Cholula pertenece a esa rara familia de ciudades que todavía enseñan algo antes de que uno abra la boca para opinar

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: Gobierno de México
Pásele. Pero pásele bien: no como quien llega a tachar un destino de la lista, sino como quien entra en una casa antigua donde todavía se sabe recibir a los hombres por el alma.
Porque Cholula no es una ciudad para el turismo apresurado. Es una ciudad para la reverencia, incluso cuando el visitante no lo sabe. Uno cree que llega a ver una pirámide, un santuario, unas calles bonitas, quizá una tarde bien puesta para el café y la caminata. Y, sin embargo, apenas comienza a subir la mirada, entiende que aquí no se ha venido a consumir paisaje, sino a recibir una lección. Una de esas lecciones que no dan los libros, porque están escritas en piedra, en altura, en campana y en cielo.
Cholula tiene una elegancia extraña: no grita su importancia. La sostiene.
En otros sitios, la historia se derrumba para dejar pasar a la novedad con la brutalidad de quien no sabe heredar. Aquí no. Aquí la historia se encima. Debajo, la gran masa de la pirámide, antigua, poderosa, silenciosa. Encima, el santuario, blanco y firme, como una respuesta levantada sobre una pregunta milenaria. Alrededor, la ciudad viva: el puesto, la banqueta, el claxon, la risa de los muchachos, el humo del antojito, la señora que vende con autoridad de reina doméstica, la pareja que sube jurándose eternidades y baja ya negociando los detalles de la realidad.
Y ahí está el prodigio: nada desentona.
O mejor dicho, todo desentona un poco, pero con esa armonía superior que sólo poseen las cosas vivas. Porque Cholula no es perfecta como un escaparate; es perfecta como una síntesis. No borra las capas: las ordena. No destruye el pasado: lo corona. No convierte la piedra en reliquia muda: la obliga a seguir hablando bajo la forma nueva. Y eso, dicho con toda claridad, es más que urbanismo, más que arqueología, más que patrimonio. Es símbolo.
Nos han robado el sentido del símbolo con una astucia bastante miserable. No destruyen las cosas; las rebajan. A la pirámide la llaman atractivo. Al santuario, postal. A la campana, atmósfera. A la ciudad, experiencia. Todo reducido a superficie; todo listo para ser consumido sin que nadie tenga que inclinar la inteligencia ante lo que ve. Se conserva la imagen y se evacua la verdad. Se tolera la forma, siempre que no exija nada del espectador. Así se mata hoy: por decoración.
Por eso hay que robárselo de nuevo.
Robarse el símbolo no significa apropiarse de una estampa, sino devolverle peso. Arrancarlo de las manos del turismo, del folclor vacío, de la mirada que ya no sabe leer altura. Recuperar en Cholula la vieja evidencia de que no todo en la vida está hecho para distraernos. Hay lugares que corrigen. Lugares que recuerdan. Lugares que organizan el alma sin pedir permiso. Cholula pertenece a esa rara familia de ciudades que todavía enseñan algo antes de que uno abra la boca para opinar.
¿Qué enseña?
Enseña, para empezar, que una civilización se reconoce por lo que pone en lo alto.
Esa es la frase secreta de Cholula. No está escrita en ninguna placa, pero se lee desde lejos. Lo decisivo no es solamente que haya una pirámide y, encima, una iglesia. Lo decisivo es lo que esa superposición declara sobre el hombre. Debajo, la antigua sed de altura. Encima, la orientación de esa sed. Debajo, la fuerza de la tierra y el peso de la historia. Encima, la consagración, la respuesta, la cima. Entre una y otra cosa, nosotros: criaturas de barro, de memoria, de hambre, de deseo de cielo y de una desconcertante facilidad para conformarnos con muy poco.
Cholula no permite esa conformidad.
Uno sube creyendo que va a ver el paisaje, y termina descubriendo que el paisaje lo estaba viendo a uno. Porque hay cuestas que se suben con las piernas y cuestas que, mientras uno no se da cuenta, le van acomodando el espíritu. La escalera hacia el santuario tiene esa pedagogía del cuerpo que la modernidad detesta: obliga a aceptar que lo alto cuesta. Obliga a jadear un poco. Obliga a admitir que no toda elevación es inmediata, cómoda o descargable. Y cuando uno llega, el valle se abre, el horizonte se ordena, el volcán se asoma si quiere, y entonces el cuerpo entiende una verdad que la ideología pasa años intentando negar: no da lo mismo mirar desde abajo que mirar desde arriba.
Eso mismo le pasa a una cultura.
Hay pueblos que se contentan con extenderse. Otros saben elevarse. Los primeros producen comodidad; los segundos producen forma. Y la forma no es un lujo estético: es una necesidad espiritual. El hombre sin forma acaba siendo muy hábil para moverse y muy torpe para orientarse. Mucha velocidad, poco destino. Mucha opinión, poca jerarquía. Mucha sensibilidad para lo inmediato y muy poca disposición para reconocer lo que merece reverencia.
Cholula, con la delicadeza severa de las cosas bellas, viene a corregir eso.
No lo hace con discursos. Lo hace con presencia. Lo hace poniendo delante de uno una frase de piedra que podría resumirse así: no naciste para quedarte abajo. Y no hablo sólo de la cuesta visible. Hablo de esa tentación más grave y más contemporánea de vivir en plano, de reducirlo todo a consumo, experiencia, entretenimiento, funcionalidad. Hemos aprendido a tratar las ciudades como si sólo sirvieran para circular por ellas. Cholula se niega a eso. Cholula no está hecha sólo para transitarse: está hecha para leerse.
Se lee en sus alturas, claro, pero también en sus mezclas. Ahí está una de sus glorias más mexicanas. Porque aquí lo sublime no vive aislado en urna, sino entre la vida diaria. La fe no está encapsulada; baja a la calle. Se mezcla con la cocina, con el comercio, con la tarde, con los novios, con los estudiantes, con el polvo, con el ruido de los coches, con la eternidad y con el hambre. Hasta podría decirse que en Cholula lo eterno tiene banquetas.
Y eso es importantísimo. Porque sólo las civilizaciones verdaderas logran que lo alto no se vuelva ajeno a lo humano. Lo falso es el divorcio. Lo falso sería una ciudad donde lo sagrado habitara tan lejos del barrio que terminara siendo pieza de museo. Lo admirable en Cholula es que la cima no ha perdido contacto con la calle. El santuario sigue encima, sí, pero no como una abstracción, sino como una vigilancia amable sobre la vida de abajo. Por eso aquí la altura no es desprecio de la tierra: es orden de la tierra.
Qué diferencia con nuestro tiempo.
Vivimos rodeados de signos y casi nadie sabe ya leer un símbolo. Vemos formas, pero no significados. Consumimos imágenes y perdemos la sustancia. Nos emocionamos fácilmente y entendemos cada vez menos. Por eso una ciudad como Cholula incomoda, incluso cuando agrada. Porque su belleza no es neutral. No se limita a entretener. Exige interpretación. Pide una rendición interior. Le dice al hombre moderno, tan enamorado de su horizontalidad: mire usted, debajo de sus novedades hay una piedra más vieja que su soberbia, y encima de sus caprichos debería haber una cima.
Qué frase tan dura y tan misericordiosa.
Dura, porque humilla la fantasía de que todo empieza con nosotros. Misericordiosa, porque todavía nos ofrece una salida. Nos recuerda que no estamos condenados a vivir aplastados entre el apetito y la prisa. Que existe la posibilidad de ordenar la vida. Que el fundamento y la coronación no son mitos decorativos, sino necesidades del alma. Que se puede vivir con raíces sin renunciar a la altura. Que se puede habitar el tiempo sin arrodillarse ante la moda.
Eso hace de Cholula una ciudad profundamente educadora.
No educa con manual. Educa con proporción. Enseña, sin pronunciar cátedra, que no todo pasado merece repetirse, pero sí merece ser asumido. Enseña que no toda novedad es progreso. Enseña que una cultura no se salva por acumular estímulos, sino por saber qué coloca encima de sí misma. Dime qué coronas y te diré quién eres. Dime qué pones en lo alto y te diré si todavía mereces llamarte civilización.
Por eso robarse el símbolo en Cholula no es un capricho literario. Es un deber de higiene espiritual.
Hay que arrebatárselo a los cínicos, a los promotores de “experiencias”, a los administradores del patrimonio muerto, a los turistas del sentido, a los especialistas en vaciar las cosas para dejarlas perfectamente explicadas y enteramente inofensivas. Hay que volver a mirar la pirámide como fundamento y el santuario como cima. Hay que devolverle a la ciudad su condición de frase vertical sobre el hombre. Hay que recuperar la evidencia de que la vida humana no se sostiene bien cuando renuncia a la altura.
Pásele, entonces. Pase y mire cómo una ciudad puede seguir siendo una lección sin dejar de ser una ciudad. Pase y vea cómo la piedra vieja todavía soporta una verdad nueva sin resentirse por ello. Pase y aprenda que las mejores cosas de México no son ni las más gritadas ni las más vendidas, sino las que siguen ahí, con una paciencia de cantera y de campana, esperando que alguien vuelva a entenderlas.
Porque Cholula no necesita defensores ruidosos. Necesita lectores fieles.
Y quien la lea bien entenderá que no está frente a una postal, sino frente a una forma del alma mexicana cuando todavía se atreve a mirar hacia arriba. Entenderá que no se ha venido aquí sólo a pasear, sino a ser un poco corregido. Entenderá, en fin, que el símbolo no es una decoración del mundo, sino una de las últimas maneras que tiene la verdad de seguir tocándonos sin violencia.
Pásele: la casa sigue en pie.
Vuelva pronto.
