Santa María la Ribera

Hay lugares en que todo fue puesto para funcionar; aquí todo parece haberse ido quedando para acompañar. Las casas no se alinean: se observan con una cortesía vieja. Las ventanas no abren solamente al aire: abren a la costumbre. Las banquetas no son concreto fatigado: son una memoria horizontal

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

Pase usted.

Pero no pase como quien entra a una estación, ni como quien cruza una colonia con el apuro mineral de esta ciudad que ya casi no camina: embiste. Pase de otro modo. Pase con ese respeto leve con que se entra a la casa donde todavía viven los retratos, el olor del pan, el agua en la maceta y un poco de la respiración de los muertos. Porque Santa María la Ribera no se entrega a la prisa. No se deja ver a la manera en que se ven las cosas útiles. Se deja sentir como se sienten ciertas presencias antiguas: primero por la sombra, luego por el olor, después por un rumor de patio, y sólo al final por el nombre.

Afuera ruge la ciudad.

Afuera, por Insurgentes, por San Cosme, por las avenidas donde el tráfico se ha vuelto una especie de ira organizada, México parece haberse resignado a vivir sin alma, o al menos sin tiempo. Allá todo corre, pita, se interrumpe, se rebasa, se olvida. Allá la tarde no cae: se estrella. Allá las gentes se rozan sin tocarse y los edificios, aunque sean altos, no alcanzan la dignidad porque les falta intimidad. Pero aquí no. Aquí, apenas uno se interna un poco, el tiempo no corre: se sienta a descansar en un zaguán. Y ese simple milagro basta para que el barrio se vuelva, no una reliquia, sino una resistencia.

Santa María la Ribera tiene ese raro honor: no parece construida, sino heredada.

Hay lugares en que todo fue puesto para funcionar; aquí todo parece haberse ido quedando para acompañar. Las casas no se alinean: se observan con una cortesía vieja. Las ventanas no abren solamente al aire: abren a la costumbre. Las banquetas no son concreto fatigado: son una memoria horizontal. Y las piedras, ¡ah, las piedras!, tienen ese pudor de los testigos que lo vieron todo y no lo pregonan. Uno pisa en ellas y siente, sin necesidad de fantasía, que una sangre anterior pasó por aquí con su mandado, su luto, su pan, su misa, su cansancio y su esperanza.

Por eso Santa María no se conoce de golpe. Se ausculta.

Conviene empezar por sus penumbras.

No por aquello que la ciudad fotografía primero, sino por lo que guarda debajo de la respiración. La humedad de los zaguanes. El patio donde el sol llega tarde, como si pidiera permiso. La maceta de barro con la tierra todavía fresca porque alguien la regó hace poco. El helecho, la aspidistra, la hoja ancha que parece una oreja verde oyendo secretos de familia. El olor a tierra mojada que sube después del riego y se mezcla con un olor más fino, más doméstico, más difícil de nombrar: mezcla de jabón, de madera, de ropa guardada, de sopa remota, de rezo dicho en voz baja. Ése es el México íntimo de Santa María. No el que posa para la historia, sino el que persevera en las clausuras del patio, donde el aire sabe a tierra regada y a pecado perdonado.

Hay en el barrio una geometría de rezo.

Las molduras de ciertas casas parecen manos juntas. Los corredores recogen la luz como una sacristía doméstica. Las rejas, con su hierro paciente, no cierran: custodian. Y uno entiende entonces que esta colonia no es solamente un conjunto de calles viejas, sino una forma moral del espacio. Aquí el ladrillo conserva decoro. Aquí la sombra tiene educación. Aquí la pobreza, cuando asoma, no es insolencia ni abandono: es modestia sostenida por un orden del alma.

Venga usted más adentro.

Pase por Pino. Arrímese a Chopo. Déjese llevar también por Fresno, esa calle que guarda algo del pulso más doméstico y más respirado del barrio, como si en ella la colonia se acomodara mejor el alma antes de seguir andando. Deténgase en esas calles menores donde la ciudad baja la voz como si no quisiera despertar a los bisabuelos. Allí se entiende algo que ningún plano puede decir. Hay calles que no son vías, sino venas; no llevan de un punto a otro, sino de una generación a otra. En ciertos tramos de Santa María, la piedra ya no es piedra: es parentesco. Uno siente que no camina solo. Que lo acompañan, sin estrépito, los pasos de los que salieron por pan, de los que fueron al mercado, de los que volvieron de misa, de los que oyeron a lo lejos una canción y supieron que la tarde era suya.

Y así, sin estridencia, llega el domingo.

No el domingo como fecha del calendario, sino como estado del alma. La familia compuesta. La ropa alisada con una gravedad festiva. El cabello obediente. El niño todavía entre la devoción y el antojo. El padre con esa nobleza un poco torpe, tan mexicana, de los hombres buenos. La madre recogiendo la casa antes de salir, como si barrer y santiguarse formaran parte de una sola liturgia. Y el barrio entero encaminándose al templo con ese paso que no era lentitud ni solemnidad, sino decencia.

Entonces se entra a misa.

No de golpe: como quien cruza un umbral donde el aire cambia de naturaleza. La iglesia, con su frescura penumbrosa, recibe al barrio y lo vuelve a ordenar. Allí la cera derretida respira junto al perfume discreto de las jóvenes; allí el latín cae en el ámbito como un diamante de hielo que se deshace lentamente en la boca del sacerdote; allí el monaguillo, mitad ángel de yeso y mitad niño verdadero, aprende a bostezar sin perder la compostura; allí el reclinatorio, la genuflexión, el golpe blando de las rodillas, el misal, el silencio, van tallando en el alma una obediencia que no humilla, sino ennoblece. La misa tradicional, oída en un barrio así, no era un paréntesis de la vida: era su cifra más alta. En ella el domingo tomaba forma eterna. En ella la pobreza aprendía majestad. En ella México, por un momento, dejaba de ser tumulto y volvía a ser ofrenda.

Y luego se sale.

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Pero se sale de una manera que sólo los barrios con entraña saben conceder. No se sale al vacío. Se sale a la continuación de la gracia. La banqueta prolonga lo que el altar empezó. El saludo entre vecinos termina de traducir el latín. La luz del mediodía, ya más abierta, parece bendecir la calle. Y entonces, como si la devoción quisiera volverse tangible y comestible, aparecen los buñuelos de viento, finos y quebradizos, con su miel de piloncillo y guayaba, oscura como una dulzura antigua, con esa gravedad morena que tienen las cosas verdaderamente mexicanas. Qué era aquello sino una hostia civil, una pequeña teología frita y azucarada, una manera de decirle al niño, al anciano, a la familia entera: la vida, a pesar de todo, todavía sabe ser dulce.

Allí empieza la patria chica.

No la patria de bronce, la que declama en el balcón y se retrata con la banda; no la patria de los papeles y las arengas; sino la otra, la que cabe en una salida de misa, en un buñuelo compartido, en el vapor del piloncillo, en la hoja de papel que quema un poco los dedos, en la guayaba que deja sobre el paladar una memoria de huerto. Ésa es la patria que de veras se hereda. Ésa es la que nos forma sin pedirnos opinión. Ésa es la que Santa María ha guardado con una terquedad bendita mientras el resto de la ciudad corre y se despedaza.

Ahora sí, venga a la Alameda.

Mire cómo se abre, no como parque, sino como sala mayor del barrio. Y en el centro, el kiosco. Pero no lo vea como se ven las postales. Acérquese. Tóquelo con los ojos. Ese hierro mudéjar, ese encaje de metal, filtra la luz de la tarde en mil pedazos y los deja caer sobre la vida ordinaria como si quisiera volverla litúrgica. El sol entra por sus tramas y sale vuelto nostalgia. A ratos parece una joya; a ratos, un juguete magnífico; a ratos, un alcázar de bolsillo olvidado por un sultán en medio de un mercado de legumbres. Pero Santa María lo ha domesticado sin rebajarlo. Lo ha vuelto sombra para novios, resguardo para niños, compañía para viejos, música para domingos, centro de gravedad de toda esa melancolía buena que el barrio sabe administrar sin caer en la cursilería.

A cierta hora, bajo esa luz tamizada, el kiosco deja de ser un objeto y se vuelve un clima.

Alrededor suyo, la Alameda compone una república pequeña. Los ancianos sentados en las bancas parecen bibliotecarios de la memoria; sus arrugas guardan mapas que ya recorrimos todos sin saberlo. La mujer que cruza con su paso de domingo, recogida y limpia, trae en el cuerpo una reserva de pudor que ninguna modernidad ha conseguido ridiculizar del todo. El niño corre con esa libertad antigua que hoy parece leyenda. El vendedor acomoda su mercancía con la paciencia de quien sabe que el barrio no se conquista: se merece. Y uno entiende que el verdadero monumento de Santa María no es el kiosco, por bello que sea, sino la gente capaz de vivir a su alrededor sin profanarlo.

Porque Santa María, antes que arquitectura, es carácter.

Y ese carácter se afina en sus oficios menudos. En la panadería, por ejemplo. Ahí está una de las cátedras profundas del barrio. La panadería de Santa María —San Carlos en la memoria, y con ella todas las otras que siguen amaneciendo con olor de horno— no vendía solamente pan: restablecía el orden del mundo. Abrirse paso hasta el mostrador, ver la concha todavía tibia con su humildad de nube, el cuerno brillante, el pan de sal con su redonda modestia, era casi una forma de reconciliación. El pan recién hecho tiene una elocuencia que ningún tratado alcanza. Dice que la casa sigue teniendo centro. Dice que la mañana no fue en vano. Dice que Dios, a veces, se pone de buenas y se esconde en el vapor de la harina.

Y junto al pan estaba la tienda.

La tiendita de refrescos, la desaparecida Guarecita, o cualquiera de esos modestos altares civiles donde la infancia compraba no sólo una botella fría, sino el verano entero, una tregua, una moneda de felicidad inmediata. Qué seria institución era aquella. El mostrador. El refrigerador empañado. El cambio contado a mano. El nombre propio del niño. La confianza. Allí el barrio se administraba solo, sin más burocracia que la memoria del tendero. Cada compra era mínima y perfecta. Cada botella parecía contener, además del refresco, una porción de patria portátil.

Luego venían los mercados.

¡Ah, los mercados! Allí la colonia deja de posar y se pone a vivir. La Dalia, San Cosme, sus pasillos, su verdura, su cuchillo, su carne, su vapor, sus cubetas, sus pregones: todo eso forma la prosa mayor del barrio. Y Fresno, con su proximidad diaria a ese mundo de compras, pasos y mandados, parece recoger en sus banquetas el eco doméstico de esa abundancia humilde. Una patria se conoce mejor por sus mercados que por sus monumentos. El monumento presume; el mercado confiesa. En el mercado de Santa María se oye el verdadero castellano de México: el del precio, el del apodo, el de la confianza, el del “marchanta”, el de la receta dicha al vuelo, el del consejo gratis que vale más que la mercancía. Allí el chile no es una hortaliza: es un temperamento. La tortilla no es un alimento: es una cortesía circular. El piloncillo no es azúcar: es una gravedad dulce. Y todo eso, apilado entre anafres y canastas, dice más del alma nacional que muchos discursos de fiesta patria.

No muy lejos, el hambre se vuelve júbilo callejero.

Los tacos. Los del Califa. Los de la Roca. Los puestos del rumbo que saben exactamente cuánto limón soporta una tarde y cuánta salsa aguanta una nostalgia. No hace falta tratarlos como museo. Se quieren mejor de pie, en la calle, con esa fraternidad instantánea del que come junto a otros sin conocerse y, sin embargo, participa del mismo rito. Un taco bien hecho tiene algo de veredicto nacional: demuestra que este país sabe ser generoso aun cuando sólo dispone de lo elemental. La tortilla carga carne, sí, pero también oficio, orgullo, hambre vieja, conversación, barrio. Y eso basta para fundar una pequeña metafísica de la felicidad.

Entre una escena y otra, la colonia canta.

No canta fuerte. Canta como cantan las casas cuando alguien deja prendido el radio en la cocina o la ventana abierta al anochecer. Y allí aparece Tata Nacho, no como prócer de catálogo, sino como clima sentimental. Basta que asome «Adiós mi chaparrita» para que la calle se llene de despedidas derechas, de pañuelos limpios, de amores que no hicieron escándalo. Basta «Borrachita» para que el dolor mexicano, tan bien educado en sonreír, se ponga un poco de moño y se eche a bailar. Basta «Tengo nostalgia de ti» para que Santa María parezca mirarse a sí misma desde lejos, recordando no a una persona, sino su propia juventud. Esas canciones no se oyen: se habitan. El barrio las respira como si hubieran nacido de sus patios.

Y corriendo por entre esa música va el niño.

El niño con bicicleta. El que no se perdía un concierto. El que atravesaba las calles con la libertad con que hoy apenas se atraviesa un recuerdo. Qué México era aquél en que el barrio todavía era legible y no una amenaza. El niño sabía dónde estaba el pan, dónde el mercado, dónde la tienda, dónde empezaba San Cosme, dónde convenía apretar el pedal, dónde la música salía a la calle, y cómo Fresno, como Pino o Chopo, formaba parte de esa cartografía íntima donde un niño no sólo se orientaba: pertenecía. No tenía mapa: tenía mundo. Y ese mundo, por pequeño que fuera, era inmenso porque estaba habitado por la confianza. La vecina veía. El barrio cuidaba. La calle enseñaba. Un hombre puede crecer muy instruido y muy moderno; pero si no tuvo una calle así, le faltará siempre una parte de nacimiento.

También el transporte ponía su pequeña épica.

El tranvía, el trolebús, el camión, el rumor de las rutas, el timbre, el traqueteo, la ciudad aprendida por las manos que se aferran al asiento y por la mirada que reconoce esquinas. Y hasta esa osadía de los muchachos que se iban de «mosca», colgados del vehículo, mezclando risa, riesgo y pobreza en una sola bravata. Era imprudencia, sí; pero también un aprendizaje físico de la ciudad. Cada ruta cosía a Santa María con el resto del mundo, y sin embargo confirmaba algo más hondo: que el barrio no era encierro, sino punto de partida. Uno salía hacia el centro, hacia el trabajo, hacia el tráfago; pero el regreso afinaba el amor. Volver a Santa María era volver a una forma.

Ésa es la palabra: forma.

Santa María la Ribera ha resistido porque conserva forma. Una forma mexicana de la dignidad. Una manera de no entregarse del todo a la histeria del afuera. Una compostura que no necesita riqueza para ser noble. Una pobreza que, cuando aparece, no abdica del recato. Un modo de seguir siendo México cuando tantas cosas se empeñan en ya no ser nada.

Por eso esta colonia no pertenece sólo a los que nacieron en ella.

Pertenece también a los que la heredaron por la sangre, por la memoria o por una nostalgia que no supieron de dónde les vino. Pertenece a quien al caminar por Pino, por Fresno o por Chopo siente que las piedras lo reconocen. Pertenece a quien al entrar a un zaguán percibe el olor de la tierra regada y entiende, sin necesidad de teoría, que una patria verdadera puede caber en un patio. Pertenece a quien sale de misa con un buñuelo en la mano y sabe que no está repitiendo una costumbre: está recibiendo un testamento. Pertenece a quien oye a lo lejos una canción de Tata Nacho y no sabe si lo que le duele es el corazón o el país.

Pase usted, entonces.

Pase otra vez.

No diga que vino a conocer una colonia. Diga algo más justo: que le fue concedido entrar en una porción menuda y obstinada de México, donde la memoria todavía tiene casa, donde el tiempo aún se sienta a descansar en un zaguán, y donde uno sale siendo un poco menos extranjero de sí mismo.

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