Ni venganza ni perdón, o la confesión de un Estado sin «officium»

Este artículo no pretende resumir el libro, sino usarlo como prueba. La crítica política empieza cuando los hechos dejan de ser rumor y se vuelven materia visible. Aquí lo visible es la degradación de lo público: la palabra, la ley, el oficio, la responsabilidad, el tiempo mismo de la política. En ese orden

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: Jorge Fernández Menéndez | Facebook

Un libro político vale, ante todo, por lo que deja ver del modo de mandar. No por su temperatura sentimental, sino por su capacidad de mostrar el nervio: quién decide, con qué forma, bajo qué medida, y con qué costo para la cosa pública. Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer Ibarra, tiene esa cualidad rara: no predica, exhibe. Y, al exhibir, obliga.

El punto de partida no es una teoría. Es una posición de proximidad. Hay una frase que delata el lugar exacto desde el que habla quien escribe: el de quien “plasma en leyes las convicciones del jefe”. No es un detalle literario; es un dato de estructura. Significa que aquí no habla un espectador. Habla alguien que ha estado en el tránsito delicado donde el poder se convierte en forma jurídica. Por eso, este libro no se lee como crónica ajena, sino como advertencia interna: el mismo mecanismo que se describe es tan áspero que incluso uno de sus operadores siente la necesidad de dejar constancia.

El prólogo sitúa el ambiente moral en que opera ese mecanismo: enfrentamiento irracional, adversario tratado como enemigo, partición del país en buenos y malos, manipulación de la historia común como instrumento de combate. Esto no es una “tensión” social cualquiera. Es la condición necesaria de cierto modo de mandar: para que el mando sea incuestionable, conviene que la comunidad no repose, que el juicio no se estabilice, que la ciudad permanezca en vibración.

Este artículo no pretende resumir el libro, sino usarlo como prueba. La crítica política empieza cuando los hechos dejan de ser rumor y se vuelven materia visible. Aquí lo visible es la degradación de lo público: la palabra, la ley, el oficio, la responsabilidad, el tiempo mismo de la política. En ese orden.

LA CONFESIÓN DEL ARTÍFICE

Conviene subrayarlo desde el inicio: el valor del libro crece por la condición de quien lo narra. No se trata de una denuncia exterior, sino del testimonio de quien estuvo en el punto donde se redacta la cobertura legal de la voluntad. “Plasma en leyes las convicciones del jefe”. A partir de ahí, cada escena se entiende como lo que es: una descripción del paso del gobierno a la pura dominación. Y esa descripción, por sobria que sea, tiene una carga ética: es un deslinde, o al menos la señal de que el sistema ha quedado sin medida suficiente.

I. LA ENEMISTAD COMO MÉTODO: CUANDO LA CIUDAD DEJA DE SER CUERPO

En una comunidad política, el desacuerdo es normal. Lo anormal es que el desacuerdo sea convertido en régimen. El prólogo describe ese paso: el adversario pasa a ser enemigo; la comunidad se parte en bandos morales; la historia común se usa como materia de propaganda. 

Cuando se gobierna por enemistad, lo primero que se corrompe es el lenguaje. La palabra pública deja de nombrar la cosa y se dedica a clasificar personas. La segunda corrupción es la justicia: deja de ser medida objetiva y se convierte en consigna. La tercera corrupción es la prudencia: desaparece la deliberación y queda la táctica. El prólogo lo formula con precisión: beligerancia interna con heridas que no cierran. 

Ese estado de beligerancia no es una falla accidental. Es una herramienta. Una ciudad exhausta discute menos; una ciudad dividida juzga peor; una ciudad excitada acepta con facilidad la sustitución de lo público por lo personal.

II. EL ESTADO ESCÉNICO: PUBLICIDAD EN LUGAR DE GOBIERNO Y ANIQUILACIÓN DEL FUTURO

El libro describe una forma de mando cuyo centro no es la deliberación, sino la escena. Se dice que el jefe no está hecho para juntas, que le gusta lo masivo, que es asambleísta; y se añade la consecuencia: “en esa lógica se imponen también las mañaneras”.  Se consigna la rutina sin adorno: “mañaneras todos los días después del gabinete de seguridad”. 

Aquí hay un cambio de naturaleza: el acto de gobierno se desplaza de la decisión prudencial al acto de presencia. No se manda primero; se habla primero. Y hablar, en este régimen, no significa comunicar una decisión tomada según razón práctica, sino producir adhesión, mantener tensión, fijar un enemigo, sostener la liturgia.

La consecuencia más visible es la degradación de la verdad práctica: la publicidad sustituye a la veracidad. Pero hay otra consecuencia más profunda: la degradación del tiempo político. La escena diaria impone un presente perpetuo. El gobierno se vuelve reactivo: vive del acontecimiento mediático, no del proyecto. El anuncio de hoy borra el fracaso de ayer; la consigna de hoy sustituye el balance de ayer. El futuro queda aniquilado no por falta de palabras, sino por exceso de palabras: la palabra devora el tiempo, y el tiempo devorado impide la planeación.

Un país sin tiempo político queda condenado a la improvisación y, con ella, a la arbitrariedad. Porque donde no hay plan, manda el impulso. Y donde manda el impulso, la ley se reduce a herramienta de ocasión.

III. PSICAGOGÍA: DEL CIUDADANO AL DEVOTO

Hay una frase del libro que debe leerse sin complacencia: desde el principio se decía que el jefe era un “catequizador”. Se afirma que los programas sociales iban acompañados de un proceso de catequización desde la tribuna, “complementado con recursos”. Y se enuncia la consecuencia subjetiva: “La gente vivía, o vive, enamorada del presidente”.

Esto no es una metáfora amable. Es una descripción de desplazamiento: del vínculo jurídico al vínculo afectivo. La ciudad deja de sostenerse en ciudadanos y empieza a sostenerse en devotos. El devoto no exige justicia: agradece. El devoto no pide cuentas: confía. El devoto no distingue entre lo público y lo personal: lo confunde.

El libro añade el paisaje que hace posible ese tránsito: pocas veces hubo cuestionamiento real; hubo planteamientos manipulados por intereses, y eso no era gratuito.  Donde el cuestionamiento es ritual y no examen, la libertad política se debilita. Porque la libertad política no consiste en elegir emociones, sino en poder juzgar y exigir lo justo.

La psicagogía, así, se vuelve una técnica de mando: conducir almas para gobernar cuerpos. Y cuando el Estado pretende conducir almas, ya no cumple su función pública: invade un terreno que no le corresponde y, en esa invasión, disuelve la ciudadanía.

IV. “ENCARGOS, NO CARGOS”: MUERTE DEL OFFICIUM, DISOLUCIÓN DE LA RESPONSABILIDAD

En el corazón institucional del libro hay una frase que explica mucho más que un estilo personal: “Daba encargos, no cargos… el encargo era… más importante… porque estaba sustentado en la confianza”.

El cargo, en la lógica pública, es un oficio: una esfera de competencia definida, limitada, imputable. El encargo, tal como se describe, es un mandato personal sostenido en confianza, incluso al margen de la esfera del encargado. El paso del cargo al encargo es el paso del orden al voluntarismo. Es la sustitución de lo público por lo patrimonial. No hay res pública cuando el mando real depende de la cercanía.

El propio libro sugiere los síntomas: administración a contentillo, secretarios como empleados de intereses ajenos, un gobierno “sin forma ni consistencia”. Pero hay un efecto todavía más determinante: la erosión de la responsabilidad jurídica. El cargo deja huella; el encargo deja sombra. El cargo permite imputación; el encargo permite escape. Cuando alguien actúa por confianza y no por facultad legal, se vuelve difícil fincar responsabilidades administrativas, porque la decisión real se desdibuja en la jerarquía personal y se vuelve informal. El encargo es, por tanto, un mecanismo perfecto para la impunidad: manda sin oficio, decide sin marco, opera fuera del alcance ordinario de la fiscalización.

El oficio público es una forma de justicia: fija deberes, fija límites, fija consecuencias. Su muerte no es un problema administrativo: es una crisis de derecho público.

V. SOFÍSTICA CON PRESUPUESTO: ANDAMIAJE DE MEDIOS Y CORRUPCIÓN DE LA PALABRA PÚBLICA

El libro baja a cifras lo que suele quedar en sospecha. Describe un engranaje de publicidad oficial y financiamiento indirecto.  Señala una cantidad que no admite ingenuidad: más de 2800 millones de pesos desde 2018.  Expone la ruta de pagos vinculados a una empresa impresora que produce tanto el medio como materiales de programas sociales. 

La pregunta que el texto coloca es una pregunta de justicia distributiva: si los partidos ya reciben financiamiento público para sus actividades, por qué un medio vinculado a un partido en el poder recibe además publicidad oficial y recursos públicos. 

Y la conclusión es la figura completa: un “andamiaje de medios supuestamente alternativos e independientes” sostenidos con recursos públicos, convertidos en negocios privados, orientados a construir una narrativa oficialista y a descalificar adversarios. 

Esto no es simple propaganda. Es sofística: producción de una realidad paralela mediante el uso de la palabra como instrumento de poder. La palabra pública, que debería ser el vehículo de la verdad práctica necesaria para el bien común, se vuelve máquina de excitación y descrédito. Y donde la palabra se corrompe, la deliberación muere. El pueblo deja de discutir lo justo y se acostumbra a repetir lo útil para el bando.

VI. DERECHO DE OCASIÓN: FE DE ERRATAS, DECRETOS, FRAUDE DE LEY

Hay un momento en que la degradación política se vuelve jurídicamente visible: cuando la ley deja de ser orden estable y se convierte en disposición de ocasión. El libro presenta un caso con fechas. Un decreto del 25 de agosto de 2022 otorgó una compensación vitalicia con condiciones; una fe de erratas del 29 de agosto alteró condiciones para incluir a personas ya liquidadas.  El propio texto lo califica como maniobra que forzó un programa improvisado con justificación jurídica deficiente y sin recursos presupuestales asignados.  Y subraya la lesión medular: usar una fe de erratas para modificar reglas de acceso viola el principio de legalidad presupuestaria. 

Esto no es torpeza técnica. Es fraude de ley: usar una vía prevista para corregir erratas como instrumento para modificar la sustancia. La forma legal se emplea para vaciar el contenido. Es la legalidad formal en lugar del derecho como justicia. Es nihilismo jurídico: no se niega la ley, se la usa contra su fin.

El libro ofrece otra escena del mismo género: tras un fallo, el 17 de marzo de 2025 se publica una fe de erratas que elimina artículos clave de un decreto sobre maíz transgénico y glifosato.  Se menciona financiamiento no explicado públicamente y posibles conflictos de interés entre funcionarios y exfuncionarios.  El patrón se repite: voluntad primero, cobertura después, remiendo al final.

En estas escenas el derecho aparece reducido a instrumento de cobertura. Y donde el derecho es cobertura, el poder ya no tiene límite real: tiene trámite.

VII. LA PRUEBA FINAL: CUANDO LA REALIDAD COBRA

El Estado escénico puede sostenerse mientras trate con palabras. Pero la realidad no se administra con palabras. El libro expone el episodio de medicinas: diagnóstico equivocado, afirmaciones no verdaderas, decisiones que desembocaron en distanciamiento con laboratorios, compras internacionales de medicinas fabricadas en México, cambios legales ordenados desde arriba que no se implementaron, ineficiencia regulatoria con retrasos y “ineficiencia espantosa”.  El contraste es tajante: en sistemas bien controlados nunca hubo falta de medicamentos. 

Aquí la política paga en carne. El encargo, al sustituir el oficio, rompe cadenas de responsabilidad; la escena, al sustituir la prudencia, rompe tiempos; la sofística, al sustituir la deliberación, rompe confianza; el derecho de ocasión, al sustituir la ley estable, rompe previsibilidad. Al final rompe lo que no admite teatro: el abastecimiento que sostiene la vida.

Y hay una lección adicional: la soberbia del aficionado. La creencia de que la voluntad basta para mover realidades complejas. El libro muestra una colisión frontal: lealtad política pretendiendo reemplazar logística y saber especializado. La realidad no se deja persuadir por consignas. La complejidad técnica responde con su lenguaje seco: desabasto, retraso, ruptura.

VIII. NI VENGANZA NI PERDÓN: RESTITUCIÓN Y RESISTENCIA A LA NORMALIZACIÓN

El título propone dos negaciones que, bien entendidas, son un programa mínimo de higiene política. No venganza, porque la venganza no restaura justicia: la sustituye por pasión. No perdón automático, porque el perdón sin verdad es complicidad. Lo que se requiere es restitución: devolver a cada uno lo suyo, restituir el orden de justicia, devolver al derecho su lugar como límite del poder, devolver al oficio público su lugar como estructura objetiva de responsabilidad.

Restituir la unidad de orden frente a la enemistad organizada.
Restituir la prudencia frente a la liturgia diaria.
Restituir ciudadanía frente a psicagogía y adhesión afectiva.
Restituir officium frente al encargo personal.
Restituir la palabra pública frente a la sofística con presupuesto.
Restituir el derecho estable frente al fraude de ley por vía de erratas.

Pero el peligro mayor es la normalización. La victoria más honda de este método no es sólo el control de recursos, sino la fatiga del juicio. Cuando el ciudadano se cansa de distinguir entre verdad y sofística, cuando acepta que la ley sea un trámite de ocasión, cuando admite que el encargo sustituya al oficio y que el teatro sustituya a la deliberación, el método deja de ser coyuntura y se vuelve hábito. Y el hábito es más difícil de corregir que el abuso, porque ya no se combate una desviación: se combate una costumbre.

Este es el mérito incómodo del libro: no ofrece consuelo, ofrece evidencia. Y la evidencia, cuando se toma en serio, obliga a una conclusión seca: la restauración de la vida pública no vendrá de más escena, sino de más oficio; no vendrá de más adhesión, sino de más justicia; no vendrá de más palabra, sino de palabra verdadera; no vendrá de disposiciones de ocasión, sino de ley estable; no vendrá de enemistad organizada, sino de unidad de orden.

Si el lector sale de Ni venganza ni perdón con una lucidez más firme —capaz de distinguir entre mando y gobierno, entre cobertura y derecho, entre encargo y oficio, entre publicidad y verdad práctica— entonces el libro habrá cumplido una función cívica superior: devolver al juicio su vigor, que es el primer acto de libertad.

INFORMACIÓN BIBLIOGRÁFICA
Julio Scherer Ibarra, Ni venganza ni perdón, prólogo de Jorge Fernández Menéndez, Planeta, 297 pp.

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