Larry Fink, la caída del moralismo financiero y la nueva máscara del poder económico global

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
Cuando Larry Fink dejó de usar la palabra ESG, no hizo una simple corrección de vocabulario. Dejó caer una máscara. Y cuando el hombre que dirige BlackRock —la mayor gestora de activos del mundo, con alrededor de 14.04 billones de dólares bajo gestión al cierre de 2025— deja caer una máscara, el hecho ya no pertenece al orden de la retórica, sino al de la historia del poder. En 2023 dijo que había abandonado ese término porque se había vuelto “weaponized”; en enero de 2025 BlackRock se retiró de la Net Zero Asset Managers Initiative; y en su carta de 2026 desplazó el centro de su discurso hacia otra gramática: ampliar la propiedad, ensanchar el acceso a los mercados de capital y hacer que más hombres tengan “una participación” en el crecimiento de su país. En marzo de 2026, en entrevista con El País, Fink habló ya enteramente desde ese nuevo registro: advirtió que una guerra prolongada con Irán podría arrastrar a la economía mundial a la recesión y, al mismo tiempo, insistió en que los mercados de capital deben abrirse más, profundizarse más, penetrar más. No se trató de un accidente semántico. Se trató de una rectificación estratégica del modo en que el gran capital desea seguir siendo obedecido.
Ése es el hecho. Pero el hecho, abandonado a su inmediatez, no piensa. Para que piense hay que situarlo bajo una inteligencia capaz de distinguir entre medio y fin, entre riqueza y bien común, entre potestas y auctoritas, entre prudencia y simple administración del resultado. Sólo así se deja ver lo esencial: aquí no asistimos a una conversión moral del poder financiero, sino al tránsito de una forma de autolegitimación a otra. No ha cambiado el dios. Ha cambiado la liturgia.
Y por eso el problema no empieza en la entrevista ni termina en Larry Fink. Empieza antes: en la naturaleza misma del capitalismo woke. Mientras no se comprenda qué fue, por qué fue erróneo, cómo se difundió, qué función cumplió y por qué se quebró, no podrá leerse en profundidad lo que hoy se dice entre líneas. Porque precisamente eso es lo decisivo: la lectura inversa. No tanto lo que Fink afirma, cuanto lo que sin querer confiesa al corregirse.
BlackRock y la forma contemporánea del mando
BlackRock no es simplemente una compañía poderosa. Es una de esas instituciones en las que el poder contemporáneo se vuelve visible sin asumir del todo forma política. No gobierna en sentido clásico, pero condiciona. No legisla, pero ordena conductas. No representa a una comunidad concreta, pero influye sobre el ahorro, el retiro, la deuda, la inversión institucional, los mercados públicos, la infraestructura y una parte sustancial del modo en que se mueve el dinero a escala global. Su magnitud no es sólo cuantitativa; es cualitativa. Su tamaño altera la naturaleza de su presencia en el mundo.
Por eso Larry Fink no habla como un comentarista de la economía. Habla como una de las conciencias funcionales del sistema. No porque sea filósofo, sino porque está situado en uno de esos puntos desde los cuales el sistema se piensa a sí mismo. El poderoso no suele confesarse con la sinceridad del penitente. Corrige. Desplaza. Deja caer palabras, cambia símbolos, sustituye acentos. Y justamente allí, en esa sustitución, queda al descubierto el fondo.
Cuando en la entrevista de 2026 Fink habla de guerra, de recesión, de energía, de capitales y de propiedad, no hace sólo análisis de coyuntura. Reescribe el lenguaje con el que el sistema quiere hacerse inteligible. Ayer necesitaba palabras de expiación moral. Hoy prefiere palabras de acceso, rendimiento, profundidad de mercados y participación patrimonial. Ayer pedía adhesión ética. Hoy promete integración financiera. El hecho no es menor. El hecho es el nervio mismo del problema.
Qué fue el capitalismo woke
El capitalismo woke no fue un capitalismo que se hubiera vuelto bueno. Fue un capitalismo que quiso parecer moral. Ésa es la primera precisión, y acaso la más importante. No consistió en una verdadera subordinación del capital al bien común, sino en el revestimiento moral del capital tardomoderno. Durante una etapa larga, el gran capital dejó de buscar legitimidad sólo en la innovación, en la eficiencia o en la producción de riqueza, y empezó a presentarse como agente de redención secular. Ya no bastaba con decir «producimos», «financiamos», «invertimos», «hacemos crecer». Había que decir además: «incluimos», «cuidamos», «corregimos», «sostenemos», «transformamos», «orientamos», «salvamos».
Ésa fue su novedad específica. Una estructura cuya naturaleza es instrumental quiso comparecer como guía moral. No quiso permanecer en su orden. Quiso irradiarse sobre órdenes superiores. La empresa dejó de ser presentada como institución económica que opera dentro de un marco moral y político recibido; empezó a ser descrita como sujeto ampliado de responsabilidad histórica. El fondo dejó de parecer instrumento y asumió el tono de una instancia correctora. El ejecutivo abandonó el registro del administrador y adoptó el del pedagogo.
No fue una simple campaña de imagen. Fue una forma de poder que quiso asignar legitimidades. No sólo invertía: premiaba orientaciones culturales, normalizaba lenguajes, convertía ciertas agendas en sinónimo de responsabilidad y hacía sentir que disentir equivalía a quedar moralmente degradado. Su importancia no estuvo en la estridencia de algunos anuncios, sino en algo más serio: durante un tiempo logró presentarse como el lenguaje natural del bien empresarial, del deber corporativo y de la respetabilidad civilizada.
Qué significaba ESG
La gran sigla de esa fase fue ESG: Environmental, Social and Governance. Ambiental, social y gobernanza. En su formulación benigna, designaba la incorporación a la evaluación de empresas de factores no puramente contables: exposición climática, conflictos laborales, composición de consejos, transparencia, políticas internas, riesgos reputacionales. BlackRock lo presentó durante años exactamente así: como un marco adicional de análisis de riesgos y oportunidades, aun cuando después Fink se apartara del término por su carga política.
Hasta ahí, un lector distraído podría pensar que no hay nada grave. ¿No es razonable considerar riesgos laborales, energéticos o de gobernanza? Sí, lo es. Pero eso no toca el núcleo del problema. El problema real no estuvo en que una empresa deba ser seria, transparente o prudente. El problema estuvo en que un marco aparentemente técnico se convirtió en una palanca para reordenar, desde el dinero, cuestiones morales, políticas y culturales que exceden radicalmente el ámbito del capital. ESG no fue sólo una herramienta descriptiva. Fue una nueva sintaxis del mando. Bajo la apariencia de evaluación prudencial, abrió paso a una extensión del juicio financiero hacia la definición práctica de lo socialmente aceptable. La cuestión ya no era sólo si una empresa era solvente o eficiente. Empezó a ser también si hablaba el idioma correcto, si asumía los compromisos reputacionales esperados, si se alineaba con la nueva moral pública, si reflejaba en su estructura interna la cosmovisión dominante de ciertos centros de poder cultural.
Así, lo que parecía una técnica comenzó a comportarse como una ortodoxia blanda. Y en ese tránsito se produjo la inversión principal: el dinero, que por naturaleza es medio, empezó a desempeñar funciones propias de una instancia rectora.
Por qué ESG era erróneo
El error no estaba en recordar que las empresas pueden causar daños. El error estaba en su estructura.
Primero, porque confundía el orden de los fines. El dinero es un instrumento. Sirve para facilitar intercambios, conservar valor, ordenar ciertos medios. No existe para definir el bien humano integral. Cuando el capital comienza a comportarse como criterio supremo de corrección moral, se produce una inversión del orden. Lo inferior empieza a juzgar lo superior. Lo útil adopta la pose de lo rector. El medio pretende indicar el fin. Ahí comienza la corrupción.
Segundo, porque suplantaba la política por la gobernanza. La política, en su sentido noble, es el gobierno prudencial de una comunidad real orientada al bien común. Tiene rostro, responsabilidad, arraigo, límites, memoria, obligación. La gobernanza tecnocrática, en cambio, funciona como una nebulosa de métricas, estándares, reportes, incentivos, comités y recomendaciones sin forma cívica suficiente. ESG participó de esa sustitución. Cuestiones que deberían discutirse en el ámbito de la deliberación política y moral de los pueblos fueron desplazadas hacia aparatos de evaluación reputacional y financiera. Lo que debía ser objeto de juicio prudencial pasó a tramitarse como asunto de compliance.
Tercero, porque falsificaba la moral. La moral verdadera no se mide por su utilidad estratégica. No se abandona cuando se vuelve cara. No se conserva mientras rinde y se deja atrás cuando estorba. El propio Fink, al decir que había dejado de usar el término ESG porque se había vuelto “weaponized”, dejó abierta una grieta reveladora. Cuando el lenguaje moral se abandona en cuanto deja de convenir, queda en evidencia que no era principio, sino instrumento.
Cuarto, porque reducía el bien común a variables administrables. El bien común no es una hoja de cálculo. No puede agotarse en indicadores auditables. Incluye justicia, paz, autoridad legítima, virtud pública, trabajo digno, arraigo, transmisión, continuidad histórica, posibilidad de vida familiar, estabilidad social y apertura al fin verdadero del hombre. Nada de eso cabe entero en una sintaxis financiera. Lo que no entra en score tiende a volverse invisible. Y una sociedad que sólo reconoce lo mensurable termina por quedarse sin inteligencia para lo esencial.
Quinto, porque construía una falsa universalidad. ESG se presentaba como lenguaje casi neutro del bien corporativo. Pero no nacía de la ley natural ni de una concepción verdadera del hombre. Nacía de un consenso ideológico producido por élites financieras, regulatorias, académicas y mediáticas, que lograron imponer su léxico como si fuese neutral, cuando en realidad expresaba una determinada comprensión de la persona, de la sociedad y del fin de la vida común.
El error de fondo: no que el dinero enseñe, sino que el dinero mande
Hasta aquí, sin embargo, la crítica aún podría quedarse corta. Sería insuficiente decir que el problema del capitalismo woke fue que el dinero quiso enseñar. La formulación exacta debe ser más severa. El problema no es didáctico. Es ontológico y político. El problema es que el dinero ha pasado a mandar.
En el orden clásico, la economía no es autónoma. Forma parte de la política; la política, a su vez, se ordena al bien común; y el bien común no se funda a sí mismo, sino que remite a una verdad superior sobre el hombre. Cuando ese orden se rompe, no aparece una esfera neutra. Aparece una inversión. Lo instrumental quiere definir el fin. Lo técnico ocupa el lugar de la prudencia. El capital deja de servir a la ciudad y pretende organizarla. No estamos ante un exceso de relaciones públicas. Estamos ante una subversión del orden de las causas. Lo que debía servir, organiza. Lo que debía obedecer, dirige. Lo que debía ser medio, se absolutiza como fin operativo de la ciudad.
Aquí conviene escuchar la severidad clásica. Santo Tomás enseña que “el deseo de riquezas naturales no es infinito, porque las necesidades de la naturaleza tienen un límite. Pero sí es infinito el deseo de riquezas artificiales, pues sirve a una desordenada concupiscencia”. Cuando la riqueza deja de ser medio para el sustento y pasa a ser fin de la vida, el alma entra en desorden; cuando ese desorden se institucionaliza, la ciudad misma empieza a girar en torno a un principio que no puede darle medida.
No se trata, por tanto, de que el lobo haya querido predicar. Se trata de que el lobo manda porque los pastores han desertado de su auctoritas y porque las ovejas, fatigadas de verdad, han preferido la seguridad del pesebre al riesgo de la libertad.

La raíz más honda: nominalismo radical y rebelión contra la condición de creatura
Nada de esto se entiende si no se desciende todavía más. Lo woke no es sólo una aberración cultural o una política errada. Es una forma de nominalismo radical: la negación práctica de que las cosas tengan una naturaleza inteligible. Si nada posee esencia, todo puede ser redefinido. La identidad deja de ser algo que se reconoce y se ordena; pasa a ser algo que se decide. El sexo deja de ser una realidad significativa y se vuelve un dato negociable. El cuerpo deja de ser forma y se convierte en material disponible. El deseo deja de ser apetito ordenable y pasa a ser criterio de autenticidad.
En ese punto, la crisis ya no es meramente moral o política. Es metafísica. El hombre no quiere reconocerse dado. Quiere darse. No quiere descubrir el fin de su naturaleza. Quiere instituirlo. No quiere ser creado. Quiere ser su propio creador. Ésa es la rebelión contra la condición de creatura.
Ahí aparece, como consecuencia lógica, el horizonte transhumanista. Si la biología no tiene autoridad para decir quién soy, tampoco la tendrá para decir qué soy. La cultura woke prepara al hombre para aceptar que la naturaleza no es forma, sino obstáculo; que el cuerpo no revela una verdad, sino una limitación técnica. El capital no crea esa rebelión. Pero colabora con ella al financiar, normalizar y gestionar esta disolución de la naturaleza, alejando así al hombre de la verdad de su propio origen y, por tanto, de su Creador.
DEI, BLM, feminismo corporativo y diversidad identitaria
Ese universo no se difundió sólo por medio de conceptos abstractos. Fue absorbido y amplificado a través de movimientos concretos.
DEI —diversidad, equidad e inclusión— trasladó esa lógica al interior de la empresa. BlackRock comunicó objetivos de diversidad, vinculó el progreso en esas metas con evaluaciones internas y elevó sus expectativas para consejos corporativos. Reuters informó que la firma esperaba 30 % de diversidad en juntas estadounidenses y al menos un integrante de grupos subrepresentados.
Tras el asesinato de George Floyd, Reuters/Thomson Reuters observó cómo movimientos de “justicia social” como Black Lives Matter empujaban a las corporaciones a exhibir su progreso en diversidad e inclusión. BlackRock, en su reporte anual de 2020, afirmó que usaba su voz como accionista para urgir a las compañías a enfocarse en igualdad y trato justo a los trabajadores. Lo que en la calle aparecía como protesta, en la empresa se transformó en métricas, programas, cuotas simbólicas y presión institucional.
Algo semejante ocurrió con el feminismo corporativo: metas de representación femenina, informes de brecha salarial, redefinición de liderazgo y nuevas reglas de respetabilidad simbólica. El punto no consiste en negar la igual dignidad de la mujer ni la existencia de injusticias concretas. Consiste en advertir cómo una cuestión de justicia fue convertida en maquinaria permanente de representación, metas y administración de categorías.
La llamada diversidad identitaria terminó de cerrar el cuadro. La persona concreta dejó de comparecer ante la empresa como sujeto racional, responsable y ordenado a fines objetivos. Pasó a aparecer primariamente como portadora de una identidad catalogable. La lógica del orden cedió ante la lógica del inventario.
Del derecho al permiso
Aquí se toca una de las llaves del tiempo presente. Cuando la ley deja de fundarse en una medida objetiva, deja de reconocer lo que es debido y empieza a administrar accesos. El derecho ya no protege posiciones arraigadas en la justicia; habilita funciones dentro del sistema. El sujeto deja de comparecer como titular de lo suyo y aparece como usuario potencial de una posibilidad.
Esta es la gran degradación jurídica del presente: el paso del derecho al permiso. Bajo la promesa del acceso, lo que se ofrece ya no es necesariamente un derecho, sino una licencia. Y lo que se concede como licencia puede ser retirado, condicionado, reprogramado. Si el wokismo funcionaba como permiso ideológico —puedes existir públicamente si hablas como yo—, el capitalismo de activos funciona como permiso existencial o patrimonial —puedes participar del rendimiento si permaneces conectado al sistema. La vieja conformidad moral se vuelve ahora conformidad funcional. No desaparece el permiso. Se desplaza de la conciencia al patrimonio.
Aquí el derecho deja de ser justicia y se convierte en normativismo: ya no nace de la naturaleza de las cosas, sino de la decisión del poder que regula funciones, accesos, compatibilidades y exclusiones. No protege lo debido. Ordena el uso. No reconoce sujetos. Administra usuarios.
Propiedad y acceso: la parodia de la propiedad
Por eso hay que distinguir con el máximo rigor entre propiedad y acceso. La propiedad real, en sentido fuerte, está ordenada al sustento de la familia, al ejercicio de la virtud, a la estabilidad, a la continuidad y al arraigo temporal del hombre. La propiedad que sostiene la vida no es mera tenencia abstracta de un flujo, sino dominio efectivo de algo que permite constituir un ámbito propio.
El “acceso” del que habla el lenguaje financiero contemporáneo puede ser otra cosa muy distinta. Puede ser simplemente integración funcional en el sistema. No produce propietarios en el sentido clásico. Produce participantes. No enraíza. Vincula. No constituye al sujeto como señor de un ámbito suyo. Lo inserta como usuario de una maquinaria superior.
Basta mirar una escena concreta para ver la herida. Allí donde una casa era antes ámbito de estabilidad familiar, continuidad y transmisión, la financiarización de la vivienda la convierte en activo; el hogar cede ante el flujo; el vecino, ante el inquilino rotativo; la propiedad, ante la suscripción. No se habita: se accede. No se posee: se participa.
Eso no es una ilustración menor. Es la encarnación cotidiana de la diferencia entre propiedad y acceso. No se crean propietarios. Se amplía la base de dependientes. No se reparte libertad. Se remunera la atomización.
Chesterton lo había visto con una precisión que no ha perdido actualidad: “Demasiado capitalismo no significa demasiados capitalistas, sino demasiado pocos capitalistas”. El problema no es la propiedad, sino su concentración; no su extensión, sino su captura por quienes la utilizan para hacer depender de ella a los demás. Ésa es la razón por la que el acceso financiero puede ser la parodia de la propiedad real.
La llamada democratización del rendimiento puede, así, convertirse en la sustitución de la lealtad al gremio, al municipio y a la familia por una lealtad abstracta al índice. Ya no se pertenece a una comunidad; se pertenece al portafolio. Es la atomización remunerada del individuo. La patria cede ante el ETF.
Potestas sin auctoritas
En este contexto, BlackRock deja de parecer una empresa gigantesca para revelarse como algo más inquietante: un antiestado. No porque formalmente ocupe el lugar del Estado, sino porque condiciona aquello de lo que depende la capacidad real de decisión del Estado: crédito, acceso a capital, permisibilidad financiera, confianza sistémica.
Aquí conviene ser exactos. BlackRock ejerce una potestas de hecho: puede condicionar, orientar, limitar, premiar, excluir. El Estado, en cambio, conserva con frecuencia la apariencia del mando, pero pierde auctoritas y margen real de decisión. Quien controla el acceso al crédito no legisla en forma directa, pero acota el campo de lo posible. Quien administra el acceso al capital no ocupa un trono, pero condiciona la soberanía de quien lo ocupa. El gobernante que quisiera ordenar la ciudad conforme al bien común encuentra ya predefinido, por estructuras supraestatales de mercado, el marco de lo admisible.
No estamos, pues, ante mera competencia empresarial. Estamos ante una forma de directorio tecnocrático que asume funciones de soberanía en un mundo donde el Estado ha perdido parte de su auctoritas moral y su independencia práctica. Como enseñaría Miguel Ayuso, cuando el Estado renuncia a ordenar la vida según el bien común, termina reducido a ejecutor de una lógica ajena, alguacil de fuerzas que no gobierna y cuya legitimidad no juzga. Esa idea no necesita comillas para ser exacta: expresa con nitidez el destino del poder político cuando abdica de su misión.
La patria-dividendo y la disolución del pueblo
El universo woke ha tendido a releer la historia de las naciones hispánicas bajo la lógica exclusiva del agravio, vaciándolas de continuidad cristiana y política para reconvertirlas en agregados de identidades heridas. El indigenismo ideológico, donde se convierte en programa de disolución, no busca integrar la pluralidad real de una historia, sino fracturarla.
El resultado es el paso del pueblo a la masa. El pueblo tiene memoria, vínculos, jerarquías naturales, formas recibidas, continuidad. La masa es administrable. Segmentable. Utilizable. El capitalismo poswoke no necesita pueblos. Necesita sujetos suficientemente desarraigados como para aceptar con gratitud la habilitación que el sistema les concede.
La “patria” de la que habla el nuevo discurso financiero corre entonces el riesgo de convertirse en una pura patria patrimonial: una patria-rendimiento, una patria-dividendo, una sociedad anónima territorial. Si la patria es crecimiento, puede tokenizarse, venderse, diversificarse. El patriotismo del sacrificio es sustituido por el patriotismo del dividendo.
Del woke al poswoke: de la demolición a la administración del escombro
Todo esto permite comprender con mayor severidad el paso del capitalismo woke al capitalismo poswoke. El primero fue ruidoso, pedagógico, litúrgico, exhibicionista. Quiso moralizar abiertamente la vida económica y cultural. El segundo ya no necesita tanto sermón. Ya no busca imponerse por el prestigio de la virtud pública, sino por la promesa de estabilidad técnica.
La fase woke cumplió una función: desarticular certezas, debilitar mediaciones, erosionar formas naturales, habituar al hombre a desconfiar de su naturaleza, de su familia, de su pueblo y de su tradición. La fase poswoke hace otra cosa: administra el resultado. Una vez destruida la moral natural, el sistema ya no necesita tanta ideología explícita. Le basta con ofrecer acceso, seguridad, participación, previsión. Primero desarraiga; luego integra. Primero disuelve; después estabiliza el caos resultante mediante crédito, tokenización, rendimiento y administración del permiso.
Ésa es la razón por la que el poswoke puede ser más peligroso que el woke. No porque sea más extravagante, sino porque es más silencioso. No porque predique más, sino porque compra mejor la voluntad del hombre. Es el paso de una tiranía ruidosa a una tiranía silenciosa.
Augusto Del Noce vio con lucidez el desenlace de esa lógica: cuando la economía se convierte en el todo del hombre, la sociedad puede seguir funcionando, pero funciona en el vacío. No hace falta atribuirle una fórmula literal para reconocer la verdad de su diagnóstico. El nihilismo técnico no necesita ya una ideología exuberante; le basta con una maquinaria que opere sin sentido y hombres que acepten como normal el hecho de vivir sin fin.
La fisura que el sistema no puede absorber
Sin embargo, ningún sistema es absoluto. Hay algo que no puede absorber del todo: la familia real, la propiedad arraigada, la comunidad concreta, el municipio vivo, el hábito de una vida ordenada por fines superiores. No se trata aquí de improvisar un programa. Basta reconocer una realidad: donde subsisten cuerpos intermedios reales, memoria, vínculos naturales y derecho no degradado en permiso, el sistema encuentra un límite. No ideológico, sino ontológico.
La familia, el arraigo, la propiedad popular, el gremio, la asociación viva: no son nostalgia. Son la forma ordinaria en que la libertad deja de ser concesión y vuelve a ser posición. León XIII lo había expresado con vigor: la ley debe favorecer que el mayor número posible de hombres llegue a ser realmente propietario. La restauración no empieza en la abstracción, sino en la devolución de suelo, forma, continuidad y defensa a la vida común.
Conclusión
Mientras el dinero siga ocupando el lugar de la prudencia política; mientras la economía pretenda regir aquello que sólo puede ser rectamente ordenado por la verdad sobre el hombre y por el bien común; mientras el derecho se degrade en permiso y la propiedad en acceso funcional; mientras la técnica pretenda sustituir la providencia y la seguridad del fondo de inversión usurpe la estabilidad real de la familia y de la comunidad política; mientras la ciudad se piense desde el capital y no el capital desde la ciudad, el desorden no hará sino perfeccionarse.
Larry Fink no anuncia una conversión. Anuncia una mutación. El capital ya no quiere hablar como moralista woke porque ha comprendido que puede gobernar mejor con un tono más sobrio. Pero un poder que abandona una máscara sin abandonar el principio de su desorden no se corrige. Se vuelve más eficaz.
El problema no es, pues, que BlackRock haya exagerado su misión pedagógica. El problema es que una estructura cuya naturaleza es instrumental ha pretendido definir el fin de la ciudad. Y allí donde el medio se absolutiza, la libertad no se ensancha: se administra. La propiedad no se restituye: se funcionaliza. El derecho no se reconoce: se concede. La política no gobierna: ejecuta. Y el hombre, separado de su naturaleza, de su familia, de su pueblo y de su fin, aprende finalmente a llamar salvación a la forma refinada de su dependencia.
