La nueva frontera de la eugenesia tecnocrática

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
El 9 de noviembre de 2025, The Wall Street Journal publicó una noticia que, bajo la sobriedad habitual del periodismo económico, descubría una de las tentaciones más profundas de nuestro tiempo: la startup Preventive, establecida en San Francisco y respaldada por Sam Altman —figura central de OpenAI— y Brian Armstrong —cofundador de Coinbase—, buscaba abrir camino al nacimiento de un niño procedente de un embrión editado genéticamente para evitar enfermedades hereditarias. El reportaje añadía un dato aún más elocuente: la empresa había reunido 30 millones de dólares y exploraba jurisdicciones fuera de Estados Unidos, precisamente porque el orden jurídico norteamericano mantiene barreras frente a la edición heredable con fines reproductivos.
La noticia obliga a distinguir desde el principio. CRISPR, en cuanto herramienta, no es por sí mismo el mal. Una intervención genética verdaderamente terapéutica, ordenada con rigor al bien del propio sujeto, no se juzga del mismo modo que una práctica de selección, corrección programada o diseño del origen humano. Sería torpe condenar la técnica sólo por ser poderosa. Pero sería más torpe todavía no advertir el punto en que deja de servir a la naturaleza herida y comienza a instalarse sobre el origen de la vida humana. Allí la cuestión cambia de especie.
Porque el desorden de fondo no es solamente práctico. Es antes intelectual. La medicina, cuando permanece fiel a sí misma, parte de una humildad elemental: reconoce que la naturaleza posee un orden, que el hombre no se ha dado a sí mismo el ser, y que el arte médico vale en la medida en que ayuda prudentemente a restaurar una perfección dañada. La técnica moderna, cuando se desmanda, rompe esa humildad. Deja de mirar la naturaleza como algo dotado de fin y empieza a mirarla como materia sometida a la eficacia de la voluntad. Ya no pregunta qué es el hombre ni para qué es; pregunta tan sólo qué puede hacerse con él.
Ahí se halla la raíz metafísica de la eugenesia contemporánea.
No se trata sólo de una moral relajada. Se trata de una metafísica perdida. Allí donde se borra la causa final, sólo queda la causa eficiente. Allí donde la naturaleza humana deja de ser contemplada como realidad recibida, dotada de un orden intrínseco, sólo queda una materia disponible para el proyecto del poder. La técnica deja entonces de ser ancilla naturae para pretenderse correctora de la naturaleza. Y cuando eso sucede, el hombre deja de ser contemplado como criatura para empezar a ser tratado como material.
De ahí la importancia de no dejarse engañar por el lenguaje blando de la época. No es lo mismo curar que seleccionar. No es lo mismo seleccionar que mejorar. No es lo mismo asistir a un ser humano herido que entrar en la vida naciente para preordenarla según un cálculo previo. La confusión entre estos planos no es inocente. Es el velo verbal que permite a la soberbia técnica presentarse con modales clínicos. Se empieza hablando de prevención. Se sigue hablando de riesgos. Se termina hablando de optimización. Y entre un término y otro se ha consumado ya una revolución entera: el hijo ha comenzado a ser pensado como objeto de gestión.
Aquí aparece la primera verdad que no puede cederse: el embrión humano no es material biológico disponible. No es una promesa vaga de humanidad. No es un borrador de persona. No es una realidad a medio hacer cuya dignidad dependa del laboratorio, de la ley o del deseo ajeno. Es ya un alguien. Y si es alguien, no puede ser tratado como soporte de programación genética, ni como objeto de corrección industrial, ni como campo de ensayo de una voluntad extraña.
Toda la barbarie elegante de nuestra época depende de borrar esta diferencia suprema entre alguien y algo.
Mientras esa diferencia permanece en pie, la técnica encuentra medida. Cuando desaparece, todo se vuelve administrable. La vida puede entonces producirse, examinarse, compararse, descartarse y mejorarse como si perteneciera al orden de las cosas. El horror no necesita ya presentarse con rostro feroz. Puede llegar con voz serena, con cifras prometedoras y con el lenguaje impecable de la medicina de precisión. Pero no por ello deja de ser horror. Sólo se ha refinado.
Desde ahí se entiende mejor lo que verdaderamente está en juego. No se trata sólo de una práctica biomédica discutible. Se trata de una alteración del vínculo filial. Engendrar no es fabricar. Procrear no es producir. Recibir una vida no es encargar un resultado. Mientras estas diferencias viven, el hijo es acogido como don; cuando se las borra, el hijo empieza a comparecer como producto.
Y un producto, por definición, se especifica, se compara, se corrige y se mejora.
He ahí la mutación decisiva. La antigua humildad de la generación —esa aceptación de que el hijo viene como otro y no como hechura propia— es reemplazada por la lógica del diseño. La paternidad y la maternidad dejan de inclinarse ante el misterio de una vida recibida y comienzan a actuar como instancias de supervisión. El hijo ya no es, ante todo, alguien a quien se debe justicia, sino algo sobre lo cual se proyecta preferencia. La filiación desciende entonces del orden personal al orden productivo.
Por eso resulta tan exacta la idea de que el niño corre el riesgo de convertirse en producto manufacturado. No es una licencia retórica. Es la definición más sobria de un mundo en el que la cuna empieza a hablar el idioma del taller. Y cuando el hijo entra bajo la lógica del control de calidad, del perfil deseable y del rasgo corregible, ya no estamos sólo ante una desviación moral privada. Estamos ante una civilización que comienza a perder la inteligencia de lo humano.
En ese mismo punto reaparece, aunque con vestiduras nuevas, el viejo espíritu de la eugenesia. No la eugenesia tosca, doctrinaria, brutalmente declarada. Ésa pertenece a una fase anterior del error. La nuestra es más fina. Habla de prevención, de salud futura, de mejores oportunidades. No dice que ciertas vidas valgan menos; le basta con crear procedimientos por los cuales ciertas vidas aparezcan como menos razonables, menos deseables o menos dignas de ser acogidas si no alcanzan determinados umbrales de conveniencia biológica. Ya no se proclama una jerarquía humana a voz en cuello. Se la incorpora silenciosamente al procedimiento.
Ésa es la nueva eugenesia: una eugenesia con modales clínicos.
Y quizá por eso sea más peligrosa. Porque no necesita imponerse como doctrina pública. Le basta parecer sensata. No necesita mandar con violencia exterior. Le basta penetrar en la conciencia como una prudencia sanitaria. La antigua eugenesia escandalizaba; la nueva persuade. La antigua violentaba desde fuera; la nueva reeduca desde dentro. Pero ambas comparten el mismo fondo: la vida vulnerable deja de ser llamada a la protección y empieza a ser percibida como defecto a filtrar.

A esta deformación se añade otra, no menos grave: la política. El reportaje del Journal no describía el delirio solitario de un investigador, sino una empresa, con nombres, capital, estrategia y horizonte de ejecución. Y lo más revelador es que ese horizonte incluía la búsqueda de países donde el obstáculo legal fuera menor. Este dato ilumina el hecho entero. No sólo quieren hacerlo: quieren hacerlo allí donde el orden jurídico les oponga menos resistencia. La ley deja entonces de ser principio y se convierte en simple incomodidad logística. Lo prohibido no es tenido por injusto; es tenido por prematuro. La norma no corrige la voluntad; sólo la obliga a buscar otra ruta.
Esto revela algo aún más hondo: que no estamos ante un accidente del sistema liberal, sino ante una de sus consecuencias más fieles. Una sociedad que ha dejado de reconocer un orden trascendente, que ya no entiende la naturaleza como principio normativo y que reduce la autoridad política a administración de deseos y mercados, carece de defensas últimas frente al avance de la potencia técnica. Si algo puede hacerse y existe un deseo solvente de hacerlo, el sistema apenas sabe responder con reglamentos, cautelas y aplazamientos. Le falta la razón principal: la verdad sobre el hombre.
Por eso importa distinguir entre potestas y auctoritas. La técnica posee potestad: recursos, prestigio, protección institucional, capital, capacidad operativa. Pero nada de eso le confiere autoridad para definir qué es lo humano. Puede intervenir; no por eso puede juzgar el ser de aquello sobre lo que interviene. Puede hacer mucho; no por eso sabe qué debe hacerse. Cuando una sociedad olvida esta diferencia, queda a merced de una tiranía nueva: no la del soldado ni la del demagogo, sino la del experto sin sabiduría, la del poder sin verdad, la de la capacidad técnica que se erige en criterio último por el simple hecho de ser capacidad.
Y todavía conviene añadir una precisión. El hombre no es un conjunto de accidentes biológicos separables del resto de su ser. No es un código que pueda ser “editado” sin que se toque con ello a la persona en su integridad. El lenguaje mismo de la edición induce a pensar que se trata de una operación sobre un soporte neutral, como quien corrige un texto o pule un diseño. Pero el hombre no tiene un cuerpo como quien posee un instrumento exterior; es una unidad sustancial de cuerpo y alma. Tocar la corporeidad humana en su principio no es operar sobre una materia indiferente: es intervenir sobre el ser personal en su manifestación creada.
Por eso el hijo editado no sólo corre el riesgo de ser cosificado; corre también el riesgo de nacer ya bajo el signo de una voluntad ajena que ha querido imprimirle una forma. Su libertad radical queda hipotecada por el diseño previo de otros. No se le recibe como igual; se le predispone como resultado. Y en esa medida la técnica deja de ser simple intervención biológica para convertirse en una forma sutil de dominio.
Pero hay todavía una lesión más honda. La gratuidad es una de las bases secretas de la justicia. Allí donde el hijo es recibido, comparece como igual. Allí donde es pagado, seleccionado o diseñado, empieza a quedar envuelto en una lógica de apropiación. Y allí donde entra la apropiación, la justicia misma se resiente en su raíz. El precio y el diseño introducen una sombra de propiedad allí donde sólo debería haber acogida. El hijo deja entonces de ser plenamente otro para empezar a parecer, en alguna medida, hechura patrimonial de la voluntad ajena.
A ello se suma una injusticia nueva, muy propia de nuestro tiempo: una suerte de colonialismo temporal. Los vivos se arrogan poder constituyente sobre los futuros. Ya no transmiten solamente una herencia; imponen una sentencia de diseño. La técnica rompe así la igualdad de rango entre generaciones. Los padres recibieron la vida como don; el hijo empieza a recibirla como proyecto ajeno. La herencia biológica, que pertenecía al orden del recibimiento, amenaza con convertirse en título de dominio ejercido por una generación sobre la siguiente.
Y con ello se corrompe también la inteligencia de la fragilidad. Se nos promete una humanidad más fuerte, más sana, más optimizada. Pero una civilización que convierte la vulnerabilidad en defecto evitable acaba por erosionar la compasión. Si la fragilidad se vuelve fallo corregible, el sufriente deja poco a poco de ser hermano y empieza a parecer error. La eugenesia no elimina el dolor: debilita la obligación de acoger al que sufre.
Nada de esto obliga a caer en una tecnofobia vulgar. Sería una necedad. La medicina verdadera merece gratitud, defensa y honor. Ayudar a la naturaleza herida, colaborar humildemente con ella, asistirla como instrumento y no como soberano, pertenece a una de las formas más altas del servicio humano. Pero precisamente por eso la línea divisoria debe mantenerse intacta.
El punto último es todavía más hondo. Aquí no se trata sólo de alterar un proceso biológico, sino de invertir el orden mismo de la naturaleza humana. Porque la naturaleza no es una materia bruta, abandonada a la voluntad del más fuerte para que la termine a su gusto. Es una realidad ya inteligible, ya ordenada, ya finalizada desde su principio. Tiene un ser propio, una forma propia y un fin propio. Por eso la técnica obra rectamente mientras permanece en su rango: cuando sirve como instrumento para ayudar a la naturaleza a alcanzar el bien que le es debido. Pero en el instante en que pretende instalarse sobre el origen mismo del hombre para corregirlo según un cálculo ajeno, deja de asistir y empieza a sustituir.
Ahí comienza, en sentido estricto, la antinaturaleza.
No porque intervenga un artificio, pues no todo artificio es contrario a la naturaleza, sino porque el artificio quiere ocupar el lugar del principio. Ya no se contenta con auxiliar una vida recibida; pretende determinar desde fuera la forma de su aparición. Ya no coopera con la generación; quiere imponerse sobre ella. Y cuando la producción pretende ocupar el lugar de la generación, el desorden no es sólo moral: es ontológico. La voluntad eficaz se alza donde debería permanecer primero el ser recibido.
Por eso el problema no consiste simplemente en que el hombre haga demasiado, sino en que quiera hacerse autor allí donde sólo puede ser ministro. La medicina digna ayuda al cuerpo a recobrar su integridad. La técnica desordenada, en cambio, pretende decidir qué debe ser el hombre desde el umbral mismo de su nacimiento. Y eso ya no es sanar una naturaleza herida, sino disputar a la naturaleza —y en último término al Autor de la naturaleza— la primacía sobre el principio.
Y al fondo de esta usurpación comparece, inevitablemente, la cuestión religiosa. El hombre tecnocrático no quiere sólo aliviar el dolor; quiere enmendar la creación. No le basta servir a la vida; quiere rehacerla. No soporta recibir el ser como don; quiere producirlo según medida propia. Busca una redención biológica, una salvación material, una perfección fabricada desde abajo. Y en ese gesto se manifiesta la forma suprema de soberbia intelectual: no ya jugar a ser Dios, sino pretender corregir la obra de Dios.
Por eso la respuesta debe ser sencilla y alta. Debe defenderse la técnica cuando sirve a la vida sin violentar su orden. Debe rechazarse cuando pretende alzarse sobre el origen humano como poder de selección, corrección y diseño. Debe afirmarse que el hijo no es propiedad de los padres, ni del laboratorio, ni del Estado, ni del mercado. Debe recordarse que la justicia exige dar a cada uno lo suyo, y al hijo le es debido venir al mundo como igual, no como subordinado técnico de una preferencia ajena. Debe sostenerse, en fin, que el progreso no consiste en ensanchar sin término el poder, sino en mantenerlo sometido a la verdad y al bien.
Ésta es, en el fondo, la gran cuestión de nuestro tiempo. No si el hombre será capaz de penetrar más hondamente en los mecanismos de la vida, sino si sabrá aún reconocer que el ser no le pertenece. Porque todo el drama de la tecnocracia moderna nace ahí: en la pretensión de que lo dado vale menos que lo fabricado, de que la naturaleza debe ceder ante el proyecto, de que la criatura puede alzarse sobre su propio principio y corregirlo.
Pero el hombre no es autor de sí mismo. No se ha dado el ser, ni se ha dado su fin, ni se ha dado la ley secreta de su perfección. Recibe la vida antes de comprenderla, y la recibe dentro de un orden que no ha creado. Por eso toda técnica es justa mientras permanece en su lugar: cuando sirve, cuando auxilia, cuando cura, cuando humildemente coopera con una naturaleza herida. Mas en el instante en que quiere instalarse en el origen para rehacerlo, deja de ser arte y empieza a ser usurpación.
El verdadero límite no es, pues, técnico, sino ontológico. Hay una diferencia insalvable entre asistir al ser y pretender sustituirlo. Quien no la ve, podrá conservar toda la brillantez de la ciencia y, sin embargo, haber perdido la sabiduría primera. Porque la inteligencia comienza por el asombro ante lo que es; la soberbia comienza por la voluntad de corregirlo todo.
Al cabo, la cuestión de los llamados bebés editados no obliga sólo a preguntar qué puede hacerse con el hombre, sino qué debe el hombre a la verdad de su propio ser. Y la respuesta es tan simple como alta: le debe reverencia. Le debe obediencia al orden de su naturaleza. Le debe el reconocimiento de que la vida humana, desde su principio, no es materia entregada al capricho del poder, sino un bien que sólo puede ser rectamente tratado a la luz de su origen y de su fin.
Cuando una civilización olvida esto, podrá aún hablar de progreso, de innovación y de futuro; pero ya habrá empezado a extraviarse en lo más alto, que es la inteligencia del ser. Y entonces el peligro no será sólo que fabrique hombres deformados, sino que ella misma se deforme al olvidar que toda criatura es más verdadera cuando es recibida que cuando es violentada.
