El espectáculo más grotesco es la flexibilidad moral del “aspiracionista”. Es fascinante ver cómo la misma persona que sufre de tortícolis para no bajar la mirada hacia el empleado o el mesero adquiere la elasticidad de un contorsionista cuando huele dinero

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: Pexels
Existe una nueva religión en las colonias cerradas, en esas “privadas” con vigilancia armada y en las filas de las escuelas exclusivas. Es una fe más fanática que la antigua, porque no pide conversión: pide comprobante. Su dogma principal ha reescrito la vieja ley de la caridad. Donde antes se decía “ama a tu prójimo”, el aspirante social de 2025 traduce: “Usa a tu prójimo; y si no sirve, que no entre”.
Su fórmula más hipócrita —porque suena piadosa mientras mutila el mandato— es ésta: “Amo a mi prójimo, pero me reservo el derecho de decir quién es mi prójimo”. Es decir: amo, sí… pero con filtro. Amo con comité de admisión. Amo siempre que el otro pase el escáner de utilidad.
Vivimos tiempos de una Caridad Invertida. La antigua virtud consistía en dar al que no tenía nada; la nueva moda consiste en regalar halagos y cenas exclusivamente a quien ya lo tiene todo. No es que la caridad haya desaparecido: se privatizó. Se volvió un beneficio para socios, no un deber para hombres. Y lo más grave es que esta privatización no se confiesa como vicio, sino como “madurez”: el orgullo de quien cree que ya aprendió a vivir, cuando en realidad solo aprendió a seleccionar.
LA HEREJÍA DEL FUNCIONALISMO
Hay quien no ve la falta. Lo llama “cuidar mi energía”, “poner límites”, “cerrar ciclos”. Pero el problema no es la prudencia —que puede ser legítima— sino la idea que gobierna el trato: el funcionalismo.
El funcionalismo es una metafísica degradada disfrazada de elegancia. Consiste en reducir el ser al servir; la persona a su función; el rostro a su rendimiento. Ya no se pregunta “¿quién es?”, sino “¿para qué me sirve?”. Y cuando esa pregunta se vuelve hábito, la vida moral se convierte en administración: el respeto se vuelve estrategia y el afecto, inversión; la relación se vuelve cálculo; la conversación, auditoría; la amistad, un índice.
Aquí está el punto que casi nadie quiere admitir: el funcionalismo no es solo “mal gusto social”. Es una inversión del orden humano. Lo que debía ser medio (acceso, dinero, contactos, estatus) se vuelve fin; y lo que debía ser fin (la persona, la justicia del trato, la comunidad) se vuelve medio. De esa inversión nace un derecho no escrito, más tiránico por ser silencioso: el derecho de admisión moral, por el cual el otro “existe” si califica y desaparece si no aporta. La crueldad moderna no necesita insultar: le basta con omitir. No persigue; “no tiene espacio”. No golpea; “no responde”. Es violencia elegante.
Frente a esto, la doctrina clásica de la caridad —tal como la entiende Santo Tomás— no es sentimentalismo: es una demolición del engaño. La caridad no es simpatía; no es gusto; no es filantropía decorativa. Es virtud: querer el bien del otro. Y si yo “quiero” al otro únicamente cuando me sirve, entonces no quiero su bien: quiero mi beneficio usando su existencia como escalón. Aunque se pronuncie la palabra “amor”, lo que hay es comercio. El funcionalismo vuelve “relación” a lo que solo es intercambio; y cuando el amor se vuelve contrato encubierto, deja de ser caridad.
Y como el funcionalismo no se anuncia con manifiestos, se delata en gestos cotidianos.
EL ESCÁNER EN LA PUERTA DEL COLEGIO
Basta observar las conversaciones a la salida de los colegios de élite. No son charlas: son auditorías. El “derecho de admisión” está tatuado en la retina. El ojo ya no mira rostros: mira etiquetas. Apellido, club, puesto, colonia, contactos. Cada pregunta es una inspección; cada silencio, un dictamen.
En apariencia, se trata de “cuidar el círculo”. En realidad, el círculo ya no es humano: es un índice de activos. Cuando miran al otro, no ven a una persona: ven una escalera mecánica. Si no sirves para subir, eres invisible. Y esa invisibilidad deliberada es una negación radical, porque la caridad comienza por un acto elemental —previo a cualquier ayuda—: reconocer. Reconocer al que no suma. Reconocer al que no abre puertas. Reconocer al que no “conviene”. El funcionalismo le niega ese primer pan: el pan del rostro.
TAPETES HACIA ARRIBA, TIRANOS HACIA ABAJO
El espectáculo más grotesco es la flexibilidad moral del “aspiracionista”. Es fascinante ver cómo la misma persona que sufre de tortícolis para no bajar la mirada hacia el empleado o el mesero adquiere la elasticidad de un contorsionista cuando huele dinero.
Con el débil, son doctrinarios: “hay que poner límites”. Con el poderoso, se vuelven místicos: todo es “admiración”, todo es comprensión, todo es indulgencia. Están dispuestos a patear al de abajo para “cuidar su nivel”, pero apenas la cartera ajena suena, se convierten en alfombra. Creen que eso es networking; en realidad, es prostitución del carácter. Venden su dignidad por cercanía prestada.
Y aquí se ve, con precisión, la diferencia entre cortesía y virtud: el funcionalismo puede ser impecable de modales y, sin embargo, ser indecente por dentro. Porque usa al hombre como medio. Y usar, aunque se haga con sonrisas, es lo contrario de querer el bien del otro.
LOS VIEJOS Y EL OLVIDO
En la sociedad del beneficio inmediato, el anciano es el pecado capital: es un pasivo. Como ya no tiene la firma autorizada y sus historias no cotizan en bolsa, se le aplica el derecho de admisión definitivo: el olvido.
Se les descarta porque “no aportan”. Pero ahí está la herejía: confundir aportar con rendir. Como si una vida fuera un reporte trimestral. Hemos olvidado que lo único que realmente aporta valor es la memoria, y que el consejo no es “contenido”, sino herencia. Visitar al viejo que ya no “sirve” es la prueba de fuego: revela si el hombre ama o solo administra relaciones. El funcionalismo lo abandona porque no produce; la caridad lo acompaña porque es persona.
LA CIUDAD HECHA DE PUERTAS
En México, esta religión tiene un templo urbano: la caseta de vigilancia. Se entiende el miedo a la inseguridad; nadie lo niega. Pero hay un punto en que la puerta deja de ser prudencia y se vuelve teología. La puerta no solo separa “seguros” de “inseguros”; separa “los míos” de “los demás”.
La autoprotección legítima muta en desprecio moral cuando se concluye —sin decirlo— que el otro es sospechoso por naturaleza y que el prójimo queda fuera por definición. La ciudad se convierte entonces en un archipiélago de fortalezas donde todos piden respeto, pero pocos reconocen al hombre real cuando no trae credencial de utilidad.
LA SOLEDAD DEL CLUB PRIVADO
Esta gente vive en fortalezas, pero se han robado a sí mismos la humanidad. Al reservarse el derecho de admisión, han logrado el “éxito” final: vivir rodeados de personas que no los aprecian, sino que los calculan.
El mundo del interés tiene una ley inviolable: el que entra por utilidad, sale por inutilidad. Basta una crisis, una enfermedad o una mala racha. El funcionalismo es un mercado: hoy cotizas, mañana te liquidan. Y entonces aparece el terror íntimo que nadie confiesa: descubrir que, para todos, uno también era solo función.
CÓMO SE ROMPE EL HECHIZO
El funcionalismo se excusa diciendo: “yo no hago daño”. Pero la caridad no se define por la ausencia de golpe, sino por la presencia del bien. La revolución contra esta frialdad es pequeña y concreta: recuperar el sentido de persona.
Saludar sin interés. Escuchar sin agenda. Tratar al trabajador como hombre y no como herramienta. Tratar al anciano como tesoro y no como pasivo. Tratar al que no tiene “nivel” como prójimo y no como estorbo.
Una sociedad no se mide por su consumo, sino por su capacidad de reconocer al débil. Y un hombre no se mide por su lista de invitados, sino por su trato con quien no le abre ninguna puerta. En tiempos de caridad privatizada, la verdadera caridad es la que no da estatus. Esa es la única que nos salva de convertirnos en perfectos ciudadanos del club privado: exitosos, impecables… y completamente solos.
