El nefasto discurso del rey

Felipe VI, un monarca que está fuera de la realidad de España

Por el Dr. Luis Tomás Zapater Espí1

Imagen ilustrativa: Especial

Los extremismos, los radicalismos y populismos se nutren de esta falta de confianza, de la desinformación, de las desigualdades, del desencanto con el presente y de las dudas sobre cómo abordar el futuro.

(…)

Somos un gran país… y creo que el mundo necesita —más que nunca— nuestra sensibilidad… y nuestra firme apuesta por Europa, sus principios y sus valores.

(Discurso de Nochebuena del Rey Felipe VI de España, en el Palacio de la Zarzuela, a las 21 horas del 24/12/2025).

«Me llena de orgullo y satisfacción»; esta era la frase más llamativa del rancio mensaje que daba a todos los españoles su Emérita Majestad el rey Juan Carlos I. Aunque al parecer al principio la citada frase no encajó mal entre los españoles, con el paso del tiempo —que mostró el consiguiente deterioro de las instituciones (sobre todo por la corrupción)— la frase famosa dio lugar a infinidad de chistes y comentarios ingeniosos, hasta el punto de que hoy sería imposible que se repitiera porque resultaría contraproducente.

Felipe VI no tiene una frase recurrente, pero a menudo dice o da a entender en sus discursos que «España es un gran país» y que «España es una gran Nación»; algún día aparecerá algún meme que añada: «a pesar de mí y del gobierno», dada la evolución de la gestión política del actual ejecutivo dictatorial (que ha gobernado a golpe de Decreto desde la pandemia, desmembrando progresivamente a España), y dada la marcha a la deriva de la actual monarquía, cuya viabilidad se pone cada vez más en cuestión por las actuaciones de sus majestades, siendo el último discurso navideño la noche del 24 de diciembre de 2025, la gota que ha rebosado el vaso de la paciencia para miles de españoles.

A menudo la gente olvida que las rebeliones y golpes de Estado contra las monarquías —algunas de las cuales han provocado la caída de las mismas— se han dado en la historia no solo por casos de reyes prepotentes y abusivos (como lo fue por ejemplo, Fernando VII), sino también, como pasó, como causa determinante de la Revolución Francesa, por la inacción o impotencia de la Casa Real ante los graves problemas ciudadanos, siendo percibida por la ciudadanía en general la actitud de sus monarcas como la de unas personas indiferentes ante el sufrimiento o las circunstancias adversas que estaban pasando sus súbditos, frente a las cuales la realeza mostraba una inacción e inoperancia imperdonables.

Hace poco más de un año, los españoles vieron en sus televisores unas imágenes que dieron la vuelta al mundo con motivo de las gravísimas inundaciones acaecidas en los pueblos situados al sur de la capital del Turia; mientras el felón de la Moncloa, al presentarse en la zona de la catástrofe, salía a toda velocidad con su coche oficial del lugar para evitar ser linchado por la multitud enfurecida, (pese a que se había parapetado tras el jefe del Estado), éste último dio la cara pese a las protestas, los insultos y el barro que arrojaron a la familia real todos aquellos desamparados que lo habían perdido todo, y a los que calificó el felón de «algunos violentos absolutamente marginales».

La actuación del rey no se limitó a palabras de apoyo que se las lleva el viento, sino que además puso a disposición del Gobierno efectivos de la Guardia Real y de su servicio de seguridad para colaborar en las zonas afectadas por la Dana en tareas de emergencia, y ante la (para mí) programada inacción del Ejecutivo en plena situación de gravedad para personas y bienes, desde el Palacio de la Zarzuela se ordenó que los militares de la Guardia Real acudieran a las zonas devastadas, lo que causó indignación en el Presidente del Gobierno, como si el Sr. Sánchez desconociera que el Rey es el Jefe de las Fuerzas Armadas, y más aún prescindiera de que el jefe inmediato de la Guardia Real es el Rey mismo, lo que parece una obviedad, pero no lo parecía tanto para el traidor de la Moncloa.

Poco más de un año después de aquel trágico episodio de la reciente historia de España, la víspera del día de Navidad del año 2025, en poco menos de 10 minutos todo el crédito que la parte del pueblo español que aún confía en la monarquía había depositado en su rey, sufrió una importante erosión por las palabras del monarca, que parece más preocupado que por su propio pueblo por las instituciones que ya no nos representan (sobre todo por el ejecutivo corrupto y su detestable y no menos corrupto partido),  así como por los euro-burócratas (que han desmantelado muestra industria, nuestra agricultura y nuestra pesca).

Al parecer, según las palabras de Felipe VI, la principal preocupación que tienen que tener al día de hoy los españoles son «los extremismos» que se nutren de la desinformación (frase propia de los mass media que apoyan la conspiración de la agenda 2030 descalificando de conspiranoicos precisamente a los que la ponemos de manifiesto ante la sociedad), extremismos que también se aprovechan «de la desesperación causada por la falta de confianza» (referida a las instituciones, se entiende), «de las desigualdades, del desencanto con el presente y de las dudas sobre cómo abordar el futuro».

Ni la corrupción del partido en el poder (cosa que sí denunció cuando gobernaba el Partido Popular), ni el desempleo escandaloso, ni las condiciones laborales precarias, ni la tendencia hacia una dictadura presidencial, ni la brutal subida de la delincuencia violenta de origen extranjero, ni la fuga de personas con carreras universitarias para trabajar en otros países (como es mi caso), ni las subidas de impuestos que ya tienen carácter confiscatorio, todo eso no tiene importancia para el monarca. El peligro son los extremismos.

Lo primero que habría que decirle al rey es por qué no denunció los extremismos cuando hace poco más de diez años, por iniciativa del movimiento 15-M —que fue una de las bases principales de las que surgió un partido que fue socio hasta 2023 del gobierno actual— se intentaba movilizar a la sociedad con iniciativas ilegales como tratar de asaltar el Congreso de los Diputados; y por qué no ha denunciado todas las políticas extremistas del gobierno actual que han reabierto heridas que habían cicatrizado entre los españoles, y que además se ha apoyado en separatistas con antecedentes filoterroristas, que por lo visto para su real majestad no merecen el calificativo de extremistas.

Como si esa afirmación no fuera suficiente para ganar impopularidad, el monarca reinante se refirió a una «apuesta firme por Europa, sus principios y valores», que está completamente fuera de lugar en un momento en el que los agricultores europeos están en pie de guerra por la nefasta política agraria de la UE, una de tantas que ha dado lugar a pérdida de empleos y favorecimiento de importaciones que destruyen nuestra pequeña y mediana empresa.

De poco servirá para Felipe VI el haber cortado lazos con el padre2 para que no se le asocie con la corrupción ni el desapego a los asuntos de Estado propios del Emérito, si aparenta ponerse del lado de los corruptos, de los euroburócratas y de los poderosos de la agenda 2030. Los puntos que ganó al haber ordenado a un batallón del regimiento Inmemorial que apoyaran en la Dana, los perdió en su nefasto discurso del 24 de diciembre de 2025.

A propósito del desgraciado mensaje del rey me viene una pregunta de rigor:

¿Pretende Su Majestad seguir la misma estrategia que tan malos resultados le dio a largo plazo a su padre Emérito, consistente en dar por hecho el apoyo de la derecha, dándole la espalda y traicionándola, para tratar de apoyarse en una izquierda que lo utilizará hasta que ya no le sirva? Buena parte de la opinión pública que apoyaba a la monarquía durante el reinado de Juan Carlos quedo decepcionada ante un rey «socialista», pese a estar casado con una reina beata y de derechas, un Jefe de Estado que había renunciado a los amplios poderes que heredó del régimen anterior para darse la vida padre («a mí dádmelo todo hecho», le dijo a Adolfo Suárez cuando este comenzó la transición). Y con esta afirmación no me refiero a que se esperara de Juan Carlos I que fuera una especie de «nuevo Franco», pues nadie en su sano juicio puede desear que a fines del siglo XX aparezca un monarca absoluto propio de la época del Luis XIV, pero los españoles de bien confiaban en que por parte de la Casa Real habría un mayor compromiso con la organización institucional de España, y no el desmadre al que dio lugar que esta se desentendiera de las labores de Estado y permitiera una Constitución que secuestra la voluntad popular poniéndola en manos de los partidos, y que fue la primera piedra en el proceso de desmembración de España con su nefasto título VIII. Nada eso era necesario y el Emérito lo permitió y lo impulsó.

Frente al descabellado último discurso de Navidad, con la franqueza propia del que fue Jefe de Estado antes que su emérito padre, le digo:

Majestad, descienda a la realidad de la calle. No se quede en su jaula de cristal. Me da la impresión de que nos toma por imbéciles, Majestad. Siga así y la historia lo juzgará como a sus inmediatos predecesores: con pena y sin gloria. ¿Qué legado le dejará a su Alteza Real, si está hipotecando su reino defendiendo lo indefendible? Dele la oportunidad de reinar, Majestad.


1. Dr. en Derecho Constitucional y Ciencia Política por la Universidad de Valencia (2003). Actualmente profesor-investigador Titular-C en México, y SNII candidato.

2. Este hecho no ha sido objeto de interpretación pacífica, pues algunos analistas de la Casa Real, como Jaime Peñafiel, acusan al actual soberano de haber roto la relación filial yendo más allá de lo institucional, siendo un «mal hijo» por mera conveniencia de reinar tranquilo, pues independientemente de sus controversias políticas son el monarca anterior, en definitiva es su padre, y no lo debería tratar como lo ha tratado. Así, el analista de la Casa Real dijo: «Su hijo ha demostrado ser un mal hijo. No puede echar a su padre de casa, no se ha marchado voluntariamente”.

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