El secreto de las piedras

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa: INAH
Todavía no sale el sol y alguien, en algún rincón que no veo, ya ha encendido la leña.
El humo llega antes que la campana. Llega delgado, doméstico, con esa mansedumbre de las cocinas que empiezan a trabajar mientras Dios y los hombres parecen seguir dormidos. Trae un poco de ocote, otro poco de maíz, la humedad terca de la tierra fría; y al rozar el muro recoge ese olor mineral de la cal que las iglesias antiguas conservan aun después de haberse olvidado quién la mezcló, quién la tendió, quién murió sin que nadie escribiera su nombre en ninguna crónica.
Acolman amanece así.
No grandioso.
Íntimo.
Que es, decía yo alguna vez pensando en López Velarde, una manera mucho más peligrosa de ser grande: la grandeza que no necesita testigos para sostenerse, la que no depende de que alguien la aplauda para seguir siendo verdadera.
Pongo la mano sobre la piedra de la capilla de indios. Está helada, como debe estarlo todo lo que ha decidido durar. Siento primero la aspereza; después, unas hendiduras pequeñas, casi pudorosas, que el tiempo no ha logrado borrar del todo; finalmente el frío, que no se queda en la palma sino que sube, despacio, como quien pide permiso antes de instalarse en el hueso. Alguien trabajó esto. Hubo una mano aquí antes que la mía —más dura, más entrenada al golpe seco del cincel— cuando esta piedra no era todavía antigua, ni venerable, ni patrimonio de nadie, sino simplemente el trabajo de esa mañana: un jornal, un encargo, una obediencia.
Conviene decir, desde ahora y sin prisa, qué piedra es ésta. La Capilla de Indios no está dentro del templo ni bajo su techo: es una construcción exenta, adosada al muro de poniente, en el extremo del atrio, casi al filo donde la piedra deja paso a la tierra suelta y a los primeros magueyes. Aquí, antes de que hubiera coro, antes de que hubiera altar mayor, se catequizaba a la intemperie; aquí se enseñaban las primeras oraciones a quienes todavía no tenían permiso —ni preparación— para entrar a la nave. No tiene, ni tuvo nunca, artesonado: quien la levantó no quiso techarla, porque al catecismo al raso le bastaba, en vez de la madera tallada que cubriría después el templo grande, la bóveda celeste entera —esa que ningún carpintero firma y que entonces, sin ninguna ironía, se daba por puesta ahí por la mano de Dios. Es, por así decirlo, el umbral antes del umbral: la piedra donde México aprendió a deletrear la fe bajo el cielo raso, antes de aprender a profesarla puertas adentro, bajo bóveda de madera.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia custodia hoy este conjunto con esa mezcla de rigor y ternura burocrática que reservamos para lo que ya no puede defenderse solo. Hace bien. Pero conviene decirlo con toda claridad, para quien venga después con la cédula del recorrido en la mano: lo que aquí se guarda no es únicamente un monumento del siglo XVI. Es un testimonio en piedra de la manera exacta en que México aprendió a arrodillarse, a cocinar, a enterrar a sus muertos y a mirar el cielo.
Cierro un poco los ojos.
Sólo un poco.
Lo suficiente para que México pierda cinco siglos de golpe, sin aviso, como quien resbala en un escalón que creía conocer.
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La primera campanada encuentra todavía oscuras las montañas.
La segunda hace ladrar a un perro, en algún corral que el tiempo tampoco ha logrado situar con precisión.
Con la tercera pasa junto a mí un fraile.
Me roza.
El hábito es más áspero de lo que había imaginado —yo, que he leído tanto sobre la pobreza franciscana y agustiniana sin haber tocado jamás su lana—. Huele a humedad, a humo de leña vieja, a hombre que trabaja con las manos y no sólo con la pluma. Me vuelvo.
—¿Va a misa?
No sé por qué le contesto que sí.
Quizá porque resulta particularmente difícil explicarle a un agustino del siglo XVI que uno sólo vino a conocer el museo. Hay preguntas que desarman por su misma sencillez, y esta era una de ellas.
Empieza a caminar y lo sigo.
La madrugada se nos mete por la ropa como una confidencia no pedida. Él lleva sandalias sobre la piedra helada; yo miro mis zapatos —de suela gruesa, comprados para el turismo, no para la vocación— y siento una incomodidad que prefiero no analizar demasiado.
Dejamos atrás la Capilla de Indios y atravesamos el atrio en toda su extensión, ese atrio inmenso que los agustinos concibieron no como antesala sino como nave misma, porque sabían —con una lucidez pastoral que hoy llamaríamos genio y entonces se llamaba simplemente sentido común— que un templo pequeño no podía contener a un pueblo entero recién convertido, o convirtiéndose todavía, palabra a palabra, gesto a gesto. Vamos hacia otra piedra, no hacia la misma: hacia la capilla abierta que se recarga en el costado de la iglesia grande, ya no exenta como la que dejamos, sino adosada al cuerpo mismo del templo, con su arco toral vuelto hacia el atrio como una boca que nunca se cierra del todo.
Ya viene gente por los caminos.
No “los naturales”, no “los evangelizados”, no esas etiquetas cómodas que usamos cinco siglos después para que la Historia quepa en un párrafo de libro de texto. Vienen hombres somnolientos que se frotan los brazos; mujeres que cargan niños envueltos hasta los ojos; un viejo que tose con esa tos antigua que atraviesa los siglos sin cambiar de sonido; dos muchachos que hablan demasiado y a quienes una mirada basta para callar; una niña que trae flores apretadas contra el pecho, como si temiera que el frío se las fuera a quitar.
México viene a misa.
Aunque México todavía no sabe que se llama México.

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Entramos a la capilla abierta.
Bueno: “entramos” es, otra vez, una manera de decir, y conviene no confundir tres cosas que a primera vista podrían parecer una sola. No es la Capilla de Indios que dejamos atrás, cuya única bóveda, ya lo dije, es el cielo raso. Tampoco es la nave grande del templo, esa que guarda su verdadero artesonado de madera tallada bajo una bóveda ya cerrada, adonde esta misma gente entrará más tarde, catecúmena cumplida. Es una tercera cosa, intermedia y genial: un arco que se abre desde el costado de la iglesia hacia el atrio, con un pequeño artesonado propio —como un fragmento prestado de la bóveda grande— que cubre solamente el altar, mientras el pueblo, de pie sobre la tierra húmeda, sigue teniendo por techo esa misma bóveda celeste de la Capilla de Indios. Aquí la iglesia no termina de cerrarse nunca del todo, y esa es precisamente su genialidad arquitectónica: el altar tiene artesonado, protección contra la lluvia; el pueblo tiene cielo. La nave, para quien no cabe bajo el arco, es el atrio entero, y su bóveda —la misma bóveda celeste, apenas un poco más despierta— empieza a ponerse aquella mañana de un azul lechoso sobre los magueyes, sobre los volcanes que todavía no tienen nombre en castellano.
Entonces se entiende algo que la arquitectura explica mejor que muchos tratados de misionología.
La fe no esperó a que aquellos hombres aprendieran a entrar en una iglesia.
La Iglesia salió por ellos.
Empieza el latín, seco y firme, sobre el rumor de fondo que nunca del todo calla en un atrio lleno: un niño llora; otro juega con una piedra hasta que la madre le aprieta suavemente el hombro; alguien tose; un perro cruza sin ninguna reverencia particular por el misterio que está a punto de suceder.
El sacerdote llega al Canon.
Y lentamente todo se aquieta.
El cielo.
El atrio.
Las montañas.
La mujer.
Los niños.
Nuestro fraile.
Yo.
La Hostia se eleva.
Cristo está allí.

El mismo Cristo de Belén y del Calvario, verdadero Dios y verdadero hombre, bajo las especies sacramentales, en medio de una mañana fría del valle de México, entre magueyes y volcanes que no tienen todavía nombre cristiano.
Un anciano se arrodilla sobre la tierra húmeda, sin cojín, sin comodidad, sin queja.
A su lado, un muchacho duda apenas un instante —ese instante brevísimo en que se decide, sin que él lo sepa, buena parte de lo que será su vida— y termina por doblar también las rodillas.
Suena la campanilla.
Y algo de nuestra patria acaba de comenzar.
No todavía la patria de las fronteras, los escudos, los himnos y los discursos parlamentarios. Esa llegará después, con sus grandezas y sus desgracias, con sus próceres de bronce y sus traiciones de carne y hueso.
Otra más honda.
La que aprenderá a medir el año con fiestas y ayunos; a poner santos junto a los viejos nombres de los pueblos, sin que unos borren del todo a los otros; a mezclar la cera con las flores, el trigo con el maíz, la campana española con la montaña indígena; a rezar por sus muertos con una intimidad que ningún otro pueblo católico ha sabido igualar, y a llenar las mesas de sus vivos el mismo día en que visita a los primeros.
Una patria que todavía no tiene nombre.
Pero ya tiene campanas.
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Terminada la misa, nuestro fraile no parece particularmente inclinado a la contemplación retrospectiva. La vida conventual, por lo visto, tiene poca paciencia con las abstracciones antes del desayuno, y en esto —confieso— me recuerda a más de un párroco que he conocido en mi propia vida, hombres a quienes la mística les entra por las manos y no por la especulación.
—Vamos.
No entramos aún al claustro. Se queda con un grupo en el atrio, junto a la cruz atrial que estos frailes agustinos tallaron —lo sabría después, leyendo, ya de vuelta en la civilización de los libros— con los instrumentos de la Pasión y con un simbolismo que todavía discuten los especialistas si es enteramente europeo o si ya empieza a respirar algo del pensamiento indígena que lo rodeaba.
Empieza la doctrina.
Una cruz.
Una imagen.
Preguntas.
Respuestas.
Repetición.
Otra vez.

Foto: México Desconocodo
El fraile pronuncia una palabra en náhuatl.
Mal.
Un hombre mayor lo corrige, sin humillarlo, con esa paciencia que sólo tienen los que de verdad quieren enseñar.
La vuelve a decir.
Peor.
El hombre insiste.
A la tercera, ambos sonríen.
Y allí, entre una pronunciación defectuosa y una corrección paciente, empieza otra parte de la conquista.
La más difícil. La que no aparece en ningún mapa ni en ninguna medalla.
¿Cómo se dice gracia?
¿Cómo pecado?
¿Cómo alma?
¿Cómo explicar que Dios es uno y trino a una inteligencia que durante siglos organizó el cosmos de otra manera, con otras categorías, con otra jerarquía de lo sagrado?
La espada —hay que decirlo sin remilgos, porque la Historia no se escribe con guantes— había podido abrir un camino. Ahora había que entrar por él con palabras, que son un instrumento infinitamente más lento y, a la larga, infinitamente más poderoso.
El fraile pregunta.
Escucha.
Repite.
Anota en un cuadernillo que después se convertirá en vocabulario, en arte de lengua, en gramática impresa en algún convento con una prensa traída a lomo de mula.
Descubre que aquellos hombres poseen nombres precisos para plantas que él no conoce, para parentescos que no había pensado, para lluvias, animales, flores, montañas, para grados de parentesco que el castellano ni siquiera distingue. La lengua que vino a transformar empieza también, casi sin que él lo note, a transformarlo a él.
Y así, casi inadvertidamente, el conquistador del sentido tiene que hacerse primero discípulo del sonido.
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Pasamos después bajo la portería, esa portada plateresca que los tratadistas de arte novohispano citan con razón como una de las joyas del siglo XVI mexicano, y que aquella mañana —para mí, no para ella, que ya la había visto nacer— era simplemente la puerta de la casa.
El sol queda afuera.
Nos recibe una frescura de piedra que tiene algo de sótano y algo de sacristía.
El claustro huele a humedad, a cera vieja, a madera, a ropa secándose en algún sitio que no alcanzo a ver. Nuestros pasos se alargan debajo de los arcos de medio punto. En el patio cae agua con esa paciencia de las fuentes antiguas, que parecen disponer de toda la eternidad para llenar una pila que nadie tiene prisa por usar.
Un fraile cruza leyendo, sin levantar los ojos del libro, con esa confianza absoluta en que el camino ya lo conocen los pies aunque no lo vigile la vista.
Otro lleva una canasta.
Alguien barre.
Otro tose detrás de una puerta.

La Historia, vista desde dentro, tiene mucho menos mármol del que después le ponemos en los libros de texto y en las estampas de calendario.
Nuestro acompañante pasa la mano por una columna al dar vuelta en la esquina del claustro. Lo hace sin pensar, como un gesto heredado, no aprendido. Repito el gesto.
La piedra está más lisa allí, pulida por siglos de manos distraídas que hicieron exactamente lo mismo.
Cuántas manos habrán hecho ese mismo gesto sin que nadie llevara la cuenta.
Subimos la escalera. En el centro, los peldaños están gastados en una curva suave, casi líquida. No hace falta inscripción alguna que lo explique. Allí pisaron: novicios con sueño, priores con las cuentas del convento en la cabeza, enfermos que subían despacio, ancianos que ya no subían con la misma facilidad que antes.

El hábito negro avanza delante de mí. Lo toco.
—¿Qué hace?
—Quería saber cómo era.
Me mira, con esa mirada que no juzga, pero tampoco disimula la extrañeza.
—Lana.
Y sigue subiendo.
Tiene razón.
A veces cinco siglos pueden reducirse a una respuesta bastante sencilla.
La tela raspa contra los dedos.
Y de repente pobreza, castidad y obediencia dejan de ser tres palabras impresas en un tratado de teología moral y adquieren, por fin, la única dimensión que verdaderamente las explica.
Tienen tacto.
Tienen frío.
Tienen hambre.
Tienen sueño.
⸻
La celda contiene poco.

Una cama que no invita al descanso, sino apenas lo permite.
Una mesa.
Una cruz.
Un libro.
Una ventana.
Nada que distraiga demasiado al hombre de sí mismo, que suele ser —lo sé por experiencia propia, más de la que quisiera confesar— una de las distracciones más difíciles de vencer.
Me acerco a la ventana. El valle se abre afuera, entero, sin que ningún edificio moderno se interponga todavía en la imaginación.

—¿Y aquí pasa el día?
—No.
—¿Entonces?
—Salimos.
Ahí está todo. Ahí está, si se me permite la palabra que empleaba yo hace poco a propósito de estos mismos hombres, la clave antropológica entera del asunto.
Salimos.
La celda no es refugio.
Es preparación.
El silencio no es miedo al mundo.
Es entrenamiento para entrar en él sin que el mundo entre primero en uno, que es exactamente lo contrario de lo que suele sucedernos a nosotros, hombres del siglo XXI, que salimos sin habernos preparado nunca y por eso volvemos siempre derrotados.
Aquella austeridad que después se quiso pintar como tristeza es, vista de cerca, una forma formidable de libertad. El hombre que necesita poco puede ir muy lejos. Puede, si hace falta, cruzar un océano con lo puesto y un breviario.
Y estos irán.
Mucho.
Porque estos conventos —lo pienso ya con toda claridad subiendo esa escalera gastada— no fueron nunca escondites contra la vida. Fueron, en el sentido más exacto y menos metafórico de la expresión, academias de la milicia del espíritu: casas donde se formaba al hombre entero —cuerpo endurecido, lengua entrenada, inteligencia disciplinada, voluntad templada— para una empresa que no admitía tibios. Mitad frailes, mitad soldados, que no es una fórmula literaria sino una descripción casi clínica: disciplina interior y arrojo exterior, contemplación y combate, inteligencia y voluntad puestas al servicio de una sola obediencia.
⸻
En la biblioteca cambia el olor.
Cuero.
Papel.
Tinta.
Polvo, ese polvo particular de los libros que nadie mueve hace tiempo, pero que alguien, evidentemente, sigue consultando.
La pluma raspa el pergamino y alguien, en voz baja, vuelve a pronunciar palabras indígenas, ensayándolas para el sermón del domingo siguiente.
Aquí se preparan sermones, doctrinas, vocabularios, confesionarios bilingües. Aquí se estudia teología escolástica y se aprende, con enorme trabajo, a decirla de otra manera sin cambiar en absoluto lo que dice —porque para estos hombres, y aquí está quizá la clave de todo lo demás, la verdad no se negocia: se traduce.
Nuestro fraile abre un libro. En el margen hay notas de otra letra, más apretada.
—¿Eso es suyo?
—Lo que está mal escrito, sí.
Sonrío, casi sin querer.
Empiezo a comprender por qué aquellos conventos podían producir una civilización entera, con su arte, su derecho, su lengua escrita, su arquitectura, su música, y no simplemente una comunidad de piadosos retirados.
No separaban lo que nosotros hemos especializado hasta volverlo irreconocible, hasta encerrar cada saber en su propio cubículo sin ventanas.
El mismo hombre reza, estudia, enseña, camina, cultiva, escribe, confiesa y después discute con el maestro de obras la mejor manera de construir una acequia que no se derrumbe con las lluvias de julio.
La teología no flota encima de la vida, como un adorno prescindible.
La ordena.
⸻
Seguimos hasta una pared fresca, todavía sin terminar.
Allí trabajan los pintores.
Son indígenas.
Uno prepara la superficie con esmero de artesano que sabe que su trabajo va a durar más que él. Otro muele color en un mortero de piedra. Hay cal, carbón, sustancias vegetales, nopal, cochinilla —esa grana que después haría fortuna en los mercados de media Europa y que aquí, en ese instante, no es más que un polvo rojo entre los dedos de un muchacho.
El rojo le queda sobre los dedos, y no parece importarle.
Miro el muro.
Reconozco, aunque entonces no sabría ponerle todavía el nombre exacto que los historiadores del arte le darían después, ese repertorio de grutescos que estos conventos agustinos hicieron suyo con una libertad sorprendente: animales fantásticos, follajes imposibles, medallones, y entre ellos, más adelante, la escena mayor del Juicio Final, que preside todavía hoy —quien visite Acolman lo comprobará— el muro del cubículo alto del claustro.
Santa Catalina, más acá.

Foto: Rubén Aguilar | Animal Político
El Juicio, más allá.
Una mano americana está pintando la eternidad cristiana con materia mexicana.
Eso merece detenerse.
La santa viene de Alejandría.
La doctrina, de Jerusalén.
La forma ha cruzado Roma y España, con todos sus manieristas y sus grabados flamencos que estos frailes traían enrollados en el equipaje, junto con el breviario.
El muro está en Acolman.
Y el rojo nace de un pequeño insecto que vive sobre el nopal, a un tiro de piedra de donde estamos parados.
Uno podría escribir tratados enteros sobre el encuentro de dos mundos y no alcanzar jamás la precisión silenciosa de esa mancha de color.
Nuestro fraile señala una parte del muro.
—Más claro.
El pintor niega con la cabeza.
Discuten.
No entiendo las palabras, pero el tono es perfectamente universal: es el tono con que dos hombres que se respetan defienden, cada uno, su oficio.
Finalmente el fraile cede.
Me alegra, no sé bien por qué.
También la civilización se construyó con estas pequeñas derrotas domésticas, con estos ceder un poco para no perder lo esencial.
La fe había llegado entera desde el otro lado del mar.
Pero ya empezaba, ante mis ojos, a adquirir rostro mexicano.

Foto: INAH
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Al mediodía el convento huele a comida.
Nos acercamos al refectorio.
Hay pan.
Maíz.
Alguna verdura de la huerta.
Barro.
Cucharas de palo.
Leña que todavía truena de vez en cuando en el fogón.
Desde la cocina llega un olor oscuro y tostado que conozco antes de verlo, porque es, sospecho, el mismo olor que ha perseguido a todos los mexicanos desde que somos mexicanos.
Cacao.
Después de tantas abstracciones sobre la civilización —sobre la teología que ordena la vida, sobre la lengua que se aprende con paciencia, sobre el arte que traduce sin traicionar—, una taza de chocolate resulta, de pronto, una prueba considerablemente más convincente que cualquier tratado.
Lo sirven espeso.
Caliente.
Sube vapor, con ese aroma que mezcla algo de tierra tostada y algo de fiesta.
El barro quema un poco las manos, y uno no sabe si soltar la jícara o aguantar el ardor por no quedar mal delante de la Historia.
Nuestro fraile bebe.
Durante unos segundos deja de ser evangelizador, lingüista, constructor, soldado del espíritu.
Tiene frío, como cualquier hombre que se ha levantado antes de que amanezca.
Y el chocolate, sencillamente, le gusta.
Eso basta para devolverlo a su verdadera grandeza, que no es la de la estatua ni la del santo de estampa, sino la de ser, sin más adjetivos, hombre.
Porque las civilizaciones no las construyen las estatuas.
Las construyen hombres que tienen hambre, se cansan, se irritan, se ríen, sienten miedo y, a pesar de todo —y esto es lo único verdaderamente decisivo—, perseveran en algo que consideran superior a ellos mismos.
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Salimos después a la huerta.
Aquí vuelve la luz, de golpe, después de la penumbra del refectorio.
Tierra húmeda.
Árboles que todavía no dan toda su sombra.
Canales de riego trazados con una geometría que envidiaría cualquier ingeniero moderno.
Hierbas medicinales, ordenadas por alguien que sabía exactamente cuál servía para la fiebre y cuál para la herida.
Plantas que llegaron del otro lado del mar —membrillo, higuera, trigo— y plantas que ya estaban aquí esperando, pacientes, desde mucho antes de que ningún español soñara con este valle.
El fraile aprende unas.
El indígena aprende otras.
Se injerta.
Se prueba.
Se cura.
Se cultiva.
La evangelización, que hasta ese momento yo había pensado sobre todo en términos de dogma y de sacramento, empieza a tener también olor de romero, de fruta, de agua corriendo sobre la tierra.
Y entonces entiendo, con una claridad que no había tenido hasta ese instante, que lo que se está fundando aquí no es solamente una religión privada, un consuelo íntimo para las almas.
Es una forma entera de vivir.
La campana dará las horas.
La fiesta organizará el año.
La pila recibirá al niño.
El altar bendecirá el matrimonio.
El confesonario levantará al caído.
El cementerio recogerá al muerto y le dará un lugar digno junto a los suyos.
La escuela conventual enseñará a leer a quien nunca había tenido letras.
La huerta dará de comer, literalmente, al pueblo entero en los años de escasez.
La procesión recorrerá el territorio, casa por casa, y lo convertirá en comunidad.
La cruz no se limitará a presidir el atrio como un adorno solemne.
Empezará a ordenar el pueblo entero: sus fiestas, sus duelos, sus siembras, sus matrimonios, su manera de mirar la muerte sin desesperar de ella.
Y alrededor de ella irá naciendo algo que ya empieza a parecerse, extraordinariamente, a México.

Eso es una civilización.
No tener muchas cosas.
Saber el sitio exacto de cada una.
⸻
Pero nuestro fraile vuelve a caminar hacia la puerta, con esa prisa serena de quien tiene el día ya organizado desde antes de despertar.
—¿Ahora a dónde?
—A otro pueblo.
—¿Hoy?
Me mira, casi con lástima por la pregunta.
—¿Cuándo, si no?
Salimos.
Y en ese momento Acolman empieza a multiplicarse, como si el convento no fuera un punto en el mapa sino una semilla echando raíces en todas direcciones a la vez.
El camino se vuelve Actopan.
Después Huejotzingo.
Tlalmanalco.
Yanhuitlán.
Las piedras cambian, los paisajes cambian, las lenguas cambian —náhuatl, otomí, mixteco, zapoteco—, pero el impulso es exactamente el mismo, como si un solo corazón latiera bajo cien hábitos distintos.
Franciscanos.
Dominicos.
Agustinos.
Hombres saliendo.
Siempre saliendo.
La celda se convierte en camino.
El claustro, en misión.
La biblioteca, en vocabulario impreso.
La oración, en fuerza que no se ve pero que sostiene todo lo demás.
La ascesis, en disponibilidad absoluta.
Mi abuelo encontró para aquellos conventos una expresión que todavía conserva toda su precisión, y que yo no me canso de repetir porque ninguna otra la mejora: academias de la milicia del espíritu.
Porque eso fueron.
No escondites contra la vida, sino cuarteles generales, fortines de retaguardia desde donde se preparaba, con paciencia de años y con una disciplina que hoy casi no sabemos imaginar, cada nueva salida hacia el norte, hacia el desierto, hacia lo desconocido.
Primero el centro de México.
Después el norte.
Nuevo México.
Tejas.
California.
Más tarde el Pacífico entero, con sus corrientes y sus monzones.
Filipinas.
Y detrás del horizonte, apenas insinuados en algún mapa de fray Alonso, Japón y China.
Qué desmesura.
Desde una celda de pocos metros cuadrados, con una cama, una mesa y una ventana, se podía pensar en Asia entera como quien piensa en el pueblo vecino.
Nosotros llevamos el mundo entero en el bolsillo, en una pantalla de cristal que cabe en la palma de la mano, y hemos conseguido, con una eficacia verdaderamente admirable, reducir muchas veces nuestro horizonte al tamaño exacto de esa pantalla.
Aquellos hombres poseían menos mundo.
Pero tenían, sin comparación posible, más horizonte.
⸻
Regresamos.
O quizá nunca salimos, y todo lo demás ha sido solamente la manera en que la memoria organiza lo que el corazón ya sabía.
Vuelvo a sentir bajo la palma la piedra fría de la capilla de indios.
Abro los ojos.
Han regresado los automóviles.
El teléfono, vibrando en el bolsillo con una urgencia que de pronto me parece francamente menor.
Las voces de otros visitantes, con su guía y su gorra y su agua embotellada.
El siglo XXI cumple puntualmente con su obligación de interrumpir.
Pero Acolman ya no es, para mí, el mismo que era hace dos horas.
Ahora la Capilla de Indios contiene una espera, y la capilla abierta, más adentro, contiene ya una misa.
El muro contiene una mano indígena, todavía manchada de rojo.
La biblioteca contiene una lengua aprendida a fuerza de errores y correcciones pacientes.
La celda contiene un camino que se extiende hasta Manila y hasta Cantón.
La cocina guarda cacao, y con él, sospecho, guarda también algo del secreto entero de este país.
La huerta conserva la conversación larguísima de dos mundos que aprendieron, no sin trabajo, a injertarse el uno en el otro.
Y el atrio, aquella primera forma de patria, todavía sin nombre pero ya con campanas.
Entonces se entiende por qué nuestros conventos no son únicamente monumentos que el Instituto Nacional de Antropología e Historia cataloga, restaura y protege —y hace bien en hacerlo, insisto, porque lo que aquí se protege no es piedra muerta sino memoria viva—.
Son lugares donde México aprendió una determinada manera de nacer, trabajar, rezar, celebrar, pecar, pedir perdón, comer, casarse y morir.
La teología bajó de los libros y se convirtió en calendario.
El calendario se hizo costumbre.
La costumbre se volvió memoria.
Y la memoria acabó teniendo el olor del incienso, el sabor del chocolate, el sonido de la campana y esa intimidad católica que López Velarde reconoció después, con esa mirada suya que nunca separó lo devoto de lo doméstico, como una de las regiones más hondas de la patria.
Una patria que puede caber entera en una cocina.
Y desde allí, sin ninguna contradicción, alcanzar el mundo.
⸻
La tarde empieza a calentar la piedra que por la mañana estaba fría.
Vuelvo a poner la mano.
Ahora tiene algo del sol acumulado, como si guardara memoria del calor igual que guarda memoria de las manos que la trabajaron.
Pienso en quienes hicieron el mismo gesto antes que yo: el albañil que la talló sin saber que alguien, cinco siglos después, la seguiría tocando; el fraile que la pisó camino al coro; el indígena que pintó a un paso de aquí; la mujer que esperó la misa con un niño en los brazos; el niño que jugó en el atrio con una piedra cualquiera.
Todos se fueron.
La piedra permanece.
Pero tampoco ella, bien mirado, es lo esencial.
Lo esencial es aquello que pudieron confiarle, como quien confía un secreto a alguien de quien está seguro que no lo va a traicionar.
Una fe.
Una idea del hombre.
Una jerarquía de bienes en la que cada cosa tenía su sitio exacto, y ninguna usurpaba el lugar de la otra.
Una voluntad de misión que no conocía fronteras razonables.
La certidumbre, hoy casi escandalosa para nuestros oídos entrenados en la duda perpetua, de que la verdad debía ser conocida y el bien debía ser comunicado, cueste lo que cueste, llegue hasta donde llegue.

Por eso aquellas piedras siguen pesando sobre nosotros.
No por antiguas.
Por exigentes.
Nos recuerdan que hubo una época en que México no se pensó pequeño; en que el silencio de una celda podía preparar una conquista entera; en que la pobreza voluntaria podía producir la más alta forma de libertad; en que el estudio podía acompañar a la fe sin nunca traicionarla; y en que un hombre podía encerrarse en una celda de pocos metros precisamente para estar dispuesto, al día siguiente, a llegar hasta el confín de la tierra.
Retiro la mano.
La campana vuelve a sonar.
Esta vez sé que es la de ahora.
Pero durante un instante —un instante brevísimo, del tamaño exacto de una duda— no estoy completamente seguro.
Y quizá ése sea, después de todo, el secreto que nuestros conventos continúan guardando bajo la cal y el polvo de cinco siglos: que debajo de ellos no descansa solamente una memoria.
Permanece una vocación.
Todavía estremecida —como alguna vez se dijo, con toda justicia, de estas mismas piedras— de Imperio y Teología. ●




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