Cuando la Iglesia llama extraña a su propia herencia

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: FSSPX

Hay herencias que se pierden por abandono; otras, por despojo. Y hay una tercera forma, más inquietante, que consiste en declarar ajeno lo propio. Nadie arrebata nada: simplemente se redefine al heredero como huésped, y al patrimonio como concesión.

Algo de esto ocurre con la Misa romana tradicional. La liturgia que durante siglos dio forma a la oración de Roma, que sostuvo a mártires, misioneros y doctores, y que fue uno de los signos más visibles de la unidad latina, se presenta hoy, en ciertos discursos eclesiásticos, como un problema para esa misma unidad. Lo que fue patrimonio común se administra como excepción. Lo que fue regla de la oración se vigila como un riesgo.

Las declaraciones del cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, han vuelto a exhibir la dificultad. Al vincular las restricciones con la defensa de la comunión y la aceptación de la reforma posterior al Vaticano II, el cardenal deja intacta una pregunta que no es de disciplina, sino de identidad: ¿cómo puede volverse amenaza para la unidad aquello que la Iglesia reconoció durante siglos como expresión de su fe?

Nadie discute que el Papa pueda regular la liturgia. Se discute si la unidad, invocada sin demostración, basta para tratar como anomalía la conservación de lo que nunca exigió desaparecer para que la Iglesia permaneciera unida.

I. Lo recibido no es lo disponible

La Misa tradicional no es obra de quienes hoy la defienden. No pertenece a una asociación, a una sensibilidad ni a un partido eclesiástico. Es fruto de una lenta sedimentación en la que oraciones, gestos y silencios fueron alcanzando su forma bajo la vigilancia de los pontífices romanos. Cuando san Pío V la promulgó, no inventó un rito: sancionó una tradición recibida.

Ese origen tiene consecuencias teológicas. La liturgia no es solo el ropaje de la fe; es uno de los cauces por los que la Iglesia la conserva y la transmite. En ese culto se expresaron, con una nitidez que sus defensores consideran inconfundible, el carácter propiciatorio del sacrificio, la mediación del sacerdote y la adoración debida a Cristo realmente presente.

Aquella forma de orar no fue tolerada como concesión a una sensibilidad particular. Fue el culto ordinario de la Iglesia romana, celebrado por sus santos y enseñado por sus pastores.

De ahí que sea insuficiente plantear la discusión como una cuestión de necesidades pastorales de un grupo de nostálgicos. Antes de preguntar qué lugar debe concederse a esos fieles, hay que preguntar qué lugar corresponde a una tradición que la Iglesia reconoció como suya.

La diferencia es decisiva. Una preferencia puede desatenderse por razones de oportunidad. Una herencia, no: su valor no nace de la voluntad de quienes hoy la piden ni se extingue cuando cambia el criterio de quienes gobiernan. La autoridad no se halla ante ella como un propietario ante un bien disponible, sino como un custodio. Y custodiar es reconocer que lo recibido vale por sí, antes de cualquier decisión de quien lo administra.

II. La paradoja de la unidad

El argumento de la unidad es el flanco más débil de la posición de Roche.

Durante siglos, la Misa romana no fue vista como fermento de discordia, sino como argamasa. Comunidades de lenguas, pueblos y costumbres distintas oraban con las mismas palabras y los mismos gestos. Nada de esto equivale a decir que la historia de la Iglesia haya estado libre de cismas. Significa algo más preciso: que la Iglesia jamás identificó este rito como causa intrínseca de ruptura.

Si hoy se afirma lo contrario, alguien debe explicar qué ha cambiado. ¿Ha cambiado la doctrina que el rito expresa? ¿Han dejado sus oraciones de manifestar la fe católica? ¿O han cambiado las circunstancias y las actitudes de algunos de quienes lo celebran? Si el problema son ciertas conductas, que se juzguen las conductas. Lo que no cabe es trasladar sin prueba a la naturaleza de un rito la responsabilidad de quienes lo usan como bandera.

Y aquí asoma la contradicción más elocuente. La Iglesia católica conserva, con orgullo, las liturgias de Oriente. Sus anáforas, sus calendarios, sus lenguas y sus ceremonias difieren de las de Roma, y nadie las considera un defecto que deba corregirse en nombre de la comunión. El propio Concilio Vaticano II declaró que todos los ritos legítimamente reconocidos son iguales en derecho y dignidad, y quiso que se conservaran y fomentaran en el futuro. Se alaba la diversidad ritual donde es ajena y se desconfía de ella donde es propia.

Es cierto que los ritos orientales y el misal romano anterior tienen historias y regímenes jurídicos distintos, y conviene no confundirlos. Pero la diferencia jurídica no disuelve el principio teológico: la diversidad ritual que expresa la fe católica no lesiona por sí misma la unidad. Si lo hiciera, Oriente sería un escándalo. Si no lo hace, la pregunta cae por su propio peso: ¿por qué lo que enriquece cuando viene de lejos empobrece cuando viene de casa?

Una Iglesia que atesora las tradiciones de otros mientras mira con recelo la suya se parece a una familia que custodia con esmero los retratos de los vecinos y arrincona los de sus abuelos.

Una tradición no pierde su condición de patrimonio porque deje de ser mayoritaria. Y la unidad católica es anterior a la uniformidad disciplinaria; confundirlas es convertir un instrumento de gobierno en criterio de comunión.

III. La reforma y la continuidad que debe probarse

Roche enlaza la aceptación de la reforma con la fidelidad al Concilio. Pero ese enlace no responde a las objeciones doctrinales que la reforma suscitó.

Monseñor Marcel Lefebvre no limitó su crítica a los abusos posteriores al Concilio. Cuestionó también las orientaciones que inspiraron la transformación del culto. Desde su perspectiva, la reforma de Pablo VI alteró una estructura ritual que expresaba con singular claridad la naturaleza propiciatoria del sacrificio eucarístico: el protagonismo de la asamblea, la dimensión comunitaria y el lenguaje del banquete planteaban una dificultad que no se disipaba afirmando que la reforma había sido legítimamente promulgada.

La Misa es esencialmente el sacrificio de Cristo, hecho presente sacramentalmente de modo incruento. La asamblea participa en él; no lo constituye. El sacerdote actúa in persona Christi y ofrece una víctima que no procede de la comunidad reunida. La liturgia romana tradicional expresó estas verdades mediante un conjunto orgánico de oraciones y ceremonias, y su valor doctrinal no depende de su antigüedad, sino de la precisión con que manifiesta lo que celebra.

La crítica de Lefebvre obliga a distinguir entre validez sacramental e integridad de la expresión litúrgica. No toda modificación ceremonial equivale a una negación del dogma; pero tampoco cabe suponer que toda reforma conserve con idéntica claridad lo que antes se decía mejor. Esa cuestión se resuelve examinando los cambios concretos, no invocando el Concilio como si fuera una respuesta. Invocarlo es eludir precisamente lo que se discute: si la reforma conservó la continuidad doctrinal con lo recibido. La obediencia no sustituye a la demostración.

Hay además un principio que ninguna controversia sobre Pablo VI puede erosionar: la existencia de una forma posterior no convierte en sospechosa a la anterior. Aun quien defienda la conveniencia de la reforma no está obligado, por lógica ni por teología, a desear el apartamiento progresivo de lo que ella reformó.

IV. Lo que Benedicto XVI quiso preservar

Benedicto XVI entendió que la cuestión no era una concesión pastoral. En la carta que acompañó a Summorum Pontificum recordó que lo que fue sagrado para las generaciones anteriores sigue siendo sagrado y grande para las siguientes. Su idea de dos formas de un único rito no pretendía complacer a un sector: afirmaba la continuidad de la Iglesia consigo misma.

El principio trasciende la disciplina de 2007. No supone que todas las rúbricas sean inmutables ni niega a la Iglesia autoridad para reformar su culto. Supone que la reforma no puede convertir automáticamente en error lo que antes fue legítimo y venerable.

Con Traditionis custodes, la disciplina cambió, y lo hizo con una afirmación de enorme alcance: que los libros litúrgicos promulgados tras el Concilio son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano. Con esa fórmula, lo que Roma celebró durante siglos queda, en términos jurídicos, fuera de la expresión de su propia oración. Ese es el momento exacto en que la herencia se vuelve ajena: no por una condena doctrinal, sino por una definición.

Roche asocia Summorum Pontificum a los esfuerzos de reconciliación con la Fraternidad San Pío X y a sus resultados. Pero la eventual insuficiencia de una medida no refuta el principio que la inspiró. Reconciliar a una comunidad y conservar una tradición son asuntos conexos, aunque distintos: el primero depende de circunstancias canónicas y decisiones concretas; el segundo remite a un patrimonio anterior a todas las controversias contemporáneas. El valor de una tradición secular no puede quedar atado al éxito o al fracaso de una negociación.

Por eso una restricción puede ser jurídicamente posible sin ser teológicamente suficiente.

V. La autoridad ante lo recibido

Santo Tomás definió la ley como una ordenación de la razón al bien común. La autoridad no se justifica por su capacidad de imponer, sino por aquello a lo que ordena. En la Iglesia, ese bien es de orden sobrenatural: la conservación de la fe, la recta administración de los sacramentos, la salvación de las almas.

La potestad pontificia es verdadera y suprema, pero también vicaria. El Papa no es dueño del depósito de la fe; es su servidor. Gobernar una institución humana y ejercer autoridad en la Iglesia son tareas esencialmente distintas, porque en la segunda lo que se gobierna no se ha producido: se ha recibido.

La tradición no es un material que cada generación pueda rehacer a su medida. El Concilio mismo pidió que no se introdujeran innovaciones litúrgicas si no las exigía una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia. Esa cautela no es un obstáculo conservador: es la gramática del desarrollo legítimo.

La autoridad puede, y debe, corregir abusos, castigar desobediencias y fijar condiciones de celebración. Pero cuando la restricción alcanza a un patrimonio litúrgico entero, la razón invocada ha de guardar proporción con el bien afectado. No basta decir que la unidad lo exige. Hay que explicar por qué la unidad no puede preservarse corrigiendo los problemas concretos en lugar de poner bajo sospecha todo el patrimonio.

La pregunta no es si la autoridad puede legislar, sino si la ley sirve al bien al que está ordenada. Y entre esos bienes figura la conservación del patrimonio litúrgico recibido.

VI. El escándalo de una tradición sospechosa

Lo desconcertante no es que existan discrepancias sobre la conveniencia de una reforma. La Iglesia ha conocido reformas, controversias y cambios disciplinares a lo largo de su historia. Lo desconcertante es que una tradición que durante siglos expresó la fe católica pueda presentarse ahora como un problema para la comunión sin que se haya demostrado defecto alguno en aquello que expresa.

La Iglesia protege las tradiciones de sus Iglesias orientales porque reconoce en ellas una riqueza legítima. Ha enseñado que la diversidad ritual manifiesta la universalidad de una misma fe. Ese principio no debería extinguirse en las puertas de Roma.

Porque la tradición romana tampoco pertenece solo a quienes hoy la celebran. Pertenece a quienes no la conocen, a quienes la olvidaron y a quienes aún podrían descubrir en ella la fe recibida. Restringir su transmisión no lesiona únicamente las preferencias de una minoría: cierra a todos el acceso a una parte del patrimonio espiritual de la Iglesia.

Nada de esto exige atribuir a las formas históricas una inmutabilidad que no poseen. Exige reconocer que reformar no equivale a declarar prescindible lo anterior. La Iglesia puede reformar su disciplina sin renunciar a su memoria, desarrollar sus expresiones sin desautorizar las recibidas y buscar la unidad sin empobrecer lo que forma parte de su identidad.

Por eso la paradoja permanece:

¿Cómo puede la liturgia que fue durante siglos expresión de la unidad romana volverse sospechosa, precisamente en nombre de esa unidad?

Responder que la disciplina ha cambiado no basta: la disciplina cambia, pero el valor de lo recibido no depende de ella. Responder que algunos fieles han usado esa tradición para cuestionar a la autoridad tampoco basta: los errores de quienes reciben una herencia no alteran retrospectivamente la verdad de lo que han recibido.

La Iglesia no es dueña de su pasado. Es depositaria de una fe que atraviesa los siglos y de una tradición que debe transmitir sin desconocerse a sí misma.

Una autoridad que invoca la unidad para restringir lo que durante siglos la expresó debe explicar no solo por qué considera necesaria la restricción, sino qué bien superior justifica privar a la Iglesia de una parte de su propia riqueza.

Esa es la pregunta que las declaraciones del cardenal Roche dejan sin respuesta. ●

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REFLEXIÓN DE LA SEMANA

«Aquí se encuentra una de las operaciones más graves de la modernidad: convertir el deseo en identidad. Mientras el deseo permanece como deseo, puede ser examinado, educado, ordenado, purificado, vencido o elevado. Pero cuando el deseo se convierte en identidad, toda corrección parece agresión. Si el hombre dice “esto me ocurre”, todavía puede preguntarse qué hacer con ello. Pero si dice “esto soy”, entonces toda llamada al orden parece una negación de su persona».

Oscar Méndez Oceguera

Jueves 2 de julio de 2026:

Entrevista al investigador del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), Isaac Cruz.

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