La nación es la identidad común

Es la cúspide de fuerzas espirituales que eslabonan a las generaciones y las ordenan al bien común

Por Jorge Santa Cruz

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

La sola acumulación de personas sin vínculos sólidos entre ellas es estéril. Los vínculos trascendentes son aquellos que unen a las personas, a las familias y a las comunidades en torno a ideales superiores como nación y patria.

Para alcanzarlos, es necesario que las personas, las familias y las comunidades (en las que surgen municipios, empresas, gremios, etc.) honren lo que recibieron de sus antepasados. Honrarlo significa, sin más, perfeccionarlo, compartirlo y heredarlo.

Nación y patria son resultado de la continuidad generacional y de la suma de esfuerzos (tanto de individuos como de comunidades) orientados al logro del bien común.

Así como cada persona tiene su propia alma, así los pueblos. El alma de ellos es la nación, es decir, el vínculo que los hermana en el tiempo y en el espacio.

“La nación —escribió el periodista e historiador mexicano Salvador Borrego Escalante (1915-2018)— va adquiriendo plenitud a medida que sus integrantes van cobrando conciencia de su nacionalidad”.1

La conciencia de nacionalidad implica, por tanto, una entrega continua, convencida y generosa a las otras personas que comparten su origen y que trabajan para lograr una estructura mayor, aunque intangible: la nación.

En su expresión más primitiva, el individuo se esfuerza por satisfacer únicamente sus necesidades personales. En un segundo momento, busca cubrir sus necesidades personales y las de su familia. Aun así, su nivel de compromiso cívico —como lo enseña la Historia— es insuficiente para asegurar la existencia, tanto de él como de quienes conforman su familia.

Las familias que optan por vivir aisladas sucumben fácilmente en la lucha por la vida; su renuencia a constituir una estructura mayor, la comunidad, las hace vulnerables en extremo

Lo mismo sucede con las comunidades. Su permanencia en el tiempo depende de que tengan vínculos sólidos entre ellas (tanto religiosos, como cívicos, administrativos, económicos y comerciales). La unión hace la fuerza.

Dado que la vida es lo más valioso en el orden temporal, es necesario que el individuo no aporte solamente para él y para su familia, sino también para su comunidad. El que lo hace demuestra un significativo grado de madurez, pero está lejos aún de poseer la conciencia de nacionalidad.

La familia y la comunidad tienen límites tangibles, fáciles de identificar. La nación, no. ¿La nación es la familia de todos? Sí; ¿es la comunidad de comunidades?, también. Pero es más que eso: es el vínculo espiritual que cohesiona a los ciudadanos con base en los valores y los principios más elevados que se ordenan al bien común.

La nación nada tiene que ver con la suma de egoísmos individuales y familiares («Mientras que a mi me den, no me importa lo demás»; «Mientras que mi familia reciba del gobierno, la suerte de los demás me tiene sin cuidado»).

La nación —siguiendo el pensamiento de Salvador Borrego Escalante— es la cúspide de fuerzas espirituales, conjunción de talentos y esfuerzos, y la realización de tareas acumulativas heredadas. Es, sin más, la identidad común.

Los pueblos con mayor conciencia de nacionalidad son los que han dado origen a naciones de mayor influencia en la historia. Ni la extensión territorial ni los recursos naturales son decisivos; cada nación es la cúspide de fuerzas espirituales, de emociones conjuntas. de voluntades perdurables, de orgullosos esfuerzos colectivos, de renovadas tareas acumulativas heredadas, de hombres que tácitamente se unen a realizar una obra común.2

Resulta, pues, absolutamente cierto que los países cuyos pueblos carecen de conciencia de nacionalidad son los más propensos a ser colonizados por otras naciones.

La falta de conciencia nacional contribuyó decisivamente a la derrota de los mexicas frente a Hernán Cortés. De esto nos ocuparemos más adelante.

Referencias

  1. Salvador Borrego Escalante. América peligra. 600 años de azarosa historia de 1410 a 2017. Edición del autor, 26a. edición. México, 2017, p. 5
  2. Íbid., pp. 7-8.

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