China, Estados Unidos y la transformación del poder en la era de la inteligencia artificial

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

La noticia que todos leyeron como una carrera

En julio de este año, mientras Shanghái reunía a más de un centenar de países en torno a la inteligencia artificial y el presidente de China comparecía en persona, por primera vez en años, para proponer un organismo mundial que la gobernara, del otro lado del Pacífico se consolidaba en silencio una alianza de signo contrario, tejida con socios y cadenas de suministro, que no reclamaba para sí la gobernanza, sino el liderazgo. La prensa contó el episodio como el comienzo de una carrera: dos potencias que corren por fabricar la inteligencia más poderosa. La descripción no es falsa, pero se detiene en la superficie, y como toda descripción que se detiene en la superficie, adormece justamente allí donde debería inquietar.

Conviene reparar en una asimetría que los reportajes apenas registran, porque en ella asoma ya el verdadero asunto. Los dos contendientes no dicen lo mismo, ni siquiera dicen cosas del mismo orden. Uno habla el idioma de la gobernanza: bien público de la humanidad, cooperación, código abierto, participación de los pueblos que quedaron atrás, advertencia contra nuevas injusticias históricas. El otro habla el idioma del liderazgo: aliados, socios, cadenas de suministro, y una resuelta negativa a que nadie —ningún organismo internacional— venga a regirlo. No compiten, pues, dos candidatos por un mismo cargo; compiten dos maneras de nombrar lo que se está instalando. Y cuando dos poderes disienten hasta en el vocabulario con que reclaman el mundo, lo que está en juego no es quién correrá más deprisa, sino bajo qué palabra aceptará la humanidad ser ordenada.
Porque bajo la noticia late una cuestión que quizá no sea tecnológica en absoluto, sino tan antigua como la filosofía política, y que ninguno de los dos relatos en pugna acierta a formular. No preguntaré todavía qué se esconde bajo la disputa; me basta, por ahora, con la sospecha de que se esconde algo, y de que ese algo importa más que el nombre del vencedor. Hace algún tiempo traté de mostrar cómo, en el interior de nuestras sociedades, el autor de los actos había ido perdiendo su rastro, hasta que el daño acababa sin voluntad que lo asumiera. No sé aún si lo que ahora se dibuja a escala del mundo es una figura pariente de aquélla; pero la semejanza basta para no dejarla pasar, y estas páginas no aspiran sino a seguirla despacio, sin adelantar la conclusión, hasta ver si la disputa entre estos dos imperios esconde, en efecto, una cuestión distinta de la que parece.

Dos imperios, dos lenguajes, una misma pretensión

Detengámonos primero en lo que efectivamente ha ocurrido, sin añadirle dramatismo, porque los hechos, dichos con sobriedad, bastan. En una gran conferencia celebrada en Shanghái, cerca de treinta naciones firmaron el acuerdo de fundar una organización mundial de cooperación en inteligencia artificial, intergubernamental, con sede en aquella ciudad, destinada a fijar reglas comunes y a presentar la nueva técnica como un bien público de la comunidad internacional. Su promotor la envolvió en el lenguaje de la apertura y de la equidad: el código abierto como patrimonio de todos, la cautela ante un acceso desigual que engendraría, dijo, nuevas injusticias históricas, la advertencia de que ninguna nación debería dominar por sí sola una potencia semejante. Enfrente, la otra gran potencia no respondió con un discurso, sino con una arquitectura ya montada: un marco de cooperación con sus aliados y socios, ceñido a las cadenas de suministro de la técnica, y una negativa expresa a que la inteligencia artificial fuera regulada en foros internacionales. Donde una proclamaba gobernanza, la otra reivindicaba liderazgo.

Sería cómodo, y en ciertos círculos rentable, tomar partido en esta querella y alinearse con el lenguaje que a cada cual le resulte más simpático. Pero quien atienda a lo que ambos hacen, y no sólo a lo que dicen, advertirá bajo la discordia una convicción compartida, y es esa convicción, más que la disputa, la que debería inquietarnos: uno y otro dan por descontado que la inteligencia artificial será el principio ordenador de la civilización que viene, aquello a través de lo cual se decidirán, en adelante, millones de actos humanos. No discuten si tal principio debe existir; discuten quién lo tendrá en su mano. Y conviene no dejarse engañar por el vocabulario de ninguno de los dos. La gobernanza multilateral que una invoca es también, y muy conscientemente, una puja por dictar los estándares del mundo, esto es, por regir mediante el organismo que propone; el liderazgo que la otra reivindica es también, y no menos, un régimen de mando, pues quien fija las reglas de una cadena de suministro dispone de cuantos dependen de ella. Cada uno acusa al otro de aspirar a un dominio que ambos persiguen con instrumentos distintos, y la sinceridad obliga a reconocer que, en la boca de los dos, la palabra noble encubre la misma pretensión.

La nueva soberanía

Para entender qué se disputa hace falta advertir que ha cambiado la materia misma del poder. Durante siglos, gobernar fue, en primer término, mandar sobre un territorio y sobre los hombres que lo habitaban; la soberanía se medía en tierras, fronteras y ejércitos, y el que quería dominar tomaba plazas. Esa figura no ha desaparecido, pero ha dejado de ser la decisiva. Hoy impera, más que quien posee más suelo, quien controla aquello sin lo cual el suelo ya no se administra ni se defiende: los procesadores en que la inteligencia se calcula, los modelos que la encarnan, la nube en que reside, los datos que la alimentan y, por encima de todo, los estándares con que unos y otros han de hacerse compatibles.
De estos, el último es el más silencioso y el más poderoso, y conviene detenerse en él porque anuncia ya el fondo del asunto. Quien fija el estándar no necesita ocupar ningún territorio: le basta con que los demás, para poder funcionar, hayan de plegarse a su norma. El país pequeño que certifica sus sistemas conforme a un patrón que no ha escrito, el ministerio que adopta un modelo cuyos criterios no puede inspeccionar, la empresa que ajusta sus productos a un protocolo redactado en una ciudad que jamás verá, obedecen todos, sin que nadie les haya dado una orden, a una autoridad que no comparece. Y aquí asoma lo que separa a esta soberanía de cuantas la precedieron: el antiguo soberano tenía rostro, podía ser temido, adulado, resistido o depuesto, porque era alguien, una persona ante quien cabía comparecer; el estándar no tiene rostro, no manda pero obliga, no ordena pero configura, y contra él no cabe ni la súplica ni la rebelión, porque no se sabe siquiera a quién dirigirlas. La nueva soberanía rige sin presentarse, y en esa misma discreción reside su fuerza.

Gobernar la inteligencia, o gobernar mediante ella

Se comprende ahora por qué la disputa de los dos imperios, mirada de cerca, dice bastante menos de lo que parece y bastante más de lo que confiesa. Ambos declaran querer gobernar la inteligencia artificial, como quien se propone poner freno a una fuerza peligrosa, y no dudo que haya en la declaración una parte sincera. Pero conviene reparar en la trampa que encierra el propio verbo. Gobernar una técnica sugiere ponerle límites, encauzarla, someterla a fines que la trascienden; y sin embargo lo que uno y otro edifican, bajo esa apariencia de encauzamiento, no es un freno puesto a la inteligencia artificial, sino el aparato con que habrá de conducirse todo lo que no es ella. No están construyendo el gobierno de la inteligencia artificial. Están construyendo el medio universal del gobierno. Esta inversión es el centro de cuanto quiero mostrar, y merece que nos detengamos en ella sin prisa, porque de tomarla en serio depende que este asunto sea materia de geopolítica o lo sea de filosofía política.

La razón de la inversión es que la inteligencia artificial no es una provincia más del mundo, colocada junto a la economía, la justicia o la enseñanza como una región junto a otras. Es, más bien, la lente a través de la cual esas regiones empiezan a administrarse; no un dominio del saber entre muchos, sino la forma que va tomando el ejercicio del mando en todos los dominios a la vez. Por eso quien la posea no necesitará regir expresamente sobre ninguno de ellos: le bastará con que ninguno pueda ya ordenarse sin ella. El poder que así se obtiene no es el del que manda, visible y discutible, sino el del que provee el instrumento sin el cual nadie manda; y es un poder tanto más completo cuanto menos parece mandar, porque se ejerce no sobre las decisiones, sino sobre la condición misma de decidir.
Conviene recorrer, siquiera brevemente, aquello sobre lo que ese instrumento se extiende, porque el desplazamiento se hace patente en cada paso. Está la información: quien determina qué modelo filtra, ordena y jerarquiza lo que millones tendrán por real dirige la percepción del mundo sin promulgar una sola ley sobre ella. Está la economía, que en medida creciente se resuelve en cálculos que ningún funcionario comprende del todo y que, sin embargo, fijan precios, riesgos y merecimientos. Está la justicia, cuando la clasificación automática precede al juicio del hombre y lo condiciona, de modo que el juez confirma más de lo que discierne. Está la enseñanza, en la que el modelo que responde a cada pregunta va formando, calladamente, el criterio con que las generaciones venideras juzgarán; y la administración, que ejecuta según reglas que ha dejado de escribir y empieza a recibir ya hechas; y, en fin, la opinión pública, persuadida por medios que no argumentan, sino que disponen de antemano lo que cada cual llegará a ver.

En cada uno de estos campos, la fórmula se repite con una exactitud desazonante: lo que se presentaba como el gobierno de una herramienta se revela como la herramienta con que se gobierna. Y adviértase que para esto no hace falta ninguna mala intención, ni un plan concertado, ni un tirano al fondo; basta con que el instrumento sea de tal naturaleza que administrarlo equivalga a administrar cuanto por él pasa. El que fabrica y controla la lente no tiene que decidir lo que cada cual mirará a través de ella: le basta con haber decidido cómo se mira. Ahí está la novedad, y ahí su hondura: un dominio que no recae sobre los actos, sino sobre el medio en que los actos se conciben, y que por eso mismo se sustrae a la mirada que buscaría el mando donde siempre estuvo, en una persona que ordena y responde.

Y aquí la disputa se vuelve, con callada ironía, contra quienes la libran. Porque si lo que se está construyendo es el medio universal del gobierno, entonces la pregunta por quién lo poseerá pierde buena parte de su importancia, y por una razón que ni Oriente ni Occidente parecen haber medido: el poder que de todo esto resulte no residirá, a la postre, en una voluntad que pueda nombrarse, sino en el propio medio, en el régimen impersonal que ambos instituyen a porfía —el estándar que se impone, el protocolo que se cumple, el modelo cuyo dictamen se acata—. Los dos imperios pelean por sentarse en un trono; pero el trono que con tanto empeño levantan no está tallado a la medida de ninguno de ellos. Gane quien gane la carrera, lo que efectivamente pasará a gobernar no será este dirigente ni aquél, ni esta nación ni la otra, sino una trama de normas técnicas sin autor visible, alzada por encima de toda autoridad a la que quepa pedir cuentas. Los soberanos creen estar conquistando el mando; están, sin advertirlo, edificando el mando de algo que carece de rostro, de algo que, en rigor, no gobierna, porque sólo funciona. Esta es la sospecha que el comienzo dejó en suspenso, y ahora puede al fin enunciarse: un poder sin rostro se está encaramando por encima de todos ellos, y lo hace no a pesar de la disputa, sino a través de ella.

Se cumple así, un grado más arriba, la misma desaparición que en otro lugar describí dentro de nuestras sociedades. Allí, en el interior de cada comunidad política, se perdía el rastro del autor del acto singular, hasta que el daño quedaba sin quien respondiera de él. Aquí, entre las comunidades políticas, y precisamente en el momento en que dos poderes más ruidosamente reclaman para sí el gobierno del mundo, empieza a perderse el rastro del autor del gobierno mismo. No es que no haya ya nadie que decida; es que el orden resultante se vuelve cada vez más apretado mientras la voluntad que lo rige se vuelve cada vez más imposible de señalar. Que esto pueda suceder sin que nadie lo haya querido del todo tiene una razón que aún no hemos nombrado, y que no está en la política ni en la técnica tomadas por separado, sino en la frontera, hoy borrosa, que separa dos maneras muy distintas de ejercer la razón sobre las cosas humanas.

¿Qué significa gobernar?

La razón última de esta inversión no se halla en la geografía del poder ni en el reparto de las máquinas, sino en un lugar más discreto y más decisivo: en la idea misma de lo que gobernar significa. Y para alcanzarla es forzoso distinguir dos modos radicalmente diversos de la razón práctica que la lengua corriente confunde y que Santo Tomás separó con una nitidez que haríamos mal en olvidar, no porque haya que repetirlo como a una autoridad devota, sino porque vio aquí, con siglos de antelación, aquello ante lo cual hoy tropezamos.

Hay un obrar cuyo término queda en una obra exterior al que la hace —levantar una casa, forjar una herramienta, calcular un modelo—, y a su recta razón la tradición la llamó arte: ars est recta ratio factibilium, el arte es la recta razón de lo que ha de fabricarse. Y hay un obrar cuyo término no es una cosa producida, sino la conducta misma del que obra y el bien de aquellos con quienes obra; a su recta razón la llamó prudencia, recta ratio agibilium. Fabricar pertenece al primero, al orden del facere; conducir hombres, al segundo, al del agere. Y la diferencia no es de grado, sino de naturaleza: en el orden de la fábrica, la bondad se mide por la perfección de la obra, y poco importa la rectitud interior del artífice con tal que el producto salga logrado; en el de la conducta, lo que se mide es la rectitud del que obra y su ordenación al fin debido, porque ahí el hombre no hace una cosa, se hace a sí mismo y encamina a los suyos.

De esta distinción se sigue, con toda limpieza, qué significa gobernar. Gobernar no es controlar, ni coordinar, ni administrar, ni —palabra de nuestros días— optimizar: todas esas operaciones pertenecen al orden de la fábrica, y en él pueden alcanzar una perfección extrema sin gobernar a nadie. Se puede controlar sin gobernar, como controla el carcelero; coordinar sin gobernar, como coordina el reloj; administrar y aun optimizar sin gobernar en absoluto, si sólo se busca que el mecanismo funcione mejor. Gobernar es otra cosa, y de otro orden: es conducir una multitud hacia su fin, y el fin de una multitud de hombres no es otro que el bien común, el bien verdadero de todos y de cada uno en cuanto miembros de un mismo cuerpo. Gobernar hombres no es, pues, fabricar un artefacto con ellos, sino conducir a personas —que son fines, y no materia de una obra— hacia el bien que les es propio.

Dicho esto, se comprende de golpe qué es lo que verdaderamente sucede en nuestro tiempo, y por qué excede con mucho a la inteligencia artificial y a los imperios que se la disputan. Lo que está ocurriendo es que el orden del facere empieza a ocupar el lugar que corresponde al agere: la fabricación usurpa el puesto de la conducta, la técnica el de la política, el hacer el del obrar. Se pretende gobernar como se fabrica, esto es, disponiendo medios hacia un rendimiento medible, y se trata a la multitud de los hombres como a la materia de una obra, por su docilidad al cálculo y no por su ordenación a un bien. Y como en el orden del facere no hay, propiamente, quien gobierne —hay un artífice y hay una obra que funciona—, al concebir el gobierno como una fabricación se sigue, con necesidad, aquella desaparición del gobernante que veníamos rastreando: donde antes conducía un agente responsable de sus actos ante un fin, queda ahora un sistema que simplemente funciona; y de lo que sólo funciona no hay a quién pedir cuentas, porque nadie, en rigor, obra.
De ahí aquel principio que la misma tradición no se cansó de repetir, y que ahora se ve en toda su hondura: la técnica no puede producir el fin político; sólo puede servirlo. Puede darnos medios cada vez más perfectos —regulación, infraestructura, estándares, protocolos, seguridad—, y en ello es inagotable; lo que no puede es decirnos hacia qué bien merece ordenarse todo ese poderío, porque el fin no se calcula, se conoce, y su conocimiento pertenece a un orden anterior al de los medios. Una civilización que confía a la técnica no ya la ejecución, sino la determinación de sus fines, ha cometido un error de categoría del que ninguna eficacia la rescatará: por bien que disponga los medios, carecerá de gobierno en lo único que de veras lo reclama. Y se entiende entonces por qué ni China ni los Estados Unidos aciertan a nombrar el bien común hacia el cual debería encaminarse su inmenso aparato: no es que lo callen por prudencia, es que, pensando el mando a la manera del artífice, la pregunta por el fin ha dejado de tener, para ellos, un lugar donde alojarse. Antes de preguntarnos cómo gobernar la inteligencia artificial, y aun antes de disputar quién ha de hacerlo, es forzoso preguntar hacia qué bien debe conducirse; y quien elude esta pregunta no ha resuelto el problema del gobierno, lo ha suprimido, dejándolo sin objeto.

El lugar que ya nadie puede ocupar

Queda, sin embargo, una pregunta que la anterior no agota, y en la que se juega el sentido último del título de estas páginas. Hemos dicho qué es gobernar; falta decir qué es un gobernante. Y no son lo mismo, porque cabe describir una función sin haber descrito todavía al sujeto capaz de ejercerla. Para Santo Tomás, y para el sentido común de antes de que lo perdiéramos, un gobernante no es simplemente el que manda; es alguien que ha recibido una responsabilidad respecto del bien común, y que por ello puede ser llamado a responder de cómo la ha cumplido. Gobernar, en su plenitud, no es sólo conducir: es hacerse cargo. Supone, por tanto, un quién —una persona que conoce el fin, lo quiere y responde de su conducta—, y no meramente un qué que produzca el orden apetecido.

Y aquí aparece lo que, a mi juicio, cierra la cuestión. Un sistema puede administrar; un protocolo puede coordinar; un estándar puede uniformar; una inteligencia artificial puede calcular con una perfección que ningún hombre alcanzaría. Ninguno de ellos, en cambio, puede ser sujeto de responsabilidad moral, porque responder no es producir un resultado, sino comparecer con la propia voluntad ante el bien que se debía y acaso no se hizo. La responsabilidad exige una persona: una inteligencia que conozca el fin y una voluntad que lo abrace o lo traicione, alguien de quien pueda decirse que mereció o que faltó. Donde no hay persona no hay mérito ni culpa; hay, a lo sumo, buen o mal funcionamiento, que es cosa de artefactos y no de hombres.

De ahí que la desaparición que vengo describiendo sea más honda de lo que a primera vista parece, y conviene decirlo sin rodeos: el gobernante no desaparece porque otro ocupe su lugar, sino porque el lugar mismo deja de poder ser ocupado por una persona. No asistimos al relevo de un soberano por otro, ni siquiera al de los hombres por las máquinas, sino a algo más sutil: a que el puesto del que gobierna se vaya configurando de tal modo que ya no quepa en él una voluntad responsable, sino sólo la ejecución de un cálculo. El problema de nuestro tiempo ha dejado de ser que haya malos gobernantes —los ha habido siempre, y contra ellos cabía el remedio de sustituirlos por otros mejores—; el problema es que el orden político que se anuncia prescinde progresivamente de la noción misma de gobernante, y conserva la función de gobernar mientras vacía el sitio donde debía haber alguien. Un gobierno sin gobernante no es un gobierno mal ocupado: es un gobierno del que se ha suprimido la posibilidad de ocuparlo, y con ella la de pedir cuentas a nadie.

Conviene, llegados aquí, nombrar con exactitud lo que verdaderamente se pierde, porque no es sólo el gobernante: es la autoridad. La tradición distinguió siempre dos cosas que hoy solemos confundir. Una es la potestas, la fuerza de hacerse obedecer, que lo mismo puede tenerla un tirano que una máquina; otra es la auctoritas, que no manda por la fuerza, sino que obliga porque su palabra participa de algo verdadero, y a la que la potestas legítima está siempre subordinada. Autoridad no significa, pues, poder: significa que alguien —una persona— responde con su nombre de una verdad o de un bien, y que por eso su palabra pesa más que su fuerza. El padre, el juez, el maestro, el médico, el gobernante no pertenecen al mismo género porque manden, que a veces mandan poco, sino porque en cada uno de ellos una persona se hace responsable ante quienes le están confiados. Y lo que el orden que se anuncia disuelve no es principalmente la potestas, que en el sistema se conserva y aun se acrecienta; es la auctoritas, que no puede residir en un sistema, porque ninguna verdad se encarna en un funcionamiento, y sólo una persona puede responder de lo que dice y de lo que hace.

La objeción del buen sistema

Contra todo lo dicho cabe una objeción, y es la más fuerte que este ensayo debe afrontar, porque tiene de su parte siglos de agravios reales. Podría decirse: precisamente porque los hombres gobiernan mal —son parciales, corruptibles, arbitrarios; se cansan, se dejan comprar, aborrecen— necesitamos sistemas impersonales que no conozcan la fatiga ni el soborno ni el rencor, reglas iguales para todos que sustraigan la suerte de cada uno al humor de quien manda. La objeción es seria, y sería deshonesto despacharla de prisa. Concedo sin reservas su premisa: el hombre es falible, y la historia del poder personal está sembrada de abusos que ninguna nostalgia debería disimular.

Pero adviértase qué es lo que se concede al concederlo. La falibilidad del que gobierna no es un accidente que pudiera extirparse dejando intacto lo demás; es inseparable de aquello mismo que lo hace capaz de responder. Precisamente porque puede errar, puede también arrepentirse, rectificar, ser corregido, ser juzgado; su falta tiene un sujeto que la carga y que puede enmendarla, y frente a él caben la queja, el recurso y el perdón. El sistema impersonal suprime, es verdad, el error personal; pero lo suprime al precio de suprimir con él la responsabilidad personal, que era su reverso inseparable. No se deja sobornar, pero tampoco responde; no aborrece, pero tampoco rinde cuentas; no yerra a la manera del hombre, pero daña sin que haya nadie a quien reclamar. Un sistema no se equivoca: falla. Y de un fallo no responde nadie. De suerte que la elección verdadera no se da entre el hombre falible y la máquina impecable, sino entre un orden en que alguien responde de lo que se hace y un orden en que ya no responde nadie; y una comunidad de hombres, mientras siga siéndolo, hará bien en preferir el riesgo de quien puede rendir cuentas a la comodidad de aquello que jamás podrá.

Cuando el gobierno deja de tener gobernante

Hay, para terminar, una palabra que ronda toda esta materia y en la que se cifra, más que un tecnicismo, el cambio entero que vengo describiendo. Ya casi no se dice gobierno; se dice gobernanza. El desliz parece inocente, cosa de jerga administrativa, y es cualquier cosa menos inocente. Gobierno supone un sujeto que gobierna: alguien que conduce hacia un fin, que responde de la conducción y a quien, por tanto, cabe pedir cuentas y exigir que nombre el bien que persigue. Gobernanza nombra justamente lo contrario: la producción de un orden sin que nadie lo mande, por la concurrencia de redes, organismos, plataformas, protocolos, estándares, agencias y acuerdos, de suerte que el orden se estrecha mientras el autor se difumina, y ya no hay a quién preguntar ni hacia qué fin. Es, en el fondo, el nombre que toma la política cuando se la piensa como una técnica: la administración de un sistema en lugar de la conducción prudente de unas personas hacia su bien. No es una forma más suave de gobierno; es un gobierno al que se le ha quitado el gobernante, y con él la pregunta por el fin.

No he sido el primero en advertirlo, ni pretendo aquí sino recordarlo. Quienes han pensado con rigor la crisis del orden político contemporáneo —y pienso en la línea que de Vallet de Goytisolo llega a Danilo Castellano y a Miguel Ayuso— vienen mostrando que este paso del gobierno a la gobernanza no es un progreso hacia autoridades más benignas, sino la coartada más perfecta de un poder que quiere seguir ordenando sin tener ya que responder de nada ni ante nadie. Y es aquí donde las dos investigaciones se anudan. Lo que en el interior de nuestras sociedades llamé la ingeniería de la inimputabilidad —esa lenta separación entre la capacidad de decidir y la obligación de responder— reaparece, a escala del mundo, con el nombre amable de gobernanza global; y la disputa entre los imperios por gobernar la inteligencia artificial no es sino su episodio más vasto y más reciente.

Por eso, cuanto más se mira, más claro se ve que el verdadero asunto de estas páginas no son China ni los Estados Unidos. Uno y otro son la ocasión histórica, no el protagonista; el accidente ilustre que permite ver, por fin con nitidez, una mutación mucho más honda. Y la mutación es esta: por primera vez comienza a imaginarse, y a construirse, un orden que pretende regir cada vez más cosas mientras se hace cada vez más difícil señalar quién gobierna realmente. Primero se perdió el autor del acto; ahora se pierde el autor del gobierno. La misma sombra, agrandada, cae sobre uno y otro; y quien haya seguido la primera reconocerá sin esfuerzo la segunda, porque no son dos fenómenos distintos, sino dos estaciones de un mismo camino.

La verdad que gobierna

No sostengo, y sería necio hacerlo, que la inteligencia artificial deba quedar sin gobierno. Una fuerza de tal magnitud reclama, como cualquier otra, ser ordenada al bien, y quien lo negara jugaría con fuego en nombre de una libertad mal entendida. Nadie sensato discute que la inteligencia artificial necesite gobierno. Pero antes de decidir con tanta prisa quién habrá de regirla, convendría responder a dos preguntas más antiguas y mucho más decisivas, que son las que estas páginas han querido devolver al centro: hacia qué bien debe conducirse la inteligencia artificial, y qué verdad gobernará a quienes pretendan gobernarla.

Y si se ha seguido hasta aquí el hilo, se habrá advertido que el verdadero asunto no era, en realidad, la máquina. La inteligencia artificial ha sido la ocasión, el acontecimiento que por su misma magnitud vuelve visible lo que llevaba largo tiempo obrando en la sombra: el lento avance del orden del hacer sobre el orden del obrar, de la fabricación sobre la conducta, de la técnica sobre la política. Que dos imperios se disputen hoy ese instrumento es, a la escala de los siglos, un episodio; la mutación que el episodio ilumina es de otra hondura, y no depende ya ni de China, ni de los Estados Unidos, ni siquiera de la inteligencia artificial. Consiste en que la civilización empieza a concebir el mando entero a la manera del artífice, y a tratar como obra lo que era conducta, como material lo que era persona, como funcionamiento lo que era gobierno.

Quien haya reconocido esta figura la reconocerá luego en otros rostros, porque no es privativa del gobernante. La misma desaparición que aquí he seguido —la de la persona que permanece en su puesto mientras el principio real de su autoridad se traslada al procedimiento, al estándar, al protocolo, al sistema— amenaza por igual al padre que educa según pautas que no ha ponderado, al juez que confirma la clasificación que no ha discernido, al maestro que dispensa un saber que no ha juzgado, al médico que no puede apartarse del criterio recibido. En todos ellos la autoridad subsiste en la forma y se vacía en la sustancia; el cargo permanece, la persona que respondía de él se retira. Porque de esto se trata, en el fondo, y conviene decirlo con la mayor sencillez: el orden que se anuncia sustituye personas por funciones, y una función no comparece. Primero se perdió el autor del acto; después, el del gobierno; y lo que se dibuja, si nada lo detiene, es una despersonalización general de la autoridad, en que cada oficio conserve su nombre mientras se hace cada vez más difícil hallar a alguien que pueda decir, con verdad, «yo respondo de esto». Esa, y no la coyuntura de un año, es la cuestión que estas páginas quisieran dejar planteada.

Porque toda la cuestión se juega, al cabo, en esa medida anterior. He procurado mostrarlo con la sola razón, que basta para reconocer que ningún poder es principio de sí mismo, y que quien no admite nada por encima de él ha dejado ya de ser autoridad para volverse dominación. Pero la razón, cuando llega hasta aquí, señala hacia algo que la excede y que no le toca a ella instaurar: esa verdad que el gobernante no ha inventado, y a la que sin embargo debe cuentas, tiene un nombre que los cristianos no ignoran, y es ante ella, en último término, ante quien todo poder habrá de comparecer, por bien que haya dispuesto en el tiempo las estructuras de su incomparecencia. Si el que gobierna deja de reconocer una medida superior a sí mismo, la inteligencia artificial habrá dejado de ser un instrumento para convertirse en el medio más perfecto mediante el cual un poder sin medida ejerza su dominio. Y entonces la pregunta con que se abría este ensayo —quién gobierna al que gobierna— no será ya una inquietud de filósofos, sino la única que, en un mundo gobernado sin gobernante, siga en pie para recordarnos que también sobre él, y sobre cuantos crean poseerlo, hay todavía un juicio.

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REFLEXIÓN DE LA SEMANA

«Aquí se encuentra una de las operaciones más graves de la modernidad: convertir el deseo en identidad. Mientras el deseo permanece como deseo, puede ser examinado, educado, ordenado, purificado, vencido o elevado. Pero cuando el deseo se convierte en identidad, toda corrección parece agresión. Si el hombre dice “esto me ocurre”, todavía puede preguntarse qué hacer con ello. Pero si dice “esto soy”, entonces toda llamada al orden parece una negación de su persona».

Oscar Méndez Oceguera

Jueves 2 de julio de 2026:

Entrevista al investigador del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), Isaac Cruz.

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