Inquietudo animi como estructura social y restitución del orden

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
I. El fenómeno del “estrés” como estructura social
Los informes contemporáneos de salud mental y desempeño laboral ya no describen accidentes individuales: describen una condición ordinaria de la vida tecnificada. La ansiedad sostenida, el agotamiento y la pérdida de estabilidad interior aparecen como coste estructural de la organización contemporánea del trabajo y del tiempo. El hecho es decisivo por una razón simple: cuando un malestar se vuelve general, no se explica por psicología privada. Exige una causa antropológica.
El término “estrés” es útil para nombrar respuestas orgánicas ante presión prolongada. Pero, por su propia naturaleza, tiende a ocultar lo esencial: presenta el fenómeno como reacción fisiológica ante un estímulo, cuando en realidad estamos ante una forma de habitar el mundo. La tradición clásica lo designó con mayor exactitud como inquietudo animi: el alma que no logra reposo.
Conviene precisar desde ahora un punto que evita confusiones morales: el “estrés” puede ser pura pasión o padecimiento —reacción del compuesto humano ante un mal arduo— y, por tanto, no implica culpa. La fragilidad corporal, los factores ambientales, la enfermedad y los desórdenes orgánicos son causas segundas reales que pueden limitar el uso sereno de la razón sin que medie imputabilidad personal. Negarlo sería caer en una forma de voluntarismo intelectual, precisamente el error que el texto combate.
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II. La pérdida del reposo y el fin de la acción
La paz no es un estado de ánimo; es una condición ontológica. Se define, con expresión clásica, como tranquilidad del orden. Una realidad reposa cuando alcanza su fin; una voluntad reposa cuando su obrar participa de una dirección inteligible.
Lo que distingue a la situación contemporánea es que el trabajo —y con él la vida entera— se mide por indicadores de rendimiento más que por su inserción en un bien humano objetivo. El resultado desplaza al fin; el indicador reemplaza al sentido. La actividad aumenta, pero pierde dirección. El movimiento permanece; el descanso desaparece. Y la fatiga deja de ser contingencia para convertirse en condición estable.
Aquí, la crisis deja de ser terapéutica: se vuelve político-moral. Porque el trabajo ya no se vive como cooperación en un orden común, sino como permanencia en un proceso que exige continuidad sin término. La vida se convierte en mantenimiento del movimiento.
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III. El desplazamiento del orden del ser a la praxis
La modernidad ha sustituido el orden del ser —recibido y reconocido— por el orden de la praxis —producido por la voluntad—. No se trata sólo de una nueva cultura del trabajo. Se trata de una nueva ontología práctica.
El sujeto ya no se percibe como partícipe de un orden anterior a él, sino como constructor de su propio sentido. La realidad deja de ser medida; se vuelve material. La verdad deja de preceder al obrar; se vuelve producto del obrar. Por eso la libertad tiende a confundirse con autosuficiencia.
La consecuencia es inevitable: si el sentido depende de la decisión humana, cada incertidumbre se experimenta como amenaza existencial. El futuro deja de ser “lo que viene” y se vuelve “lo que debo fabricar para no caer”. El sujeto se convierte en garante absoluto de su estabilidad interior.
En este punto debe distinguirse, con rigor, entre diagnóstico civilizatorio y responsabilidad singular. En su raíz cultural, el error es una apostasía de la inteligencia: negar que el ser es recibido y que el orden es anterior. Pero en el orden de las personas concretas, ese error puede estar acompañado —o incluso sustituido— por límites orgánicos, traumas, cargas objetivas y condiciones sociales que reducen el margen de deliberación. No se puede hacer de toda inquietud un juicio moral. Se debe conservar la integridad de las causas segundas.
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IV. Providencia: principio de inteligibilidad y doble orden
La doctrina de la Providencia nombra el principio que hace que el mundo no sea azaroso. No introduce un consuelo; enuncia una estructura real. Designa el orden por el cual todas las cosas son dirigidas a su fin a través de causas segundas verdaderas.
Aquí conviene introducir una distinción que la tradición filosófico-teológica exige: puede hablarse de Providencia en el orden natural —en cuanto el hombre reconoce por razón un orden participable en la ley natural— y de Providencia en el orden sobrenatural —en cuanto Dios conduce a las criaturas racionales hacia un fin que excede sus fuerzas naturales. Esta distinción evita el intelectualismo: no basta reconocer un orden; es preciso ser ordenado por él, y en su cumbre, ser elevado y sanado.
Esto es crucial: la Providencia no destruye la causalidad creada; la hace posible. El gobierno divino no sustituye el obrar humano; lo funda y lo ordena. Por eso, cuando el hombre deja de reconocer ese orden anterior a él, no se destruye el orden del mundo; se destruye la medida interior con la que el hombre lo habita. La modernidad no padece porque el mundo sea caótico. Padece porque vive como si lo fuese.
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V. La inquietud y su huella en la corporeidad
Sin referencia al fin último, la voluntad busca descanso en bienes limitados que no pueden reposarla: éxito, control, reconocimiento, seguridad material, rendimiento. Son bienes reales, pero no suficientes. Exigen repetición indefinida; piden más; nunca concluyen. La voluntad permanece en movimiento.
La inquietud se vuelve constante. Y lo constante tiende a volverse corporal. Aquí el “estrés” muestra su verdad: la carne testimonia lo que la inteligencia dejó de percibir. No por romanticismo, sino por estructura: el hombre es unidad. Cuando el orden se pierde, la unidad lo paga.
Pero, para no confundir niveles, hay que añadir: el padecimiento fisiológico no equivale al vicio espiritual. Una cosa es el agotamiento del animal herido; otra la negligencia del espíritu. Por eso es necesario conservar el nombre inquietudo animi como marco, y reservar acedía para su sentido técnico.

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VI. Confianza, abandono y gracia: la Providencia como medicina
Reconocer la Providencia no elimina la acción; le devuelve su medida. El sujeto deja de pretender causalidad absoluta y vuelve a obrar como causa segunda: real, responsable, pero no primera. Esa corrección no es un alivio sentimental; es una restitución ontológica.
Por eso la confianza no es emoción: es un acto racional —y, en su plenitud, teologal— por el cual la inteligencia y la voluntad aceptan el orden providencial. El futuro deja de ser amenaza porque deja de ser “fabricación total”. El abandono providencial tampoco es pasividad: es aceptación del límite propio de la criatura y liberación de la pretensión imposible. El hombre cumple su deber —con más precisión, no con menos— pero deja de cargar con lo que no puede cargar.
Sin embargo, debe decirse lo que Santo Tomás exigiría: la paz plena no se agota en el reconocimiento intelectual del orden. La herida del pecado original impide una estabilidad interior perfecta sostenida sólo por la lucidez. La paz, en su sentido más propio, es fruto de la unión de la voluntad con Dios; y esa unión, en su cumbre, es obra de la gracia y de la caridad. La Providencia es medicina también porque no sólo ordena desde fuera, sino que eleva y sana desde dentro.
La oración adquiere aquí su verdadero sentido: no es evasión, sino cooperación con el orden providencial; y, en el orden sobrenatural, apertura dócil a la gracia que hace posible una paz que excede la mera disciplina interior.
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VII. Conclusión: el orden como fuente de paz
El estrés crónico no es sólo una patología de individuos. Es la expresión de una civilización que intenta vivir sin reconocer el orden del ser.
La técnica puede aliviar síntomas. Puede gestionar horarios, introducir programas de bienestar, medir indicadores, reducir fricciones. Pero no puede producir reposo, porque el reposo no es un producto técnico: es consecuencia del orden.
No puede haber paz donde el obrar se separa de su fin. Y no puede haber quietud en la criatura que pretende ocupar el lugar de DIOS.
Sólo dentro del orden providencial el movimiento humano deja de ser fatiga agotadora y recupera su sentido de camino: acción verdadera, medida, finita, responsable; pero habitable, porque no exige al hombre ser su propio DIOS.
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VIII. Consecuencias clínicas de este diagnóstico
Si el “estrés crónico” se entiende como desajuste ontológico, la clínica mental no puede permanecer encerrada en el esquema estímulo-respuesta. No se trata únicamente de una reacción biológica ante carga excesiva, sino del estado interior de un sujeto que intenta asumir una función que no le corresponde: ser causa primera y garante absoluto de su existencia. Cuando el individuo se desplaza del orden del ser al orden de la praxis, deja de habitar la realidad como partícipe y pretende fabricarla como principio. La incertidumbre se transforma entonces en amenaza y el error en colapso del sentido.
En este punto, la terapia no debe ser instrucción en eficiencia, sino restitución de dirección. El vacío existencial no se colma con indicadores de éxito, sino con la reinserción de la acción en un bien humano objetivo. La ayuda clínica no consiste en “hacer más con menos”, sino en que lo que se hace vuelva a participar de un fin que excede al sujeto. El re-encuadre decisivo no es meramente cognitivo: es metafísico. La pregunta central deja de ser “qué factores externos generan tensión” y pasa a ser: ¿de qué orden del mundo se ha declarado responsable absoluto este paciente? Allí aparece la antropología de autosuficiencia que sostiene gran parte de la ansiedad moderna.
Al mismo tiempo, una clínica tomista no absorbe la psicología en la metafísica. Reconoce plenamente la legitimidad de las causas segundas: hay límites orgánicos, cargas ambientales, condiciones familiares y sociales, e incluso enfermedad, que afectan la estabilidad interior sin mediar culpa. Precisamente por eso conviene distinguir —también en el tratamiento— entre lo que compete a la diligencia humana y lo que pertenece al orden de la Providencia. En términos prácticos: la flexibilidad no es simple “adaptación”; es capacidad de obrar como causa segunda, real y responsable, pero finita, sin exigir de sí misma el gobierno del todo. El perfeccionismo se reduce cuando el sujeto abandona la pretensión de determinación total y aprende a actuar con medida, confiando el resultado último a un principio superior de inteligibilidad.
En el plano corporal, esta perspectiva confirma la unidad del hombre. La activación constante del sistema nervioso, descrita por teorías contemporáneas como estado de amenaza, puede leerse como testimonio carnal de una inteligencia que ha perdido la percepción práctica del orden. El cuerpo reacciona como si el mundo fuese azaroso y hostil, porque el sujeto se vive como su único sostén. Por ello, los ejercicios de atención, respiración o regulación no deben plantearse como evasión, sino como recogimiento: un retorno de la vida biológica a ritmos proporcionados a la finitud humana. La finalidad no es “desconectarse del presente”, sino volver a experimentar la tranquilidad del orden, incluso somáticamente: que la carne repose al dejar de comportarse como si estuviera sola ante un caos que debe dominar.
La temporalidad, finalmente, es el campo donde la ansiedad se manifiesta con mayor nitidez, porque la ansiedad es, en su forma más común, patología del futuro. La cura exige el paso de la fabricación a la recepción: el porvenir deja de ser lo que el sujeto debe construir para no caer y se convierte en lo que viene dentro de un marco providencial. Confianza y abandono no son estados emocionales pasivos: son actos racionales por los cuales el hombre acepta el límite propio, obra lo que debe obrar, y renuncia a ocupar el lugar de DIOS.
Pero aquí aparece el techo ontológico de toda clínica. Por la herida del pecado original, el hombre no alcanza por sola lucidez ni por sola disciplina una paz perfecta y estable. La paz plena no es únicamente fruto de orden natural reconocido; es, en su cumbre, fruto del orden sobrenatural recibido: unión de la voluntad con DIOS por la gracia. En este punto, la oración y la vida espiritual no entran como adorno devoto, sino como forma superior de ordenación interior: donde el hombre abandona la pretensión de autosuficiencia y, por fin, encuentra posibilidad real de reposo.
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IX. La clínica y la cuestión antropológica implícita
La psicología contemporánea suele presentarse como ciencia empírica neutral, orientada exclusivamente a la observación de procesos psíquicos y conductuales. Sin embargo, ninguna práctica terapéutica opera en vacío antropológico. Toda clínica presupone —aunque no siempre lo declare— una determinada idea del hombre, de su libertad y de su fin.
Allí donde el conductismo vio un organismo reactivo, y el cognitivismo un intérprete de estímulos, la psicología del rendimiento contemporánea ha terminado por asumir, casi sin advertirlo, una antropología más radical: la del sujeto auto-constructor. El individuo aparece como responsable último de dotar de sentido a su existencia, de organizar su identidad y de garantizar su estabilidad interior mediante técnicas de regulación permanente.
Este presupuesto, lejos de ser terapéuticamente neutro, constituye ya una toma de posición metafísica. Porque si el hombre es concebido como origen práctico de su propio orden, la inquietud deja de ser anomalía y se convierte en consecuencia necesaria. El sujeto queda obligado a sostener aquello que excede su naturaleza: el fundamento mismo del sentido.
Aquí aparece el límite interno de la clínica moderna. La psicología puede ordenar procesos, moderar impulsos, reorganizar interpretaciones y disminuir estados de activación. Puede, en suma, regular. Pero el reposo pertenece a otro orden. Regular significa mantener equilibrio dentro del movimiento; reposar significa alcanzar el término del movimiento. Y ningún procedimiento técnico puede otorgar aquello que depende del fin último del obrar humano.
Por eso el fenómeno clínico más característico de nuestro tiempo no es la desintegración del sujeto, sino su hipertrofia moral. El hombre contemporáneo no sufre principalmente por falta de responsabilidad, sino por exceso de ultimidad: vive cada decisión como si de ella dependiera la consistencia misma del mundo. El perfeccionismo, la hiperresponsabilidad y la incapacidad de descansar sin culpa revelan una conciencia que ha asumido funciones propias del principio y no de la criatura.
Desde esta perspectiva, el estrés crónico deja de aparecer como mera sobrecarga de estímulos. Es, más profundamente, el agotamiento del sujeto que intenta significarlo todo. Allí donde el mundo ya no es recibido como portador de sentido, el individuo debe producir significado sin descanso. La inquietud se vuelve entonces estructural, porque ninguna voluntad finita puede sostener indefinidamente esa tarea.
La doctrina de la Providencia introduce aquí una corrección decisiva. No como recurso devocional, sino como restitución ontológica: el orden del mundo no depende del sujeto, y precisamente por eso el sujeto puede obrar con responsabilidad sin quedar aplastado por la totalidad del resultado. Reconocer la propia condición de causa segunda no disminuye la acción; la hace habitable.
La clínica encuentra así su verdadero alcance y su límite. Puede ayudar al hombre a recuperar la medida de su obrar, pero la paz plena no nace únicamente de la reorganización interior. Según la enseñanza clásica, la paz en sentido propio es efecto de la unión de la voluntad con DIOS. La terapia puede preparar el terreno; sólo la apertura a la gracia restituye plenamente el reposo que la naturaleza humana, herida pero orientada al bien, busca sin cesar.
