El vacío tras la muerte de «El Mencho»

La tarde en que el silencio empezó a mandar

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa obtenida por medio de la inteligencia artificial

El país no huele a comunicado. Huele a caucho quemado.

En el occidente, el asfalto guarda todavía el aliento agrio de los bloqueos: humo bajo, metal caliente, filas detenidas con motores apagados demasiado pronto. Y, al mismo tiempo, en oficinas sin polvo —al norte de la frontera y en la capital— el aire acondicionado conserva su pulcritud quirúrgica: pantallas limpias, frases medidas, teléfonos mudos en público. Dos climas para un mismo hecho: el cuerpo del conflicto y la frialdad de su diplomacia.

Ese contraste no es estético. Es político. Porque en un asunto como éste, la palabra del Estado no es ornamento: es mando. Y hoy, el mando está retrasado.

La historia se instaló primero fuera. La narrativa internacional —con agencias como Reuters y AP como marcadores del pulso global— se adelantó al boletín oficial: fuentes gubernamentales citadas, confirmaciones indirectas, prudencias redactadas con pinzas. Se habló del operativo en Jalisco, se habló de muerte, se habló del hombre que durante años encarnó el vértice del CJNG. Y se subrayó, con la misma tinta, lo inusual: la ausencia de confirmación pública plena y la falta de comentario desde Washington. Esa simultaneidad no es detalle; es una señal.

Así nació el acontecimiento: como un hecho que existe antes de ser dicho por el poder que tendría que nombrarlo.

Lo que sigue, entonces, no es un problema de información. Es un problema de soberanía informativa. Cuando el Estado no fija el relato, alguien más lo fija. Y hoy, ese “alguien” no es un editor ni un despacho: es el algoritmo.

Antes de que haya parte, ya hay video. Antes de que haya versión, ya hay montaje. Antes de que haya certidumbre, ya hay percepción. El vacío se llena con lo primero que circula y, en tiempos de redes, lo primero casi nunca es lo más cierto: es lo más viral. El crimen organizado lo entiende desde hace años: controlar la calle es importante, pero controlar la mirada es decisivo.

Por eso la reacción en el territorio no fue solo violencia: fue comunicación.

Los bloqueos y los incendios no buscan derrotar al Estado; buscan recordarle que aún pueden interrumpir la vida diaria. Es el idioma de la interrupción: convertir la carretera en frontera, el trayecto en amenaza, el regreso a casa en duda. No es un arrebato: es un mensaje escrito con fuego.

Mientras tanto, el centro político preserva una cautela que, en otras circunstancias, sería prudencia; hoy, por el contexto, empieza a parecer dilema. Confirmar demasiado pronto tiene riesgos; confirmar demasiado tarde también. Pero el silencio simultáneo en México y Estados Unidos sugiere una capa adicional: la diplomacia del método.

En política internacional, la cooperación de inteligencia rara vez se anuncia en caliente. Se administra. Se calibra. Se negocia. Porque el “cómo” no es solo técnica: es soberanía. Y cuando la Casa Blanca calla ante un hecho que, por su conexión con la crisis del fentanilo, tendría un valor simbólico inmediato en su política interna, el silencio pesa como una frase no pronunciada.

De ahí surge la pregunta que no es conspirativa, sino inevitable: ¿qué se está cuidando más —la prueba o la narrativa—, el cierre operativo o el equilibrio diplomático? ¿Se está esperando certidumbre forense o se está esperando alineamiento político?

Y, detrás de esa pregunta, la más importante: ¿qué ocurre en México cuando el relato no lo conduce el Estado, sino la suma de filtraciones, videos y miedo?

La caída de un vértice —si se confirma plenamente— no elimina una estructura. La reordena. Un liderazgo vertical no solo dirige: contiene. Contiene ambiciones regionales, frena brazos armados, muerde a los mandos menores cuando se adelantan. Si ese vértice desaparece, lo que puede aparecer no es paz: es una hidra administrativa.

No una hidra poética: una hidra de mandos locales, cajas autónomas, alianzas de plaza, operadores que ya no obedecen por temor al centro. Cuando el centro se va, el territorio entra en subasta. Y la subasta del vacío rara vez se paga con épica: se paga con impuesto diario.

Ahí ocurre la mutación más peligrosa: la violencia deja de ser vertical y estratégica —la violencia “de cartel”, la violencia que busca dominar rutas— y se vuelve horizontal, de proximidad, de supervivencia. Se acerca al comerciante, al transportista, al barrio. Aparece el delito de caja rápida. Extorsión, secuestro, cobro de piso: no para conquistar, sino para financiar la fragmentación.

En esa fase, el ciudadano no enfrenta una guerra en abstracto. Enfrenta una fiscalidad criminal.

Y aquí se abre el núcleo que suele evadirse: la sucesión verdadera no ocurre únicamente entre armas. Ocurre entre ventanillas.

La narcopolítica municipal no es una etiqueta mediática: es el espacio donde el crimen deja de ser solo enemigo y se vuelve atmósfera. Policías locales capturadas, fiscalías regionales condicionadas, permisos, contratos, campañas, silencios comprados. Cuando cae un jefe, la pregunta no es solo quién hereda el territorio, sino quién hereda los contactos, quién hereda la protección, quién renegocia la impunidad. Cambian los precios, cambian los intermediarios, cambian los pactos. Y el municipio —no el discurso— es donde se decide si el Estado existe o solo aparece.

Por eso, el evento de hoy no es solo un golpe a una persona: es una prueba de si el Estado puede ocupar, con institución, el espacio que el crimen administraba con miedo.

Estados Unidos añade otra presión: el fentanilo como moneda política interna. Golpear al símbolo del suministro puede funcionar como trofeo narrativo, pero el mercado ilícito no muere: se redistribuye. Si el proveedor dominante cae, los sustitutos compiten; la oferta se atomiza; las rutas se dispersan; la detección se vuelve más difícil; el producto se vuelve más volátil. Se cambia un enemigo grande por muchos pequeños, y en esa multiplicación a veces crece el daño antes de disminuir.

América Latina mira el mismo fenómeno desde otra esquina: la reconfiguración mexicana puede traducirse en dos oleadas simultáneas. En ciertos corredores, más violencia predatoria; en ciertos circuitos, más sofisticación financiera y lavado. Menos capos fotografiables, más operadores rastreables. Menos pólvora visible, más corrosión contable.

Y al final, cuando el humo se asienta, las preguntas dejan de ser periodísticas y se vuelven constitucionales en el sentido más concreto: preguntas sobre quién manda realmente.

Soberanía.
¿Puede México narrar el hecho con verdad verificable sin parecer tutelado, y sin convertir la cooperación —si existió— en humillación política? ¿Puede sostener, a la vez, eficacia y dignidad?

Seguridad ciudadana.
¿Puede el Estado impedir que la vida cotidiana quede rehén de la “respuesta”? ¿Puede garantizar movilidad, abasto, escuela, trabajo, sin que el crimen convierta la carretera en su parlamento?

Legitimidad.
¿Puede el gobierno traducir el evento en una ruptura real de las economías de protección municipal, o solo veremos un cambio de firma criminal sobre el mismo territorio? ¿Habrá justicia, decomisos, control sostenido, reconstrucción institucional —o solo una escena poderosa seguida de continuidad?

Lo más peligroso de este domingo no está en la sierra.

Está en el atril.

Porque en México el disparo final rara vez es el final. El final —si llega— lo escribe el Estado cuando se atreve a decir qué ocurrió, qué controla, qué hará… y lo prueba en la calle, donde el país hoy todavía huele a caucho quemado.

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