Gasolina sin efectivo: el inicio del estado de permiso

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa
Las mutaciones más hondas no suelen entrar por la puerta principal. Entran por la caseta.
No llegan vestidas de doctrina, ni con una teoría general del poder bajo el brazo, ni con el ademán dramático de los viejos decretos, que al menos tenían la franqueza de anunciar la violencia antes de ejercerla. No. Llegan con modales de convención bancaria, con café caliente, con sonrisa de anfitrión, con ese repertorio de palabras bien educadas —“digitalización”, “inclusión”, “agilidad”, “modernización”— con el que el poder contemporáneo procura que nadie advierta que, mientras acomoda el mantel, también está moviendo la casa.
Eso fue, precisamente, lo que ocurrió en México entre enero y abril de 2026. Primero vinieron las conversaciones entre la Presidencia y la banca para respaldar planes de energía e infraestructura; después, en la 89ª Convención Bancaria de Cancún, Claudia Sheinbaum pidió elevar el crédito al sector privado y la banca aceptó llevarlo de 38% a 45% del PIB; en ese mismo contexto se planteó avanzar en pagos digitales en gasolineras y casetas. Pocas semanas más tarde, la propia presidenta informó sobre su conversación con Larry Fink y otros directivos vinculados a BlackRock y GIP, en la que se abordaron proyectos mixtos, digitalización de la economía y la situación internacional. Vista en secuencia, la serie deja de ser anécdota y adquiere forma: banca, infraestructura, crédito, digitalización y gran capital empujando en la misma dirección.
Contado con descuido, todo esto suena a simple noticia económica. Pero conviene traducirlo al idioma en que las cosas verdaderamente ocurren. Lo que se está diciendo es que dos actos elementales de la vida ordinaria —cargar combustible y atravesar la red carretera de peaje— deben pasar cada vez más por el circuito bancario-digital; y que, al mismo tiempo, la vida económica entera debe quedar más profundamente absorbida por el circuito del crédito. No es un detalle de pagos. No es una mera actualización de dispositivos. No es el capricho simpático de una época que confunde el teléfono con la civilización.
Es otra cosa.
Es el paso de una sociedad todavía sostenida, en parte, por la disposición inmediata de lo propio, a una sociedad organizada cada vez más como estado de permiso.
LA NOTICIA BIEN LEÍDA
Conviene empezar desde abajo, como empieza la realidad.
Una gasolinera no es un laboratorio de filosofía política. Es, en apariencia, un lugar vulgarísimo: el surtidor, la fila, el chofer con prisa, el transportista mirando el reloj, la señora que va por los niños, el vendedor que todavía trae el cuerpo sacudido por media ciudad. Nada más terrestre, nada menos ideológico. Precisamente por eso importa tanto.
Porque cuando se dice que allí dejará de bastar el efectivo, se está diciendo mucho más de lo que parece. Se está diciendo que, para algo tan inmediato como abastecer el vehículo, ya no bastará poseer dinero. Hará falta otra cosa: sistema, validación, cuenta, instrumento, red. Lo mismo ocurre con las casetas. Antes, pagar y seguir. Ahora, cada vez más: autenticar y continuar. Los propios resúmenes públicos de la Convención recogieron esa orientación hacia la digitalización de cobros en esos nodos.
Y aquí aparece el primer umbral de gravedad. Una cosa es que la autoridad ordene la circulación del tránsito. Otra, muy distinta, que comience a hacer depender el acto mismo de moverse de una infraestructura financiera y técnica sin la cual el movimiento ordinario se vuelve difícil, costoso o imposible. El punto no es sentimental. El punto es estructural. El combustible y la carretera son dos nervios de la existencia material: trabajo, distribución, urgencia, territorio, conexión, ritmo económico. Quien interviene esos nodos no está afinando un trámite. Está tocando la vida real donde la vida real más se parece a sí misma.
Por eso la noticia, bien leída, no es “más pagos digitales”. La noticia es otra: se quiere insertar el movimiento mismo del cuerpo social dentro de un carril técnico-financiero cada vez más obligatorio.
DEL DINERO EN LA MANO AL DINERO EN EL SISTEMA
Hubo un tiempo —no remoto, apenas humano— en que el dinero era algo que se tenía. Y tenerlo bastaba.
No hacía falta pedirle permiso a una arquitectura. No había que comparecer ante una red. No se necesitaba, para cada acto pequeño, el asentimiento práctico de una constelación entera de intermediarios invisibles. El dinero estaba en la mano y la mano lo prolongaba en acción.
Ese tiempo se está cerrando.
Hoy el dinero empieza a comportarse de otra manera. Ya no es sólo algo que se posee; es, cada vez más, algo a lo que se accede. Y el acceso no tiene la firmeza propia de la posesión. El acceso se concede, se administra, se registra, se condiciona. Depende de que una serie de mediaciones funcionen y de que una serie de poderes permitan que funcionen para uno.
Este es el corazón del problema y conviene nombrarlo sin flojedad: no se trata de nostalgia por el billete, ni de una resistencia mecánica al cambio. Se trata de algo más grave: del desplazamiento de la vida material desde la disposición efectiva de lo propio hacia la habilitación condicionada.
Y eso no es un matiz técnico. Es una transformación en la experiencia misma de la propiedad.
Porque la propiedad no cumple su función social sólo por estar reconocida en abstracto, sino porque hace posible un ámbito real de obrar. Permite sostener la casa, moverse, intercambiar, prever, guardar, resistir. No es una entelequia jurídica; es una forma concreta de independencia proporcionada. Cuando el soporte desaparece y todo queda suspendido en una red de validaciones, la propiedad no se niega formalmente, pero se debilita en su eficacia vital. Se conserva el nombre, mientras se vacía la sustancia. Se sigue diciendo “es tuyo”, pero cada vez menos basta con que sea tuyo para poder usarlo.
Por eso la inmediatez del efectivo no era una simple comodidad. Era una salvaguarda modesta pero real de la dignidad práctica de la persona frente a la absorción del sistema. Permitía que un resto de la vida económica siguiera descansando en la tenencia y no en la autorización; en la mano y no en la interfaz; en la disposición y no en la convalidación. Defender ese resto no es aferrarse al pasado. Es entender que una comunidad humana no puede quedar enteramente suspendida de un mecanismo que, en cualquier momento, puede volverse condición de acceso.
Ése es, justamente, el estado de permiso.
No es todavía la supresión formal del obrar. Es algo más fino y más peligroso: la sustitución de la disposición operativa por la autorización sistémica. Ya no se obra simplemente porque se dispone de lo propio y porque el orden protege un ámbito suficiente de acción. Se obra en la medida en que el sistema abre la puerta.
Y cuando una civilización empieza a vivir así, ya no basta con tener.
Hace falta poder entrar.
Hace falta, en el fondo, el password para sobrevivir.

EL ESTADO DE PERMISO
Conviene definirlo con precisión, porque de otro modo parecería una metáfora brillante y nada más.
El estado de permiso es aquel régimen práctico en el que la vida ordinaria deja de apoyarse principalmente en facultades inmediatas y pasa a depender de accesos mediados por infraestructura técnica, financiera y administrativa. No es necesario que toda libertad sea abolida. Basta con que el ejercicio de las más elementales quede sometido a filtros, validaciones y condiciones externas.
En un orden proporcionado, la autoridad guarda, corrige y encauza. No absorbe la textura concreta de la vida social. No transforma cada acto vulgar en un expediente tecnológico. No convierte el abastecimiento, el tránsito y la disposición de lo propio en una secuencia de puertas electrónicas.
En el estado de permiso, en cambio, el poder no necesita prohibir en primer término.
Le basta con reemplazar la disposición por la habilitación.
No niega la acción. La condiciona.
No suprime al hombre. Lo somete a sistema.
No siempre confisca. Muchas veces basta con administrar el acceso.
Y eso es exactamente lo que vuelve tan grave el paso del efectivo al circuito obligatorio en nodos esenciales. Porque el efectivo tenía, entre otros rasgos, uno decisivo: conservaba un resto de inmediatez. Permitía actuar sin que cada gesto quedara en manos de una cadena compleja de mediaciones. La reducción del efectivo no es, por tanto, una simple sustitución de soporte. Es la reducción de un espacio de acción no enteramente absorbido por el sistema.
LA INTERVENCIÓN DE CUENTAS: CUANDO LA PUERTA PUEDE CERRARSE
Todo lo anterior podría parecer todavía una advertencia teórica si no existiera un dato jurídico de la mayor seriedad: la posibilidad de bloquear cuentas.
Y aquí ya no estamos en el terreno de la sospecha imaginativa, sino en el del expediente.
En el amparo directo 14/2025, la Suprema Corte revisó un caso en el que la UIF acordó la inclusión de una sociedad en la Lista de Personas Bloqueadas; la CNBV retransmitió la instrucción a las entidades financieras; y la institución bancaria suspendió operaciones, actos, servicios y disposición de recursos respecto de la persona afectada. El propio proyecto resume que el bloqueo se apoya en el artículo 115 de la Ley de Instituciones de Crédito y en disposiciones generales que permiten a la UIF ordenar ese tipo de inmovilización.
Traducido al lenguaje ordinario: la cuenta deja de ser un servicio cómodo y se vuelve puerta de acceso a la vida económica. Y una puerta puede cerrarse.
Este es el punto en que el lector debe detenerse. Mientras subsisten ámbitos amplios de acción inmediata fuera del sistema, un bloqueo bancario puede ser gravísimo, pero no necesariamente asfixiante en todos los órdenes. En una economía cada vez más digitalizada, en cambio, su potencia se multiplica. Si el combustible, el peaje, parte del comercio, los pagos cotidianos y la circulación del dinero pasan crecientemente por el sistema, bloquear la cuenta deja de afectar sólo una relación financiera. Empieza a afectar la posibilidad misma de operar en la vida civil.
No es ya mera inmovilización patrimonial.
Es, potencialmente, inmovilización práctica del obrar.
Y aquí aparece otro peligro, todavía más severo en un país donde el debido proceso suele ser frágil y la tutela efectiva muchas veces llega tarde: esta arquitectura hace posible el castigo preventivo. No ya la pena después de un juicio pleno, sino la restricción anticipada, la muerte civil por sospecha, la asfixia operativa antes de la sentencia. El sistema puede reducir a la impotencia práctica sin necesidad de exhibir esposas. Basta una inclusión en una lista, una orden administrativa, una instrucción retransmitida, una suspensión de operaciones.
La gran novedad del poder contemporáneo es ésta: no siempre necesita condenar para neutralizar. Le basta con interrumpir la operatividad.
Por eso la frase más característica de esta época quizá no sea “prohibido”, sino “la operación no pudo completarse”.
CRÉDITO, BANCA Y CAPITAL: LA CONVERGENCIA
Sería un error aislar lo de gasolineras y casetas del otro gran eje del periodo: la expansión del crédito y la convergencia entre Estado, banca y gran capital.
La presidenta pidió más crédito. La banca aceptó elevarlo de 38% a 45% del PIB. Al mismo tiempo, desde enero el gobierno venía alineando con el sector financiero los planes de energía e infraestructura; y en abril se hizo público el interés de BlackRock y GIP por seguir invirtiendo en proyectos en México, en conversaciones que incluyeron proyectos mixtos y digitalización.
La pregunta seria no es si el crédito es bueno o malo en abstracto. La pregunta es otra: qué partes de la vida se quieren volver dependientes del crédito y de la mediación bancaria.
Porque una cosa es el crédito que robustece la capacidad productiva y otra, muy distinta, el que termina envolviendo la vida cotidiana hasta hacer de la subsistencia una relación permanente con el sistema financiero. En el primer caso, el crédito es cauce. En el segundo, absorción.
Y cuando a esa absorción se suma la digitalización de nodos esenciales, el resultado no es una economía más fuerte, sino una economía más administrable.
Pero aquí hay, además, una contradicción política que merece ser nombrada. Resulta imposible no advertir la paradoja de un poder que gusta presentarse como nacional, popular y soberanista, mientras articula los nervios materiales del país —energía, infraestructura, pagos, crédito— con la racionalidad de grandes fondos globales. Nada más revelador del tiempo que vivimos que esta mezcla de retórica patriótica y dependencia técnica trasnacional. La propia reunión reportada con BlackRock giró en torno a inversión, digitalización y proyectos estratégicos.
Porque el problema no es simplemente que BlackRock invierta. El problema es otro: qué significa para un país que sus nodos estratégicos comiencen a ser pensados dentro de la racionalidad de fondos cuya medida no es la comunidad nacional, sino la rentabilidad globalizada, el riesgo administrable y la trazabilidad perfecta. Ahí ya no se discute sólo economía. Se discute la sustancia misma de la decisión política.
GOBERNAR POR CRISIS
Aquí está la tesis central.
No se gobierna ya resolviendo el desorden. Se gobierna administrándolo.
La crisis energética justifica nuevas dependencias. La crisis fiscal exige más trazabilidad. La crisis de seguridad amplía la vigilancia. La crisis de informalidad pide bancarización. La crisis de eficiencia reclama digitalización. La crisis del crecimiento empuja el crédito. La crisis internacional aproxima al gran capital al poder público bajo el lenguaje de la oportunidad.
Cada crisis trae su mediación.
Cada mediación reduce la inmediatez.
Cada reducción de la inmediatez aumenta la dependencia.
Y cada dependencia facilita el mando.
Eso es gobernar por crisis.
No curar el desorden, sino mantenerlo en un punto políticamente útil para rediseñar la sociedad bajo la lógica del sistema. Ya no se trata de ordenar una comunidad para que viva bien, sino de organizar sus accesos para que pueda ser conducida.
En esta lógica, la política degenera en administración de flujos, la economía en circuito de validaciones y la autoridad en técnica de interoperabilidad. Lo importante ya no es custodiar la consistencia real de la vida social, sino hacerla legible, registrable, condicionable.
El resultado es una comunidad que conserva todavía nombres antiguos —dinero, propiedad, tránsito, pago, crédito—, pero cuyo contenido se va transformando silenciosamente.
El dinero ya no es enteramente dinero: es acceso.
La propiedad ya no es plenamente disposición: es uso condicionado.
El tránsito ya no es simple circulación: es paso validado.
El pago ya no es intercambio inmediato: es trazabilidad.
La cuenta ya no es cuenta: es llave.
DEL TRÁMITE A LA SOBERANÍA
Aquí conviene dar un paso más, porque de otro modo el problema quedaría reducido a una crítica del exceso administrativo.
No. La cuestión es nacional.
Si el combustible, el peaje, el crédito, los pagos y la infraestructura digital pasan a depender de validaciones alojadas en redes financieras, tecnológicas y decisionales que exceden al hombre común e incluso desbordan a la propia comunidad política, entonces el problema ya no es meramente funcional. Es una cuestión de soberanía concreta.
Porque la soberanía no se pierde sólo cuando un ejército extranjero cruza la frontera. También se pierde cuando los actos elementales de la vida material quedan subordinados a un sistema cuya llave efectiva se encuentra fuera del alcance real de la comunidad nacional. Una nación que no puede asegurar que sus miembros carguen combustible, se muevan por el territorio y dispongan de lo suyo sin depender de cadenas de validación parcialmente exteriores, empieza a vaciarse desde dentro.
Y lo más grave es que esa pérdida puede ocurrir con sonrisas, convenios y lenguaje de innovación.
Así, el hombre común deja de ser simplemente miembro de una comunidad política y empieza a convertirse en usuario terminal de una infraestructura cuyos centros de decisión, cálculo y priorización se hallan cada vez más lejos de su mundo. Lo nacional permanece en el discurso; lo operativo migra hacia la nube, el fondo, la plataforma, el circuito.
Ésa es una forma particularmente moderna de desnacionalización.
EL DESORDEN DEL PODER
Hay un punto en que la cuestión deja de ser económica y revela su verdadera naturaleza.
El poder se desordena cuando deja de estar proporcionado a su fin. Y el fin del poder político no consiste en sustituir la vida social por un sistema integral de mediaciones. Consiste en guardar las condiciones para que la comunidad viva con justicia, paz, continuidad y suficiencia material.
Cuando, en vez de eso, la autoridad empieza a reorganizar la existencia cotidiana como una red de permisos, no estamos ante un perfeccionamiento del orden, sino ante su degradación técnica.
Eso explica por qué este artículo no trata, en el fondo, de pagos. Trata de una mutación de régimen práctico.
Un hombre que necesita sistema para cargar combustible, cuenta habilitada para cruzar territorio, validación para disponer de lo suyo y crédito para sostener la vida ordinaria, no vive ya en un orden donde la autoridad custodia el ámbito humano del obrar. Vive en uno donde la autoridad —en convergencia con banca e infraestructura— administra los accesos.
Y ésa es la señal más clara de que el poder ha empezado a dejar de servir a la comunidad para empezar a rediseñarla.
EL EFECTIVO Y LA DESAPARICIÓN DE LO INMEDIATO
Hay, además, una verdad simbólica que no debe omitirse.
El efectivo no era perfecto. Ningún instrumento humano lo es. Pero conservaba una cualidad decisiva: su contacto con la realidad era inmediato. Pasaba de la mano al acto sin necesidad de comparecer ante una maquinaria.
Por eso su desplazamiento progresivo no es una modificación menor. Significa que la economía deja de descansar, incluso en sus movimientos más modestos, en una cierta encarnación del intercambio y pasa a recluirse dentro de un orden abstracto, sistémico, condicionable.
No es casual que el poder de nuestro tiempo desconfíe tanto de lo que todavía conserva inmediación. Todo lo que no atraviesa sus filtros le parece opaco. Todo lo que no genera dato le parece incompleto. Todo lo que no puede programar le parece desorden.
Pero el hombre no fue hecho para vivir íntegramente dentro de una arquitectura de permisos.
Una sociedad sana necesita mediaciones, sí, pero mediaciones proporcionadas. No puede convertir la totalidad de la vida material en un pasillo de autenticaciones.
CONCLUSIÓN
La noticia mexicana de estos meses debe leerse, pues, como signo de una transformación mayor.
No se trata sólo de gasolineras.
No se trata sólo de casetas.
No se trata sólo de más crédito.
No se trata sólo de BlackRock.
No se trata sólo de digitalización.
Se trata de la formación de un orden en el que la vida material pierde inmediatez y gana condicionamiento; en el que el dinero sale de la mano y entra en el sistema; en el que el sistema deja de ser un instrumento y comienza a comportarse como criterio de habilitación; en el que la cuenta puede volverse frontera; en el que el castigo puede adelantarse al juicio; en el que la soberanía puede vaciarse por la vía de la infraestructura; en el que la crisis deja de ser contingencia y se vuelve método.
Dicho sin rodeos:
cuando una nación deja de vivir de lo que puede hacer y empieza a vivir de lo que se le permite hacer, ha entrado en el estado de permiso.
Y entonces ocurre lo más grave.
La crisis deja de ser un desorden que debe resolverse
y se convierte en el instrumento mediante el cual se gobierna.
Porque cuando hasta el combustible depende de validación,
el poder ya no necesita imponerse.
Le basta con administrar el acceso.
