La escuela contra su fin

El Estado deja de aparecer como ministro del orden educativo y comienza a actuar como arquitecto del hombre público que desea producir

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

La educación depende enteramente de la idea que se tenga del hombre. No de un modo remoto, ni como presupuesto lateral, sino en su misma esencia. Allí donde se sabe qué es el hombre —qué es su inteligencia, qué es su libertad, a qué bien se ordena su vida, qué lugar ocupan la familia y la comunidad política en la formación de su alma—, la escuela encuentra su medida. Allí donde ese conocimiento se oscurece o se sustituye, la educación comienza a desfigurarse desde dentro. Puede conservar reglamentos, edificios, calendarios, manuales, presupuestos y un vocabulario abundante de justicia, inclusión, diversidad, comunidad y excelencia; pero, si ha errado en el principio, todo el aparato acaba sirviendo a un fin distinto del que proclama.

Educar es, ante todo, un acto de justicia: dar a la inteligencia la verdad que le es debida. No se trata sólo de transmitir informaciones útiles, ni de socializar conductas, ni de sensibilizar afectos, ni de preparar al alumno para adaptarse a un medio cambiante. Se trata de poner el alma en contacto con la realidad, de ordenar sus potencias, de habituarla a reconocer el bien y de disponerla para vivir según la verdad. Por eso toda crisis educativa es, en su raíz, una crisis de justicia respecto de lo real. Cuando la escuela deja de dar a la inteligencia la verdad que le corresponde, comienza a darle en su lugar interpretaciones, consignas, narrativas, sensibilidades y programas de adaptación moral.

Éste es el punto desde el cual debe ser considerado el actual orden educativo mexicano. No como una simple reforma administrativa, ni como un ajuste curricular, ni como una disputa entre métodos. Lo que está en juego es más hondo: la sustitución del principio educativo por una síntesis ideológica que, bajo el nombre de Humanismo Mexicano, pretende reorganizar la formación de las nuevas generaciones desde categorías históricas, políticas y culturales que ya no se dejan medir por la naturaleza humana ni por el orden objetivo del bien.

No se trata, en rigor, de una doctrina nueva. Su novedad no es de sustancia, sino de ensamblaje. Lo que aparece como renovación es, en realidad, recomposición: estatismo pedagógico, historicismo moral, igualitarismo sustantivo, pedagogía de la sospecha, retórica de derechos desligada de su fundamento, mitificación simbólica de lo ancestral y una voluntad de reorganización social que busca en la escuela su instrumento más dócil. Todo ello ha sido reunido bajo una cobertura jurídica y curricular que le confiere eficacia real. El resultado no es un humanismo, sino un humanismo de régimen: no parte del hombre para ordenar la política, sino que parte del proyecto político para redefinir al hombre.

El fin educativo como criterio

Educar no es instruir solamente. Tampoco es integrar, capacitar, sensibilizar o contener. Todo eso puede tener su lugar, pero nada de eso agota la razón formal de la educación. La educación consiste en conducir una naturaleza racional hacia la perfección que le conviene. Esto exige una verdad que conocer, un bien que amar, una libertad que ordenar y unos hábitos que adquirir. Exige, por tanto, una jerarquía de fines y una noción objetiva de la realidad humana.

De aquí se sigue que la educación cívica no puede ser una pequeña moral pública, ni un catecismo de valores estatales, ni una pedagogía de la adaptación al régimen. Su objeto propio es formar al hombre en cuanto miembro de la comunidad política para que participe rectamente en el bien común. Eso supone, a su vez, que el bien común no es una consigna, ni una simple suma de intereses, ni una plataforma de reconocimiento, sino una realidad objetiva; que la comunidad política no crea al hombre, sino que lo recibe; y que el Estado no es el principio de la educación, sino su auxiliar.

Cuando este orden se invierte, la educación deja de ser lo que es. Conserva el nombre; cambia de especie.

La forma constitucional: principios sin ancla

El artículo 3º constitucional dispone que la educación se basará en la dignidad, en los derechos humanos y en la igualdad sustantiva. Tomadas aisladamente, estas expresiones no imponen error necesario. Pero su función dentro del sistema depende de lo que no determinan.

La dignidad aparece sin anclaje ontológico explícito. No se vincula de manera suficiente con una noción de persona humana fundada en la naturaleza racional, ni con el fin objetivo del hombre, ni con una metafísica del ser personal. Queda así disponible para ser interpretada por la hermenéutica dominante. Deja de ser medida y se vuelve instrumento.

Los derechos humanos ocupan el lugar de principio pedagógico. Pero un derecho no es el fin del hombre; es una exigencia derivada de él. Cuando el derecho se absolutiza, la educación se desplaza del orden de la perfección al orden de la exigibilidad. El alumno aprende primero a reclamar antes que a juzgar, a invocar antes que a contemplar, a sentirse sujeto de reconocimiento antes que criatura llamada a la verdad y al bien.

La igualdad sustantiva introduce, por su parte, un criterio material de reorganización. Ya no se limita a la igualdad en dignidad o a la igualdad ante la ley, sino que tiende a operar como pauta expansiva de corrección social. Trasladada al aula, esta premisa predispone a leer la realidad en clave de agravio, desequilibrio y nivelación. Toda diferencia se vuelve sospechosa; toda jerarquía natural o funcional corre el riesgo de ser interpretada como dominación; toda excelencia, como privilegio.

Estas tres premisas, reunidas, producen una estructura inestable. No porque todo lo que dicen sea falso, sino porque han sido separadas de su fundamento. Y una vez separadas, no pueden sostener el edificio educativo sin quedar sometidas a reinterpretación continua por parte del poder.

El Estado como arquitecto

La Ley General de Educación y la Nueva Escuela Mexicana desarrollan estas premisas hasta su consecuencia lógica. El Estado deja de aparecer como ministro del orden educativo y comienza a actuar como arquitecto del hombre público que desea producir.

Aquí entra con toda claridad el principio de subsidiaridad. La educación pertenece originariamente a la familia; se prolonga en las comunidades reales y en los cuerpos intermedios; y sólo secundariamente es asistida, coordinada o suplida por el Estado cuando ello resulta necesario. En un orden sano, la autoridad civil auxilia una obra que no nace de ella. En el orden invertido, la autoridad ya no auxilia: interpreta, corrige, orienta y redefine.

Eso es justamente lo que ocurre. La escuela no se limita a instruir ni a transmitir saberes. Introduce en el alumno una gramática interpretativa que alcanza la casa. Las categorías de inclusión, género, crítica cultural, desigualdad, privilegio y sospecha histórica no se quedan en el aula como simples contenidos de análisis; se convierten en lentes a través de las cuales el niño aprende a mirar sus vínculos naturales.

La gravedad de este proceso es mayor de lo que a primera vista parece. No se trata sólo de ideologización, sino de politización de la infancia. El niño es empujado a juzgar prematuramente realidades que debería primero amar, habitar y comprender bajo el amparo de la madurez. Antes de estar preparado para discernir con equilibrio, se le habitúa a leer bajo categorías de opresión, exclusión o privilegio las relaciones de autoridad, tradición, filiación y pertenencia. La escuela deja entonces de servir como puente entre casa y mundo; empieza a actuar como una cuña entre padres e hijos.

No suple a la familia: la relativiza.
No la fortalece: la somete a examen.
No prolonga su autoridad: la pone bajo sospecha.

Y así el Estado no sólo desplaza funciones; interviene el espacio doméstico desde dentro, mediante la conciencia del niño.

Imagen generada con inteligencia artificial

La comunidad como abstracción pedagógica

El currículo de la Nueva Escuela Mexicana coloca a la “comunidad” como núcleo integrador. La palabra parece prometer calor humano, pertenencia y arraigo. Pero la cuestión está en saber de qué comunidad se habla.

La comunidad real es orgánica. Tiene rostro, historia, memoria, límites y obligaciones concretas. Es familia, barrio, municipio vivo, oficio, escuela verdadera, parroquia, gremio, asociación estable, amistad civil, tradición encarnada. No nace de una planificación; se hereda, se cultiva, se perfecciona.

La “comunidad” del currículo, en cambio, tiende a funcionar como una categoría pedagógica abstracta. No remite primariamente a esos cuerpos reales, sino a una construcción mediada por el aparato educativo. Es menos la comunidad vivida que una comunidad interpretada; menos un dato orgánico que un marco de integración diseñado para sensibilizar, movilizar y reorganizar.

Esta es una de las operaciones más sutiles del sistema. La comunidad aparece invocada, pero al mismo tiempo es despojada de sus mediaciones naturales. Lo que se ofrece no es el fortalecimiento de la soberanía social, sino su reformulación bajo tutela pedagógica. La familia, el barrio o la tradición no son afirmados en su consistencia propia; son reinscritos dentro de una gramática estatal que decide cómo deben ser leídos y para qué deben servir.

Así, la comunidad deja de ser ámbito de vida para convertirse en dispositivo de formación. Su calor verbal encubre una frialdad estructural.

La soberanía del eje

Los ejes articuladores —inclusión, pensamiento crítico, interculturalidad crítica, igualdad de género, entre otros— no son simples ayudas didácticas. Funcionan como principios interpretativos universales.

Ése es el punto decisivo. Las disciplinas dejan de comparecer primero por la verdad de su objeto y pasan a ser atravesadas por una lectura previa. La historia no se estudia simplemente por la verdad de los hechos y por la inteligencia del tiempo; se la relee desde esquemas de inclusión, exclusión, poder y reparación. La lengua no se enseña sólo para conocer y expresar, sino como espacio de apropiación identitaria. La formación cívica ya no se ordena principalmente desde el bien común, la justicia, la ley y los deberes, sino desde una pedagogía de sensibilidades públicas.

El resultado no es integración del saber, sino subordinación del saber. El eje se vuelve soberano y el objeto pierde su primacía.

El llamado pensamiento crítico es ejemplar en esta corrupción. Sin una verdad que lo mida, deja de ser juicio recto sobre lo real y se vuelve sospecha reglada. Se enseña a problematizar, pero no siempre a discernir; a desconfiar de las estructuras heredadas, pero no necesariamente a someter a crítica equivalente las premisas del propio sistema. La crítica autorizada termina siendo casi siempre, crítica del mundo anterior desde los dogmas del mundo nuevo.

La interculturalidad crítica padece un vicio semejante. Reconocer la pluralidad de culturas puede ser legítimo. Pero cuando la cultura deja de comparecer ante una verdad superior y la verdad misma parece quedar sometida a perspectivas culturales, el juicio pierde medida. La cultura se vuelve fuente de legitimidad antes que objeto de discernimiento.

La igualdad de género, insertada en este entramado, corre la misma suerte. Si nombrara simplemente la igual dignidad de varón y mujer y la corrección de injusticias reales, nada habría que objetar en su principio. Pero, subordinada a una antropología sospechosa de toda diferencia normativamente significativa, termina operando como relección de la diferencia sexual bajo la forma del poder. Y con ello se alteran no sólo ciertas políticas escolares, sino la comprensión misma de la familia, de la maternidad, de la paternidad y del vínculo entre naturaleza y cultura.

El indigenismo simbólico y la gnosis pedagógica

La incorporación de elementos indígenas al discurso educativo no sería problemática si se limitara a un reconocimiento histórico y cultural serio. El problema comienza cuando lo indígena deja de ser realidad compleja para convertirse en símbolo purificado.

Eso es lo que ocurre con frecuencia. El pasado indígena aparece entonces como reserva de autenticidad moral, como fuente de una sabiduría originaria no corrompida, como memoria que podría redimir al presente de los males de la modernidad, del liberalismo o del neoliberalismo. Ya no se estudia históricamente; se invoca soteriológicamente.

Aquí surge una deriva que puede llamarse, con propiedad, gnóstica. Se sugiere la existencia de una verdad originaria escondida, de una pureza perdida del pueblo, de una corrupción histórica que habría deformado esa verdad, y de una mediación capaz de reactivarla para fines de redención política y pedagógica. El Estado se presenta entonces como canal autorizado de esa recuperación.

No es historia lo que ahí predomina, sino mito político.
No es tradición concreta, sino símbolo funcional.
No es amor a la realidad indígena, sino uso redentor de su imagen.

Y en esa operación lo ancestral deja de ser objeto de estudio para convertirse en legitimación de un nuevo humanismo de régimen.

La excelencia imposible

La ley conserva la palabra “excelencia”. Pero el sistema hace imposible su realidad.

La excelencia exige jerarquía de bienes, disciplina del entendimiento, amor a la perfección, reconocimiento del mérito, exigencia en la transmisión y veneración por aquello que es mejor. Supone que no todo vale lo mismo, que no toda respuesta es equivalente, que no toda diferencia es sospechosa y que las potencias humanas deben ser llevadas tan lejos como sea posible en su perfección.

Nada de esto puede florecer donde domina la nivelación. Cuando la igualdad sustantiva se vuelve criterio expansivo, toda desigualdad de resultado tiende a ser mirada con recelo. Cuando el saber se subordina a ejes ideológicos, la profundidad intelectual pierde centralidad. Cuando el mérito debe justificarse constantemente ante la inclusión, la perfección se vuelve incómoda. Cuando la exigencia corre el riesgo de ser leída como exclusión, la escuela termina administrando mediocridad.

No hace falta prohibir la excelencia para sofocarla. Basta con construir un ambiente en el que la excelencia aparezca como desajuste, elitismo o perturbación. Entonces la escuela deja de elevar; nivela. Y la excelencia queda reducida a palabra ornamental, útil para los discursos, pero incompatible con la lógica real del sistema.

Frutos necesarios

De estas premisas no pueden seguirse frutos sanos de manera estable.

Se debilita la inteligencia contemplativa, porque el alumno aprende a interpretar antes que a ver.
Se sentimentaliza la moral, porque el bien queda sustituido por sensibilidades públicas y reclamaciones de reconocimiento.
Se domestica la ciudadanía, porque el ciudadano deja de buscar el bien común y aprende a orientarse por la aprobación moral del Estado.
Se erosiona la autoridad familiar, porque la escuela introduce en el hogar una lectura suspicaz de sus vínculos naturales.
Se fragmenta la identidad histórica, porque la patria deja de aparecer como herencia objetiva y pasa a ser plataforma pedagógica para una narrativa oficial.

Nada de esto debe entenderse como accidente. Son consecuencias proporcionadas. Allí donde se sospecha de la naturaleza, se educa contra la naturaleza. Allí donde se relativiza la verdad, se enseña a sospechar más que a conocer. Allí donde el bien es sustituido por la exigibilidad, se forma antes al reclamante que al hombre justo. Allí donde el Estado se entiende como gran orientador moral, la escuela termina por servirle como órgano de formación de subjetividad.

La resistencia de la realidad

Y, sin embargo, el sistema no puede consumar plenamente su propósito. No porque le falte poder, sino porque la realidad es más tozuda que los programas.

El Estado puede cambiar los libros; no puede cambiar la estructura del ojo humano, hecho para ver.
Puede alterar el lenguaje; no puede extinguir la sed de verdad de la inteligencia.
Puede saturar el currículo de categorías; no puede abolir la necesidad del niño de amar primero aquello que le dio la vida.
Puede invocar nuevos humanismos; no puede arrancar del alma su hambre de sentido ni su deseo de infinito.

La naturaleza humana no desaparece por decreto ni por acuerdo secretarial. Reaparece como sufrimiento, desconcierto, nostalgia de autoridad verdadera, hambre de realidad, necesidad de pertenencia concreta, deseo de belleza, necesidad de justicia y cansancio frente a la mentira organizada.

Por eso la educación verdadera no desaparece del todo. Se repliega. Resiste en la familia que no abdica, en el maestro que se niega a ser comisario político, en el alumno que todavía reconoce la alegría de comprender algo verdadero, en la comunidad real que no acepta ser reducida a categoría curricular, en la memoria viva de una patria que subsiste más allá de los manuales.

La realidad, cuando es violentada, no siempre se venga de inmediato; pero termina desmintiendo a sus agresores.

Conclusión

El problema del llamado Humanismo Mexicano no consiste simplemente en que use palabras nobles para fines discutibles. Consiste en que ha comenzado a reorganizar la escuela sobre principios incapaces de sostener la educación misma.

No destruye primero por negación abierta, sino por sustitución. Conserva el nombre de la dignidad, pero la separa de su ancla. Conserva el nombre de los derechos, pero los emancipa del bien objetivo. Conserva el nombre de la igualdad, pero la expande hasta volverla criterio general de reorganización. Conserva el nombre de la excelencia, pero la hace inviable. Conserva el nombre de la comunidad, pero la abstrae. Conserva el nombre del humanismo, pero deja de partir del hombre.

Así la escuela queda enfrentada a su propio fin. Allí donde debería conducir una naturaleza racional hacia la verdad, el bien y la participación recta en el bien común, empieza a producir un sujeto interpretado desde la narrativa del régimen. Allí donde debería enseñar a conocer, juzgar y obrar bien, aprende a administrar sensibilidades, reconocimientos y lecturas socialmente prescritas. Allí donde debería servir a la patria real, corre el riesgo de servir a la autointerpretación moral del Estado.

No está en juego una reforma más. Está en juego si México quiere todavía una escuela que eduque al hombre, o una escuela que lo sustituya.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.