El llamado cisma alemán como síntoma y como método

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: humanitas.cl
Hay expresiones que, usadas con ligereza, deforman la realidad. Y hay expresiones que, aun siendo duras, nombran con precisión una deriva objetiva. En los últimos años, la palabra pueblo de Dios ha sido llevada, en ciertos discursos eclesiales, desde su sentido católico tradicional —un pueblo convocado por Dios, nacido del Bautismo, alimentado por la fe recibida y custodiada— hacia una noción sociológica: pueblo entendido como sujeto productor de sentido, como fuente de criterio, como tribunal de autenticidad.
Ese desplazamiento parece piadoso, pero es filosóficamente explosivo. Cambia la causalidad. El pueblo deja de ser sujeto receptor y se convierte, de hecho, en causa eficiente de lo que debería recibir. Se afirma, con tono pastoral, que se escucha; y se termina, con lógica constituyente, decretando que lo escuchado funda. La consulta ya no acompaña la prudencia: ocupa el lugar del fundamento. El lenguaje permanece, pero la sustancia se derrite. La Iglesia conserva vocablos antiguos, pero ya no habla desde la misma arquitectura del ser.
Cuando el pueblo deja de ser destinatario de la Palabra y se vuelve su redactor; cuando el sensus fidei se confunde con el termómetro del momento; cuando la autoridad deja de ser custodia y se vuelve facilitación; entonces lo que cambia no es un matiz pastoral, sino el principio epistemológico de la fe. Se altera el modo mismo de conocer la verdad sobrenatural y, por tanto, el modo de obedecerla.
Ese giro no se ha expresado solamente en textos generales. Ha tomado la forma de un procedimiento, de una praxis, de un modo de gobernar y de enseñar. Pretende invertir la relación clásica entre Magisterio y recepción, entre potestas y ley, entre comunión jerárquica y unanimidad manufacturada. Y el laboratorio más visible, más sistemático y más cronológicamente documentable de esa inversión ha sido el proceso sinodal alemán, con sus fases, sus votaciones, sus tesis, sus órganos, sus presiones y su voluntad de convertir lo consultivo en normativo.
Conviene, pues, llamar a las cosas por su nombre jurídico y teológico, sin teatralidad, pero sin eufemismos. Si se intenta erigir, dentro de una Iglesia particular o de un conjunto de Iglesias particulares, un centro de decisión doctrinal y disciplinario que obligue, de hecho o de derecho, a obispos y fieles en materias que pertenecen a la constitución divina de la Iglesia; si se pretende normalizar, por vías sinodales, una moral o una eclesiología incompatibles con la fe recibida; si se presiona para que la comunión con la Sede Apostólica sea reemplazada por una especie de soberanía eclesial nacional, entonces no estamos ante una simple tensión. Estamos ante un riesgo de ruptura formal o ante su preparación progresiva.
La tradición canónica define el cisma con una sobriedad que impresiona. No exige gritos ni pancartas. Le basta el acto objetivo. El canon 751 del Código de 1983 lo expresa con claridad: cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia sujetos a él. Ese rechazo puede ser explícito o puede ser práctico; puede vestirse de cortesía y aun así operar como sustitución. En la vida real, muchas rupturas no empiezan con una declaración. Empiezan con un órgano, con una costumbre, con una dialéctica que entrena conciencias para considerar normal lo que antes era impensable.
De eso trata, en esencia, el llamado cisma alemán: de una sustitución paulatina del principio católico de unidad por un mecanismo nacional de legitimación. Y para ver el fenómeno con los ojos limpios, hace falta narrarlo con generosidad cronológica, con pasos, con fechas, y con la lógica interna que lo mueve.
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CRONOLOGÍA AMPLIA DEL FENÓMENO ALEMÁN
1. Antecedentes culturales y eclesiales de larga duración
Antes de la cronología estricta, hay un trasfondo que explica por qué Alemania se convirtió en vanguardia de reformas de choque.
Alemania ha sostenido durante décadas un catolicismo institucional con enorme capacidad económica y administrativa, con estructuras fuertes, universidades y academias, y una cultura política marcada por la organización, la negociación y la producción de consensos. Cuando un aparato institucional crece, aumenta la tentación de pensar la fe con categorías de gestión. Y cuando la fe se vive bajo categorías de gestión, el paso de lo pastoral a lo constitucional ocurre casi sin sentirlo.
A la vez, Alemania ha sido un territorio especialmente sensible a la legitimación por procedimientos. En la modernidad, el procedimiento se convierte en sustituto del fundamento. Si el procedimiento es participativo, se presume que el resultado es moralmente superior. Ese reflejo, trasladado al ámbito eclesial, produce un modernismo de método: lo verdadero ya no se reconoce por su conformidad con la Revelación, sino por su aceptación como producto del proceso. El problema no es escuchar, sino absolutizar la escucha y convertirla en fuente.
Este es el punto neurálgico. El pueblo de Dios no es causa eficiente de la verdad revelada. No genera la verdad como la asamblea genera un acuerdo. La verdad lo precede, lo juzga, lo sana, lo eleva. El pueblo la recibe, la profesa, la vive, la defiende. Esa relación es constitutiva. Alterarla es cambiar la Iglesia, no solamente su estilo.
2. El detonante inmediato: la crisis de abusos y la respuesta estructural
El punto de aceleración fue la crisis de abusos. La indignación era legítima. Pero el modo de responder reveló una tesis previa: la Iglesia no solo debía purificar conductas, sino reformar su constitución práctica, incluso en ámbitos doctrinales y morales, como si la raíz del pecado fuese la dogmática.
En 2018 se difundió ampliamente el llamado estudio MHG sobre abusos, encargado por instancias eclesiales en Alemania, y desde entonces se instaló con fuerza política la idea de que la estructura eclesial misma habría producido el mal, y que la solución consistiría en redistribuir autoridad, reconfigurar ministerios, revisar moral sexual y reescribir mecanismos de gobierno.
Aquí se ve el deslizamiento típico: de la purificación moral, necesaria y urgente, se salta a una refundación constitucional. Se toma una herida real y se la convierte en palanca para una reforma total. Se pasa de castigar el delito a reconstruir la Iglesia como si el delito fuese argumento contra la Iglesia.
3. Nacimiento del Synodaler Weg como proyecto nacional
En 2019 se estableció formalmente el Synodaler Weg como un proceso conjunto entre la Conferencia Episcopal Alemana y el Comité Central de los Católicos Alemanes, el ZdK. No fue un sínodo canónico en sentido estricto, sino un camino nacional con pretensión de producir orientaciones y decisiones sobre temas neurálgicos.
El proceso se articuló en asambleas y foros temáticos. Cuatro grandes foros concentraron el núcleo programático:
• poder y separación de poderes en la Iglesia
• vida sacerdotal
• moral sexual
• mujeres en ministerios y oficios
La arquitectura del proyecto mostraba su intención: no se trataba de corregir abusos concretos, sino de reescribir el modo de autoridad, el modo de moral y el modo de ministerio.
4. Las Asambleas sinodales y su secuencia
La secuencia de asambleas no permite la lectura indulgente del arrebato momentáneo. Muestra persistencia, escalonamiento, continuidad.
• Primera Asamblea sinodal: 30 de enero al 1 de febrero de 2020, en Frankfurt. 
• Segunda Asamblea sinodal: 30 de septiembre al 2 de octubre de 2020.
• Tercera Asamblea sinodal: 3 al 5 de febrero de 2022, en Frankfurt. 
• Cuarta Asamblea sinodal: 8 al 10 de septiembre de 2022.
• Quinta Asamblea sinodal: 9 al 11 de marzo de 2023, considerada cierre provisional del proceso. 
Incluso en los periodos de restricción sanitaria, el trabajo no se detuvo: se prolongó en encuentros, redacciones, mecanismos de consolidación. Quien observa la secuencia completa entiende el rasgo decisivo: no es un debate, es una maquinaria. No es una conversación, es una forma de gobierno.
5. Intervenciones de Roma: el conflicto se hace explícito
En paralelo a la secuencia alemana, Roma intervino con advertencias expresas, precisamente porque el problema dejó de ser local y tocó la comunión universal.
• 21 de julio de 2022: la Santa Sede declaró que el Camino Sinodal en Alemania no tiene facultad para obligar a obispos y fieles a adoptar nuevas formas de gobierno o nuevas orientaciones de doctrina y moral. 
• 16 de enero de 2023: una carta de dicasterios y Secretaría de Estado afirmó que no está previsto por el derecho canónico establecer en Alemania un “consejo sinodal” a nivel nacional, diocesano o parroquial, y que una instancia así sería incompatible con la constitución de la Iglesia. 
Obsérvese la naturaleza del choque. No se discutía un estilo pastoral. Se discutía la tentativa de crear un órgano estable de gobierno compartido con capacidad directiva. Eso implica, jurídicamente, tensión con la potestas propia del obispo diocesano; y, eclesiológicamente, mutación del principio jerárquico.
6. Del cierre provisional al intento de institucionalización
La quinta asamblea de marzo de 2023 fue presentada como cierre provisional. Pero dejó un fruto crucial: la voluntad de no detenerse, sino de transformar el proceso en institución. Cuando un proceso termina y crea un órgano para que el proceso continúe, el proceso deja de ser evento y se vuelve régimen.
Aquí aparece el punto político-teológico más delicado: una “sinodalidad” concebida como régimen permanente tiende, por su propia lógica, a convertirse en principio alterno de unidad. Y cuando se juega el principio de unidad, se juega la forma de la Iglesia.
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DE LO SINODAL A LO CONSTITUCIONAL
1. La inversión del principio docente
En el catolicismo, la Iglesia no descubre la fe mediante encuestas. La fe se recibe. Se custodia. Se propone. Se predica. Se defiende. Se vive. La consulta puede tener lugar en el orden prudencial, pero no como fuente constitutiva de la verdad revelada.
Cuando se afirma, en sustancia, que la experiencia del pueblo es canal privilegiado de revelación, se reintroduce el núcleo del modernismo como método: lo dogmático se vuelve consecuencia de lo vivido. Y lo vivido, por ser histórico, es mutable. El resultado final es una Iglesia evolutiva por esencia: ya no guardiana de lo recibido, sino productora de lo nuevo.
Aquí conviene sustituir una categoría moderna que confunde por una categoría clásica que esclarece. No se trata de soberanía popular. Se trata de causalidad. El pueblo de Dios no es causa eficiente de la verdad, sino sujeto receptor. Su misión no es fabricar el depósito, sino confesarlo. Su gloria no es redactar, sino creer.
2. La fabricación de legitimidad por procedimiento
La democracia moderna vive de un mito: que la voluntad mayoritaria produce legitimidad moral. Esa idea, trasladada a la Iglesia, produce una patología específica: creer que, si un texto fue votado, adquiere autoridad.
Pero la autoridad eclesial no nace de la votación. Nace de la misión. El obispo no es delegado de una base, sino sucesor en un orden sacramental, con potestas real, personal, propia, ejercida en comunión jerárquica. Y esa potestas no nace de la sociología: nace de la comunicación divina a través de la estructura que Cristo quiso.
Por eso el punto neurálgico no es si se dialoga, sino si se pretende crear una estructura permanente en la que la potestas episcopal quede subordinada a un órgano mixto con mandato propio. Ese tipo de organismo equivale, en la práctica, a un parlamento eclesial. Y un parlamento eclesial, si se vuelve normativo, equivale a un principio alterno de unidad.
3. El cisma como forma moderna: ingeniería y sustitución
El cisma de hoy rara vez se presenta como grito. Se presenta como ingeniería.
Primero se afirma que se permanece en la Iglesia. Luego se construye una estructura que decide sin Roma. Después se normaliza la desobediencia como discernimiento. Más tarde se presenta la comunión como negociable. Finalmente se alcanza el punto en que la sujeción al Papa queda reducida a fórmula ceremonial, mientras la vida concreta se rige por un régimen nacional.
En términos canónicos, el acto cismático no exige declarar “me separo”. Basta con rechazar en la práctica la sujeción debida. La advertencia de enero de 2023 sobre un “consejo sinodal” de esa índole mostró que Roma percibió ese riesgo objetivo. 
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EL NÚCLEO MÁS PROFUNDO: AUTORIDAD, VERDAD Y UNIDAD
Aquí debe insertarse, sin excusas y sin rebajas, el elemento fundante que, si se debilita, deja al análisis sin columna vertebral: la perversión de la autoridad en nombre de la multiplicación de opiniones.
1. Potestas y poder, autoridad y fuerza
“Nulla potestas nisi a Deo” no es una consigna piadosa. Es una afirmación ontológica. La potestas no es mero poder, no es músculo bruto, no es voluntad que se impone. Es poder cualificado, intrínsecamente regulado, ordenado al bien, constreñido por la ley. Cuando se desliga de ese orden, deja de ser autoridad y se convierte en fuerza.
La modernidad confunde potestas con poder. Y el proceso alemán, en su lógica más íntima, corre el riesgo de trasladar esa confusión al interior de la Iglesia, sustituyendo la autoridad por el procedimiento y el fundamento por la votación.
Lo que se decide por voto, si contradice la ley divina o la ley natural, no se vuelve verdadero por haber sido aprobado. Se vuelve, justamente, un acto de fuerza bajo apariencia de consenso. La distinción tomista entre ley humana y ley divina permite decirlo con exactitud: una ley humana que contradice la ley superior no participa de la razón de ley, sino de la razón de violencia. En el orden eclesial, un acto asambleario que pretende contrariar lo divino no es autoridad que enseña, sino presión que reordena.
2. El nominalismo jurídico: mantener nombres, vaciar esencias
Hay una forma particularmente moderna de descomposición: conservar los nombres y vaciar la sustancia. Se habla de sacramento como quien conserva el rótulo; se mantiene la palabra, se altera la metafísica. Es un nominalismo jurídico y teológico. El signo permanece, el ser se evapora.
Esta técnica no siempre se confiesa. A menudo se disimula bajo el lenguaje de acompañamiento, inclusión, apertura, proceso. Pero su estructura es visible: la esencia se considera negociable, el nombre se conserva por estrategia, y la comunidad queda convencida de que nada cambió, cuando todo cambió por dentro.
3. Magisterio auténtico, magisterio infalible y el contrabando de la opinión
Otro punto debe ser fijado con precisión. No todo acto magisterial tiene el mismo grado de nota teológica. Existe el magisterio infalible, que obliga con certeza plena en lo definido; y existe el magisterio auténtico, que exige asentimiento religioso, pero no se identifica sin más con la irreformabilidad.
En tiempos de confusión, se ha colado una tentación: usar el espacio del magisterio auténtico como zona de opinión, y luego tratar esa opinión como si fuese certeza. Es la infiltración de lo discutible en el lugar de lo cierto, y del debate en el lugar del asentimiento. El resultado no es una teología más humilde, sino una Iglesia más frágil: porque confunde el deber de obedecer con el hábito de seguir tendencias.
4. Asistencia del Espíritu Santo y la ficción de la inspiración mayoritaria
La Iglesia vive bajo la asistencia del Espíritu Santo. Pero esa asistencia no es una inspiración parlamentaria. No equivale al mito de que la mayoría, por el hecho de ser mayoría, participa de una luz constituyente.
Aquí se impone una distinción vital. El Espíritu asiste a la Iglesia para guardar el depósito, no para fabricar uno nuevo. La asistencia no es licencia para contradecir lo recibido. No es el sello religioso de la variación. Es el auxilio para permanecer.
5. Unidad de objeto: la fe es una porque Dios es uno
La fe es una por su objeto. No es una porque un grupo logre acordar. No es una por administración del pluralismo. Es una porque su término es Dios y su Verdad.
Por eso, cuando se rompe la unidad del objeto —cuando la verdad revelada se trata como materia de consenso— la unidad visible queda reducida a técnica de gobernanza. Se vuelve gestión del desacuerdo. Y una Iglesia que gestiona desacuerdos doctrinales como si fuesen preferencias legítimas está renunciando, de hecho, a su forma.
6. La colegialidad como democracia encubierta y la pérdida de la responsabilidad personal
La colegialidad auténtica no anula la responsabilidad personal del obispo ante Cristo. La diluye solo cuando se interpreta como democracia encubierta.
Hay un peligro específico: convertir la colegialidad en coartada, el órgano en refugio, el proceso en sustituto de la conciencia episcopal. Entonces nadie responde. Y si nadie responde, el gobierno deja de ser paternidad y se convierte en administración.
7. El bien común sobrenatural y la inversión de fines
La Iglesia no existe para acompañar al mundo en su deriva. Existe para salvar almas. Ese es su fin. Y es un fin sobrenatural, no un objetivo de inclusión.
La inclusión puede ser caridad cuando significa atraer al pecador a la verdad que lo libera. Pero se vuelve perversión cuando significa adaptar la verdad para no incomodar. En ese punto, el acompañamiento deja de ser pastoral y se vuelve ideología.
8. La autoridad vicaria y su límite: no domina la sustancia
La autoridad eclesiástica es una potestas vicaria. No tiene poder sobre la sustancia de los sacramentos, ni sobre la ley natural, ni sobre la Revelación. Custodia, administra, aplica, disciplina. No inventa.
Cuando se opera como si pudiera redefinir el orden moral o el sentido mismo de lo sacramental, la autoridad deja de ser servicio y se convierte en pretensión.
9. Sinodalidad como proceso constituyente y la sombra del contrato social
Cuando la sinodalidad se entiende como proceso constituyente, se está importando a la Iglesia una lógica ajena: la lógica del contrato social. Se reemplaza el origen divino de la autoridad por un origen procedimental. Se sustituye la comunión por el pacto. Se abandona la causalidad jerárquica por la legitimación asamblearia.
Aquí la crítica es decisiva: una Iglesia constituida por procedimiento termina siendo, aunque no lo diga, una Iglesia atea bajo apariencia de piedad. No porque niegue a Dios con la boca, sino porque lo expulsa como fundamento operativo.
10. Sensus fidei: hábito infuso, no intuición democrática
El sensus fidei no es una intuición democrática. No es el instinto de la mayoría. Es un hábito infuso que presupone la posesión previa de la fe íntegra.
Cuando se lo invoca para legitimar mutaciones doctrinales, se lo transforma en arma contra su propia naturaleza. Se lo usa para justificar lo que, por definición, no puede justificar: la ruptura con lo recibido.
11. El giro antropocéntrico: la Iglesia mirándose en el espejo
La tentación final es la más sutil: la Iglesia deja de mirar a Dios para mirarse a sí misma. Ya no se define por el depósito que custodia, sino por la imagen que proyecta. Ya no se mide por la santidad, sino por la aprobación cultural.
Entonces la Iglesia se hace opinión. Y una Iglesia hecha opinión pierde el nervio de su misión.
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CONSECUENCIAS TEOLÓGICAS, POLÍTICAS Y SOCIALES
1. Consecuencia teológica
Cuando se diluye la distinción entre doctrina y experiencia, la fe deja de ser asentimiento a una verdad revelada y se convierte en pertenencia a un proceso. La Iglesia ya no se define por el depósito de la fe, sino por su capacidad de incluir sensibilidades. Y una Iglesia definida por sensibilidades no puede conservar dogmas como verdades inmutables: los convierte en símbolos elásticos.
2. Consecuencia política
El fenómeno alemán es, en el fondo, una traducción eclesial de los mitos políticos modernos: el mito del procedimiento como fuente, el mito del consenso como legitimidad, el mito de la voluntad colectiva como tribunal.
La potestas, entendida clásicamente, es instrumento de la auctoritas y está regulada intrínsecamente por el orden. Cuando se la confunde con poder y se la legitima por efectividad, se destruye la obediencia verdadera y se impone la ejecución. La Iglesia, al importar esa lógica, corre el riesgo de convertir su vida interna en una política de soberanías concurrentes.
3. Consecuencia social
Cuando la Iglesia se adapta a la lógica de la opinión, pierde su capacidad de conversión. Ya no se presenta como luz que juzga al mundo, sino como espejo que lo acompaña. Y, por una ironía trágica, al intentar ser aceptable, se vuelve prescindible.
El mundo no necesita una Iglesia que repita lo que el mundo ya piensa. Necesita una Iglesia que diga la verdad que salva.
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UNA PALABRA FINAL SOBRE LA UNIDAD CATÓLICA
La unidad de la Iglesia no es un sentimiento. Es una forma. No es un consenso. Es una comunión. No es una identidad cultural. Es una obediencia de fe.
El problema del fenómeno alemán no es que haga preguntas. El problema es que intenta convertir las respuestas en producto de un método que reemplaza la constitución jerárquica por una legitimación procedimental, y reemplaza la doctrina por una ética de adaptación. Eso aproxima el hecho a la noción de cisma, no por necesidad de dramatizar, sino por rigor: porque se construye un sistema de sustitución.
Y la historia enseña que las sustituciones, al principio, piden permiso; después piden tolerancia; más tarde exigen reconocimiento; finalmente actúan como soberanía.
La Iglesia, en cambio, no vive de soberanías. Vive de una Verdad que no nace de votación, de una autoridad que no nace de sociología, de una unidad que no nace de acuerdos, y de una potestas que es, en su raíz, servicio a la salvación de las almas.
