Metamorfosis del feminismo

De la reivindicación de la justicia a la subversión del orden natural

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa generada vía la inteligencia artificial

El feminismo no puede comprenderse honestamente como una causa nacida sana que habría degenerado por exceso o por una radicalización tardía. Esa lectura, cómoda y tranquilizadora, evita el punto decisivo: desde su origen —aun cuando formuló demandas legítimas— el feminismo introdujo una ambigüedad de principio, al separar la justicia de su fundamento ontológico y convertirla en un criterio autónomo de reordenación social. Allí donde la justicia dejó de ser virtud ordenadora del bien común, comenzó a operar como instrumento de sustitución del orden.

La justicia auténtica no inaugura realidades: restituye. No inventa un mundo: repara un mundo herido, devolviendo a cada realidad su nombre y a cada sujeto su lugar bajo la verdad. Esta restitución no es un gesto sentimental, sino un acto del intelecto práctico, un acto de visión. La justicia no consiste únicamente en “hacer algo”, sino en ver correctamente qué es cada cosa y a quién corresponde qué, según la naturaleza de las cosas. Por eso todo desorden moral y social comienza por una ceguera: cuando el lenguaje se corrompe, el juicio se tuerce; cuando el juicio se tuerce, la ley se pervierte; cuando la ley se pervierte, la vida común se desgarra.

La justicia presupone un orden previo —humano, sexuado, relacional— susceptible de corrupción por actos concretos, pero no inválido en su raíz. Distingue entre acto y naturaleza, entre culpa imputable y condición ontológica, entre desorden accidental y estructura esencial. Cuando estas distinciones se disuelven, la justicia deja de medir y comienza a forzar; deja de sanar y empieza a reconfigurar. En lugar de “dar a cada uno lo suyo”, se transforma en una técnica de dominio que pretende redefinir lo suyo, alterar el criterio del merecimiento y modificar incluso el mapa mismo de la responsabilidad. Aquí se encuentra el error original: no necesariamente una intención inicua, sino una inversión silenciosa del punto de partida. Las injusticias reales —que existieron, existen y deben ser reparadas— se toman como pretexto para declarar ilegítimo el orden, y la reparación se convierte en impugnación.

Es innegable que las primeras formulaciones del feminismo tocaron bienes reales: capacidad jurídica, igualdad ante la ley, protección frente a abusos concretos. Negarlo sería necio. El problema no fue la existencia de reclamos justos, sino el principio interpretativo que, poco a poco, colonizó el discurso: la injusticia dejó de comprenderse como un desorden del obrar humano —corregible mediante la ley, la prudencia, la educación y la virtud— y pasó a interpretarse como prueba de que el orden mismo era ilegítimo.

Desde ese momento, la sospecha sustituyó al juicio. La mujer dejó de aparecer primariamente como persona concreta, con historia, vínculos, responsabilidades y fines, para convertirse en categoría. El varón dejó de ser sujeto moral capaz de bien y de mal y comenzó a leerse como principio estructural de dominación. El vínculo humano, en lugar de entenderse como realidad perfectible, quedó interpretado como antagonismo originario. Se instauró una semántica de la sospecha: no un simple cambio de sensibilidades, sino un giro conceptual que presupone que el vínculo entre los sexos es, por definición, una relación de poder. Toda escena de la vida queda así disponible para ser reinterpretada bajo esa clave.

El resultado es una moralidad invertida. La prudencia se considera tibieza; el matiz, traición; la distinción, complicidad. Se baja una persiana sobre lo real: el juicio deja de atender a lo concreto y comienza a reaccionar a símbolos. Y en el fondo de esta operación aparece una causa más profunda: el oscurecimiento del intelecto no procede solo de un error teórico, sino de una voluntad desordenada. Cuando el afecto —la ira, el resentimiento o el deseo de poder— se sienta en el trono del alma, la razón deja de mandar y se vuelve sirvienta. Entonces el hombre ve únicamente lo que quiere ver. La ideología no solo se equivoca: padece una ceguera espiritual que le impide contemplar la naturaleza tal cual es y la obliga a convertirla en material de su proyecto. Cuando la sospecha se convierte en principio hermenéutico, la realidad deja de hablar: solo habla el relato.

Imagen generada con inteligencia artificial

No hubo, en este proceso, una traición tardía, sino el despliegue coherente de un principio torcido. La reivindicación civil inicial dio paso a la mutación cultural; la mutación cultural desembocó en un sistema identitario y punitivo. El tránsito fue continuo: de la corrección de abusos a la impugnación del orden; de la ley al relato; del juicio al estigma. Primero se reclamó igualdad formal; luego se reinterpretó la diferencia como jerarquía; después se leyó el límite como opresión y la estructura familiar como dispositivo. Finalmente, se abandonó el juicio de actos y se comenzó a administrar identidades.

La justicia se degradó a gestión de reputaciones. La presunción de inocencia fue acusada de encubrimiento; la forma jurídica —prueba, contradicción, proporcionalidad— despreciada como obstáculo moral. Se instauró la sanción previa al juicio: primero se expulsa, luego se investiga; primero se destruye, luego se discute; primero se condena, luego se pregunta. Ya no se juzgan hechos: se consagran sospechas. A esto se le llama tribunal mediático, pero el término es insuficiente. No se trata de un tribunal, sino de una inquisición laica sin redención. No busca corrección del culpable, sino su excomunión civil. Donde no hay posibilidad de reparación, no hay justicia, sino administración de enemigos.

Este puritanismo nuevo es más cruel que el antiguo porque carece de trascendencia. No busca conversión ni reconoce perdón. No existe un Dios que absuelva, solo un algoritmo que condena. En este clima, la justicia deja de ser virtud y se convierte en mecanismo de exclusión.

El núcleo del error es ontológico. Se produce un desplazamiento ilegítimo del acto al ser. Lo imputable se convierte en identidad; el pecado, en naturaleza. Aquí se despliega un doble movimiento simétrico y devastador que afecta al varón y a la mujer. Del lado del varón, la masculinidad deja de ser una condición perfectible y pasa a ser culpa presunta. Se condena por pertenecer. Se destruye así el fundamento mismo de la justicia, que solo puede juzgar actos. Donde se condenan naturalezas, no hay derecho. Y cuando el ser es culpable, el perdón se vuelve imposible.

Del lado de la mujer ocurre una inversión complementaria. Se absolutiza una figura de pureza abstracta: la víctima por esencia. Se la blinda frente a todo matiz, responsabilidad o complejidad. La mujer concreta es congelada en un icono útil al aparato ideológico. Cuando sirve al relato, es intocable; cuando lo cuestiona, es devorada. En ambos casos, deja de ser persona y se convierte en símbolo. La quiebra ontológica afecta así a los dos: al varón, despojado de presunción de inocencia; a la mujer, despojada de agencia moral real.

Esta inversión se sostiene mediante la corrupción del lenguaje. Nombrar, que debería ser un acto de verdad, se transforma en un acto de guerra. Los conceptos se estiran hasta perder contorno. La dominación llega a significar todo y, por ello, ya no significa nada. Se asesina la prudencia, y sin prudencia gobierna la pasión. El pecado se vuelve imperdonable porque no existe redención, solo cancelación.

Pero esta estructura no solo acusa al varón: hiere profundamente a la mujer. A ella se le ofrece una dignidad de préstamo, fundada en la queja. Se la eleva en apariencia para fijarla en una identidad pasiva: víctima estructural. Se la convierte en cifra, en cuota, en argumento. No se la honra: se la administra. La mujer-masa es útil precisamente porque deja de ser mujer concreta.

El orden natural reconoce algo más severo y más alto. La mujer no es un sujeto que simplemente recibe protección. Es quien genera el espacio humano donde la vida es posible. No solo habita el mundo: lo humaniza. Su dignidad no nace de una herida convertida en bandera, sino de una soberanía silenciosa sobre lo real. No es cuota ni cifra de opresión: es centro de gravedad de la casa, de la cultura, de la continuidad.

La desnaturalización femenina no es una moda ni un discurso, sino un desplazamiento respecto de su finalidad. Se la educa para sospechar del vínculo, para leer la maternidad —real o potencial— como carga, para vivir la fecundidad como amenaza. Se le propone una identidad construida contra la vida. El resultado no es fortaleza, sino dureza; no es libertad, sino aislamiento; no es dignidad, sino idolatría del poder. Aparece así un tipo humano reconocible: mujeres entrenadas para la confrontación, incapaces de reposo, privadas del arte de edificar. No son monstruos, sino heridas vivientes de una pedagogía de la negación.

En este contexto se entiende el lugar simbólico del aborto. No solo como práctica, sino como signo. Se convierte en confirmación de una libertad que niega la finalidad del cuerpo y silencia la llamada de la vida. Si el cuerpo no tiene finalidad, la vida es material; si la vida es material, el vínculo es revocable. La ruptura no es solo moral, es ontológica. Se quiebra la alianza entre libertad y naturaleza. La promesa de autonomía termina en aislamiento; la promesa de fuerza, en esterilidad espiritual.

La forma jurídica, despreciada como formalismo, es en realidad frontera civilizatoria. Prueba, contradicción y proporcionalidad no son lentitudes: son caridad social hacia el inocente y disciplina hacia el culpable. Una norma que se aparta de la razón natural y del bien común no es ley en sentido propio, sino corrupción de la ley. La justicia que enfrenta facciones en lugar de ordenar las partes al todo deja de ser justicia. Y un mundo sin forma no protege a nadie: el poder que hoy destruye al varón por acusación mañana exigirá a la mujer una pureza pública imposible.

La crítica a esta metamorfosis no niega injusticias reales ni ataca a las mujeres. Defiende la justicia auténtica y defiende a la mujer concreta frente a su instrumentalización. La salida no está en ajustar procedimientos dentro del conflicto, sino en restaurar el orden natural: devolver la primacía al acto sobre la identidad, a la prueba sobre el relato, a la prudencia sobre la pasión, a la forma sobre el linchamiento.

La verdadera dignidad de la mujer no se conquista en un campo de batalla contra el varón, sino en la afirmación serena de su propia naturaleza. Una mujer que no teme a su fecundidad, que no abdica de su capacidad de vínculo y que sostiene el orden del amor no es una rezagada de la historia. Es la muralla de gracia que impide que la sociedad se convierta en un desierto de individuos aislados. Su orgullo no nace de la queja, sino de la certeza silenciosa de ser indispensable para la paz humana.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.