Santo Tomás y lo que el orgullo gay no puede dar al alma

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

Junio vuelve a ofrecernos el espectáculo público del orgullo: calles, banderas, música, consignas, instituciones, marcas y autoridades alineadas bajo una misma celebración. No se trata ya de un hecho marginal ni de una simple manifestación sectorial, sino de una verdadera liturgia civil de la modernidad tardía. El calendario no sólo recuerda; educa. No sólo organiza fechas; propone símbolos. No sólo permite que una multitud marche; enseña a una sociedad qué debe mirar, qué debe celebrar y qué debe llamar libertad.

Por eso, el cristiano no debe quedarse en la superficie del fenómeno. En esta ocasión no se trata de juzgar la dignidad de las personas, sino de interrogar la suficiencia de una promesa cultural de felicidad. El llamado orgullo gay, considerado como signo espiritual de una época, afirma que el hombre se libera cuando convierte su deseo en identidad pública; Santo Tomás obliga a preguntar si esa operación puede dar al alma la paz que sólo nace del orden de la virtud.

La pregunta, por tanto, no es si el orgullo ha conquistado visibilidad. Eso es evidente. La pregunta es si la visibilidad basta para la felicidad; si el reconocimiento público puede sustituir a la virtud; si una identidad fundada en el deseo puede dar al alma el reposo que sólo se alcanza cuando el apetito se ordena al bien verdadero.

Conviene, antes de avanzar, despejar algunas palabras. Cuando aquí se habla de “antropología”, no se alude a la ciencia que estudia culturas, pueblos o costumbres, sino a algo más elemental y más decisivo: una idea del hombre. Toda cultura tiene una antropología, aunque no la declare. Toda legislación la presupone. Toda educación la transmite. Toda marcha pública la proclama. Decir qué debe celebrarse en el hombre equivale a decir qué se piensa que el hombre es.

También conviene aclarar la palabra “apetito”. En el lenguaje clásico, apetito no significa solamente hambre corporal. Significa toda inclinación interior hacia algo que se presenta como deseable: placer, afecto, poder, reconocimiento, descanso, compañía, posesión, venganza, ternura, dominio, pertenencia. El hombre está lleno de apetitos porque está lleno de movimientos hacia bienes reales o aparentes. El problema moral no nace de que el hombre desee; nace de que puede desear mal, puede desear desordenadamente, puede confundir un bien parcial con su bien último.

Y esto lo sabe cualquiera, aun antes de abrir a Santo Tomás. Nadie educa a un niño diciéndole que todos sus impulsos son igualmente buenos. Nadie llama libertad a dejarse arrastrar por la ira. Nadie llama plenitud a la adicción. Nadie cree que la mentira se vuelva noble porque alguien la sienta intensamente. Nadie considera que la venganza se convierta en justicia sólo porque el ofendido la desee con todo su corazón. Hay deseos que deben ser gobernados porque no todo lo que nace dentro de nosotros nos perfecciona.

Esta evidencia común es la puerta de entrada a Santo Tomás. La tradición cristiana no inventa artificialmente una enemistad contra el deseo; constata que el deseo humano necesita forma, medida y dirección. A esa forma estable de ordenar las inclinaciones hacia el bien la llama virtud.

La virtud no es una palabra decorativa. Tampoco es simple buena conducta exterior. Virtud significa fuerza interior ordenada. Es una perfección habitual del alma que permite obrar bien, no por arrebato pasajero, sino con estabilidad. El hombre virtuoso no es el que carece de pasiones, tentaciones o heridas. Es el que no permite que ellas ocupen el trono. Su grandeza no consiste en no tener lucha, sino en saber hacia dónde debe conducirla.

Aquí aparece el punto decisivo: Santo Tomás no empieza la moral preguntando qué siente el hombre, sino hacia dónde debe dirigirse para ser feliz. Su primera gran pregunta moral no es qué está permitido ni qué está prohibido, sino cuál es el fin último del hombre. Todo agente obra por un fin. Todo hombre busca algo que considera bueno. Todo hombre, incluso cuando yerra, quiere de algún modo ser feliz.

Pero precisamente porque el hombre quiere ser feliz, puede equivocarse acerca de la felicidad.

Puede buscarla en el placer y quedarse vacío. Puede buscarla en el aplauso y seguir inquieto. Puede buscarla en la fama y descubrir que la fama no aquieta el alma. Puede buscarla en el dinero, en el poder, en la aprobación social, en la independencia absoluta, en el dominio del propio cuerpo o en la reinvención de la propia identidad. Puede incluso llamar felicidad a lo que sólo le da alivio, intensidad o defensa frente a una herida antigua.

Esta es la verdad que nuestro tiempo no tolera: el deseo sincero no garantiza el bien verdadero.

El hombre moderno ha sido educado para creer que la autenticidad consiste en afirmar lo que siente. Pero la sinceridad psicológica no basta para la rectitud moral. Un deseo puede ser sincero y, sin embargo, no conducir al bien. Una inclinación puede ser intensa y, sin embargo, no ordenar al alma. Una identidad puede ser defendida con pasión y, sin embargo, no dar paz.

El problema del orgullo gay, considerado como fenómeno cultural, debe ser situado precisamente en este punto. No se trata sólo de una demanda de tolerancia civil. Tampoco de una simple búsqueda de respeto frente a humillaciones reales o injusticias concretas. Su pretensión más profunda es otra: afirmar que cierta forma de deseo revela la identidad del sujeto y que esa identidad debe ser celebrada públicamente como camino de liberación.

Santo Tomás preguntaría: ¿liberación hacia qué?

Porque no toda liberación libera. Hay cadenas que se rompen para que el hombre pueda caminar hacia el bien, y hay cadenas que se rompen sólo para entregarlo a otro amo. El deseo sin virtud parece libertad mientras derriba límites; después se revela como tirano cuando ya no permite al alma descansar. La pasión desordenada no necesita cárceles exteriores: basta que el hombre aprenda a llamarla “yo”.

Aquí se encuentra una de las operaciones más graves de la modernidad: convertir el deseo en identidad. Mientras el deseo permanece como deseo, puede ser examinado, educado, ordenado, purificado, vencido o elevado. Pero cuando el deseo se convierte en identidad, toda corrección parece agresión. Si el hombre dice “esto me ocurre”, todavía puede preguntarse qué hacer con ello. Pero si dice “esto soy”, entonces toda llamada al orden parece una negación de su persona.

Esa mutación altera toda la vida moral. Lo que antes era materia de virtud se vuelve intocable. Lo que antes podía ser juzgado por la razón se protege contra todo juicio. Lo que antes debía ordenarse hacia un bien superior se presenta como centro de la propia dignidad. La inclinación deja de ser algo que el hombre experimenta y se convierte en aquello por lo cual pretende definirse completamente.

Ahí está la sustitución decisiva: la virtud es reemplazada por la identidad.

La virtud pregunta: ¿este deseo me conduce al bien?
La identidad moderna pregunta: ¿este deseo expresa quién soy?
La virtud pregunta: ¿debo ordenar esta inclinación?
La identidad moderna responde: esta inclinación debe ser reconocida.
La virtud pregunta: ¿qué perfecciona al hombre?
La identidad moderna responde: que el hombre sea confirmado en su autopercepción.

Pero la autopercepción no crea la verdad. El hecho de que alguien se perciba de una manera no basta para convertir esa percepción en medida última de la realidad. Todos sabemos esto en otros campos. El soberbio se percibe superior. El resentido se percibe víctima absoluta. El envidioso se percibe justiciero. El adicto se percibe necesitado de aquello que lo destruye. El iracundo se percibe autorizado a herir. Nadie sensato diría que esas percepciones, por ser intensas, deben gobernar la vida moral.

No se trata de comparar realidades diversas como si fueran idénticas. Se trata de mostrar un principio: el hombre no se perfecciona simplemente obedeciendo todo lo que siente. Necesita un criterio superior a su propio movimiento interior. Necesita razón. Necesita virtud. Necesita verdad.

Por eso la naturaleza humana no debe entenderse como una palabra rígida, biológica o brutal. Naturaleza significa aquí que el hombre no es una materia indeterminada que pueda darse cualquier forma sin consecuencias. Tiene una estructura. Tiene potencias. Tiene fines. Su inteligencia está hecha para la verdad. Su voluntad está hecha para el bien. Su cuerpo no es un objeto mudo, sino parte de su ser personal. Su libertad no existe para inventar arbitrariamente el bien, sino para adherirse a él.

Cuando una cultura niega esto, no libera al hombre. Lo deja sin mapa.

Y el hombre sin mapa no se vuelve más libre. Se vuelve más manipulable. Si no hay naturaleza, sólo queda voluntad. Si no hay bien objetivo, sólo queda preferencia. Si no hay virtud, sólo queda autenticidad subjetiva. Si no hay fin último, sólo quedan proyectos parciales que prometen demasiado y cumplen poco.

El orgullo moderno se inscribe dentro de esta lógica. Dice al hombre: no busques una medida fuera de ti; afirma lo que sientes. No preguntes si tu deseo debe ser ordenado; conviértelo en nombre. No aceptes que tu vida tenga un fin recibido; constrúyete desde tu propia voluntad. No admitas que la virtud pueda exigir renuncia; llama violencia a todo límite.

El resultado parece liberador, pero empobrece. Porque el hombre no se libera cuando todo deseo queda autorizado. Se libera cuando puede querer rectamente el bien. La libertad no es la simple ausencia de obstáculos. Tampoco es la capacidad de hacer cualquier cosa con uno mismo. La libertad verdadera es señorío interior para elegir aquello que perfecciona. Quien no puede resistir sus pasiones no es libre, aunque nadie lo impida desde fuera.

Por eso la castidad, tan incomprensible para la sensibilidad contemporánea, no es una negación sombría del amor. Es una forma alta de libertad. No es odio al cuerpo, sino defensa del cuerpo contra su reducción a instrumento. No es desprecio del afecto, sino custodia del afecto para que no se degrade en posesión. No es esterilidad del corazón, sino educación del deseo para que pueda amar sin devorar.

La cultura contemporánea ha logrado que casi nadie pueda entender esto. Ha identificado límite con represión, norma con odio, virtud con trauma, naturaleza con opresión y misericordia con confirmación incondicional. De ese modo ha privado al hombre de una de las posibilidades más nobles de su vida: combatir contra sí mismo por amor a un bien mayor.

Porque hay combates que no destruyen al hombre. Lo ennoblecen. Hay renuncias que no empobrecen. Purifican. Hay límites que no encarcelan. Salvan. Hay obediencias que no humillan. Ordenan. Hay heridas que no deben convertirse en identidad, sino abrirse a una esperanza más alta.

Aquí la palabra “misericordia” debe recuperar su sentido cristiano. La misericordia no consiste en confirmar al hombre en el punto exacto de su desorden. Tampoco consiste en humillarlo por ese desorden. Consiste en amarlo de tal manera que no se le reduzca a él. La falsa misericordia dice: “eres lo que deseas; celébralo”. La verdadera misericordia dice: “eres más que lo que deseas; ordénalo”.

Hay en muchas historias humanas sufrimientos reales. Sería injusto negarlo. Hay soledades, abandonos, burlas, rechazos, familias rotas, afectos deformados, heridas tempranas, búsquedas sinceras, confusiones dolorosas. Nadie que piense cristianamente puede convertir ese sufrimiento en ocasión de desprecio. Pero tampoco puede aceptar que la compasión consista en canonizar la herida.

Una herida no se cura convirtiéndola en bandera. Una inclinación no se ordena declarándola soberana. Un sufrimiento no se redime transformándolo en ideología. El dolor humano merece verdad, compañía, paciencia, justicia y gracia; no una liturgia civil que le diga que ya no necesita ser sanado, sino celebrado.

Por eso el orgullo no puede dar lo que promete. Puede dar visibilidad, pero la visibilidad no es verdad. Puede dar pertenencia, pero la pertenencia no es comunión. Puede dar reconocimiento, pero el reconocimiento no es virtud. Puede dar protección jurídica, pero la protección jurídica no es beatitud. Puede dar lenguaje, pero el lenguaje no cambia la naturaleza de las cosas. Puede dar fiesta, pero la fiesta no sustituye la paz del alma.

La multitud puede llenar avenidas. La música puede cubrir durante unas horas la inquietud interior. Las banderas pueden colorear la ciudad. Las instituciones pueden repetir sus fórmulas de adhesión. Las marcas pueden convertir la causa en campaña. El calendario puede otorgar solemnidad civil a lo que una época desea celebrar. Pero después de toda marcha llega el silencio. Después de toda consigna queda el alma. Después de toda fiesta permanece la pregunta: ¿soy feliz?

No si soy visible.
No si soy aplaudido.
No si soy reconocido por la ley.
No si pertenezco a un grupo.
No si tengo palabras para nombrar mi deseo.
No si he aprendido a defenderme.
La pregunta es más grave: ¿mi alma descansa en el bien?

Santo Tomás respondería que el alma no descansa en la afirmación de sí misma, sino en la posesión del bien verdadero. No descansa cuando logra que el mundo confirme su deseo, sino cuando su deseo es ordenado. No descansa cuando convierte su herida en identidad, sino cuando esa herida deja de gobernar. No descansa cuando proclama autonomía absoluta, sino cuando reconoce su fin.

La cultura del orgullo dice: “acéptate”.
Santo Tomás diría: “ordénate al bien”.
La cultura del orgullo dice: “afirma tu deseo”.
Santo Tomás diría: “discierne si ese deseo te perfecciona”.
La cultura del orgullo dice: “haz de tu inclinación tu nombre”.
Santo Tomás diría: “no confundas lo que experimentas con aquello para lo que fuiste creado”.
La cultura del orgullo dice: “la paz vendrá cuando todos te celebren”.
Santo Tomás diría: “la paz vendrá cuando tus potencias descansen bajo el orden de la razón y de la gracia”.

Esa es la diferencia irreductible. O el hombre tiene una naturaleza y un fin, o es pura materia de autoconstrucción. O el deseo debe ordenarse al bien, o el bien debe redefinirse según el deseo. O la virtud perfecciona la libertad, o la libertad consiste en emanciparse de toda virtud. O la misericordia conduce al hombre hacia la verdad, o se convierte en simple confirmación afectiva de aquello que lo deja incompleto.

Nuestro tiempo ha preferido una misericordia sin verdad. Una misericordia que acompaña, pero no llama; que abraza, pero no levanta; que escucha, pero no corrige; que evita toda herida inmediata al precio de abandonar al hombre en una herida más profunda. Es una compasión cómoda, porque no quiere sufrir el costo de decir la verdad.

La verdadera misericordia es más severa porque ama más. No se conforma con que el hombre sea reconocido por el mundo; quiere que sea reconciliado con el bien. No se contenta con que deje de ser rechazado; quiere que deje de estar dividido interiormente. No le ofrece orgullo como anestesia; le ofrece virtud como camino.

Y aquí vuelve la actualidad del mes y de las marchas. Cuando una sociedad celebra públicamente el orgullo, no sólo celebra personas que desean no ser humilladas. Celebra una idea: que el hombre encuentra libertad cuando su deseo es reconocido como identidad y su identidad como motivo de orgullo. Esa idea merece ser examinada. No basta repetir que es inclusiva, moderna, compasiva o inevitable. Hay que preguntar si es verdadera. Y, sobre todo, hay que preguntar si puede hacer feliz al hombre.

Porque hay felicidades aparentes. Hay alivios que no son plenitud. Hay pertenencias que no son comunión. Hay reconocimientos que no son paz. Hay identidades que, aunque parezcan emancipadoras, se vuelven cárceles. El hombre cree haber salido de una opresión exterior y descubre demasiado tarde que quedó encerrado en una definición interior. Ya no se le permite decir: “esto me pasa”. Se le exige decir: “esto soy”. Ya no se le ofrece una vocación. Se le entrega una etiqueta. Ya no se le anuncia una conversión. Se le administra una pertenencia.

Pero el cristianismo no reduce al hombre a su etiqueta. No reduce el alma a su herida. No reduce la biografía a la inclinación dominante. No identifica la dignidad con la autoafirmación. Afirma, por el contrario, que el hombre es criatura racional, ordenada al bien, capaz de virtud, herida por el pecado, necesitada de gracia y llamada a una felicidad que supera infinitamente cualquier satisfacción sensible o reconocimiento político.

Por eso hay una felicidad que no cabe en el orgullo.

No cabe porque el orgullo se curva sobre sí mismo, y la felicidad verdadera exige salir de sí hacia el bien. No cabe porque el orgullo necesita afirmarse, y la felicidad verdadera necesita recibir. No cabe porque el orgullo vuelve intocable la herida, y la felicidad verdadera comienza cuando la herida acepta dejar de mandar. No cabe porque el orgullo hace del deseo una identidad cerrada, y la virtud abre el alma hacia su fin.

La palabra final, entonces, no debe ser odio. Debe ser advertencia. No una advertencia amarga, sino grave; no contra personas, sino contra la mentira que las encierra.

No eres tu deseo.
No eres tu inclinación.
No eres tu herida.
No eres la consigna que el siglo te dio.
No eres la bandera bajo la cual aprendiste a defenderte.
No eres el nombre político de tu tristeza.

Eres una criatura llamada al bien, capaz de virtud, necesitada de gracia, ordenada a una felicidad que no se fabrica en la calle, ni se decreta en la ley, ni se alcanza por la celebración pública de la propia fragilidad.

El orgullo puede llenar avenidas. Puede reunir multitudes. Puede conquistar instituciones. Puede vestir de colores el calendario civil. Puede conseguir que todos pronuncien las palabras de la época. Pero no puede dar al alma aquello que sólo nace cuando el deseo deja de gobernar y acepta ser ordenado.

Sólo entonces la libertad deja de ser ruido.
Sólo entonces el deseo deja de ser tirano.
Sólo entonces la identidad deja de ser cárcel.
Sólo entonces el alma deja de necesitar el orgullo como defensa.

Sólo entonces puede comenzar la paz. 

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