La mano extendida y el martillo

(A propósito de la querella mexicana por los libros de texto y la vieja tentación de bautizar el marxismo)

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

La destitución de Marx Arriaga Navarro como figura visible de los materiales educativos en la SEP no cierra una discusión: la revela. La presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido que, pese a ese relevo, los libros de texto no se modificarán y el rumbo de la Nueva Escuela Mexicana se mantiene. El hecho, en su desnudez, es elocuente: se retira el rostro, pero se blinda el dogma. Lo administrativo se ajusta; la arquitectura intelectual permanece.

El dato que vuelve filosóficamente relevante este episodio no es la psicología del funcionario ni el ruido de la coyuntura, sino la franqueza ideológica. Arriaga ha defendido públicamente su marxismo —con ese nombre—, por ejemplo en su texto “Por qué soy marxista”. Desde ahí, la palabra “humanismo”, rótulo frecuente del enfoque oficial, deja de ser etiqueta amable y se convierte en pregunta estricta: ¿qué idea de hombre pretende formar esta escuela?, ¿y qué “liberación” promete?

Porque el marxismo no es solo un acento social. Es una antropología (qué es el hombre), una moral (qué es el bien) y una metafísica de la historia (qué sentido tiene lo real). Cuando esa estructura entra a la pedagogía, la escuela deja de ser transmisión ordenada del saber para volverse praxis de transformación: no se educa principalmente para conocer la realidad, sino para reconfigurarla. Eso se vuelve tangible cuando el aula se organiza en torno a proyectos “comunitarios”, “transformación del entorno” y lectura del mundo en términos de estructuras. Lo que aparenta método, muchas veces es filosofía aplicada.

Un deslinde previo, indispensable

Lo que queda al descubierto no es un pleito de funcionarios, sino una tesis sobre el hombre. Cuando la educación deja de ser introducción a la realidad —al ser de las cosas, a su orden inteligible y a la medida que ese orden impone— y se redefine como herramienta de transformación, el alumno no es liberado por la verdad: es orientado por una voluntad política. La escuela, entonces, no se limita a enseñar; pretende fabricar una conciencia.

En apariencia, esto se presenta como emancipación. En sustancia, es una mutación de la libertad: se confunde con autocreación, como si el hombre no tuviera una naturaleza que reconocer y perfeccionar, sino una “realidad” que producir a fuerza de praxis. Y cuando la voluntad ocupa el lugar del orden, el resultado no es progreso moral, sino pérdida de medida. No es barbarie por falta de técnica, sino por pérdida de inteligibilidad: lo humano se vuelve materia disponible, y el mundo, simple material para el proyecto.

Esta inversión se advierte también en el vocabulario: se invoca “comunidad”, “inclusión”, “justicia”, “fraternidad”, como si bastara el nombre para asegurar la cosa. Pero hay aquí una sustitución silenciosa. El bien común —en sentido clásico— no es suma de intereses, ni consenso, ni emoción compartida; es el conjunto de condiciones de justicia que perfeccionan a las personas y a los cuerpos intermedios conforme a su naturaleza. Cuando el aula se organiza principalmente para “leer” la sociedad en clave de estructuras y relaciones de poder, el horizonte del bien común se desliza hacia el terreno movedizo del interés colectivo del momento: lo justo ya no se contempla como orden, sino que se decide como resultado.

Y esto tiene un efecto pedagógico inmediato, tan sencillo como decisivo: el saber deja de ser principio de autoridad. La autoridad del docente —que descansa en la realidad conocida y transmitida— se traslada al marco interpretativo que todo lo explica. No hace falta convertir la escuela en un “comité” para que opere como máquina de reclutamiento mental: basta con entrenar una mirada única, una gramática obligatoria de interpretación del mundo. La escuela deja de transmitir realidad y empieza a adiestrar una lectura.

Por eso, la salida de un funcionario y la permanencia intacta del programa no son un detalle administrativo: revelan una función más alta que la mera gestión. Cuando un Estado asume la tarea de definir, no solo contenidos, sino el sentido moral último de la historia y del hombre, deja de limitarse a gobernar: catequiza. Y cuando el poder pretende catequizar, la disidencia deja de ser un error discutible para convertirse en culpa cívica.

Con ese marco, se entiende por qué el viejo intento de hacer compatible el marxismo con la fe católica no es un debate arqueológico. Está vivo, y reaparece con nuevas palabras y el mismo nervio. Para no extraviar la discusión en adjetivos, conviene caminar con una guía segura: la estructura de lo que sigue se inspira en una conferencia clásica del jurista y pensador tradicional Juan Vallet de Goytisolo (Navarra, 1975), cuya lucidez conserva la virtud de explicar el presente sin necesidad de improvisaciones. Este artículo toma su arquitectura argumental y la sitúa en el escenario mexicano de 2026, sin amputar ninguna de sus ideas esenciales.

I. FE, ESPERANZA Y CARIDAD: TRES VIRTUDES, DOS MUNDOS INCONCILIABLES

La incompatibilidad no es táctica; es de raíz. El cristianismo no es una ética entre otras, sino religión de fe y esperanza sobrenaturales y de amor verdadero, es decir, de caridad en sentido propio. El marxismo nace de fuentes opuestas.

1) Fe: Dios real o Dios-proyección

La fe cristiana confiesa un Dios personal, creador del cielo y de la tierra; a Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre; al Espíritu Santo como amor del Padre y del Hijo; la resurrección de la carne y la vida perdurable. Frente a eso, Feuerbach y, tras él, Marx invierten la relación: no es Dios quien crea al hombre, sino el hombre quien “inventa” a Dios como proyección de su deseo de librarse de sus necesidades. De ahí la “alienación religiosa”: el hombre aliena su poder en un ser imaginario.

Esa alienación —se dice— debería cesar cuando la humanidad alcance su perfección histórica; entonces se cancelaría de la mente ese “ser imaginario y tiránico” al que se llama Dios, y la fe en Dios se evaporaría para dar paso a la fe en el hombre: el hombre es el ser absoluto para el hombre. Así, la teología queda reducida a antropología.

2) Esperanza: beatitud eterna o futuro intrahistórico

La esperanza cristiana sobrepasa al mundo porque se apoya en la fe: somos homo viator, en marcha hacia un más allá cuyo objeto es Dios mismo, captado como soberano y eterna beatitud. La esperanza marxista no se dirige al bien inmutable, sino al bien futuro en este mundo: la utópica sociedad fraternal sin clases, obra del hombre en su evolución final, sin esperanza más allá de la muerte.

3) Caridad: orden del amor o dialéctica de la lucha

La caridad cristiana se funda en Dios y tiene orden: el Creador por encima del universo finito y de cualquiera de sus partes, incluido el prójimo; el prójimo por encima de las cosas. No es posible amar a Dios sin amar al prójimo; pero tampoco es posible amar al prójimo sin amar a Dios. A Dios con amor absoluto; al prójimo con amor total, pero no absoluto. El misterio trinitario revela que Dios es amor: don eterno, gratitud eterna y efusión eterna.

El marxismo sustituye este principio por otro: el progreso no nace del amor ni de la interacción complementaria de seres, sino de la dialéctica, de la lucha entre contrarios. La lucha de clases se considera motor del avance histórico. Con ello, el conflicto ocupa el lugar del amor como ley de la vida social.

II. DOS ANTROPOLOGÍAS: EL HOMBRE SEGÚN LA FE Y EL HOMBRE SEGÚN LA HISTORIA

Ni siquiera el hombre es el mismo.

Para el cristianismo, el hombre no es absoluto: viene del único Ser absoluto y se ordena hacia Él. Está compuesto de materia y espíritu, cuerpo y alma. Olvidar alguna de esas dimensiones precipita en inmanentismo, materialismo o angelismo.

Para el marxismo, el hombre es:
• Inmanente, capaz de construir por sus solas fuerzas un paraíso en este mundo; por eso toda religión trascendente es enemiga, porque niega la autosuficiencia humana.
• Materia pensante, cuerpo consciente, porción de materia en evolución dialéctica, determinada por necesidades, entre las cuales las económicas ocupan lugar central.

Si el hombre no depende de un Ser trascendente, no recibe —ni necesita— gracia santificante. Y, como producto de evolución, no tiene naturaleza en sentido metafísico: el evolucionismo radical niega la sustancia ontológica estable, reduciendo al hombre a producto mutable del materialismo histórico. Cada estructura económico-social comportaría un nuevo tipo de hombre.

En la civilización cristiana, el hombre es animal racional y político:
• Como racional, su razón —herida por el pecado original, pero no destruida— puede alcanzar conocimiento suficiente de la existencia de Dios, de la inmortalidad del alma y del orden moral inscrito en la creación.
• Como político, su naturaleza lo impulsa a vida social, con tendencias y necesidades que deben ser reconocidas al ordenar inteligentemente lo económico y lo político.

Por eso la educación, en su sentido alto, forma facultades físicas, morales e intelectuales; cultiva virtudes teologales y cardinales; desarrolla aptitudes para contemplar (pararse a ver con inteligencia), obrar bien y fabricar objetos útiles subordinados al bien humano.

Según el marxismo, el hombre viene determinado por el estadio histórico que lo configura incluso en su modo de pensar. No puede alcanzar verdades estables —porque las niega—, ni conocer orden natural —porque lo niega—, ni formarse por una moral objetiva —porque la moral sería producto de estructuras dominantes. Le queda fabricar: fabricar estructuras, fabricar sociedad, fabricar al “hombre nuevo”. Será “moral” cuanto favorezca el tránsito revolucionario, incluso si utiliza violencia y destrucción: lo más eficaz se declara lo más bueno.

La educación marxista, por tanto, no se orienta a la formación personal para la vida virtuosa, sino a la “concientización” para promover el cambio de estructuras. No se educa para conocer el mundo, sino para contribuir a cambiarlo. Y, si se lleva su lógica hasta el extremo, aparece su absurdo: si Dios fuese solo proyección del deseo de un ser sin necesidades, “desalienarse” exigiría suprimir dolor, muerte y mal. Entonces el “hombre nuevo” o sería dios o sería bestia; en ambos casos, dejaría de ser hombre.

III. CÓMO SE PREPARÓ EL TERRENO: INTOXICACIONES QUE HICIERON POSIBLE LA MEZCLA

¿Cómo pudieron mezclarse concepciones tan contradictorias? Hubo una preparación: mentalización ambiental y praxis común que descartó diferencias de principio como desdeñables ante la promesa de una sociedad sin clases. Y esa promesa, paradójicamente, termina afirmando un final sin antítesis: una vez logrado el paraíso, la dialéctica cesaría. El marxismo revela aquí su núcleo mítico.

Dos intoxicaciones rousseaunianas abrieron la puerta:
1. la pretendida bondad natural del hombre corrompida por instituciones: se sustituye el pecado original por el pecado social, y la conversión personal por la revolución estructural;
2. la transposición de la igualdad esencial hacia la exigencia de igualdad absoluta: negada por la realidad, rompe la interacción social (mutua ayuda fundada en diversidad) y prepara la lógica de la lucha.

Más profunda es otra intoxicación: voluntarismo y nominalismo, libre examen protestante, subjetivismo cartesiano, imperativo kantiano, operativismo político, voluntad general, hasta la dialéctica hegeliana, donde lo real y lo racional se confunden en el despliegue histórico.

El modernismo penetró con la pretensión de erigir como guía una “conciencia colectiva” determinante del significado actual de todo lo anterior, incluso de lo revelado. La opinión pública queda convertida en oráculo, moldeado por los medios de masas.

Y el ropaje pseudo-científico de ciertas síntesis evolucionistas ofreció un nimbo cuasi teológico al materialismo histórico: el universo ya no como orden sino proceso; el sentido moral confundido con fuerza ascensional; el pecado como límite de la fuerza; la socialización totalitaria como crecimiento; un Cristo Omega de evolución. Se promete así una “fe hacia adelante”, donde ir a Dios no exige volverse de espaldas al mundo, sino entregarse a su transformación: Dios ya no como Ser, sino como horizonte del devenir.

IV. VOLVER A LA CAVERNA: CUANDO YA NO SE BUSCA EL ORDEN, SINO QUE SE LO FABRICA

Una vez asumida esa mentalidad, parece inútil buscar el orden creado: se trata de construirlo según la conciencia del momento histórico. Pero si el hombre no capta lo que trasciende a su cultura, ¿qué guía posee para esa tarea?

El resultado es una clausura: filosofar deja de ser salida hacia lo real para convertirse en encierro en la caverna cultural, agravado por el hecho de que ahora la caverna la edificamos nosotros mismos. Se abandona la intuición del orden inteligible de la naturaleza —que llevó a los antiguos a reconocer un Ordenador— y se entra en un camino donde el orden no existe: se produce.

V. LA ENCRUCIJADA DEL HISTORICISMO: PROGRESO, FIN Y NIHILISMO

En esa deriva, lo absoluto deviene historia. Con Hegel, lo real es racional por imponerse; triunfar equivale a tener razón. Cualquier iniquidad queda justificada. La historia se vuelve tribunal del mundo, y su fin coincide con el despliegue total de una idea que se encarna en un Estado.

Con Marx, el fin sería la sociedad homogénea donde desaparecerían Estado y Derecho. Pero ese final niega la dinámica dialéctica: si hay final, la dialéctica se cancela; si no lo hay, el progreso se vuelve infinito malo, siempre abierto y nunca cumplido. Entre un infinito cerrado contradictorio y un infinito abierto desesperante, el historicismo conduce al círculo del eterno retorno. La razón moderna, queriendo reemplazar a Dios, se asoma al abismo de la nada.

VI. EL “REINO DE DIOS” REBAJADO A TRIUNFO INTRAHISTÓRICO

La colusión entre cristianismo y marxismo suele comenzar por el mito del triunfo final en la historia. Se produce entonces una transposición: las bienaventuranzas se quieren realizar aquí, como si el fin de la fe fuese la instauración de una sociedad ideal. Se identifica la “liberación” con la transformación de estructuras sociales, y la liberación preocupa más que la salvación eterna.

El socialismo se presenta como camino, y su triunfo se identifica con el Reino de Dios en la tierra: igualdad, justicia, fraternidad, solidaridad. Para sostenerlo se descartan los textos que anuncian apostasía, enfriamiento de la caridad, desconocimiento de la hora, y se olvida que la ciudad definitiva desciende de Dios: no es obra del hombre.

VII. LA MARXISTIZACIÓN ESCALONADA: NO EVOLUCIÓN, SINO DESCENSO

La marxistización teológica se realiza por grados, como descenso lógico:
1. Silencio de lo eterno: sin negar dogmas, se acentúa solo lo temporal; luego se niega de hecho la vida eterna.
2. Reino de Dios = sociedad comunista: la “Nueva Jerusalén” se identifica con el futuro socialista; se pide colaborar con marxistas.
3. Cristianismo horizontal: religión antropocéntrica; amor al prójimo sin Dios; pecado social como centro; liturgia como asamblea.
4. Depuración del culto: se combaten devociones; pastoral y catequesis se usan para concientizar.
5. Cristianismo sin dogma: los dogmas se degradan a mitos (Trinidad, creación, pecado original, cielo, infierno, Encarnación, Redención, Resurrección…).
6. Cristianismo ateo: Dios se disuelve; Cristo queda como figura política revolucionaria.
7. Cristianismo marxista: coronación del proceso; brotan teologías de violencia, revolución y muerte de Dios.

Lo más grave es la construcción de puentes: se presenta la liberación social como germen de salvación y se mantienen abiertas las fugas. La gracia encarna en la naturaleza; no puede encarnar, por falta de objeto, en ideologías fabricadas contra la naturaleza.

VIII. PRAXIS: CAMINOS HISTÓRICOS DE LA COLABORACIÓN

La teoría no se consuma sin praxis. El itinerario histórico muestra etapas:
1. El sueño de cambiar bases naturales y tradicionales y edificar una ciudad futura sobre otros principios (condenado por San Pío X).
2. La proclamación de una ruptura con el “orden establecido” bajo pretexto de autenticidad cristiana.
3. La política de la “mano tendida”: aceptar un trabajo político común, circunscribirse al programa del partido, mantener el Evangelio “cautivo” para no convertir y no suscitar objeción de alienación religiosa.
4. El movimiento “cristianos por el socialismo”: denuncia de estructuras, análisis marxista, lucha de clases, unidad revolucionaria por encima de la unidad eclesial, desmitificación de la doctrina social, y, sobre todo, la tesis capital: la praxis revolucionaria como medio generador de una nueva creatividad teológica, que reclama nueva lectura de Biblia y tradición, reemplazando conceptos y símbolos para que no estorben al compromiso.

IX. EL GIRO DECISIVO: DE LA FE A LA PRAXIS, Y DE LA PRAXIS A LA FE

Aquí se invierte el orden. La Revelación —por la cual Dios se comunica a sí mismo y ordena al hombre a la salvación integral del pecado y de la muerte— se sustituye por una liberación histórica que el hombre pretende producir colectivamente. Se cae en el error de hacer al hombre fin de sí mismo, demiurgo de su historia.

Se invoca la frase apostólica: la fe sin obras está muerta. Pero se cambia el sentido: no se trata de obras que la fe exige, sino de una praxis inmanentista a la que se somete la fe. Primero se adopta la tesis de que la praxis marxista asegura la liberación total; luego se juzga la fe conforme a esa praxis, concluyendo que será “verdadera” en la medida en que resulte “eficaz” para sostenerla. Así todo queda en discusión: Iglesia, jerarquía, sacramentos, oración, obediencia, sentido del pecado.

Entonces la fe ya no mide la acción: la acción mide la fe. Y el cristianismo se temporaliza: se vuelve instrumento del programa.

X. EL “ANÁLISIS” MARXISTA: NO CIENTÍFICO Y CON FRUTOS CONTRARIOS

El análisis marxista no es científico: opera con equívocos y extensiones indebidas de términos; su determinismo económico se contradice con la historia misma; su dialéctica se niega en su final; y, tras décadas, sus promesas no se verifican: ni desaparecen clases, ni se extingue el Estado; más bien se endurece el control.

La “liberación” de alienaciones presuntas produce nuevas alienaciones reales, más extensas. La plusvalía no retorna al trabajador: se dispone por una nueva clase dominante. El Estado se vuelve más opresivo, el derecho más coercitivo. El resultado no es fraternidad, sino totalitarismo y desesperanza.

XI. SUBVERSIÓN: EXPLOTAR LOS IDEALES PARA DESTRUIR LO REAL

La utopía rara vez se logra; la destrucción sí. La subversión explota ideales universales (justicia, paz, libertad, derechos) como instrumentos de manipulación: silencia atropellos de aliados y amplifica faltas del adversario; presenta “lo constituido” como antítesis del bien; autojustifica violencias, desmoraliza al adversario y atrae almas cándidas, incluso brillantes, que no entienden la guerra en la que participan.

Desde ahí se entiende la eficacia de ciertos ambientes: grupos de contestación, culpabilización sistemática de instituciones, desacreditación del orden heredado, y conversión de conciencias por indignación permanente. Una vez rota la inteligencia del orden, el corazón queda expuesto al reclutamiento sentimental.

EPÍLOGO MEXICANO: “HUMANISMO” TEOCÉNTRICO O HUMANISMO MATERIALISTA

La expresión “humanismo” exige precisión. Hay un humanismo verdadero —teocéntrico— donde el hombre es imagen de Dios, criatura con alma, ordenada a la verdad, llamada a la virtud y destinada a la beatitud. Y hay un humanismo antropocéntrico o materialista donde el hombre es producto de la historia, moldeable por estructuras, y donde la educación no forma para contemplar la verdad, sino para producir eficacia histórica.

Ambos pueden usar la misma palabra; su destino es opuesto. Uno eleva al hombre por Dios; el otro lo redefine sin Dios y, al final, lo reduce.

Por eso el episodio SEP no es un simple capítulo escolar: es un caso contemporáneo del viejo intento de bautizar el marxismo. Se retira un nombre propio, pero se declara intacto el programa. Se quita el rostro; se blinda el dogma. Y la advertencia permanece, hoy como ayer: cuando la historia pretende ocupar el lugar de la salvación, cuando la praxis pretende juzgar a la fe, cuando el conflicto pretende reemplazar al amor como ley de lo humano, ya no estamos ante un ajuste pedagógico, sino ante una sustitución de religión.

Y en esa sustitución, lo que se promete como liberación suele terminar —por lógica interna y por experiencia histórica— como martillo: primero contra el orden natural, luego contra la verdad, y finalmente contra el hombre.

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