La realidad del bien

El bien no es un nombre honorífico que la voluntad concede a lo que desea. Tampoco es la cobertura verbal de un consenso. Ni la forma decorosa de una utilidad

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

La cuestión del bien no pertenece primariamente al orden de la exhortación, sino al de la inteligencia. Antes de ser mandado, el bien debe ser conocido. Y sólo puede ser conocido si no se lo reduce a preferencia, a convención o a simple atribución del sujeto.

El bien no es un nombre honorífico que la voluntad concede a lo que desea. Tampoco es la cobertura verbal de un consenso. Ni la forma decorosa de una utilidad. El bien nombra la perfección. Algo es bueno en la medida en que, según lo que es, alcanza la plenitud que le corresponde.

Aquí se decide más de lo que parece. Si el bien no expresa una perfección real, toda la vida humana queda suspendida. La libertad pierde su medida. La virtud pierde su objeto. La ley pierde su fundamento. La política pierde su fin. Puede sobrevivir un vocabulario moral. No aquello que ese vocabulario pretendía nombrar.

Entonces lo bueno empieza a identificarse con lo querido, con lo agradable, con lo eficaz o con lo aprobado. No se resuelve el problema del bien. Se lo cancela.

La crisis contemporánea debe leerse en esta profundidad. No consiste sólo en la relajación de las costumbres, ni siquiera en la difusión de doctrinas falsas sobre el hombre. Consiste en una alteración más radical del juicio práctico: se ha vuelto difícil admitir que la vida humana tenga una medida objetiva.

El hombre quiere seguir hablando de dignidad, de libertad, de justicia y de amor. Rehúsa, sin embargo, reconocer aquello que hace inteligibles esas palabras. Quiere conservar los efectos sin la causa, los nombres sin la realidad, las exigencias sin el orden que las funda.

El bien no comparece después de la elección. La elección comparece ante él. No es la voluntad la que produce la bondad de su objeto; es la bondad del objeto la que juzga la rectitud o el desorden de la voluntad.

Si el bien es real, el obrar tiene verdad. Si no lo es, sólo queda la administración variable de deseos contrapuestos.

LA CONVENIENCIA DE LA PERFECCIÓN

El bien y el ente no son extraños entre sí. Pero el bien añade a la razón de ente una nota decisiva: la de ser apetecible, la de convenir a una naturaleza, la de presentarse como perfección capaz de atraer rectamente.

No basta, por ello, con decir que la inteligencia conoce lo que es. La inteligencia práctica presenta también a la voluntad aquello que conviene al sujeto según su verdad. El bien no es solamente lo real conocido. Es lo real en cuanto puede perfeccionar.

Desde aquí se comprende mejor la raíz de la confusión moderna. El problema no consiste sólo en que el hombre deje de ver la verdad especulativa de las cosas. Consiste en que deja de percibir su conveniencia racional. Sigue sintiendo conveniencias, pero las siente en el plano inferior de lo útil, de lo placentero o de lo emocionalmente gratificante. Se debilita, en cambio, el sentido de aquello que conviene al hombre en cuanto hombre, de aquello que perfecciona sus potencias conforme a su naturaleza y a su fin.

La conveniencia sensible ocupa el lugar de la conveniencia racional. El bien aparente suplanta al bien verdadero.

La cuestión moral no es, por eso, un simple problema de información ni de sinceridad. Puede saberse mucho y haber oscurecido el juicio práctico. Puede sentirse intensamente y desear mal. La inteligencia no cumple su oficio sólo cuando constata hechos, sino cuando reconoce qué perfecciona realmente.

La tragedia contemporánea reside, en buena medida, en que la razón práctica se ha debilitado hasta el punto de no saber ya presentar a la voluntad la nobleza propia de la virtud, la conveniencia profunda del orden, la rectitud como grandeza y no como mera restricción.

El bien no seduce como seduce el estímulo. No halaga como halaga el brillo. Conviene como conviene la perfección.

La época no ha dejado solamente de amar el bien. Ha dejado de reconocer su dignidad.

NATURALEZA, FIN Y JERARQUÍA

No hay bien inteligible sin naturaleza. Tampoco hay naturaleza inteligible sin fin. Toda realidad posee una determinación propia; esa determinación funda operaciones, inclinaciones y una medida de perfección. El bien no se añade a las cosas como un ornamento exterior. Designa su cumplimiento.

Allí donde una naturaleza alcanza aquello para lo cual está ordenada, allí hay bien. Allí donde se frustra, se mutila o se desvía de su fin, hay defecto.

Esto vale de modo eminente para el hombre. La naturaleza humana no es una materia disponible para toda autoconstrucción imaginable. No es una espontaneidad sin forma. No es una disponibilidad indefinida. Es principio de operaciones y norma intrínseca de perfección.

El hombre no se realiza negando lo que es. Se realiza alcanzando la plenitud de lo que es.

El bien humano no puede determinarse, por tanto, por la intensidad de la vivencia, por la sinceridad subjetiva, por la utilidad del resultado o por la ratificación social de ciertas conductas. Todo ello puede acompañar accidentalmente al bien. Nada de ello lo constituye.

Aquí aparece una distinción decisiva. No todos los bienes son últimos. Existen bienes verdaderos, pero penúltimos. Belleza, amistad, excelencia temporal, amor humano, reconocimiento, pertenencia: todo ello puede ser realmente bueno. Pero son bienes participados, limitados, subordinados.

El error comienza cuando se les exige lo que no pueden dar. Cuando un bien penúltimo pretende ocupar el lugar del último, deja de ser gozado en su verdad y empieza a ser idolatrado en su insuficiencia.

La modernidad tardía padece justamente esta desjerarquización. No siempre corre tras bienes inexistentes. Muchas veces absolutiza bienes limitados y les pide plenitud última. Del placer espera paz. De la visibilidad espera reconocimiento. De la conexión espera comunión. Del erotismo espera amor. Del éxito espera consistencia. De la autoafirmación espera identidad.

Entonces sobreviene el hastío.

No accidentalmente. Estructuralmente.

El hastío de quien ha pedido infinitud a lo finito.

El bien exige jerarquía. Negarla es condenar al alma a exigir demasiado a lo que sólo puede dar poco, y demasiado poco a aquello que merece ser amado supremamente.

LA VOLUNTAD Y EL BIEN APARENTE

La voluntad no funda el bien. Lo presupone. Su dignidad no consiste en producir la bondad de su objeto, sino en poder adherirse a aquello que la perfecciona o desviarse hacia un bien aparente.

Conviene aquí una precisión decisiva. La voluntad no ve por sí misma. No es una potencia vidente. Es apetito racional. Tiende a aquello que la inteligencia le presenta bajo razón de bien. Por eso, cuando la voluntad se inclina a un simulacro, el problema no radica sólo en una debilidad del querer, sino, más radicalmente, en una corrupción del juicio práctico. La inteligencia ha fallado en su oficio de presentar el objeto según su verdad y según su conveniencia real para el sujeto.

La voluntad no yerra primero por falta de energía, sino porque la inteligencia, ojo del apetito racional, ha dejado de presentar con claridad la verdad y la conveniencia del bien.

Esta observación alcanza hoy una importancia singular. La crisis contemporánea del bien no es, en su raíz, una simple falta de fuerza de voluntad. Es una ceguera del juicio. El hombre ha aprendido a llamar bien a lo que halaga, a lo que excita, a lo que valida, a lo que hace sentir intensamente, aunque no perfeccione. La inteligencia práctica ya no se deja gobernar con docilidad por la verdad del ser, sino por el brillo de lo útil, de lo sensible o de lo emocionalmente rentable.

La grandeza de la libertad no se mide por su desvinculación de toda medida, sino por su capacidad de seguir un juicio verdadero. Cuando la inteligencia oscurece, la voluntad no se emancipa. Queda expuesta.

La voluntad separada del bien objetivo termina sometida a lo inferior. Lo que se presenta como liberación respecto de la verdad concluye en obediencia al impulso, al hábito, al ambiente, al miedo o a las formas más sutiles del poder.

Quiso ser soberana. Se hizo disponible.

Quiso no deber nada al orden. Quedó presa de lo más inmediato.

La voluntad no se extravía, ordinariamente, queriendo el mal bajo razón de mal. Se extravía adhiriéndose a un bien aparente. Esta observación es capital.

El falso bien no constituye una realidad plena rival del bien verdadero. Expresa más bien una insuficiencia, una carencia, una degradación de perfección. El mal no posee grandeza propia. Siempre es disminución, empobrecimiento o desviación de un bien debido.

El bien aparente puede deslumbrar. No puede elevar. Puede excitar. No puede plenificar. Puede impresionar. No puede dar talla.

Aquí se deja ver la miseria profunda del desorden. No hay en él una plenitud alternativa. Sólo un resto de bien arrancado de su orden, ofrecido como totalidad y consumido como sucedáneo.

El mal es raquítico.
No alcanza estatura.
No llega a la medida de lo humano.

LA FABRICACIÓN DEL FALSO BIEN

La corrupción de una época no consiste sólo en la difusión de conductas desordenadas. Consiste, más radicalmente, en la construcción cultural de objetos, lenguajes y formas de vida que se presentan bajo razón de bien mientras apartan al sujeto de su verdadera perfección.

Éste es uno de los rasgos más significativos de nuestro tiempo. La época no niega el bien: lo falsifica. No propone siempre el desorden como desorden. Lo presenta como libertad, como autenticidad, como cuidado, como inclusión, como afirmación, como derecho, como intensidad vital.

Conserva parte del vocabulario del bien. Vacía su contenido objetivo.

La inteligencia deja entonces de juzgar según naturaleza y fin, y empieza a reaccionar según impresión afectiva, prestigio social o validación del ambiente.

La mentira decisiva no consiste en abolir el deseo de plenitud, sino en interceptarlo. Se ofrecen bienes fragmentarios, desgajados de su orden, para que sean tomados por bienes completos. Libertad sin verdad. Identidad sin naturaleza. Intensidad sin fin. Pertenencia sin comunión. Belleza sin orden. Amor sin donación.

Cada uno de estos objetos conserva algún resto de verdad. Precisamente por eso seduce. Pero seduce como seduce lo incompleto cuando se lo hace pasar por total.

La modernidad no sólo tolera el falso bien. Lo produce, lo distribuye, lo estetiza, lo normaliza. Ésa es su fuerza. Ya no hace falta defender frontalmente el mal. Basta con hacer respirable la insuficiencia.

LA JUVENTUD Y EL DRAMA DEL BIEN SUSTITUIDO

La juventud se encuentra particularmente expuesta a esta construcción del bien aparente, no porque esté naturalmente inclinada a lo bajo, sino porque conserva todavía una poderosa hambre de plenitud. Quiere verdad, fuerza, pertenencia, belleza, grandeza, amor, destino.

Su tragedia no consiste en haber dejado de desear estas cosas. Consiste en que se le ofrecen sucedáneos elaborados con notable precisión.

Quiere verdad, y se le ofrece opinión. Quiere belleza, y se le ofrece impacto. Quiere pertenencia, y se le ofrece masa. Quiere amor, y se le ofrece validación. Quiere identidad, y se le ofrece autoconstrucción narrativa. Quiere libertad, y se le ofrece disponibilidad. Quiere grandeza, y se le ofrece performance. Quiere una forma alta de vida, y se lo habitúa a la gestión de estímulos.

Aquí aparece una clave decisiva. El joven no sufre sólo porque elija mal. Sufre porque ha crecido en un mundo que llama bien a muchas cosas que vacían el alma.

Se le ha persuadido de que existir consiste, ante todo, en definirse, afirmarse, producirse a sí mismo mediante elecciones sucesivas. Pero una voluntad obligada a inventar por sí sola el bien queda sometida a una carga imposible. Si nada la precede, todo pesa sobre ella. Si no existe una medida objetiva, cada elección parece absoluta y, al mismo tiempo, arbitraria.

El resultado no es una personalidad más fuerte. Es una subjetividad más expuesta. Dependiente del reconocimiento ajeno. Vulnerable al clima del ambiente. Incapaz de perseverar cuando el deseo cambia o la aprobación se retira.

La cultura dominante no suprime las aspiraciones altas de la juventud. Las intercepta. No destruye inmediatamente el hambre de absoluto. La alimenta con objetos incapaces de colmarla.

De este modo se produce una fatiga característica: no la del que ha dejado de buscar, sino la del que ha buscado mucho en dirección falsa. Una generación saturada de opciones puede permanecer, sin embargo, privada de forma. Un sujeto rodeado de estímulos puede hallarse interiormente sin suelo.

LA DESMATERIALIZACIÓN DEL BIEN

La situación contemporánea añade un rasgo nuevo. El simulacro ya no es sólo ideológico o sentimental. Es técnico. Lo falso no se presenta solamente como error conceptual o como degradación moral, sino como experiencia sintética funcionalmente satisfactoria y ontológicamente insuficiente.

La realidad se ha vuelto opcional para muchos. No porque haya desaparecido, sino porque ha sido recubierta por interfaces que permiten consumir apariencias sin soportar el peso del ser.

También aquí el problema no es la artificialidad en cuanto tal. El hombre produce artificios nobles. El problema comienza cuando lo sintético pretende sustituir lo real en el orden del bien, cuando lo producido se presenta como plenitud suficiente, cuando el algoritmo ofrece un bien sin densidad capaz de sostener la gravedad de una vida humana.

Un bien sintético puede entretener, retener, excitar o validar. No puede fundar. No puede ordenar. No puede plenificar.

Carece de ese espesor por el cual el bien verdadero sostiene, forma, exige y da descanso. Lo artificial, cuando usurpa el lugar de lo real, produce una satisfacción sin peso. Y una vida humana no puede descansar establemente sobre un bien sin peso ontológico.

Éste es uno de los desafíos más radicales del presente. El hombre contemporáneo no sólo se equivoca sobre el bien. Aprende a habitar réplicas de bien que funcionan bastante como para seducir y demasiado poco como para salvar.

LA VIRTUALIDAD COMO PEDAGOGÍA DEL DESEO

La configuración dominante de la vida virtual da a esta desmaterialización una eficacia singular. No se trata de afirmar que la técnica sea mala en sí misma. Se trata de reconocer que gran parte del ecosistema digital contemporáneo favorece la sustitución del bien por su apariencia y reeduca la percepción misma de lo deseable.

La virtualidad dominante ofrece presencia bajo forma de conexión, reconocimiento bajo forma de visibilidad, conocimiento bajo forma de flujo, belleza bajo forma de impacto, juicio bajo forma de reacción, amor bajo forma de respuesta emocional inmediata.

Nada de ello carece por completo de realidad. Precisamente por eso puede operar como sustituto.

Pero el resultado es una degradación de la experiencia del bien. La vida se acostumbra a lo instantáneo, a lo cuantificable, a lo reactivo, a lo expuesto, a lo superficialmente compartido. Se debilita la capacidad contemplativa, se fragmenta la atención, se fatiga la interioridad y se vuelve ardua la experiencia de aquello que exige silencio, duración, jerarquía y forma.

La virtualidad contemporánea no suprime el deseo del bien. Lo intercepta con notable eficacia. Ofrece simulaciones parciales de bienes verdaderos y, al hacerlo, dificulta el acceso a éstos. Deja al joven conectado, pero no en comunión; visible, pero no reconocido; estimulado, pero no orientado; expresado, pero no unificado.

El drama no es únicamente moral. Es también noético y afectivo.

Estamos ante una pedagogía del deseo. Y una pedagogía del deseo puede ser más profunda que una doctrina explícita, porque modela la sensibilidad antes de que el juicio se formule plenamente.

El algoritmo administra preferencias.
No puede fundar perfecciones.

Puede multiplicar reflejos. No puede enseñar reverencia.
Puede ordenar flujos. No puede dar forma al alma.

LIBERTAD, VERDAD Y SOBERANÍA

La libertad sólo se entiende adecuadamente a la luz del bien. No es facultad de indeterminación ilimitada, sino capacidad de dirigirse por sí misma a una perfección conocida. Es verdadera cuando puede adherirse al bien; es defectuosa cuando, por ceguera o desorden, se inclina a aquello que la disminuye.

La verdad práctica no es una carga exterior. Es la luz sin la cual la acción no encuentra forma. La inteligencia práctica no inventa el bien; lo discierne. Allí donde deja de ver, la voluntad no se libera. Queda expuesta.

La ideología contemporánea de la espontaneidad ha identificado con frecuencia verdad y opresión, forma y represión, permanencia y pérdida de autenticidad. Pero el hombre espontáneo no es, sin más, el hombre libre. Con frecuencia es el menos formado, el menos dueño de sí, el más disponible para ser arrastrado por lo inmediato.

La libertad no consiste en seguir todo movimiento interior. Consiste en poseer la fortaleza necesaria para dirigirlo conforme al bien.

Ésta es una cuestión decisiva para la juventud. Se le ofrece una existencia abierta a todo, pero privada de jerarquía; rica en opciones, pero pobre en criterio; saturada de estímulos, pero carente de orientación. No se la coloca ante la grandeza de la libertad, sino ante su caricatura: una libertad sin forma, sin centro y sin término.

Quien puede elegirlo todo sin saber qué debe amar no elige con señorío. Deriva.

Aquí se descubre también una forma alta de disidencia. En un mundo donde casi todo puede ser manipulado, la adhesión al bien verdadero permanece como una soberanía que no puede ser enteramente absorbida. La inteligencia sometida al bien real se vuelve, por eso mismo, refractaria a la manipulación.

Quien reconoce una verdad objetiva deja de ser enteramente disponible para el sistema.

LA VIRTUD COMO FORMA FUERTE

El bien humano no puede quedar exterior al sujeto. Debe convertirse en forma estable de su obrar. La virtud no es compostura social ni corrección meramente exterior. Es perfección habitual de las potencias del alma. Es el modo por el cual el bien se vuelve connatural al obrar.

La virtud supone que el hombre no se basta con actos aislados. Su vida moral no se edifica mediante decisiones episódicas y desconectadas, sino por la adquisición de una forma interior. El hombre prudente no es aquel que ocasionalmente acierta, sino aquel cuya razón práctica ha sido perfeccionada para discernir el bien concreto. El hombre justo no es el que accidentalmente cumple con otro, sino aquel cuya voluntad se ha hecho firme en dar a cada uno lo suyo.

La pérdida moderna del sentido de la virtud es inseparable de la pérdida moderna del sentido del bien. Si el bien se reduce a elección subjetiva, la virtud se vuelve incomprensible. Sólo puede hablarse de virtud donde se admite que existe un bien humano objetivo al que las potencias deben ordenarse. De lo contrario, sólo quedan técnicas de autogestión, preferencias estilísticas o pedagogías de adaptación.

La juventud necesita recuperar esta verdad. Se le ha enseñado a identificar intensidad con profundidad, espontaneidad con autenticidad y ruptura con grandeza. Pero el alma no se hace fuerte por sentir mucho, por probarlo todo o por desafiar límites. Se hace fuerte cuando adquiere forma.

La virtud es precisamente esa forma interior: no un código de modales, sino la arquitectura estable de un alma capaz de verdad, de fidelidad y de dominio de sí.

El virtuoso no es el domesticado. Es el que ya no vive entregado a cada impulso, a cada imagen, a cada presión del ambiente.

En un orden cultural que administra deseos, la virtud devuelve señorío.

EL BIEN QUE SE COMUNICA

El bien, precisamente por ser perfección, no tiende a encerrarse. Tiende a comunicarse. La bondad verdadera posee una cierta fecundidad interna. No es mera autoconservación. No se agota en la clausura del sujeto bien formado. La perfección auténtica irradia, ordena, fecunda y se difunde.

La virtud no constituye, por ello, un egoísmo espiritual refinado. El hombre bueno no lo es sólo para sí. Su bondad se vuelve principio de orden para otros. La prudencia ilumina. La justicia pacifica. La fortaleza sostiene. La templanza ennoblece.

Toda verdadera formación moral posee una dimensión apostólica. No necesariamente en el sentido de una exteriorización activista, sino en el de una irradiación de orden.

También el bien común debe entenderse a esta luz. No es una construcción fría superpuesta a los sujetos, sino la comunicación social del bien. La ciudad bien ordenada no es sólo un aparato institucional eficaz; es una cierta difusión de rectitud, de justicia y de amistad cívica.

Allí donde el bien se hace fecundo en los miembros, la comunidad respira mejor. Allí donde los sujetos están interiormente descompuestos, tampoco las estructuras conservan indefinidamente su salud.

Descubrir el bien real no puede terminar, por eso, en mera autodefensa espiritual. Quien lo reconoce comienza a experimentar la obligación de comunicarlo, de servirlo, de hacerlo respirable para otros.

El bien verdadero no encierra. Desborda.

EL BIEN COMÚN Y LA CIUDAD

La realidad del bien no se agota en la perfección individual. Se prolonga necesariamente en el orden social y político. El hombre no alcanza su plenitud fuera de la comunidad; la comunidad no se justifica por la simple coexistencia de intereses privados. Tiene un fin propio: el bien común.

El bien común no es la suma de bienes particulares ni el equilibrio inestable entre voluntades divergentes. Es la perfección del orden compartido en el cual las personas, las familias y los cuerpos intermedios pueden alcanzar sus fines conforme a justicia. No resulta de las preferencias. Las mide.

Aquí conviene corregir una de las ficciones políticas más destructivas de la modernidad. El consenso no es sólo una técnica de composición entre opiniones diversas. Ha llegado a ser presentado como fuente misma de la ley y de la legitimidad, sustituyendo en los hechos a la naturaleza y al bien objetivo. No se trata ya sólo de que la política administre conflictos: se trata de que ha institucionalizado la negación del bien como fundamento.

La modernidad ha sustituido el bien por el número: el consenso ya no comparece como medio humano de convergencia, sino como artificio legitimador que pretende fabricar validez contra naturaleza.

Por eso la autoridad no puede definirse simplemente por la posesión regular de poder ni por la eficacia procedimental de sus decisiones. La autoridad lo es en sentido propio cuando se ordena al bien real de la comunidad. Allí donde esta ordenación desaparece, puede subsistir potestad, capacidad de coacción, técnica regulatoria, incluso legalidad positiva; no subsiste, en rigor, autoridad. Queda una fuerza organizada, una gerencia de equilibrios o una potestad técnica legalizada. Falta el título moral del mando.

La ciudad no puede vivir de la pura oscilación de consensos. Necesita una verdad práctica compartida sobre aquello que la perfecciona. Sin ella, la ley se desvincula de la justicia, la educación se reduce a ingeniería social y la política degenera en procedimiento sin fin.

La negación contemporánea del bien común sigue la misma lógica que la negación contemporánea del bien personal. En ambos casos se rechaza que exista una perfección objetiva. Rechazada ésta, sólo quedan o el poder del más fuerte o la negociación interminable entre apetitos.

Ninguna comunidad puede sostenerse indefinidamente sobre ese fundamento.

LA LEY NATURAL Y LA LEY ETERNA

La naturaleza humana no funda el bien como si fuera un dato bruto, biológico o cerrado sobre sí mismo. Su inteligibilidad remite más alto. La ley natural no es mero determinismo inscrito en la materia humana; es la participación de la criatura racional en un orden más alto, en la Sabiduría que gobierna el todo.

Obedecer al bien no significa, por ello, someterse a una cosa muda. Significa participar racionalmente del orden querido por la Inteligencia creadora.

Esta precisión es decisiva. El bien no obliga porque una autoridad humana lo imponga, ni porque el cuerpo lo exija ciegamente, sino porque expresa una verdad de la naturaleza iluminada por una razón más alta. La moral no es una arquitectura de piedras frías. Es un encuentro con el sentido de lo real.

La inteligencia humana, cuando juzga rectamente, no inventa el orden. Lo reconoce como participación.

La obediencia moral muestra aquí su dignidad profunda. Obedecer al bien no es rebajarse. Es entrar en consonancia con el Logos creador. El hombre no se empequeñece cuando reconoce que no es fuente absoluta de normatividad. Se eleva.

Su inteligencia se vuelve verdadera cuando participa de la Verdad. Su libertad se vuelve fuerte cuando participa del Bien.

DIOS, FUENTE DEL BIEN

La consideración del bien conduce necesariamente más allá de las realidades finitas. Si algo es bueno en la medida en que alcanza cierta perfección, y si toda perfección creada es limitada, dependiente y recibida, entonces el orden entero de los bienes finitos remite a una plenitud fontal. El bien participado exige un Bien por esencia.

No se trata de añadir de modo extrínseco una conclusión religiosa a un discurso moral ya concluido. Se trata de consumar su principio. Si el bien pertenece al orden de lo real, la realidad misma no puede ser pensada como autosuficiente en su gradación de perfecciones. La pluralidad de bienes creados remite a una fuente única que no recibe su bondad, sino que la posee absolutamente.

Sólo desde aquí se comprende por qué el bien no puede quedar a merced del lenguaje, del consenso o de la voluntad. Si el bien fuera mera proyección humana, el más fuerte terminaría imponiendo su definición. Si, en cambio, toda bondad creada es participación de una plenitud superior, el orden moral queda fundado en algo más alto que toda arbitrariedad histórica.

La crisis moderna del bien procede en buena medida de haber querido conservar el vocabulario moral negando su fundamento metafísico. Se sigue hablando de dignidad, de justicia, de derechos y de amor; se rehúsa pensar aquello que hace posible que esas palabras no floten en el vacío.

Sin referencia al Bien fontal, el lenguaje moral se vuelve disponible. Y lo disponible termina siendo administrado por el poder.

LA NATURALEZA HERIDA Y LA GRACIA

No basta afirmar que el bien corresponde a la naturaleza y al fin del hombre. Tras la caída, la naturaleza humana no se encuentra en integridad perfecta. Permanece naturaleza, y por ello conserva inteligibilidad moral; pero se halla herida, inclinada, debilitada. Puede conocer el bien y desearlo, pero no puede mantenerse estable y plenamente en él por sus solas fuerzas.

Sin embargo, esta herida no debe describirse de modo puramente pasivo. El hombre contemporáneo no sólo padece indigencia de bien; resiste al bien. No sólo está debilitado; se subleva. Hay en la crisis moderna una dimensión de insurrección contra el Logos, una pretensión de autosuficiencia por la cual la razón creada rechaza reconocer una medida superior a sí misma. La soberbia moderna no se contenta con errar: quiere que el error sea principio. No se limita a extraviarse: pretende fundar el orden desde sí.

Por eso la dificultad para volver al bien no nace únicamente de la debilidad, sino también de la resistencia. El hombre herido no sólo necesita ser sanado; necesita ser humillado en su pretensión de soberanía. Debe aprender de nuevo que la realidad no nace de su decisión, que la verdad no depende de su consentimiento, que el bien no se constituye por su deseo.

La frustración que experimenta al no lograr el bien de modo firme y total no es sólo índice de debilidad psicológica. Es signo de una herida más profunda. El bien no es solamente una meta que debe alcanzarse. Es también un don que debe recibirse.

El hombre no se basta para sanar su propia indigencia. Necesita auxilio.

La gracia no suprime la naturaleza ni reemplaza la virtud. Sana, fortalece, eleva, lleva a cumplimiento aquello que la sola naturaleza herida no puede asegurar establemente. Sin ella puede haber intentos nobles, esfuerzos reales, incluso cierto orden parcial. Falta la consistencia última. La vida moral se vuelve intermitente, fatigosa, vulnerable. Con la gracia, el bien deja de ser sólo exigencia externa o ideal remoto y se convierte también en posibilidad viva.

Esta afirmación posee una fuerza pedagógica singular para la juventud. La experiencia de no poder sostenerse en el bien no debe conducir al cinismo ni a la desesperación, sino al descubrimiento de la necesidad del auxilio divino.

La impotencia no es la última palabra.
Es la apertura a un don mayor.

El retorno al bien no se reduce a una mejora del sujeto ni a una técnica de perfeccionamiento moral; exige conversión de la inteligencia y de la voluntad al Logos, humillación de la soberbia y reconocimiento de que el hombre no es fuente de realidad.

CRISTO Y LA BIENAVENTURANZA

La inteligencia natural puede reconocer que el bien es real y que remite a una plenitud superior. Pero el orden del bien no queda restaurado en el hombre únicamente por la claridad conceptual. El hombre herido necesita ser sanado y elevado. Esa restauración encuentra su principio pleno en Cristo.

En Él, el bien no comparece sólo como noción metafísica o como medida moral. Comparece en la historia como verdad viviente, como plenitud de orden, como gracia que sana y eleva. Toda restauración integral del bien humano exige referencia a Cristo. No sólo porque enseña el bien, sino porque lo comunica. No sólo porque juzga el desorden, sino porque reordena interiormente al hombre.

Conviene precisar aquí otra distinción fundamental. Los bienes de esta vida, incluso cuando son verdaderos, no constituyen la felicidad perfecta. Pueden dar una cierta felicidad imperfecta, propia del orden virtuoso, del amor recto, de la belleza gustada en verdad, de la amistad limpia, de la paz relativa que nace del orden moral. Pero la bienaventuranza perfecta excede toda posesión temporal. Ningún bien finito puede colmar definitivamente un alma hecha para Dios.

De ahí la tragedia de exigir satisfacción última a bienes penúltimos.
De ahí también la grandeza de ordenar todo bien creado a su Fuente.

La reducción contemporánea de Cristo a figura privada, a símbolo ético o a recuerdo sentimental ha tenido consecuencias devastadoras. Si Cristo queda expulsado del orden de la inteligencia, de la moral y de la ciudad, el bien pierde su manifestación más plena y la cultura queda entregada a sucedáneos. Puede haber técnicas, campañas, controles. No por ello habrá orden en sentido fuerte.

El orden verdadero no resulta de la mera contención del desorden. Resulta de la subordinación de la vida a su principio.

Decir que Cristo es Rey no constituye, por eso, un exceso devocional. Es afirmar que el orden del bien no puede sostenerse indefinidamente contra su fuente. Allí donde la inteligencia se separa de la Verdad encarnada, la voluntad se debilita, la ley se positiviza, la política se reduce y la cultura se vacía. Allí donde Cristo es reconocido, el bien vuelve a tener no sólo fundamento, sino también camino.

CONCLUSIÓN

La gran cuestión de nuestro tiempo no es sólo si el hombre sigue deseando el bien, sino si aún sabe reconocerlo entre los simulacros con que una civilización cansada ha aprendido a sustituirlo.

El problema contemporáneo no se resuelve por una simple corrección terminológica ni por un aumento de exhortaciones morales. Se resolverá, si se resuelve, cuando vuelva a reconocerse que la vida humana no se basta con querer, sino que necesita querer bien; y que querer bien sólo es posible allí donde el bien permanece unido a la realidad, jerarquizado en sus grados, iluminado por la ley eterna y vivificado por la gracia.

El bien no es aquello que decidimos llamar bueno. Es aquello que perfecciona realmente según naturaleza y fin. La inteligencia lo presenta como conveniente. La voluntad comparece ante él. La libertad se cumple en él. La virtud lo encarna. El bien se comunica. El bien común lo prolonga en la ciudad. Dios lo funda. La ley eterna lo ilumina. La gracia lo hace habitable. Cristo lo restaura y lo conduce a su plenitud.

La época no ha dejado simplemente de hablar del bien. Ha aprendido a sintetizarlo, a desmaterializarlo, a distribuir sus apariencias. Ha querido también emanciparlo de toda fuente superior. Y en ese gesto ha degradado al mismo tiempo la inteligencia, la ley y la libertad.

Por eso la restauración exigida hoy es más radical: no sólo moral, sino intelectual, antropológica, política y teológica.

Hay que volver a dar al bien su peso.
Hay que devolver a la libertad su medida.
Hay que arrancar al deseo de la pedagogía del simulacro.

Hay que enseñar de nuevo a la juventud que no todo lo que atrae construye, que no todo lo que valida reconoce, que no todo lo que excita vivifica.

Sólo una restauración de la inteligencia del bien puede devolver a la vida humana su forma. Con la forma vuelve la libertad. Con la libertad, la virtud. Con la virtud, el orden. Con el orden, la paz.

La paz no es la tregua entre deseos contrapuestos.
Es la tranquilidad del orden.

Y no hay orden donde el bien ha dejado de ser real.

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