La expresión absoluta del amor

Todo en Nuestro Señor nos habla sin cesar, y a cada uno en concreto nos dice lo que necesitamos y debemos oír. Cada uno de nosotros al contemplarle sabe lo que Él le está diciendo

Por el Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Imagen ilustrativa: Detalle de la pintura titulada «Jesús crucificado», de Diego Velázquez

Artículo publicado con la autorización de El Español Digital.

Queridos hermanos, hasta cuando el Señor nos corrige y amonesta manifiesta en su corrección la expresión total y absoluta del amor. ¡Hasta en la amonestación! Sólo Él corrige, amonesta, sanciona con un amor único, de tal manera que el alma ya no siente más deseo de volver a recaer en la causa de la amonestación; pero no sólo no quiere volver a caer, es que además la detesta profundamente.

Cuánto desearíamos que el mismo Dios nos corrigiera en nuestros errores, y más que errores, en nuestros pecados. Nunca más volveríamos a cometerlos, nunca más caeríamos en el mismo error o cometeríamos el mismo pecado, ni querríamos volver a  equivocarnos ni volver a pecar. Pero Él lo hace, nos corrige y nos amonesta, porque quiere que cambiemos y dirijamos nuestra vida hace Él.  ¿Cómo oírlo? ¿Cómo saber que nos está corrigiendo? ¿Cómo saber que quiere que cambiemos en esto o en aquello?

Queridos hermanos, hay una sola respuesta, escucharle, mirarle, contemplarle en Su Sagrada Pasión. Desde ella nos sigue hablando, a ti y a un servidor, nos sigue mirando con la mirada con miró a Pedro cuando le negó, como miró con infinita dulzura, dolor y compasión a Su Santísima Madre camino del Calvario, como la miró a Ella y al discípulo amado desde lo alto de la Santa Cruz. Como miró a las buenas mujeres que lloraban por Él.

Imagen: Especial

Con Su divino silencio nos habla esperando que entendamos Su silencio, pues ya todo lo ha dicho. Su divina misión está llegando al final, ya sólo queda que comprendamos el por qué de Su Sagrada Pasión, y comprendiéndola le aliviemos el sufrimiento inimaginable sobre Su Cuerpo y Su Alma.

Contemplando Su dolorosa Pasión en la Santa Misa,  en el momento de la Adoración eucarística, meditándola en la oración personal, pensando en ella al contemplar un crucifijo, en esos momentos el Señor nos habla, nos corrige, nos amonesta, con el infinito amor divino de Su Sacratísimo Corazón. Sólo necesitamos saber escucharle con todo toda la atención y amor de nuestro corazón. Sentiremos en nuestra alma, si así lo hacemos, el doloroso y dulce deseo de arrepentimiento de nuestros pecados, y lo sentiremos de la forma única que sólo Él sabe hacer; caerán lágrimas de nuestros ojos, nuestra voluntad se enardecerá con el deseo de corregirnos, sentiremos la congoja de la vergüenza,  saldrán de nuestros labios el firme propósito de enmienda, y todo con paz, dolor y alegría. Porque el dolor y la alegría van unidos. El dolor por ofender al Señor y la alegría de sentirnos corregidos y enseñados, en definitiva, la alegría de salir transformados.

Todo está en el árbol de la Cruz, de allí pende el Amor infinito, desde allí nos habla incesantemente y constantemente nuestro Redentor. Ejerciendo Su Sacerdocio eterno dando Gloria al Padre, nos reconcilia con Él.

Imagen: Andrew Gardner (CC BY 4.0)

Sus sacratísimas Llagas nos hablan, lo hacen también sus heridas, cada herida de Su Bendito Cuerpo; lo hace cada gota de Su Preciosísima Sangre derrama por la salvación de todos los hombres. TODO ÉL no cesa de hablar. Todo en Nuestro Señor nos habla sin cesar, y a cada uno en concreto nos dice lo que necesitamos y debemos oír. Cada uno de nosotros al contemplarle sabe lo que Él le está diciendo.

Queridos hermanos, algo importantísimo que hemos de tener muy en cuenta, el Señor no nos fuerza; respeta nuestra libertad, de la que tendremos que rendir cuentas, eso sí. Él nos habla pero respeta nuestra decisión y actitud. Él nos muestra Su Sagrada Pasión. Nos muestra Su Amor infinito, no quiere forzarnos a que le amemos y escuchemos, quiere que seamos nosotros quienes libremente le sigamos fielmente obedeciéndole en todo.

Quiere que cambiemos en lo que hemos de cambiar, que nos perfeccionemos  lo que aún no hacemos bien, que desterremos lo que nos impide progresar en santidad.

No  cesa de hablarnos desde el árbol de la CruzEscuchémosle.

Ave María Purísima.

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