Una reflexión dominical válida para siempre

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

—Niñas, cuando yo muera, recen mucho por mí.

Las tres levantaron los ojos.

Mi mujer no.

Las grandes puertas de madera estaban cerradas contra el sol de Oaxaca. Por la juntura entraba apenas una raya de luz que cruzaba el piso y moría debajo de la cama.

—Misas también. No se confíen.

Hubo protestas. Una risa. Mi mujer siguió escuchando en silencio. Ella podía permitírselo. De todos los que estábamos allí, era la única que me había conocido antes de que ellas existieran.

—Y después cántenme.

Puse «La Martiniana».

La voz entró en la penumbra:

Niña, cuando yo muera,
no llores sobre mi tumba;
toca sones alegres, mi vida…

No recuerdo cuál de las tres habló primero.

Recuerdo sus caras.

Y recuerdo la de su madre.

Eso basta.

A veces, una hija hace un gesto y deja de tener la edad que tiene. Detrás de la mujer aparece, intacta, la niña. Un modo de mirar, la boca antes de reírse, cierta manera de impacientarse. Veinte años caben en un movimiento.

Su madre y yo somos los únicos que conocemos a esas niñas.

Nos miramos.

No dijimos nada.

Abrimos las puertas.

Oaxaca entró de golpe.

Y salimos.

Imagen generada con inteligencia artificial

El mercado olía antes de verse. Chile, chocolate, pan, carne, humo. Los chapulines formaban montículos de distintos tamaños y una mujer nos dio a probar antes de que termináramos de preguntar. Más adelante estaban el pan de yema, el marquesote, las tortillas; al fondo ardía el carbón.

Nos dejamos llevar.

Tasajo, cecina, chorizo, cebollitas, salsa. Unas manos golpeaban la masa y dejaban caer las tortillas sobre el comal. Otras cortaban la carne. Alguien gritaba. Alguien se reía. Compramos demasiado pan.

Nos lo fuimos pasando.

Cinco manos alrededor de una mesa.

Hay recuerdos que no merecerían una fotografía y, sin embargo, terminan quedándose cuando las fotografías ya no dicen nada.

Después vino el mezcal.

Poco.

El primer sorbo trae el humo; el segundo, si uno se demora, trae algo más antiguo. Aquel maguey había necesitado años para llegar a nosotros. Sol, tierra, fuego, molienda, fermentación; y unas manos que sabían algo aprendido de otras.

—Despacio.

Se rieron.

Mi mujer también.

Bebimos despacio.

Los años dentro de un vaso pequeño.

No se me ocurre mejor definición.

Salimos otra vez a las calles.

Santo Domingo apareció al fondo y fuimos hacia él.

Templo de Santo Domingo
Foto: Curioso México en Facebook

Adentro levantamos la cabeza.

El oro había tomado las paredes. Hojas, santos, flores, ángeles; la piedra misma parecía querer abandonar su peso.

No dije nada.

Ellas miraban.

Yo las miraba mirar.

A las cuatro.

Y pensé que había pasado buena parte de mi vida mirando precisamente eso: a aquellas cuatro mujeres mirar el mundo desde lugares distintos.

Salimos al jardín.

Toledo estaba allí de la mejor manera en que puede permanecer un hombre: sin estar.

Francisco Toledo entendió que amar Oaxaca no consistía solamente en pintarla. Había defendido aquel espacio y tantos otros; había defendido maíz, lenguas, bibliotecas, árboles, una ciudad contra algunas de las pequeñas rendiciones con que las ciudades comienzan a dejar de ser ellas mismas.

Caminamos entre las plantas.

Pensé en mis libros, en las cosas guardadas, en aquello que alguna vez quedará detrás de mí.

Luego las miré.

La herencia importante seguramente era otra.

Seguimos caminando.

Oaxaca se iba dejando encontrar sin entregarse del todo. Una puerta abierta. Una campana. Las mujeres que pasaban. Las flores. Una conversación escuchada a medias. Una calle que terminaba en montaña.

Y esa costumbre tan suya de dar.

Guelaguetza.

La palabra había sobrevivido al espectáculo: llevar algo cuando otro lo necesita; recibir y recordar que se recibió; aparecer en la fiesta, en la boda, también en la casa del muerto.

Allí llegan los demás.

Café. Comida. Mezcal.

Y rezos.

Después, cuando el tiempo hace su trabajo, vuelve la música.

Henestrosa lo había dicho con una dulzura casi cruel:

porque si lloras yo peno,
en cambio si tú me cantas…

La canción quedó suspendida en mi memoria.

Nosotros seguimos andando.

Monte Albán estaba arriba.

Las tres caminaron delante.

Su madre iba con ellas.

Una volvió la cabeza.

Y durante un instante tuvo ocho años.

No sé cuál.

Tampoco importa.

Los padres conocemos esas apariciones.

Miré a mi mujer.

Ella también había visto a aquella niña.

Francisco Giner de los Ríos había mirado aquellas piedras y escrito:

Monte Albán, piedras quietas, palpitantes de vida,
en las sienes te tiembla la perdida mañana…

La perdida mañana.

Cuántas.

Desayunos antes de la escuela. Zapatos que había que encontrar. Fiebres de madrugada. Cumpleaños. Viajes. Pleitos insignificantes. Una niña dormida en un automóvil. Tres voces llamando desde distintos lugares de una casa.

Y nosotros dos en medio.

Entonces no sabíamos que aquello era la vida.

Estábamos demasiado ocupados viviéndola.

Monte Albán guardaba otras mañanas.

Hombres que subieron allí sin saber que serían antiguos. Padres que vieron crecer hijos cuyos nombres nadie pronuncia. Mujeres que conocieron esas montañas antes que nosotros. Muertos que alguna vez tuvieron prisa.

Las piedras permanecían.

Nosotros bajamos.

Zona arqueológica de Monte Albán
Foto: Fidel Ugarte Livana | INAH

El Tule estaba vivo.

Eso fue lo primero.

Después de las piedras y de los muertos, un árbol.

Nos acercamos buscando en el tronco las figuras que otros habían encontrado antes: animales, rostros, formas que la imaginación va sacando de la corteza.

Las tres discutían alguna.

Su madre estaba junto a ellas.

Me aparté unos pasos.

Aquel árbol había visto pasar demasiadas vidas para impresionarse con la nuestra.

Yo sólo podía mirar cuatro.

Nos tomamos una fotografía.

Los cinco frente a los siglos.

La guardé casi inmediatamente.

Preferí verlas.

El tiempo del árbol era admirable.

El nuestro era precioso.

Volvimos cuando la tarde comenzaba a retirarse de Oaxaca.

Abrimos las grandes puertas.

El sol que por la mañana habíamos dejado afuera entró ahora mansamente, cruzó el piso y fue a morir contra el muro.

Nadie encendió la luz.

Puse «La Martiniana».

Si quieres que no te olvide,
si quieres que te recuerde…

Mi mujer estaba allí.

Mis tres hijas también.

Las miré.

Cinco.

Todavía cinco.

Pensé en las piedras de Monte Albán, en todas aquellas vidas de las que quedó apenas un nombre, a veces ni eso. Pensé en el Tule, viendo pasar siglos sin poder retener una sola tarde.

Y comprendí que tampoco quería retener ésta.

Quería vivirla.

Mi mujer me miró. En sus ojos estaban también las niñas que habíamos visto crecer. Sólo ella y yo sabemos quiénes fueron antes de que pudieran recordarse.

Algún día esa memoria se irá con nosotros.

Para entonces quedarán otras cosas.

Tal vez el olor del pan.

El humo prendido a la ropa.

Cinco vasos sobre una mesa.

Una fotografía frente a un árbol.

Una canción.

Árbol del Tule
Foto: Rafael Bautista | Pixamundo

La memoria es extraña: pierde los años y salva un instante.

La voz siguió sonando.

No les pediré que no lloren.

Cuando llegue mi día, recen por mí.

Después búsquense.

Partan el pan.

Sirvan despacio el mezcal.

Y si alguna noche vuelven a escuchar esta canción, acuérdense de aquella tarde en Oaxaca, cuando todavía podíamos abrir las puertas y salir juntos.

Eso quisiera.

No quedarme.

Haber estado.

Padre.

Madre.

Tres hijas.

Cinco.

Y después de las oraciones, si todavía queda una lágrima, que caiga.

Pero que no caiga sola.

Que encuentre un son.

Música que no muere.

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REFLEXIÓN DE LA SEMANA

«Aquí se encuentra una de las operaciones más graves de la modernidad: convertir el deseo en identidad. Mientras el deseo permanece como deseo, puede ser examinado, educado, ordenado, purificado, vencido o elevado. Pero cuando el deseo se convierte en identidad, toda corrección parece agresión. Si el hombre dice “esto me ocurre”, todavía puede preguntarse qué hacer con ello. Pero si dice “esto soy”, entonces toda llamada al orden parece una negación de su persona».

Oscar Méndez Oceguera

Jueves 2 de julio de 2026:

Entrevista al investigador del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), Isaac Cruz.

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