La ansiedad moderna

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
Una cifra puede ser insignificante; a veces, en cambio, revela un cambio de época. Un estudio publicado en JAMA Network Open, basado en una encuesta nacional a jóvenes de entre 12 y 21 años en Estados Unidos, reportó que aproximadamente uno de cada ocho ha recurrido a chatbots de inteligencia artificial para pedir consejo cuando se siente triste, nervioso o confundido, proporción que asciende a cerca de uno de cada cinco entre los 18 y 21 años. El dato fue difundido posteriormente por RAND y replicado por instituciones académicas y publicaciones médicas independientes, confirmando que no se trata de una anécdota tecnológica, sino de un fenómeno social verificable.
El interés del hecho no es técnico. Es antropológico. Lo decisivo no es que una máquina responda, sino que el hombre haya comenzado a preguntar allí donde no puede existir responsabilidad personal, vínculo real ni cuidado moral. El algoritmo organiza información, calcula probabilidades, imita coherencia discursiva; pero no puede hacerse cargo del otro. No ama, no responde ante nadie, no asume deber alguno. Entrega respuestas sin presencia.
En este desplazamiento aparece uno de los rasgos más profundos de nuestro tiempo: la técnica comienza a ocupar el lugar simbólico que antes pertenecía a la providencia. No providencia verdadera —que implica sabiduría orientada al bien—, sino una pseudo-providencia funcional que promete anticipar decisiones, reducir incertidumbre y administrar la vida mediante recomendaciones constantes. Sin embargo, aquello que calcula no puede ordenar el sentido. El algoritmo puede ayudar a elegir medios; nunca puede determinar fines. Y cuando los fines desaparecen, la multiplicación de medios no produce tranquilidad, sino inquietud.
La imagen adecuada para describir esta condición no es compleja. El hombre contemporáneo se parece a un pez fuera del agua. No porque esté defectuoso, sino porque vive en un medio que no corresponde a su naturaleza. El pez fuera del agua se agita intensamente; su movimiento parece patológico, pero no lo es. Su problema no es psicológico: es ontológico. Carece del elemento en el que puede respirar.
Algo semejante ocurre con la ansiedad característica de nuestra época. Conviene distinguir con precisión para no cometer injusticias. Existe una ansiedad clínica real, ligada a condiciones neurobiológicas, traumas o trastornos específicos, que exige atención médica y acompañamiento competente. Negarlo sería irresponsable. La tradición cristiana nunca opuso la gracia a la naturaleza; la presupone y la sana. Pero junto a esa dimensión clínica aparece otra forma de inquietud, más difusa y más extendida: una ansiedad existencial que afecta incluso a personas sanas, funcionales y exitosas. No nace simplemente del exceso de estímulos, sino de la ausencia de orientación.
Un cerebro sano puede permanecer inquieto cuando el alma carece de finalidad. No por culpa moral inmediata, sino por estructura. El hombre no vive solo de actividad; vive de sentido. Y cuando el sentido se debilita, la actividad se vuelve agitación.
La modernidad ha transformado además la libertad en una carga difícilmente soportable. Identificada con la posibilidad ilimitada, la libertad deja de orientarse hacia un bien reconocido y se convierte en obligación permanente de elección. Cada decisión cotidiana —qué estudiar, qué mostrar, qué consumir, a qué pertenecer— adquiere un peso desproporcionado porque carece de jerarquía superior que la ordene. La deliberación se vuelve interminable; la posibilidad, tiránica. La conocida “parálisis por análisis” deja de ser fenómeno psicológico aislado y se convierte en clima cultural. Una libertad sin fin es una flecha sin blanco: se mueve, pero no llega.
Aquí conviene precisar qué significa el “agua” que falta al pez. No se trata de una metáfora sentimental. El hombre necesita verdad para comprender, bondad para querer y belleza para elevarse. Estos tres trascendentales no son preferencias subjetivas, sino condiciones de equilibrio espiritual. Cuando una cultura relativiza sistemáticamente la verdad, reduce el bien a elección individual y sustituye la belleza por estímulo, no produce simplemente pluralismo: produce desorientación. El alma continúa buscando absoluto, pero lo busca en realidades incapaces de sostenerlo: reconocimiento inmediato, identidad fluctuante, rendimiento constante, comparación social. El resultado es previsible: saturación sin reposo.

La tradición clásica expresó esta experiencia con sobriedad incomparable: el corazón humano permanece inquieto hasta que descansa en su fin. La inquietud no desaparece negando el fin; solo cambia de objeto. Cuando el alma pierde su término último, no pierde su deseo; busca sustitutos. Y ningún bien finito puede soportar el peso de convertirse en absoluto.
La paz, en consecuencia, no consiste en eliminar conflictos exteriores. Consiste en impedir que el desorden exterior gobierne el interior. La vida espiritual auténtica no propone evasión, sino restitución del centro. La oración no funciona como técnica psicológica, sino como relación que reordena la vida hacia su principio y su término. Lo mudable vuelve a ocupar su lugar cuando existe algo que no muda.
El desapego —tan frecuentemente malinterpretado— aparece entonces como condición de libertad. No implica desprecio del mundo, sino jerarquía del amor. La ansiedad nace con frecuencia de exigir a bienes limitados aquello que no pueden dar. Liberarse de esa absolutización no empobrece la vida; la vuelve respirable. El silencio revela qué ocupaba el lugar del fin.
A la vez, la tradición insiste en una virtud olvidada: la mansedumbre. Muchas inquietudes nacen de la impaciencia consigo mismo, de una autoexigencia que pretende perfección inmediata y se desespera ante la fragilidad. La corrección sin mansedumbre introduce un nuevo desorden. La virtud exige firmeza, pero también gobierno interior. Sin este equilibrio, la lucha espiritual degenera en agotamiento.
La formulación más precisa de la paz la ofrece Santo Tomás de Aquino: tranquilitas ordinis, tranquilidad del orden. No un estado emocional pasajero, sino el efecto de una estructura interior jerárquicamente dispuesta. Los afectos deben estar regidos por la razón; la razón debe estar sometida a la verdad; y, para el cristiano, la verdad encuentra su plenitud en la fe. La paz nace cuando las potencias humanas dejan de competir entre sí y se orientan hacia un mismo fin.
Por eso la paz es efecto de la caridad: el amor ordenado unifica al hombre. Allí donde los fines se multiplican sin jerarquía aparece la ansiedad; donde el fin se vuelve uno, aparece la unidad interior. Esto no elimina el sufrimiento. Permite, más bien, sufrir sin perder sentido. La paz cristiana no promete ausencia de dolor; promete que el dolor no será absurdo.
Traducido a la vida contemporánea, este orden exige una forma concreta de templanza. En un entorno digital que vive de la dispersión, la libertad requiere disciplina de la atención, renuncia a la validación inmediata, espacios reales de silencio y una relación consciente con la tecnología. No como rechazo del mundo moderno, sino como ejercicio de dominio interior.
Y tampoco puede olvidarse la dimensión comunitaria. La ansiedad moderna es también crisis de pertenencia. El individuo aislado se convierte en juez permanente de sí mismo; el hombre integrado en vínculos reales participa de un orden mayor que lo sostiene. La paz no es solo interioridad: es también comunión, responsabilidad compartida, amistad verdadera.
No conviene cerrar con promesas irreales. El agua, en esta vida, nunca será perfectamente transparente. Habrá pérdida, lucha, incertidumbre. Pero el problema del pez no era la turbulencia del agua, sino su ausencia. Del mismo modo, la paz humana no consiste en eliminar la dificultad, sino en habitar un orden que permita atravesarla sin disolverse.
El hombre posee naturaleza.
La naturaleza posee un fin.
El fin ordena la vida.
Y el orden hace posible la paz.
Cuando el alma vuelve a su elemento, el mundo puede seguir siendo arduo.
Pero el hombre deja de ahogarse.
