No había teléfono, ni localizador, ni manera razonable de encontrarnos. Pero uno entraba al bosque con la tranquilidad temeraria con que entran los niños a un mundo que todavía creen bueno

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
En 1980, yo no tenía nostalgia.
Tenía cinco años y un chicharrón.
Lo cual, visto desde aquí, era bastante mejor.
Los domingos íbamos a Chapultepec. Los niños no preguntábamos qué plan había. La infancia todavía no había sido incorporada al comité organizador de la familia.
—Vamos a Chapultepec.
Y aquello tenía fuerza de decreto.
Mi padre manejaba. Mi madre llevaba una bolsa donde había pañuelos, monedas, curitas, algún dulce, un suéter que uno había jurado no necesitar y, sospecho ahora, las reservas estratégicas de la nación.
Yo no lo sabía entonces, pero aquella bolsa era la prueba física de que alguien había decidido que a mí no me iba a pasar nada.
Durante años funcionó.
Chapultepec comenzaba al aparecer los árboles. Luego bajábamos del coche y recibíamos la única disposición de protección civil de la jornada:
—No te vayas a perder.
Magnífico consejo.
No había teléfono, ni localizador, ni manera razonable de encontrarnos. Pero uno entraba al bosque con la tranquilidad temeraria con que entran los niños a un mundo que todavía creen bueno.
Había mucha gente.
Curiosamente, no recuerdo una multitud.
Recuerdo gente.
El globero. La señora de las pepitas. Los novios. Un policía. El fotógrafo. Los abuelos que parecían haber nacido abuelos. Los niños en patines. Las bicicletas. Y aquel benemérito servidor público sin nombramiento que vendía chicharrones.
—¿Con salsa, joven?
Joven.
Yo tenía cinco años y una estatura incompatible con semejante tratamiento, pero aceptaba el ascenso.
—Poquita —decía mi madre.
Las madres mexicanas no delegaban la soberanía alimentaria.
El hombre exprimía el limón. Caía la salsa por aquella geografía amarilla y crujiente. Mi padre pagaba.
—Gracias, jefe.
—Gracias.
Y cada quien seguía su domingo.
Nada había sucedido.
Ahora sospecho que precisamente eso era lo que sucedía.
Un desconocido había llamado «joven» a un niño, «señora» a una mujer y «jefe» a un hombre. Había vendido un chicharrón. Había recibido unas monedas. Habíamos dicho gracias.
La patria puede ser, algunas tardes, una cosa así de pequeña.
⸻
Estaban también aquellas burbujas de plástico.
Una pasta de colores, un tubito y un popote. Olían a una mezcla de juguetería, pegamento y delito sanitario.
Eran maravillosas.
Había que soplar despacio.
Yo soplaba fuerte.
Reventaban.
—Quiero otra.
—Ya te compramos una.
—Pero se rompió.
—Pues por eso.
Y aquí terminaba el juicio de amparo.

Seguíamos hacia el zoológico.
Era enorme.
Todo era enorme.
El elefante, la jirafa, los árboles, el Museo de Historia Natural y, sobre todo, el domingo.
Después alguien fue reduciendo todo aquello sin avisar.
He vuelto. El lago es más pequeño. Las distancias son menores. Chapultepec cabe hoy en un mapa que consulto desde el teléfono.
El domingo, en cambio, no lo he encontrado en ningún mapa.
⸻
Estaba el trenecito.
Uno subía y saludaba a la gente.
La gente saludaba.
No había motivo.
Esa era precisamente la belleza.
Después el museo, los animales, La Feria, los patines, las bicicletas y la inevitable rendición de las piernas:
—Cárgame.
—Ya estás grande.
Era falso.
Cinco minutos después iba yo sobre los hombros de mi padre, contemplando el país desde una altura que no he vuelto a alcanzar.
Hoy soy más alto de lo que mi padre fue jamás.
No me ha servido de nada.
Aquella altura no la daban las piernas de nadie: la daba ir seguro.
Y luego, el lago.
⸻
Mi padre remaba.
Mi madre llevaba la bolsa.
Yo metía la mano en el agua.
—Saca la mano.
La sacaba.
Esperaba.
La volvía a meter.
Así entendí yo la libertad, y pensándolo bien no he elaborado desde entonces una teoría mucho mejor.
Fue allí donde la vi.
Venía en otra lancha.
Tendría mi edad.
Cabello oscuro.
Un vestido claro.
Que nadie me venga ahora con precisiones. La memoria tiene también sus fueros.
Era claro.
La miré.
Me miró.
Nuestras lanchas se acercaron con esa lentitud perfecta que sólo tienen las cosas antes de que sepamos que van a terminar.
Sonrió.
Yo también, supongo.
No hablamos.

¿Qué iba a decirle? Tenía cinco años, mi madre estaba a treinta centímetros, y todavía faltaba mucho para que aprendiera que frente a ciertas mujeres cuarenta años más de vocabulario tampoco resuelven gran cosa.
Pasamos junto a ellas.
Me volví.
Ella se volvió.
Se volvió.
Esto no se discute.
Y entonces mi padre —hombre bueno, responsable y absolutamente ignorante del drama que acababa de desencadenarse a su espalda— siguió remando.
—Para allá.
—¿Qué?
—Para allá.
—¿Para qué?
Esa era la dificultad.
No sabía para qué.
Sólo sabía que no quería que se fuera.
La lancha se alejó.
La niña se hizo pequeña.
Luego fue un vestido.
Luego, un punto claro.
Después, nada.
Y en aquel lago diminuto conocí por primera vez una tristeza enorme.
No lloré.
Creo.
Me quedé mirando.
Había descubierto algo para lo que todavía no tenía palabra: querer que vuelva alguien que se ha ido.
La primera nostalgia casi siempre es una persona.
Después, aprendemos a sentirla por ciudades, casas, canciones, domingos, países.
Pero primero suele tener unos ojos.
⸻
Mi tragedia, seguramente, duró diez minutos.
A los cinco años, el corazón se rompe con absoluta seriedad y se recompone con admirable eficacia. Es probable que interviniera un helado. La memoria ha tenido la delicadeza de proteger mi dignidad suprimiendo los detalles.
Al caer la tarde regresábamos.
Yo llevaba polvo en los zapatos, azúcar en las manos y, con alguna probabilidad, una mancha de salsa en la camisa que mi madre descubriría más tarde con la resignación de quien ya lo sabía.
Chapultepec quedaba atrás.

Los niños no sabemos que estamos abandonando nada.
Creemos que habrá otro domingo idéntico.
Que nuestros padres tendrán siempre esa edad.
Que los abuelos seguirán en su silla.
Que el vendedor seguirá diciendo «joven».
Que el tren dará otra vuelta.
Que la niña aparecerá de nuevo en algún recodo del lago.
La infancia es la edad en que todavía ignoramos que también existe una última vez.
Y lo más cruel de las últimas veces es que casi nunca avisan.
Un domingo fue el último domingo así.
Nadie lo anunció.
Comimos, remamos, volvimos.
Y ya no hubo otro.
⸻
No quiero engañarme.
El México de 1980 no era una estampa de calendario. Tenía miserias, abusos, contaminación, pobreza y una cantidad considerable de cosas que nadie sensato pediría de regreso.
Pero la memoria no miente necesariamente porque ame.
A veces conserva aquello que las estadísticas no saben contar.
Chava Flores lo entendió.
No dijo que su México de niño fuera más bello. Concedió incluso la belleza del nuevo.
Pero al viejo le quedaba algo.
Un no sé qué.
He pensado mucho en esas tres palabras.
Tal vez no eran los tranvías ni los pregones. En mi Chapultepec tampoco eran el tren, ni los pandas, ni los chicharrones, ni las lanchas.
Era algo que vivía entre las cosas.
Una cortesía menuda.
Una confianza todavía no del todo derrotada.
La autoridad de cualquier madre para decirle a cualquier niño que dejara de hacer una barbaridad.
El «con permiso».
El «mande usted».
El «gracias, jefe».
El «no pasa nada».
La posibilidad de que miles de personas distintas ocuparan el mismo bosque sin necesidad de parecerse.
Había pobres y ricos, desde luego. Había una clase media que empezaba a ensanchar sus domingos y un México popular que llevaba los suyos en bolsas de papel, termos, canastas y niños.
No eran iguales.
Pero todavía se rozaban.
Y al rozarse tenían que mirarse.
⸻
Quizá sea eso lo que hemos ido perdiendo: no la ciudad antigua, sino cierta intimidad entre desconocidos.
Hoy sé exactamente dónde estoy.
Puedo encontrar un restaurante, pagar sin monedas, fotografiar el lago, ampliar la imagen, guardarla para siempre y mandarla en un segundo al otro lado del mundo.
Puedo localizar casi cualquier cosa.
Y, sin embargo, hay tardes en que daría todo ese prodigio por volver cinco minutos a una lancha cuyo paradero ignoro.
No para encontrar a aquella niña.
Dios me libre.
A estas alturas, ella tendrá su historia y yo la mía, y existe una elevada probabilidad de que ni siquiera recuerde al pequeño caballero de la embarcación contraria.
Quiero encontrar otra cosa.
El mundo que había alrededor de ella.
Mi padre remando.
Mi madre y su bolsa inagotable.
El señor del chicharrón.
El silbido de un vendedor.
Los árboles.
Una bicicleta que pasa.
Un niño que llora a lo lejos.
El olor del limón.
La tarde todavía entera.
Quiero, sobre todo, volver a caber en aquella bolsa donde había curitas para todo.
⸻
Y México.
No el México de los discursos.
El otro.
El pequeño.
El que cabía entre un «joven» y un «gracias».
El que se llevaba en una bolsa materna.
El que los domingos se subía a una lancha.
Si cierro los ojos, todavía ocurre.
La otra lancha se acerca.
Ella está allí.
Vestido claro.
Me mira.
Sonríe.
Nos cruzamos.
Me vuelvo.
Se vuelve.
Mi padre sigue remando.
—Para allá.
—¿Para qué?
No sé.
Tengo cinco años.
Todavía creo que todo lo que se aleja puede alcanzarse.
Todavía no sé que un día México será más grande, más rápido, más moderno y, en muchas cosas, mejor; y que yo seguiré buscando en él aquella pequeñísima patria dominical que olía a árbol, a agua, a limón y a chicharrón.
Todavía no sé que a mi padre le van a pesar los remos.
Que la bolsa de mi madre se va a quedar sin curitas para ciertas cosas.
Que «no te vayas a perder» era una oración, no una instrucción.
Y que uno se pierde igual, despacio, con los años, aunque se lo hayan advertido.
Pero eso es después.
Por ahora la tarde no se acaba.
El remo entra en el agua.
La niña se vuelve una vez más.
Y nadie, todavía, sabe que es la última.
⸻
Chava Flores tuvo la elegancia de no explicarlo.
Después de tantos años, quizá tampoco debamos hacerlo nosotros.
Hay cosas que al ponerles nombre se vuelven más pequeñas.
Dejémosla pasar otra vez, despacio, como aquella lancha.
Era México.
Era domingo.
Era la infancia.
Y tenía, Dios sabe cómo,
un no sé qué. ●




Deja una respuesta