El drama de México

Reflexiones sobre una indefensión que es el resultado de una gradual descomposición espiritual e histórica promovida desde las sociedades secretas vinculadas al iluminismo, la masonería y el satanismo

Por Jorge Santa Cruz

Imagen ilustrativa: @tona_tiuh

La nación mexicana, católica y mestiza, está a merced de una burda dictadura comunista como las de Cuba, Nicaragua o Venezuela.

Hoy, la Cuarta Transformación tiene el control absoluto del poder. Extinguió el precario equilibrio que existía entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial y aún más: someterá a este último por la vía de la elección popular de jueces, magistrados y ministros.

¿Era necesario defender al Poder Judicial? Sí para que contuviera los afanes totalitarios de la 4T (que hoy es el equivalente del comunismo “cubano”, “nicaragüense” o “venezolano”).

Sin embargo, es imposible desconocer que el Poder Judicial había sucumbido desde hace mucho tiempo a la masonería. Por ello, la despenalización del aborto, la despenalización del consumo de ciertas cantidades de marihuana, la legalización de la “salud reproductiva” y de la ideología de género, etc.

El todavía ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, señaló en la sesión del martes 5 de noviembre (la que “reventó” el también ministro Alberto Pérez Dayán) que la reforma judicial del régimen destruía la Constitución de 1917, inspirada en la Revolución Francesa.

La reforma judicial y su engendro denominado supremacismo constitucional (que impide impugnar cualquier reforma a la carta magna) no son ─como piensan algunos─ una ocurrencia de Andrés Manuel López Obrador y de la 4T.

Son la conclusión de un proceso que comenzó con Hidalgo y con Morelos cuando la guerra de independencia, cuyo eje fue la soberanía del pueblo en detrimento de la soberanía de Dios; que continuó con la reforma mal llamada juarista, de inspiración abiertamente anticristiana, y que dio un sesgo abiertamente socialista a la revolución de 1910.

La primera transformación renegó de Dios, con todo y que Hidalgo y Morelos proclamaron que la religión católica sería la única en el país. Iturbide contuvo de manera breve los alcances de esta, la primera revolución.

La segunda persiguió abiertamente la fe católica en todo México y despojó a la Iglesia de sus bienes.

La tercera, alineó a México con la revolución comunista mundial. Para ello, procedió a lo siguiente:

  • Colectivizar la tierra rural para reducir la propiedad privada y controlar al campesinado por medio de los comisarios ejidales.
  • Formar sindicatos y centrales obreras con el fin de controlar a los obreros y utilizarlos como arietes en la lucha de clases.
  • Dar a la educación un falso sesgo científico e imprimir a la enseñanza un espíritu abiertamente anticristiano.
  • Controlar a los estudiantes universitarios y prepararlos para el asalto urbano definitivo. (El movimiento subversivo de 1968 tuvo ese propósito, pero fracasó. Hoy, una “hija del 68” es la presidenta de México).

Entonces, el programa de la 4T es, efectivamente, el mismo que impulsó a Hidalgo, Juárez, Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas y demás.

De 1810 para acá, la propaganda liberal ha combatido la verdadera fe (la católica), al tiempo que se ha esforzado por hacer de la mayoría de los habitantes de este país un conjunto de seres impreparados (algunos, ingenuos; otros, desidiosos; los más, acríticos), que rigen sus actos con base en el exacerbado interés personal: “Mientras a mí me vaya bien, lo demás no me importa”.

La ingeniería social aplicada por los liberales de izquierda o de derecha (el compás solo tiene un vértice) ha permitido, por ejemplo, que la mayoría desidiosa, indolente y/o conformista desprecie el uso de la razón y se guíe por una sensiblería barata.

Este ambiente de mediocridad, ciertamente, impide el surgimiento de líderes genuinamente católicos y, por ende, nacionalistas y patriotas.

El tema es que ─cuando levantamos la mirada─ nos damos cuenta de que en Cuba, en Nicaragua, en Venezuela, en Brasil, en Uruguay, en Argentina, en Chile y en España ¡están igual de mal que nosotros!

Los pueblos cristianos se han dejado arrebatar poco a poco su fe y su identidad, y por eso transitan por caminos errados, viven en la mentira y mueren lentamente para gozo de la revolución iluminista, masónica, democristiana, socialdemócrata, socialista, comunista y neocomunista (marxismo cultural, aborto, homosexualismo, degradación, depravación, maldad, cautividad espiritual y fealdad) que está por entronizar al transhumanismo.

Es falso que no haya camino; es falso que la mentira sea imbatible; es falso que todo acabe aquí, con el último aliento.

Cerremos con un fragmento del Evangelio, según San Juan (XIV, 1-7):

El supremo discurso de Jesús. “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios, creed también en Mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas y si no, os lo abría dicho, puesto que voy a preparar el lugar para vosotros. Y cuando me haya ido y os haya preparado el lugar, vendré otra vez y os tomaré junto a Mí, a fin de que donde Yo estoy, estéis vosotros también. Y del lugar adonde Yo voy, vosotros sabéis el camino”. Díjole Tomás: “Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo, pues, sabremos el camino?”. Jesús le respondió: “Soy Yo el Camino y la verdad y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí. Si vosotros me conocéis, conoceréis también a mi Padre. Más aún, desde ahora lo conocéis y lo habéis visto”.

3 comentarios sobre “El drama de México

  1. ¡Excelente artículo!

    Desde la primera transformación y la llegada de los masonería a nuestra tierra, se ha deseado borrar, la identidad católica y con ello los más de 500 años de mestizaje, evangelización y de historia, que han forjado a una nación. México no puede ser concebido mentalmente en el mundo si la fe católica. El adormecimiento de la conciencia colectiva, la desesperanza, la apatía, el individualismo como bien nos comparte son fruto de la programación a través de esta ingeniería social que hemos sufrido, en donde se ha atacado al bien, a la verdad, al amor, a la caridad y se ha justificado el mal, la mentira, el odio, la venganza y todos los antivalores. Es necesario desarrollar los procesos adecuados de formación, no solo de líderes verdaderamente católicos, también de católicos que siendo congruentes con lo que profesan, den respuestas concretas desde el evangelio, a las diferentes necesidades y realidades que enfrentamos en nuestro acontecer cotidiano. Si verdaderamente deseamos un cambio debemos regresar como bien nos comparte al camino, la verdad y la vida que es Cristo. Paz y bien.

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