Carta a Marine Le Pen, a quien le faltan datos

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa: @MLP_officiel

Madame la candidate:

Ha dicho usted en Orléans —ciudad que debe su gloria a una doncella que oía voces— que no permitirá que Francia caiga en la «mexicanización» con los cárteles. Nuestra presidenta le ha respondido que está usted mal informada, y que lo que el mundo debería mexicanizar son los valores de nuestro pueblo: la honestidad, el amor, la solidaridad, la fraternidad.

Está usted mal informada, en efecto. Y como sería una descortesía dejarla en ese estado, permítame suministrarle los datos que le faltan. Verá que el México del que habla no existe; o, para ser exactos, existe de un modo tan discreto que sólo lo advierten quienes viven en él.

Su error, por lo demás, es comprensible. Viene usted de un país cartesiano, donde las palabras padecen la manía de corresponder a las cosas. Descartes les exigió ideas claras y distintas. Nosotros hemos preferido las oscuras y confusas, que abrigan más y no comprometen a nadie.

Debo advertirle, además, que la palabra nos ofende. Hace un par de años nuestra representación en París ya había lamentado, por escrito, que algunos funcionarios franceses la emplearan. Somos un pueblo susceptible en materia de vocabulario. Contra las palabras hemos desplegado siempre una firmeza, una puntualidad y una energía que, aplicadas a las cosas, nos habrían ahorrado la palabra.

En México no hay cárteles, Madame. Hay «la gente», «los señores», «la empresa», «la maña», «los de arriba», «los muchachos». Nadie los nombra y todo el mundo sabe quiénes son, prueba de un tacto que los franceses, tan dados a llamar a las cosas por su nombre, harían bien en imitar. Algunos se hacen llamar «familia», y practican en efecto una fraternidad tan exigente que de ella nadie sale por la puerta.

Usted promete combatirlos como terroristas. Nosotros preferimos tratarlos como a ciertos parientes: no se habla de ellos en la mesa, pero se les guarda siempre un lugar.

Nuestro idioma, de paso, se ha enriquecido. Un francés cree que levantar es lo que se hace con una copa o con el ánimo; un mexicano sabe que también se levanta a las personas, y que no siempre vuelven a posarse. Sabemos qué es un halcón sin haber visto nunca uno volar. Sabemos que una plaza no es un lugar donde se pasea, sino uno que se disputa. Sabemos que una cobija puede envolver algo más que el sueño. Ninguna academia nos lo enseñó: lo aprendimos solos, que es como se aprende de veras una lengua materna. Y nuestra canción popular, que antes cantaba caballos y amores desdichados, celebra hoy con la misma ternura a quienes nos cobran. Somos un pueblo agradecido.

Porque tampoco hay extorsión. Hay, eso sí, una forma de solidaridad económica que ninguna facultad ha estudiado todavía. El tortillero, el limonero, el transportista y el dueño de la miscelánea han descubierto que su negocio tiene socios que no figuran en el acta constitutiva pero no faltan nunca a la asamblea; que no aportaron capital, ignoran el oficio y, sin embargo, se interesan por su prosperidad con una constancia que ya quisieran sus clientes. La prensa, siempre propensa a la vulgaridad, llama a esto derecho de piso. Es injusto: el piso lo puso el comerciante; los otros ponen únicamente el interés. Y no son exigentes. Se conforman con poco, con tal de que sea cada semana. Algunos tienen incluso la delicadeza de llamar por teléfono para recordar el vencimiento, atención que el fisco de la República francesa, me temo, nunca ha tenido con usted.

No confunda esto con un problema de soberanía. Montesquieu soñó con la división de poderes; nosotros la hemos llevado más lejos de lo que él se atrevió a imaginar. El poder está aquí tan bien dividido que una parte considerable ni siquiera pertenece al Estado. El Estado conserva lo esencial: la bandera, el himno, los desfiles y las oficinas. De lo accesorio se ocupan otros, más prácticos, que fijan horarios, recaudan, imparten justicia y, llegado el caso, la ejecutan.

Tampoco hay impunidad. Para que hubiera impunidad tendría que haber delitos, y para que hubiera delitos —en el sentido administrativo de la palabra— tendría que haber expedientes. Pero de cada quince delitos, uno solo llega a expediente. Nuestra estadística, con un pudor admirable, llama a los demás cifra negra, como quien les guarda luto. Lo que no se denuncia no se investiga; lo que no se investiga no ocurrió; y lo que no ocurrió no tiene por qué figurar en un discurso de campaña.

No es miedo, Madame, ni desconfianza: es buena educación. Aquí no se importuna a la autoridad con asuntos personales. Además, el mexicano sabe por experiencia que denunciar un robo es iniciar un trámite, y entre un robo y un trámite el hombre prudente escoge el robo, que por lo menos termina pronto.

Somos, también, un pueblo justo, enemigo de los juicios precipitados. Cuando matan a alguien, no nos apresuramos a condenar: primero preguntamos en qué andaba. Es la presunción de inocencia, aplicada con exquisita imparcialidad al asesino.

En materia de honradez, nuestra situación es envidiable. La honestidad goza entre nosotros de tanto prestigio que no nos atrevemos a gastarla en el uso diario: la reservamos para los discursos, como la vajilla buena para las visitas. La mordida, por su parte, no existe. Existe una modesta gratificación con que el ciudadano agiliza lo que la ley hizo lento a propósito, para que hubiera algo que agilizar. Y si de vez en cuando se descubre que hasta en las casas donde se cuentan nuestros votos había —presuntamente— quienes preferían contar otras cosas, no se alarme: las investigaciones determinarán responsabilidades. Entre nosotros, las investigaciones son como ciertas promesas de amor: lo importante es anunciarlas.

Nuestro combustible tampoco se contrabandea. Tiene, simplemente, vocación de viajero: desembarca en los puertos disfrazado de otra cosa, cruza las aduanas con la serenidad de quien conoce a todo el mundo y llega a las gasolineras sin haber pagado un centavo. A veces, según averiguan las propias autoridades, viajaba al amparo de quienes tenían el encargo de impedirlo. No lo tome a mal. Nadie conoce mejor un camino que quien lo vigila.

Le habrán contado también que en México se asesina a los alcaldes. Es una exageración. Lo que ocurre es que el cargo se ha vuelto exigente. Hay dos maneras de gobernar ciertos municipios: con permiso o sin él. Quienes eligen la primera suelen concluir su periodo; quienes eligen la segunda suelen concluirlo antes, y con más honores de los que habrían deseado. A estos les erigimos monumentos con una diligencia que nunca tuvimos para su escolta. Es nuestra manera de honrar el valor: después.

Usted, que es candidata, sabe lo que es una campaña. Las nuestras son tan reñidas que algunos candidatos no alcanzan a llegar a la boleta.

Y no hay, desde luego, desaparecidos. Hay personas que no han vuelto, lo cual es muy distinto. Sus madres, llevadas por un exceso de amor que las instituciones respetan escrupulosamente —tan escrupulosamente que no se entrometen—, salen al monte con pico, pala y una varilla de acero que hunden en la tierra para saber, por el olor, si ahí está su hijo. En otros países la varilla sirve para levantar casas. Aquí sirve para encontrar a los hijos.

Ahí tiene usted el amor mexicano, del que con justicia se habla tanto: verdadero, inagotable y obligado a hacer el trabajo de otros.

En Orléans, si no recuerdo mal, hubo una doncella que oía voces. Aquí hay miles de madres que las dan, y un país entero muy bien educado en el arte de no oírlas.

¿De qué México me habla, pues, candidata? No será de este, donde nada de eso sucede.

Comprendo que le cueste creerlo. Ustedes tuvieron que inventar a Pangloss para reírse de él. Nosotros le extendimos carta de naturalización y le concedimos la última palabra en todas las sobremesas. Pangloss sostenía que todo ocurre para bien en el mejor de los mundos posibles; nosotros, más modestos, sostenemos sólo que nada de esto ocurre. Es una doctrina más cómoda que la suya: no obliga a justificar el mal; basta con no verlo.

Y conste que nada de esto desmiente lo que se ha dicho de nuestro pueblo. El mexicano es honrado, amoroso, solidario y fraterno; lo es tanto que ha sobrevivido a todo lo anterior sin dejar de serlo, y ese es su milagro. Pero ese es también su peligro. La bondad de un pueblo es la coartada perfecta de sus males: la invocan con gusto quienes abusan de ella, y la invocamos todos cuando preferimos no mirar.

Puede usted dormir tranquila, Madame. Le he dado las noticias de la casa como el criado de aquella canción que ustedes tararean desde hace noventa años, el que le informaba a la marquesa la muerte de la yegua y el incendio del castillo sin perder la compostura. Aquel buen hombre, por lo menos, acababa confesando la ruina. Nosotros hemos perfeccionado el género: decimos que todo va muy bien y suprimimos la confesión.

Francia, en suma, no corre peligro de mexicanizarse: le faltan datos.

A nosotros nos sobran. Y valores también, según se nos asegura: honestidad, amor, solidaridad, fraternidad. Es una lista hermosa, y no le sobra nada. Sólo le falta uno, que los antiguos contaban entre las virtudes cardinales y que entre nosotros ha caído en desuso: el valor.

El de leer los datos, por ejemplo. ●

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Reflexión de la semana:

La inteligencia artificial ha introducido una perturbación singular en una sociedad que había hecho del rendimiento una de las principales justificaciones de sus jerarquías. Conocimientos adquiridos durante años, destrezas cultivadas con disciplina prolongada y operaciones intelectuales que conferían prestigio pueden ser reproducidos, al menos en parte, por instrumentos cuya eficacia altera el valor económico de aquellas capacidades. La obra conserva su utilidad; el reconocimiento de quien antes la producía puede disminuir. No ha cambiado necesariamente su inteligencia, ni su rectitud, ni la responsabilidad con que ejercía su oficio. Ha cambiado la estimación de sus resultados.

Oscar Méndez Oceguera

Entrevista al maestro en Justicia Federal, Víctor Manuel Ornelas Carsolio, realizada el 22 de octubre de 2026

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