La Iglesia enseña, santifica y custodia la fe, pero no es por sí misma el instrumento que asegura el orden político. Hay una política cristiana, del mismo espíritu que la acción de la Iglesia, pero de naturaleza distinta, con formas e instituciones propias que la ley de Dios y la naturaleza social exigen respetar

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa creada con inteligencia artificial
IX. Dreyfus: la nación partida en dos
En 1894, un capitán del ejército francés, Alfred Dreyfus, alsaciano, fue condenado por traición, acusado de pasar secretos militares a Alemania. Era inocente. El verdadero culpable era otro oficial, Esterhazy, y con los años se supo que el expediente contra Dreyfus incluía documentos falsificados.[1]
Durante doce años Francia se partió en dos. Los dreyfusards exigían la revisión del proceso en nombre de la justicia y la verdad. Los antidreyfusards sostenían que revisar el juicio humillaba al ejército, debilitaba a Francia frente a Alemania y servía a sus enemigos. Las familias dejaron de cenar juntas. La cuestión ya no era un capitán, sino qué es Francia y qué vale más: la justicia debida a un hombre o el prestigio de la institución nacional.
Barrès se colocó con los antidreyfusards. Y aquí la pregunta por lo que hace justa una decisión recibe, en los hechos, una respuesta terrible: la utilidad nacional. Ningún interés nacional puede convertir en justo condenar a un inocente. La tradición clásica lo había dicho siempre: la razón de Estado no está por encima de la justicia, porque el Estado existe para la justicia. A esto se sumó, en una parte del bando, un prejuicio contra el origen del acusado que lo convirtió en figura del enemigo interior.
En ese clima, en 1899, nació la Action française.[2] Al principio era una liga de patriotas republicanos. Un joven escritor provenzal la convenció de que la única forma de salvar a Francia era la monarquía. Ese joven se llamaba Charles Maurras.
Conviene fijarse en el orden, porque en él está todo. El legitimismo había llegado a la defensa de Francia desde la monarquía. Maurras llegó a la monarquía desde Francia.
X. Maurras: el arquitecto
Ningún personaje de esta historia exige tanto cuidado como Maurras, y ninguno enseña tanto.
Nació en 1868 en Martigues, en Provenza. Una sordera precoz lo encerró en los libros. Perdió la fe en la adolescencia y vivió durante décadas alejado de ella. En sus últimos días, ya gravemente enfermo, recibió los últimos sacramentos.[3] Fue poeta, polemista formidable y organizador incansable. Su periódico, L’Action française, se publicó a diario desde 1908 y llevaba en la cabecera un lema: Órgano del nacionalismo integral. Sus jóvenes militantes, los Camelots du roi, vendían el diario en las calles y peleaban con los adversarios.

Foto tomada por Pierre Petit en 1909
Fuente: Wikipedia
Maurras vio cosas que muy pocos veían. Vio que el voto individual no representa a una sociedad real, hecha de familias, oficios, municipios y provincias. Vio que la democracia de partidos vive de dividir al país en bandos permanentes, y que una nación necesita continuidad, de modo que un rey hereditario, que no debe su puesto a una campaña, puede pensar a largo plazo. Defendió la descentralización y las libertades provinciales contra el centralismo jacobino. Defendió a la Iglesia contra el laicismo de la República, que en 1905 rompió con ella y le arrebató los templos.[4] En su Encuesta sobre la monarquía de 1900 construyó un argumento brillante: si se razona con frialdad sobre lo que Francia necesita, se llega al rey.[5]
Muchos católicos se sintieron atraídos, y con razón aparente. Maurras parecía decir lo que ellos pensaban, y lo decía mejor que nadie.
Pero hay que mirar cómo llegaba a sus conclusiones, porque ahí está la llave.
Maurras llamaba a su método empirismo organizador: observar la historia, ver qué instituciones habían funcionado para conservar Francia y adoptarlas. Su consigna era politique d’abord, «primero la política».[6] Y cada bien que defendía, lo defendía por su utilidad para la nación: la monarquía, porque sirve a Francia; la descentralización, porque fortalece a la Francia real; la tradición, porque guarda la experiencia acumulada de Francia; la Iglesia, porque formó a Francia y la mantiene unida.
Era como admirar una catedral sin arrodillarse en ella. Maurras amaba la catedral, su piedra, su historia, su belleza y el orden que había dado a generaciones. Pero no creía en Aquel para quien había sido construida. La catedral era para él el monumento más alto de Francia, no la casa de Dios.
La palabra integral se suele entender como si este nacionalismo abarcara todos los bienes de una sociedad. Es más exacto leerla al revés: todos los bienes quedan integrados dentro de la nación, que es el principio que los ordena. La nación no es un bien entre otros, sino la medida de los demás.
Si se defiende a la religión porque es necesaria para Francia, Francia se ha convertido en criterio de la religión. Si Francia debe someterse a la verdad religiosa porque esa verdad es verdadera, la relación es la inversa. Las dos posturas pueden pelear juntas durante décadas, en las mismas trincheras y contra los mismos enemigos, pero no son la misma, y cuando llega la hora de decidir, se separan.
Santo Tomás había enseñado en Sobre el reino que la vida política tiene una dignidad propia, pero que la vida temporal bien ordenada no es el fin último del hombre.[7] La política es noble, pero no lo es todo. Una nación puede tener un bien verdadero, pero no puede ser la medida absoluta del bien.
Hay además un problema de método. El realismo de Santo Tomás no es empirismo. No dice «esto es bueno porque funcionó», sino que las cosas tienen naturaleza, la razón descubre en ellas fines y la prudencia elige los medios. La experiencia es imprescindible, pero no funda la norma, y para el tomismo la eficacia nunca basta. Una institución centenaria puede ser injusta, una mayoría abrumadora puede equivocarse y una nación unánime puede querer el mal. Un rey legítimo puede gobernar como tirano, y una república puede promulgar una ley justa.
Con esto en la mano, la tesis de Castellano cobra su sentido completo. Si la Nación ocupa el lugar de lo que no tiene regla por encima, la Revolución continúa aunque haya un rey en el trono. Maurras quería un rey, pero lo quería como el mejor servidor de la Nación.
Lo que vio. Casi todo lo que estaba enfermo en la República: el individualismo, el centralismo, la tiranía de los partidos, la persecución religiosa y la falta de continuidad.
Lo que le faltó. El orden de los fines. Combatió a 1789 con una de las criaturas de 1789. De ahí su grandeza intelectual, y de ahí su límite.
XI. Roma dice no: «primero lo espiritual»
En 1925, el papa Pío XI publicó la encíclica Quas primas, que instituyó la fiesta de Cristo Rey. Enseñaba que Cristo reina no solo sobre las almas, sino también sobre las sociedades, y que los Estados deben reconocerlo públicamente.[8] Era la respuesta exacta al laicismo.

Foto tomada de Wikipedia
Un año después, en diciembre de 1926, el mismo Pío XI condenó la Action française. Varios libros de Maurras y el periódico fueron puestos en el Índice, y los católicos quedaron obligados a apartarse del movimiento. La herida fue enorme. Hubo fieles privados de sacramentos, familias rotas y católicos que no entendían cómo Roma golpeaba a quienes más defendían a la Iglesia contra la República. En 1939, bajo Pío XII, se levantó la prohibición que pesaba sobre el diario tras la sumisión de su dirección.[9]
El litigio no fue solo doctrinal. La condena se inscribió también en una política vaticana que, desde el ralliement, procuraba desligar a los católicos de las causas monárquicas; por eso la escuela de Verbo, en la que confluyeron antiguos discípulos de Maurras como Ousset, ha recibido su herencia «a beneficio de inventario».[10] Pero no hace falta resolver aquí todo el litigio para ver lo que reveló. Las dos decisiones de Pío XI forman juntas una sola lección. Cristo debe reinar sobre la sociedad, pero reinar no es servir de cemento a la nación. La Iglesia no existe para dar unidad espiritual a Francia; Francia debe reconocer la realeza de Cristo porque es verdadera.
La respuesta verdadera a Maurras fue la del propio Pío XI: frente al politique d’abord, la realeza de Cristo. Conviene advertirlo, porque la historia suele conceder ese papel a Jacques Maritain, que había estado cerca de Maurras y en 1927 publicó Primacía de lo espiritual.[11] Pero Maritain corrigió un error abriendo la puerta al opuesto. Al desarrollar su pensamiento en Humanismo integral, terminó concediendo al orden temporal una autonomía que lo separaba de la realeza social de Cristo, y su camino desembocó en la «sana laicidad» de la democracia cristiana. Maurras había hecho de la Iglesia un instrumento de la nación; Maritain acabó por apartarla de la ciudad. Uno y otro, por caminos contrarios, dejaron a Cristo fuera del gobierno.[12]
Hay una tentación permanente en toda política conservadora: valorar la religión por sus efectos. El Estado la favorece porque crea ciudadanos obedientes; el conservador, porque mantiene las costumbres; el nacionalista, porque une al pueblo. Ninguna de esas razones toca todavía lo esencial. La utilidad de una verdad no es la razón de su verdad. Y cuando la política protege a la Iglesia por su utilidad, acaba protegiéndola a condición de domesticarla.
El error inverso también existe. La Iglesia enseña, santifica y custodia la fe, pero no es por sí misma el instrumento que asegura el orden político. Hay una política cristiana, del mismo espíritu que la acción de la Iglesia, pero de naturaleza distinta, con formas e instituciones propias que la ley de Dios y la naturaleza social exigen respetar.[13] Maurras quiso servirse de la Iglesia como cemento de la nación; el clericalismo querría que la Iglesia hiciera el oficio del gobierno. La tradición rechaza ambas cosas.
La cuestión que dejó abierta la condena acompañará a la derecha francesa durante todo el siglo XX: ¿cuánto de su catolicismo era fe, y cuánto era identidad francesa con ropaje religioso?
XII. Las ligas: unidos por el enemigo
En los años treinta, Francia vivía la crisis económica mundial, escándalos financieros que salpicaban al parlamento y el miedo al comunismo. Surgieron muchas ligas, organizaciones callejeras enemigas del régimen, con uniforme o sin él: las Jeunesses patriotes, la Solidarité française, las Croix-de-Feu del coronel de La Rocque y la propia Action française. El 6 de febrero de 1934, miles de manifestantes marcharon hacia la Cámara de Diputados; la policía disparó y hubo muertos. La izquierda vio allí un intento fascista; la derecha, una protesta legítima contra la corrupción. La discusión sigue.
Las palabras se vuelven aquí trampas: fascismo, extrema derecha, nacionalismo, autoritarismo, contrarrevolución. Cada una ilumina algo y oculta otra cosa. La historiografía francesa más atenta insiste en que hablar de «la» extrema derecha, en singular, aplasta corrientes muy distintas entre sí.
Castellano ofrece la clave. Hay una manera de hacer política que se define por el enemigo: somos los que estamos contra. Pero el enemigo nunca da el fin positivo de una comunidad.[14] Saber contra qué se lucha no dice para qué se gobierna.
Dos hombres pueden empujar la misma puerta y querer entrar en casas distintas. Un liberal y un católico pueden ser anticomunistas por razones opuestas: uno defiende la propiedad como libertad del individuo; el otro, como orden natural al servicio de la familia. Un monárquico y un fascista pueden odiar el parlamento sin compartir la idea de autoridad: el primero quiere un poder limitado por su fin; el segundo, un Estado que lo abarque todo. Las ligas vieron con acierto la corrupción del régimen y el peligro comunista, pero sumar enemigos no produce una doctrina. La historia iba a poner esa suma a prueba de la manera más dura posible.
XIII. Vichy: las palabras correctas y las cosas injustas
En junio de 1940, el ejército francés se derrumbó en seis semanas ante Alemania. El Parlamento entregó plenos poderes al mariscal Pétain, héroe de la Primera Guerra Mundial, y la Tercera República murió. No fue derribada desde fuera de sus instituciones: su propio Parlamento votó, el 10 de julio de 1940, su sustitución. Larramendi lo había anunciado tres años antes, al escribir que los regímenes de partidos acaban entregando plenos poderes cuando ya no saben gobernar.[15] Nació el régimen de Vichy, que proclamó una Revolución nacional y cambió el lema republicano, Libertad, Igualdad, Fraternidad, por otro: Trabajo, Familia, Patria.
A su alrededor se reunieron católicos, conservadores, antiguos maurrasianos, tecnócratas, autoritarios y oportunistas. Maurras saludó la llegada de Pétain como una «divina sorpresa».
Las tres palabras del nuevo lema nombran tres bienes verdaderos: el trabajo, la familia y la patria. Pero ninguno convierte en justa cualquier política que se haga en su nombre.
Y Vichy hizo cosas gravemente injustas. En octubre de 1940 promulgó leyes de exclusión por motivos de origen, que expulsaron a miles de personas de la función pública, de la enseñanza, de la prensa y de numerosas profesiones, por iniciativa propia y no por exigencia alemana. Revisó naturalizaciones y retiró la nacionalidad a miles de personas. Ese mismo mes, tras reunirse con Hitler en Montoire, Pétain anunció públicamente que entraba en la vía de la colaboración. En 1942 la policía francesa participó en las grandes redadas que enviaron a miles de inocentes, niños incluidos, a los campos de exterminio.[16]
Para juzgar esto no hace falta saber si algo es «de derecha» o «de izquierda». Basta preguntar si es justo. No basta que un régimen exalte la autoridad: hay que preguntar qué autoridad y para qué fin. No basta que invoque la patria: hay que preguntar qué se hace realmente al hombre y a la comunidad bajo ese nombre.

Foto tomada de Wikipedia
Vichy debería bastar para destruir para siempre una ecuación falsa: antimoderno igual a tradicional. Un régimen puede rechazar el liberalismo y engordar al Estado, celebrar la familia y los gremios y someterlos a su control, invocar la patria y pisotear la justicia, presentarse como restauración moral y organizar la exclusión jurídica de inocentes.
Lo que vio. Que la Francia de entreguerras estaba moralmente exhausta.
Lo que le faltó. La justicia. La tradición política no se reconoce por la cantidad de palabras tradicionales en el discurso, sino por el orden que guarda entre ellas. Vichy tuvo el vocabulario sin tener el orden.
XIV. 1945: el derrumbe de un mundo
La Liberación no fue un simple cambio de gobierno. Para la derecha nacional significó la caída de instituciones, periódicos, redes, reputaciones y legitimidades acumuladas durante medio siglo. L’Action française dejó de aparecer en agosto de 1944. En enero de 1945, Maurras fue juzgado por colaboración y condenado a cadena perpetua. Al oír la sentencia gritó: «¡Es la revancha de Dreyfus!».[17] La frase muestra que entendía mejor que nadie la continuidad de su propia historia. Murió en 1952.
Pero ninguna tradición desaparece con sus periódicos. Sobrevivieron hombres, recuerdos, rencores, fidelidades y lecturas. Y aquí conviene mirar un camino que la historia política suele ignorar, porque no buscaba votos.
Tras la Liberación, Jean Ousset, que había sido secretario de Charles Maurras, fundó en 1946, junto con Jean Masson, La Cité catholique. Ousset había aprendido la lección de 1926. Como ha escrito Estanislao Cantero, dio a la politique d’abord un enfoque diferente: ya no se trataba de fundar un partido, sino de hacer política católica en todos los ámbitos de la vida. El propio Maurras se lo había anticipado: cuando el joven Ousset le propuso en 1939 crear una escuela doctrinal dentro de la Action française, le respondió que, si buscaba una doctrina, la católica era la única verdadera, y que no fuese católico a medias.[18] Su obra no buscaba conquistar el poder, sino formar inteligencias: pequeños círculos de estudio que leyeran a Santo Tomás y el magisterio pontificio sobre la sociedad, para restaurar el reinado social de Cristo desde abajo, en las familias, los oficios y los municipios. Su libro principal se titula, sin equívoco, Para que Él reine.[19] La primacía ya no era la nación, sino Cristo.
De esa raíz francesa nació la obra española. Eugenio Vegas Latapie conoció la empresa de Ousset a mediados de los años cincuenta, y en 1961 fundó con Juan Vallet de Goytisolo la Ciudad Católica y la revista Verbo.[20] Años después, Ousset se contaría entre los pensadores europeos y americanos reunidos en torno a la Asociación Felipe II, creada en 1970 por Francisco Elías de Tejada.[21] En Francia, Jean Madiran, otro antiguo maurrasiano, fundó en 1956 la revista Itinéraires, que sostuvo durante décadas la crítica tomista del mundo moderno.[22] Del tronco maurrasiano salió también una rama que se corrigió a sí misma y devolvió la partitura a su lugar.
El dato es decisivo, porque demuestra que la línea entre nacionalismo y tradición católica no es una invención de los adversarios. La trazaron desde dentro quienes conocían mejor que nadie la grandeza y el límite de Maurras.
XV. Anticomunismo y Poujade: la protesta de los pequeños
Tras la guerra, ser anticomunista podía significar demasiadas cosas: defensa liberal del mercado, oposición religiosa al materialismo, alineamiento con Estados Unidos, nacionalismo o miedo al partido único. La palabra unía hacia fuera lo que dentro seguía separado.
En 1953 apareció un fenómeno nuevo. Pierre Poujade, papelero de un pueblo del sur, organizó a pequeños comerciantes y artesanos contra la presión fiscal y los inspectores de Hacienda. Su movimiento creció como un incendio, y en las elecciones de enero de 1956 metió a más de cincuenta diputados en la Asamblea. Entre ellos estaba el más joven de la Cámara, un antiguo paracaidista que había combatido en Indochina y se llamaba Jean-Marie Le Pen.[23]
El poujadismo intuyó algo sano, casi gremial: que el Estado moderno aplasta al pequeño propietario, al tendero y al artesano bajo un peso fiscal y burocrático que nadie votó realmente. Pero defendía intereses, legítimos aunque particulares, no una idea de la ciudad. Y mostró un cambio social profundo. La vieja derecha nacional tenía gran potencia intelectual y escasa fuerza electoral; la nueva protesta tenía votos y poca doctrina. La calle, el periódico y la liga empezaban a ceder ante otro poder: el sufragio de masas.
XVI. Argelia: ¿qué es Francia?
Entre 1954 y 1962, la guerra de Argelia obligó al nacionalismo francés a responder una pregunta que sus fórmulas habían aplazado: ¿qué es Francia?
Argelia no era una colonia cualquiera. Estaba dividida en departamentos franceses y vivía en ella cerca de un millón de europeos, muchos nacidos allí desde hacía generaciones. Pero la mayoría de la población era musulmana y no tenía los mismos derechos políticos. Si Argelia era Francia, ¿por qué no eran franceses plenos todos sus habitantes? Y si no lo eran, ¿con qué título era Francia?
La guerra fue atroz por ambos lados: atentados del Frente de Liberación Nacional, torturas por parte del ejército francés y masacres. En 1958 el general De Gaulle volvió al poder llamado precisamente por quienes querían conservar la Argelia francesa, y terminó llevando el país hacia la independencia argelina. Los que se sintieron traicionados formaron la OAS, organización clandestina que recurrió al terrorismo e intentó asesinar a De Gaulle. En 1962 Argelia fue independiente.[24] Cientos de miles de europeos huyeron a Francia, y decenas de miles de musulmanes que habían luchado del lado francés, los harkis, fueron abandonados; muchos de ellos fueron asesinados.
La idea de Vallet de una sociedad de sociedades, que ya conocemos, no ofrece aquí una solución retrospectiva, pero formula bien la dificultad.[25] El principio moderno exige que cada nación tenga su Estado y que cada Estado sea una nación homogénea. La historia, sin embargo, conoce comunidades políticas plurales que no encajan en el dilema entre integración total e independencia soberana. La Monarquía hispánica de los virreinatos lo había mostrado durante tres siglos.
Pero la invocación de una comunidad superior tampoco autoriza a ignorar la justicia debida a sus partes. El bien común no es el nombre elegante de la razón de Estado. Para serlo, tiene que ser verdaderamente común.
Lo que vio. La lealtad debida a quienes habían confiado en Francia, y el drama de pueblos arrancados de su tierra.
Lo que le faltó. Un límite para los medios. Cuando la conservación de la nación justifica la tortura o el terrorismo, la nación ha pasado a ser el absoluto. Argelia mostró, una vez más, que lo nacional no es automáticamente justo.
Continuará.●
Notas
[1]La Cour de cassation anuló sin reenvío la condena de Dreyfus el 12 de julio de 1906.
[2]Fundada por Henri Vaugeois y Maurice Pujo en 1899, la Action française se orientó hacia la monarquía por influencia de Maurras en los años siguientes.
[3]Maurras murió el 16 de noviembre de 1952 en Saint-Symphorien, cerca de Tours. Sobre su reconciliación final, cfr. Estanislao Cantero, «Catolicismo y política: Jean Ousset, maestro católico de la contrarrevolución católica», Verbo (Madrid), núm. 325-326 (1994), pp. 465-478, aquí p. 478.
[4]Ley de 9 de diciembre de 1905 relativa a la separación de las Iglesias y del Estado.
[5]Charles Maurras, Enquête sur la monarchie, París, 1900; edición definitiva, París, Nouvelle Librairie Nationale, 1909.
[6]Para la exposición sistemática de estas nociones, véase Charles Maurras, Mes idées politiques, París, Fayard, 1937.
[7]Santo Tomás de Aquino, De regno ad regem Cypri, lib. I, cap. 15 (cap. 14 en otras ediciones).
[8]Pío XI, encíclica Quas primas, 11 de diciembre de 1925.
[9]Decreto de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio de 29 de diciembre de 1926. La prohibición relativa al diario se levantó por decreto del Santo Oficio de 10 de julio de 1939, conforme a la resolución de la sesión del 5 de julio, tras la declaración de sumisión de sus dirigentes, y se publicó en L’Osservatore Romano del 16 de julio de 1939; ello no supuso la rehabilitación de las obras de Maurras incluidas en el Índice. Cfr. Émile Poulat, «Le Saint-Siège et l’Action française, retour sur une condamnation», Revue française d’histoire des idées politiques, núm. 31 (2010), pp. 141 y ss.
[10]M. Ayuso, art. cit., p. 902. Sobre la condena, Ayuso remite a Jacques Prévotat, Les catholiques et l’Action française. Histoire d’une condamnation. 1899-1939, París, Fayard, 2001, y a Philippe Prévost, Autopsie d’une crise politico-religieuse. La condamnation de l’Action française. 1926-1939, París, Librairie canadienne, 2008 (ibid., p. 887, n. 47).
[11]Jacques Maritain, Primauté du spirituel, París, Plon, 1927.
[12]Jacques Maritain, Humanisme intégral, París, Aubier, 1936.
[13]L. Hernando de Larramendi, Cristiandad, Tradición, Realeza, cit., pp. 78-80.
[14]D. Castellano, La naturaleza de la política, cit.
[15]Ley constitucional de 10 de julio de 1940. Cfr. L. Hernando de Larramendi, Cristiandad, Tradición, Realeza, cit., p. 90.
[16]Ley de 22 de julio de 1940 sobre revisión de las naturalizaciones; ley de 3 de octubre de 1940; entrevista de Montoire, 24 de octubre de 1940, y mensaje radiado del mariscal Pétain de 30 de octubre de 1940; redadas de 16 y 17 de julio de 1942.
[17]Sentencia del tribunal de justicia del Ródano, Lyon, 27 de enero de 1945.
[18]M. Ayuso, art. cit., p. 900, n. 82, que sigue a Raphaëlle de Neuville, Jean Ousset et la Cité catholique, Bouère, Dominique Martin Morin, 1998, p. 42.
[19]Jean Ousset, Pour qu’Il règne, 1.ª ed. 1957; 2.ª ed., París, La Cité Catholique, 1959 (trad. esp.: Para que Él reine, Madrid, Speiro, 1961). Sobre la fundación de la Cité catholique y el giro que Ousset dio a la politique d’abord, cfr. E. Cantero, art. cit., pp. 466-469.
[20]Miguel Ayuso, «Breve historia», presentación de los cincuenta años de Verbo (8 de diciembre de 2011), Fundación Speiro. Según ese mismo texto, la primera empresa de la Ciudad Católica española, junto con la revista, fue la versión castellana de Para que Él reine.
[21]Alberto Ruiz de Galarreta, «Prólogo a la presente edición», en L. Hernando de Larramendi, Cristiandad, Tradición, Realeza, cit., p. XXVI.
[22]Itinéraires, revista fundada por Jean Madiran en 1956.
[23]La Union de défense des commerçants et artisans (UDCA) se constituyó en 1953. Las elecciones legislativas se celebraron el 2 de enero de 1956.
[24]Acuerdos de Évian, 18 de marzo de 1962; proclamación de la independencia de Argelia, 5 de julio de 1962.
[25]J. Vallet de Goytisolo, «Constitución orgánica de la nación», cit., p. 333; ídem, Más sobre temas de hoy, Madrid, Speiro, 1979, pp. 208-209.




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