisión sus aciertos, porque ayudan a explicar el eco que tiene.
- Romper la ficción de la neutralidad
Zemmour hace algo que ni la derecha clásica ni el centrismo tecnocrático se habían atrevido a hacer: afirmar en voz alta que el Estado no es neutro. Ninguna comunidad política puede sostenerse sin una determinada idea de lo sagrado, aunque se disfrace bajo fórmulas como “valores republicanos” o “contrato social”.
Cuando repite que “una Francia sin cristianismo ya no es Francia”, toca un nervio real: el de una nación que ha querido vivir como si sus catedrales, sus fiestas, su calendario y su derecho pudieran sobrevivir sin el Dios que les dio sentido. Allí donde otros hablan de “valores europeos” como si fueran axiomas autónomos, Zemmour recuerda de dónde vienen.
- Devolver el lenguaje religioso a la plaza pública
Su segundo acierto es traer de vuelta al debate público un vocabulario que había sido desterrado a las sacristías o a la literatura: misa, altar, sacrificio, Cristiandad. Durante décadas, la religión ha sido tolerada en los medios como color local o como problema sociológico. Zemmour la reincorpora como clave política: no se entiende la crisis francesa sin hablar de la Cruz, aunque él lo haga en clave más cultural que dogmática.
Eso obliga a muchos votantes y comentaristas a reconocer algo que intuían pero no formulaban: que el declive de Francia no se explica sólo en términos de PIB, sino de fe, de esperanza, de natalidad, de sentido.
- Vincular demografía y esperanza
Su insistencia en la demografía no es mero catastrofismo numérico. Apunta a algo más profundo: una sociedad que ha dejado de querer tener hijos es, antes que nada, una sociedad que ha dejado de creer en su futuro. Al contrastar el envejecimiento de la Europa descristianizada con el dinamismo demográfico de los barrios musulmanes, sugiere que no se trata sólo de “ellos son más”, sino de “nosotros hemos dejado de querer existir”.
En estos puntos, su voz actúa casi como un despertador moral para una derecha que llevaba décadas hablando de impuestos y delincuencia sin atreverse a nombrar el vacío espiritual.
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IV. El punto ciego: un jacobino ante el altar
Precisamente porque ve más lejos que muchos de sus contemporáneos, los errores de Zemmour pesan más.
- Un cristianismo reducido a folclore
Su gran límite es que no propone un cristianismo vivido, sino un cristianismo cultural. Quiere iglesias llenas como símbolo nacional, pero no se detiene en la realidad sobrenatural que se celebra en ellas. La Cruz aparecía en sus intervenciones más como frontera identitaria frente al islam o el laicismo que como signo del Dios que realmente gobierna la historia.
Es el viejo reflejo de convertir a la Iglesia en policía moral de la República, sin tomar en serio su naturaleza de Cuerpo de Cristo. Un cristianismo “de museo”, útil para cohesionar identidades, no resiste mucho tiempo frente a una religión vivida —aunque sea objetivamente falsa— como mandato divino. Una sociología no derrota a una teología; un recuerdo no frena a una fe que se cree verdadera.
- Patria, nación y Estado: la confusión fatal
Zemmour se presenta como defensor de la patria, pero la patria que defiende está filtrada por el molde jacobino. No distingue con suficiente claridad entre tres realidades distintas:
• la patria, como comunidad histórica concreta, hecha de familias, oficios, parroquias, provincias, muertos y vivos;
• la nación moderna, como abstracción política nacida de la Revolución y legitimada por la “voluntad general”;
• y el Estado moderno, como aparato centralizado que absorbe las lealtades e instituciones intermedias.
Al soñar con un Estado fuerte que “asimile” a todos bajo una sola forma de francés, Zemmour deposita su esperanza en el mismo instrumento que contribuyó a destruir las comunidades orgánicas de la vieja Francia. El poder que desmontó provincias, gremios y libertades concretas reaparece, en su discurso, como supuesto salvador de aquello que él mismo arrasó. No es sólo un error de estrategia; es la señal de que sigue prisionero de las categorías de la Revolución que denuncia.
- Curar la modernidad con más modernidad
En el fondo, Zemmour percibe una crisis metafísica, pero propone un remedio político-administrativo. Ve que el problema último es el abandono de Dios, pero a la hora de trazar soluciones vuelve siempre al reflejo del Estado fuerte, del líder providencial, de la ley como herramienta principal de restauración.
Y, además, el cauce que elige para esta batalla —la democracia de partidos, la lógica de campaña permanente, el juego mediático— forma parte del problema que denuncia. Pretende responder a una crisis de civilización a través de mecanismos diseñados para reducir la política a gestión de encuestas y ciclos electorales. En ese marco, la Cristiandad sólo puede aparecer como “tema” de campaña, no como principio objetivo de orden.
- Orden natural y orden sobrenatural: la ruptura que lo debilita
Zemmour intuye que el orden natural está en juego: familia, autoridad, educación, frontera, bien común. Pero intenta defender lo natural renunciando explícitamente a la primacía del orden sobrenatural que dio forma, durante siglos, a ese mismo orden natural en Europa.
La comunidad política tiene un fin propio —el bien común temporal—, pero el hombre concreto está ordenado a un fin superior. Cuando una sociedad rompe conscientemente con la verdad sobrenatural que la ha formado, no tarda en deformar también lo natural. Primero se diluye la fe, después la moral, finalmente la propia comunidad política.
Por eso, no basta decir que la “Cristiandad sin Cristo” es ineficaz: es contradictoria en su raíz. Un cuerpo social que quiere conservar los frutos de la fe —cohesión, costumbres, símbolos, calendario— mientras niega la verdad de esa fe, vive de una reserva que se agota. Zemmour percibe el agotamiento, pero no se decide a aceptar el único remedio proporcionado al diagnóstico que él mismo formula.
- El islam: fuerza sociológica y error doctrinal
Por último, su análisis del islam es agudo en lo sociológico, pero queda incompleto en lo doctrinal. Señala con acierto su coherencia interna, su vocación pública, su capacidad de configurar vida cotidiana y derecho. Sin embargo, si el cristianismo es verdadero, el islam no es simplemente “otro modelo civilizatorio”, sino una religión objetivamente falsa.
El problema de Europa no es sólo que el islam sea más coherente o más serio, sino que Europa ha renegado de la verdadera fe y se ha quedado indefensa frente a una fe falsa, pero vivida con lógica integral. Al no decir esto con claridad, Zemmour corre el riesgo de presentar el islam como rival respetable en un juego de identidades, cuando el drama real es una apostasía y una sustitución.
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Epílogo: el general romano y el templo vacío
Zemmour se parece a esos generales romanos que, desde las murallas del Imperio, contemplaban avanzar a los pueblos bárbaros. Sabe que lo que está en juego no es un simple cambio de gobierno, sino la forma misma de vivir, de amar, de educar a los hijos, de morir. Tiene razón cuando grita que algo inmenso se rompe.
Pero, ante el avance, invoca a unos dioses en los que no termina de creer y pide a un pueblo cansado que se levante en nombre de una fe que, para muchos, ya no pasa de ser un recuerdo escolar o un paisaje turístico. Quiere levantar la Cristiandad con los restos de su iconografía, como si bastara encender las velas para que volviera el fuego.
Su voz, por eso, es necesaria pero no suficiente. Despierta, provoca, incomoda. Señala el altar vacío. Sin embargo, mientras no se atreva a ir más allá de la identidad cultural y a reconocer que el centro perdido no es un mito civilizatorio, sino una Persona real, su grito seguirá siendo el más lúcido entre los que temen dejar de existir, pero no acaban de decidir si quieren volver a creer.
