Por qué el giro conservador hispanoamericano no basta

Por Oscar Méndez Oceguera
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Hispanoamérica parece girar a la derecha. No es un hecho menor. Después de años de socialismo del siglo XXI, corrupción revolucionaria, inseguridad convertida en paisaje, pedagogía progresista, ideología de género, inflación, resentimiento institucionalizado y desprecio de la vida común, muchos pueblos comienzan a buscar otra cosa: orden, autoridad, frontera, propiedad, familia, seguridad, patria.
El fenómeno es visible. Colombia se aparta del ciclo petrista; Bolivia ha cerrado, al menos formalmente, la larga hegemonía masista; Argentina vive una reacción liberal intensa frente al estatismo kirchnerista; El Salvador ofrece al continente la imagen poderosa de una paz civil recuperada por la fuerza; y desde los Estados Unidos, el trumpismo vuelve a proyectar sobre el hemisferio una política de frontera, energía, seguridad, comercio y combate al socialismo.
Pero la política no se juzga sólo por la alternancia de partidos, ni por el cambio de retórica, ni por el signo aparente de una elección. La pregunta verdaderamente grave es otra: ¿estamos ante una restauración del orden o sólo ante una nueva administración de la modernidad? El giro conservador hispanoamericano sólo tendría valor restaurador si rompiera con el principio liberal de la neutralidad religiosa del poder público; de lo contrario, no sería una salida de la Revolución, sino una de sus modulaciones internas.
Una sociedad puede cansarse de la izquierda sin haberse convertido al orden cristiano. Puede rechazar el socialismo y conservar intacto el liberalismo. Puede repudiar la ideología de género y seguir rindiendo culto a la autodeterminación absoluta del individuo. Puede desear seguridad y olvidar la justicia. Puede hablar de patria y reducirla a frontera, mercado o aparato administrativo. Puede invocar a Dios en los discursos y seguir legislando como si la realeza social de Cristo no obligara también a la comunidad política.
Ese es el drama de buena parte de la derecha contemporánea: no nace de una doctrina del bien común, sino de una fatiga ante el desorden. Es una derecha reactiva. Se levanta contra la inseguridad, el despilfarro, la burocracia socialista, el adoctrinamiento escolar, la delincuencia organizada y la disolución moral. En esa reacción puede haber elementos sanos, incluso necesarios. Pero reaccionar no es restaurar. Detener un abuso no equivale a negar el principio que lo hizo posible.
La izquierda no es el último enemigo. Es una estación avanzada de un proceso más hondo: la Revolución moderna, entendida como emancipación del hombre respecto del orden natural y cristiano. Antes que socialista, la Revolución fue liberal; antes que colectivista, fue individualista; antes que igualitaria en lo económico, fue igualitaria en lo metafísico; antes que negar la propiedad, negó la autoridad; antes que destruir la familia, disolvió la idea misma de un orden objetivo de bienes.
Por eso la derecha liberal puede combatir al socialismo sin abandonar la Revolución. Puede reducir el aparato administrativo, sanear las cuentas públicas, atraer inversiones, limitar ciertos excesos culturales y hablar de libertad con vigor polémico; pero si conserva como dogma la soberanía del individuo, la neutralidad religiosa del poder público, el mercado como criterio supremo y la libertad entendida como pura autonomía, no habrá salido de la matriz moderna. Habrá sustituido una herejía política por otra menos sangrienta, acaso más eficiente, pero igualmente incapaz de fundar una Cristiandad.
El caso argentino resulta particularmente instructivo. La reacción contra el kirchnerismo se explica por la magnitud de la ruina que produjo: inflación, estatismo, corrupción, parasitismo político y colonización ideológica. Pero la crítica al socialismo no convierte automáticamente al liberalismo en doctrina verdadera. El mercado no es principio de la comunidad política. La libertad económica no es el fin del hombre. La propiedad no se justifica sólo por la voluntad del propietario, sino por su ordenación a la vida familiar, al trabajo, a la responsabilidad y al bien común. Una sociedad no se salva pasando del aparato providencialista al individuo soberano. Se salva recuperando el orden que ambos desconocen.
Liberalismo y socialismo parecen enemigos absolutos, pero comparten una fractura originaria: ambos separan la política del orden moral objetivo. El socialismo absorbe la persona en la maquinaria pública; el liberalismo la disuelve en su autonomía. El primero destruye los cuerpos intermedios por planificación; el segundo los deja morir por abstracción contractual. Uno sofoca la sociedad; el otro la atomiza. En ambos casos se pierde la concepción clásica y cristiana de la comunidad política como orden de familias, municipios, oficios, asociaciones, tradiciones, jerarquías y deberes, dirigido al bien común bajo la ley natural y divina.
Hay, además, una cuestión semántica que no puede omitirse. La derecha suele hablar del Estado como si se tratara de una palabra neutra, equivalente a autoridad, gobierno o potestad pública. Pero el Estado moderno no es la comunidad política sin más. No es la civitas clásica ni la res publica cristiana. Es una construcción histórica e intelectual nacida de la ruptura moderna: una instancia abstracta, soberana, centralizadora, de lógica intrínsecamente absolutista, que pretende monopolizar la vida pública, reordenar desde arriba los vínculos sociales y absorber los cuerpos intermedios. La tradición política hispánica no pensó la autoridad como Estado, sino como potestad encarnada en un orden concreto de jurisdicciones, fueros, municipios, familias, corporaciones, reinos, magistraturas y deberes.
Por eso no puede esperarse que el Estado moderno restaure aquello que su propia lógica contribuyó a destruir. Podrá contener desórdenes, administrar crisis, dictar normas útiles y aun proteger ciertos bienes cuando la prudencia de los gobernantes lo permita. Pero su estructura espiritual tiende a la absorción, no a la restauración orgánica. La Cristiandad no nace del Estado; nace de un orden social cristiano reconocido, servido y custodiado por la autoridad legítima.
Esta precisión resulta decisiva al considerar la tentación securitaria. El Salvador ha recordado a Hispanoamérica una verdad elemental: el orden público es un bien político real. La autoridad no puede abdicar frente a pandillas, narcos, extorsionadores o asesinos. La justicia exige que el hombre honrado pueda caminar sin miedo, trabajar sin tributo criminal y vivir con su familia sin arrodillarse ante la violencia. Corresponde al gobernante custodiar esa paz exterior sin la cual la vida común se degrada hasta la servidumbre del más fuerte.
Sería injusto despreciar, desde una comodidad doctrinal mal entendida, el alivio concreto de un pueblo que recupera sus calles. Pero la seguridad, por necesaria que sea, no es el fin último de la política. Pertenece al orden del vivir, no todavía al del vivir bien. Santo Tomás enseña que la ley es ordenación de la razón al bien común; y el bien común no consiste en la mera supervivencia organizada, sino en la vida virtuosa de la comunidad. La autoridad política no existe sólo para impedir que los hombres se maten, sino para favorecer, según su modo propio, las condiciones de una vida recta.
La paz civil, en sentido cristiano, no es mera ausencia de delincuencia. También una prisión perfecta puede ser silenciosa. También una sociedad vigilada puede ser estable. También una población atemorizada puede obedecer. La verdadera paz es, con San Agustín, tranquillitas ordinis: tranquilidad del orden. Y no hay orden verdadero si la voluntad del gobernante, la eficacia policial o la disciplina administrativa no se someten a una razón superior, conforme al derecho natural y a la justicia. El fin no justifica los medios: la contención del crimen debe realizarse según razón, justicia y prudencia, no según pura utilidad. El gobernante que vence el desorden con medios contrarios al derecho natural no restaura el orden; inaugura otra forma de desorden bajo apariencia de paz.
También en la derecha liberal opera ese voluntarismo, aunque adopte otra figura. Allí no manda el caudillo, sino el mercado; no se absolutiza la seguridad, sino la elección individual; no se exalta la disciplina, sino la autonomía. Pero en ambos casos se conserva la misma raíz moderna: el orden no aparece como verdad anterior a la voluntad, sino como resultado de una decisión humana soberana. Para unos, la sociedad se salva por el decreto eficaz; para otros, por la suma de preferencias libres. En ninguno de los dos casos se reconoce suficientemente que la voluntad humana —la del gobernante, la del elector, la del consumidor o la del legislador— debe someterse a una verdad que no crea.
Esta es la gran lección frente a las nuevas derechas: el orden no nace de la voluntad, sino de la naturaleza. No depende de que el líder lo imponga, ni de que el mercado lo produzca, ni de que la mayoría lo vote, ni de que el procedimiento lo formalice. El orden político auténtico exige que la voluntad humana se conforme con el ser de las cosas: con la naturaleza del hombre, con la estructura de la familia, con la realidad de los cuerpos sociales, con la finalidad de la autoridad, con la justicia, con la ley natural y, en último término, con Dios, y concretamente con Nuestro Señor Jesucristo Rey, como principio, norma y fin de todo orden temporal legítimo.
La tentación geopolítica añade otra insuficiencia. Muchas derechas hispanoamericanas, al reaccionar contra la influencia de Cuba, Venezuela, Rusia, China o Irán, buscan refugio inmediato en Washington. Es comprensible en términos estratégicos, pero insuficiente en términos doctrinales. Una política hispánica no puede consistir en cambiar de dependencia. La patria no se salva sustituyendo una tutela por otra. Y la Cristiandad no puede restaurarse bajo el molde de una civilización política que, desde hace siglos, ha sido en buena medida ajena a la tradición católica de nuestros pueblos.
No basta ser anticomunista para ser tradicional. También muchos liberales fueron anticomunistas, y sin embargo prepararon el mundo espiritual donde el comunismo pudo germinar. Oponerse a La Habana o Caracas no autoriza a aceptar sin examen Wall Street, Silicon Valley, el globalismo financiero o la ingeniería moral de los organismos internacionales. La cuestión no es elegir entre socialismo latinoamericano y capitalismo atlántico, sino recuperar una inteligencia católica de la vida política.
Más cercana, y por eso más engañosa, es la derecha cultural. Ella habla de vida, familia, patria, propiedad, escuela, autoridad, tradición y libertad de la Iglesia. Usa palabras verdaderas, toca fibras nobles, moviliza a quienes se resisten a la demolición moral. Frente al aborto, la eutanasia, la ideología de género, la censura progresista y la destrucción de la enseñanza, su combate puede coincidir con causas justas.
Pero el tradicionalismo político no se reduce a la defensa de valores. La palabra misma delata ya una gramática moderna: los valores se eligen, se ponderan, se negocian, se colocan en programas electorales, se administran según encuestas. La tradición no defiende valores flotantes; defiende bienes objetivos. La familia no es un valor conservador, sino una institución natural anterior al poder político. La patria no es una emoción colectiva, sino una comunidad histórica de deberes, memoria, lengua, fe y continuidad. La propiedad no es un absoluto individual, sino una institución al servicio de la vida personal, familiar y social. La libertad no es licencia, sino perfección moral del hombre que se adhiere al bien. La autoridad no es carisma ni eficacia, sino potestad legítima ordenada a la justicia.
Aquí aparece la cuestión que casi toda derecha moderna evita: el Reinado Social de Cristo. No como consigna piadosa ni como nostalgia ornamental, sino como principio real de la vida pública. Si Cristo reina sólo en la conciencia privada, no reina sobre la ciudad. Si la ley civil se organiza como si Dios no existiera, la sociedad ya ha apostatado en su forma. Si la verdad religiosa queda excluida del orden público en nombre de la neutralidad, esa neutralidad se convierte en dogma y la fe en simple tolerancia vigilada.

La cuestión no es si la derecha conserva algunos símbolos cristianos, ni si permite a la Iglesia respirar dentro del régimen común de libertades, ni si concede a los católicos un espacio respetable en la plaza pública. La cuestión es si reconoce o no reconoce los fueros de la verdad. Porque la libertad de la Iglesia no es una especie dentro del género liberal de la libertad religiosa. No es la franquicia de un culto entre otros, ni la inmunidad concedida a una asociación espiritual dentro del pluralismo moderno. Es la libertas Ecclesiae: la libertad de la única Iglesia fundada por Cristo para enseñar, santificar y gobernar en su orden propio, y para recordar a la comunidad política que también ella está sujeta a la ley de Dios.
La tradición católica conoció la tolerancia prudencial del error cuando las circunstancias lo exigían para evitar males mayores; pero jamás confundió esa tolerancia con un derecho. Tolerar no es reconocer como justo. Permitir por prudencia no es proclamar jurídicamente una libertad fundada en la dignidad de la persona para difundir el error religioso. El liberalismo convierte la tolerancia en derecho; y al hacerlo, convierte la prudencia política en apostasía jurídica.
Por eso la neutralidad religiosa del poder público no es una abstención inocente. Es ya una toma de posición contra los fueros públicos de la verdad. Allí donde la autoridad declara que la verdadera religión y las falsas religiones comparecen ante la ley como opciones equivalentes, no ha preservado la paz civil: ha proclamado jurídicamente la indiferencia religiosa de la ciudad. Y una derecha que acepte ese principio, aunque invoque a Dios, defienda la familia o combata al socialismo, seguirá perteneciendo al orden liberal que hizo imposible la Cristiandad.
La derecha sin Cristiandad puede usar símbolos religiosos, defender procesiones como patrimonio, hablar de raíces cristianas, citar a Dios en campaña o preservar templos como signos culturales. Pero si no reconoce que la comunidad política debe ordenarse también a Dios, porque el hombre no deja de estar ordenado a Dios cuando entra en la plaza pública, su religiosidad será apenas decorativa. Servirá para emocionar, no para fundar.
Aquí se separan el conservadurismo y la tradición. El conservador quiere preservar algunos restos del mundo anterior; el tradicionalista quiere restaurar el principio por el cual ese mundo pudo existir. El conservador teme el desorden; el tradicionalista teme también el falso orden sin verdad. El conservador busca equilibrio dentro de la modernidad; el tradicionalista impugna la modernidad en su raíz. El conservador se alegra cuando gana la derecha; el tradicionalista pregunta si esa victoria sirve al bien común y al reinado de Nuestro Señor Jesucristo.
Esto no significa desconocer la prudencia. En política hay que impedir males mayores, apoyar medidas justas aunque procedan de gobiernos doctrinalmente insuficientes, proteger a las familias, contener leyes inicuas, defender espacios para la Iglesia, resistir la colonización ideológica, combatir la criminalidad y aprovechar toda ocasión para preservar bienes reales. Pero la prudencia no es capitulación intelectual. No obliga a llamar restauración a cualquier alternancia ni a canonizar al gobernante que combate al enemigo de ayer mientras conserva los principios del enemigo de siempre.
El error de buena parte del catolicismo político contemporáneo ha sido trocar doctrina por estrategia. Primero aceptó el lenguaje liberal para combatir al liberalismo. Después aceptó la democracia moderna con la esperanza de cristianizarla. Luego aceptó la neutralidad del poder público para pedir un lugar dentro de ella. Más tarde aceptó la cultura de los derechos subjetivos para defender algunos derechos buenos contra otros malos. Finalmente aceptó la lógica de los valores y dejó de hablar del orden cristiano. Así terminó dependiendo de la modernidad incluso para formular su resistencia a ella.
Por eso el giro conservador hispanoamericano debe ser recibido con discernimiento. Puede abrir oportunidades, detener males, liberar energías sociales y devolver a los pueblos cierto instinto de defensa. Pero no debe confundirse con una restauración. Muchas de sus expresiones siguen siendo liberales en antropología, economicistas en política, tecnocráticas en el gobierno, nacionalistas en la retórica, pragmáticas en la moral, voluntaristas en la autoridad, indiferentistas en religión y dependientes en la geopolítica.
La izquierda destruye aceleradamente; la derecha moderna, con frecuencia, conserva selectivamente lo que la Revolución le permite conservar. La primera profana; la segunda administra el templo vacío. La primera arranca los crucifijos; la segunda los convierte en decoración histórica. La primera odia la tradición; la segunda la explota electoralmente. Ninguna de las dos, mientras permanezca dentro de la modernidad, puede devolver a la ciudad su forma cristiana.
Hispanoamérica no necesita simplemente una derecha que venza a la izquierda. Necesita una política que deje de ser hija de la Revolución. Nuestros pueblos no nacieron para ser laboratorios liberales, mercados fragmentados, protectorados geopolíticos o democracias de masas periódicamente corregidas por caudillos de orden. Nacieron, con todas sus miserias y grandezas, bajo el signo de la Cruz, de la Monarquía católica, del municipio, del derecho natural, de la familia cristiana, de la evangelización y de una concepción orgánica de la vida social.
esa es la medida. Lo demás podrá ser táctica, alivio, contención o mal menor. Pero no será restauración.
No se trata, sin embargo, de concluir en el derrotismo. El pesimismo sería aquí una última concesión a la Revolución, porque equivaldría a atribuirle una victoria definitiva que no puede tener. La modernidad puede devastar instituciones, oscurecer inteligencias, corromper leyes y desfigurar costumbres; pero no puede cambiar el ser de las cosas. La naturaleza humana permanece, aun herida; la familia vuelve a imponerse como necesidad elemental; la comunidad política sigue reclamando justicia; y el alma de los pueblos, aunque fatigada y confundida, no puede alimentarse indefinidamente de artificios.
Conviene, por eso, distinguir el optimismo político de la esperanza cristiana. El optimismo depende de encuestas, candidaturas, ciclos electorales, índices económicos o equilibrios geopolíticos. La esperanza no promete una victoria visible en el calendario de los hombres, ni asegura que la restauración de la Cristiandad se produzca en el próximo ciclo histórico. Pero afirma que el orden natural y divino no es una invención humana, y que el error, por poderoso que parezca, lleva en sí mismo el germen de su disolución.
De ahí la importancia de los reductos fieles. La Iglesia nació en la pobreza del cenáculo; y la Cristiandad, siglos después, de la fecundidad histórica de esa fidelidad. También hoy la reconstrucción no comenzará necesariamente por las masas, los partidos o los aparatos administrativos, sino por familias que eduquen en la verdad, sacerdotes que custodien el culto, maestros que no traicionen la inteligencia, magistrados que no doblen la justicia, comunidades que vivan conforme a la ley natural y hombres que no acepten llamar bien al mal ni libertad a la apostasía.
Esos reductos no son refugios de nostalgia, sino principios de continuidad. No existen para huir de la historia, sino para que la historia no quede privada de semilla cuando las estructuras modernas terminen de hundirse bajo el peso de sus contradicciones. Nuestra tarea no consiste en garantizar el triunfo visible de una causa dentro de un plazo humano, sino en conservar encendida la antorcha del orden verdadero.
La patria puede sobrevivir un tiempo sin prosperidad. Puede resistir bajo gobiernos torpes. Puede padecer guerras, pobreza, derrotas y humillaciones. Pero no puede vivir mucho tiempo sin alma. Y la derecha contemporánea, cuando se separa de la Cristiandad, acaso logre disciplinar el cuerpo social, pero no podrá devolverle el alma.
La tarea de nuestra hora consiste en decirlo cuando todos celebran: no basta que pierda la izquierda si permanece intacta la Revolución; no basta que gane la derecha si sigue negando, en el orden público, la realeza social de Cristo. Hispanoamérica no necesita una alternancia dentro de la modernidad, sino la restauración de su forma cristiana. ●




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