Lo imaginé. La madera mojada que cruje toda la noche, las cuerdas tiesas de sal, los hombres enfermos de horizonte, semanas enteras sin ver una piedra, un árbol, una torre. Y de pronto, al amanecer, en alguna jaula amarrada en la cubierta, un gallo que canta como si hubiera un patio

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
Hay oficios que se aprenden en los libros y otros que sólo se aprenden madrugando. El de gallero pertenece, sin remedio, a los segundos, y yo lo supe una mañana de abril, a media hora de Aguascalientes, cuando faltaba una semana para que empezara la feria y don Eusebio Romo me puso una pluma en la mano y me preguntó de qué color era.
Dije que negra, como diría cualquiera que ha visto una pluma negra. Él no me corrigió; tuvo la caridad, mucho más rara, de dejar que me corrigiera yo. Me señaló el sol con la barbilla y esperó. Acerqué la pluma a la luz y el negro, que un segundo antes parecía una cosa terminada, se abrió en un verde de botella, luego en un azul de tinta vieja y, cuando moví apenas la muñeca, en una sombra morada que duró lo que dura un escrúpulo y se fue. Volví a mover la mano y la pluma regresó al negro con la cara de quien no ha hecho nada.
—Entonces no es negra —le dije.
—Sí es —me contestó—. Nomás que no es nada más eso.
Tenía ochenta y dos años, las manos anchas y un sombrero que había dejado de ser prenda para convertirse en biografía. Se guardó la pluma en la bolsa de la camisa, como quien guarda un argumento para después, y me llevó a ver al gallo de donde había caído.

Era colorado, aunque decir colorado de aquel animal era como decir que el mar es mojado: cierto y perfectamente inútil. El cuello le ardía en un rojo que se iba hacia el cobre, el pecho se oscurecía como un vino al fondo de la copa y la cola, casi negra, guardaba los mismos verdes que yo acababa de descubrir en la pluma y que ahora veía por todas partes, como le pasa a uno con una palabra recién aprendida. Estaba parado en medio del corral con la seguridad de un notario en su propia notaría. Pesaría dos kilos y medio. Ocupaba el mundo entero.
Don Eusebio no hizo nada. Eso fue lo primero que me sorprendió, porque yo esperaba, no sé por qué, que un viejo gallero tuviera prisa por demostrar que era viejo y gallero. Se quedó quieto junto a la cerca, y el gallo, que tampoco tenía prisa, levantó la cabeza. Desde el fondo cantó otro. El colorado oyó, torció el cuello, pareció pensarlo con toda seriedad y respondió.
—Ya ve —dijo don Eusebio—. Primero oyó. Luego contestó. Hay gente que no aprende eso en toda la vida.
Entonces sí entró al corral y lo levantó. Lo tomó con una sola maniobra, sin apretarlo, dejándole la cabeza libre y las patas recogidas, y el animal se le acomodó contra el pecho con la naturalidad con que un niño se duerme en el hombro de su abuelo. Yo había cargado gallinas en mi infancia, a la fuerza y con plumas en la boca, y comprendí de golpe que nunca había cargado un ave: había forcejeado con ella.
—A un gallero se le conoce en cómo carga un gallo —me dijo—, porque ahí todavía no hay nadie viendo.
Me fue enseñando el animal como se enseña una casa a un comprador que uno sabe que no va a comprar: con paciencia y un poco de lástima. Levantó con dos dedos las plumas del cuello y dijo golilla; más atrás, las que caen sobre el lomo como un fleco de seda, y dijo caireles; en la cola, las largas y curvas, las que dibujan la silueta que todo mexicano tiene en la cabeza aunque no haya pisado un palenque en su vida, y dijo hoces. Cada palabra era una puerta. Yo había visto gallos toda mi vida y empezaba a sospechar, con cierta vergüenza, que no había visto ninguno.
—Eso le pasa a todos —me consoló—. Uno cree que conoce una cosa hasta que alguien le enseña por dónde se entra.

Doña Chayo nos alcanzó con el café. Era su mujer desde hacía cincuenta y seis años y tenía sobre los gallos la opinión que tienen las esposas de los galleros, que es la misma que tienen las esposas de los poetas sobre la poesía: los respetan, los toleran y llevan la cuenta.
—Le va a contar lo del comedero —me advirtió, sirviendo—. Siempre empieza por el comedero.
—Porque ahí empieza —dijo él.
—Empieza en el palenque, Eusebio, no seas mentiroso.
—En el palenque se acaba, Chayo. Empieza en el comedero.
Ella me miró con una complicidad antigua, como diciendo: ya ve lo que he aguantado, y se fue a regañar a alguien que yo no alcancé a ver. Después supe que aquella discusión la tenían desde 1970 y que ninguno de los dos pensaba ganarla, porque ganarla habría sido perder la costumbre de tenerla.
Don Eusebio me contó lo del comedero. Su padre le regaló su primer gallo a los nueve años, un colorado —siempre colorados, en aquella familia el color se heredaba como el apellido—, con la condición de que él solo se hiciera cargo. Tres días se levantó antes que nadie. Al cuarto se quedó dormido. Cuando salió al patio, el sol ya estaba alto y su padre estaba parado junto al comedero vacío, sin sombrero, con los brazos cruzados. No le gritó. No le dio un cintarazo, que en aquellos años era la pedagogía oficial del campo mexicano. Nada más le señaló al animal y le dijo: pregúntele a él si sabe que usted se quedó dormido.
—¿Y qué hizo usted?
—Pues darle de comer. ¿Qué más iba a hacer?
—¿Y su papá?
—Se fue. No hacía falta más.
Setenta y tres años después, el viejo todavía se acordaba de aquel comedero con una precisión que no tenía para las fechas de su boda ni para los nombres de sus nietos, y yo pensé que quizá toda afición verdadera empieza así: el día en que aquello que nos gusta comienza a exigirnos algo. Mientras sólo nos divierte, es pasatiempo. Cuando nos saca de la cama, ya es otra cosa. Chesterton decía que lo que vale la pena hacerse vale la pena hacerse mal; don Eusebio, que no había leído a Chesterton ni pensaba hacerlo, habría añadido que vale la pena hacerse temprano.
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Por eso le fastidiaba, y se le notaba en la quijada, que la gente redujera al gallero a la noche del palenque: la música, el grito, el dinero que cambia de mano, el sombrero que sube y baja. Todo eso existe, y él no lo negaba, pero lo ponía en su lugar, que es el último.
—Ese de la apuesta puede ser jugador —me dijo—. Al gallero se le conoce al día siguiente.
Y al día siguiente, me explicó, no hay música. Hay bebederos. Hay que ver quién comió y quién dejó la mitad, quién amaneció con el ojo distinto, a quién se le cayó una pluma antes de tiempo, cuál de los animales que ayer se acercaba primero a la cerca hoy se quedó atrás, echado, mirando a ningún lado. Su padre tomaba un gallo entre las manos, lo sopesaba un instante y decía bajó. Luego lo ponía en la báscula, y casi siempre había bajado.
—¿Usted puede hacer eso?
—A veces.
—¿Después de setenta años?
—Por eso le digo que a veces.
Le pregunté qué les daba de comer, y se rio como se ríe uno de un niño que pregunta dónde se compran los hijos. No creía en recetas; creía en mirar, y lo remató con una frase que anoté como quien copia un refrán que todavía no existe:
—El que nomás mira el comedero termina criando comederos.

Luego me habló de la muda, y ahí su voz se volvió casi tierna. Cada año el gallo pierde el traje. La golilla se le llena de huecos, la cola se le empobrece, los caireles se le caen como las hojas de un calendario, y aquel animal que ayer parecía un obispo en procesión se convierte durante unas semanas en un pariente pobre de sí mismo.
—Hasta el gallo tiene que aceptar que a ratos se ve feo —dijo—. Y uno tiene que aceptar que no se le puede apurar.
—¿Qué se hace entonces?
—Comida buena, agua limpia, el corral limpio. Y no estarlo fastidiando.
—¿Cuánto tarda?
Me miró con una lástima infinita.
—Lo que tarda.
Y ahí entendí la distancia que nos separaba: yo preguntaba por semanas y él respondía con estaciones. Hay cosas que se ayudan haciendo y otras que se ayudan dejando hacer, y la sabiduría entera del campo —quizá de la vida— consiste en no confundirlas.
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—¿Y uno se encariña? —le pregunté, ya en confianza.
Doña Chayo, que había vuelto con más café y que tenía un oído de confesor para las preguntas indiscretas, contestó antes que él.
—Se encariña más con los gallos que con los cristianos. Cuando se le murió el Canelo no comió en dos días. Cuando se murió mi compadre Lupe, comió dos veces.
—Es que el Canelo no tenía quién le llorara —se defendió él—. A Lupe lo lloró medio pueblo.
Ella soltó una carcajada que no quería soltar, y él aprovechó para contestarme en serio. Claro que uno se encariña. Lo ve salir del cascarón, lo ve pasar por esa edad horrible en que el pollo parece una escoba mal amarrada, lo ve componerse, sacar pluma, pararse derecho, y un día lo oye cantar como grande y todavía se acuerda de cuando le cabía en la mano. Juntó las palmas para enseñarme el tamaño, y en aquel hueco de sus manos viejas cupieron, me pareció, sesenta años de pollitos.
—¿Y ellos lo reconocen a usted?
—Yo digo que sí. Chayo dice que reconocen la cubeta.
—Reconocen la cubeta —confirmó ella.
—Pues déjeme mi versión.
Ahí estaba el amor, pensé. No en proclamarlo, que eso lo hace cualquiera, sino en defender su versión contra toda evidencia y contra la propia esposa.
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De la sangre habló después, y no como hablan ahora los que pronuncian nombres de líneas como quien presume la marca de la camioneta. Habló de familias. De padres y madres, de hermanos que salen distintos, de lo que se repite y lo que desaparece, de aquello que uno creyó corregido para siempre y que reaparece tres generaciones después con la puntualidad burlona de un defecto de familia.
—Un gallo bueno puede salir por casualidad —me dijo—. Una familia buena tiene que volver a sacarlo. Y volver a sacarlo es lo difícil.
—¿Cuánto tarda uno en hacer una familia?
—Más de lo que tarda en ponerle nombre.
Me pareció que acababa de resumir medio oficio y, de paso, media historia de México.
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Fue entonces cuando le hice la pregunta que llevaba toda la mañana queriendo hacerle: desde cuándo había gallos en México.
—Antes de México —dijo.
Y me contó el mar.
No lo contó con fechas, porque don Eusebio desconfiaba de las fechas como desconfiaba de los compradores que llegan con prisa. Lo contó con un gallo. Aquí, me dijo, ya había aves de sobra antes de que llegaran los españoles: guajolotes en los corrales, aves de pluma fina que se pagaban en tributo, aves de monte, aves de comer y aves de adornar a los señores. Pero el gallo, este gallo, vino en los barcos. En los papeles viejos aparecen con un nombre que a mí me pareció precioso y a él perfectamente natural: gallinas de Castilla.
—Hasta la gallina decía de dónde venía —comentó—. Ahora ni la gente.
Luego supe, por Vicente Agustín Esparza —un historiador de Aguascalientes que ha pasado media vida siguiéndoles la pista a los gallos de su tierra, con la terquedad de un criador—, que nadie sabe a ciencia cierta por dónde entraron: si por Veracruz, en las naos que venían de Cádiz, o por Acapulco, en la Nao de China que traía de Manila la seda, la porcelana y, a lo mejor, algún gallo filipino dormido entre fardos de especias. Me gustó esa incertidumbre. Me gustó pensar que el gallo mexicano pudo haber llegado por los dos mares, como llegó casi todo lo que después fuimos.
—Imagínese uno de estos en el barco —me dijo don Eusebio, y señaló al colorado, que seguía en su trono de tierra.
Lo imaginé. La madera mojada que cruje toda la noche, las cuerdas tiesas de sal, los hombres enfermos de horizonte, semanas enteras sin ver una piedra, un árbol, una torre. Y de pronto, al amanecer, en alguna jaula amarrada en la cubierta, un gallo que canta como si hubiera un patio.
—Eso sí debió oírse bonito —dijo él. Fue la única concesión sentimental que se permitió en todo el día.
Por primera vez comprendí que, para aquellos hombres, un gallo pudo haber sido un pedazo de tierra firme que cantaba.
—Y llegando —añadió, recobrándose— aquí agarraron.
Lo dijo con el verbo con que se habla de una semilla o de un injerto, y era exactamente eso. El gallo agarró en esta tierra. Agarró tan bien que un virrey del siglo XVI mandó que cada indio criara en su casa doce gallinas de Castilla y seis guajolotas, y en esa proporción —doce del otro lado del mar por seis de éste— está, si uno la mira bien, la aritmética entera del mestizaje.
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Agarró tan bien, de hecho, que a fines del siglo XVII ya había agarrado demasiado. Cualquier pretexto era bueno para echar gallos: un santo, un cumpleaños real, la llegada de un virrey, la fiesta del pueblo. Iba el que tenía y el que no tenía, y el que no tenía iba precisamente para ver si salía teniendo. Hubo deudas, pleitos, jornales perdidos, familias que amanecían más pobres que la víspera. A instancias del arzobispo, el gobierno virreinal prohibió las peleas en todo el reino, y hasta ofreció indemnizar a los galleros por lo que dejarían de ganar.
—¿Y funcionó? —le pregunté.
Don Eusebio no contestó. Abrió los brazos para abarcar el corral, los gallos, la gallera que se veía al fondo, la feria que empezaba en una semana y los tres siglos que había entre aquella prohibición y nosotros.
La Corona entendió después lo que Santo Tomás había enseñado cuatro siglos antes: que la ley humana no puede perseguir todos los vicios sin causar males mayores, y que lo que no se puede suprimir conviene ordenarlo. En 1727 se concedió formalmente el juego de gallos bajo licencia, y en 1730 el virrey marqués de Casafuerte remató el asiento; un tal Antonio José de Vidaurre ofreció veinte mil pesos al año y se quedó con la renta. Lo que había sido desorden se volvió licencia, reglamento y horario.
—Primero pecado, luego impuesto —resumió don Eusebio, y yo no tuve valor de decirle que la historia era un poco más complicada, porque su versión era mucho mejor contada.
El reglamento tenía sus delicadezas. Las casas debían estar autorizadas, había vigilancia, reglas para las apuestas y, en los días de fiesta, las peleas no podían empezar antes de la una de la tarde.
—¿Por qué?
—Para que la gente fuera primero a misa.
Se persignó, y lo hizo sin ironía.
—Eso estaba bien. Cada cosa a su hora.
Me quedé pensando que aquel horario resumía una civilización entera: una sociedad que no le negaba al hombre su diversión, pero que le recordaba, con la campana de las doce, que antes de la diversión estaba Dios. Nosotros, que abolimos el horario, no ganamos la libertad: perdimos el orden.
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A finales de aquel siglo, en 1794, se levantó la plaza de gallos de San Agustín de las Cuevas —nuestro Tlalpan— y cuatro años después el palenque de la calle de Moras, en el centro de la capital. Iturrigaray, virrey desde 1803, era asiduo. Y la afición atravesó la guerra de Independencia sin despeinarse, porque los imperios caen y las repúblicas se proclaman, pero los domingos siguen teniendo la tarde libre.
En el palenque, desde entonces, cabía México entero. Llegaba el hacendado en su coche y el arriero a pie; el militar con sus galones, el comerciante con su reloj, el tahúr profesional, el criador serio y el curioso que nomás iba a ver. Nadie salía de ahí igualado, pero durante unos minutos todos miraban el mismo centro, en el mismo silencio, conteniendo la misma respiración.

—Esa es la cosa —dijo don Eusebio—. El gallo no sabe quién está en el palco.
Uno de los que estaban en el palco, y con frecuencia, fue Antonio López de Santa Anna. En San Agustín de las Cuevas, durante las fiestas de Pentecostés, se juntaban carruajes, música, monte, ruleta y gallos, y hasta ahí llegaba el general a gastar las horas que el país le reclamaba en otras partes. Tenía un gallo famoso, Cola de Plata, y corrió por México la especie de que el presidente había dejado plantada una junta de gobierno para ir a atenderlo. Lo contó Carlos María de Bustamante con la indignación que le sobraba; lo supo la marquesa Calderón de la Barca, que no se perdía nada. Y no es casualidad que la sátira política más leída de aquellos años se llamara El Gallo Pitagórico.
—Ese sí era gallero —dijo don Eusebio.
—¿Buen gallero?
Lo pensó con honradez.
—Presidente fue once veces. Gallero fue toda la vida. Usted saque la cuenta de qué le salía mejor.
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El gallo, para entonces, ya se había salido del corral y se había metido en el idioma. Ser muy gallo. Sentirse gallo. Ser el gallo del pueblo. No caben dos gallos en un corral. Le pregunté por qué precisamente el gallo, entre tantos animales que tenemos a la mano para decir lo que somos.
—Mírelo —me dijo, como toda la mañana.
El colorado seguía allí, erguido, dueño del suelo que pisaba y del que no pisaba también.
—Ese no sabe hacerse chiquito.
Quizá por eso el mexicano lo reconoció tan pronto. En aquel animalito arrogante, generoso, peleonero y puntual vio algo de sí mismo que no se atrevía a decir de otro modo.
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Pero donde el gallo dejó de ser costumbre para volverse memoria fue en Aguascalientes, y don Eusebio pronunció el nombre de su tierra con el respeto con que otros pronuncian el de su madre.
Esparza ha reconstruido esa historia con una paciencia que don Eusebio aprobaría: desde el siglo XVIII se puede seguir la pista a las peleas en la villa; luego vinieron la feria de 1828 y la de San Marcos, desde 1848, y el ayuntamiento remataba la licencia como antes la remataba el virrey. Durante más de treinta años la tuvo Romualdo Dávalos, dueño del Teatro de la Primavera —que hoy es el Colegio Portugal, porque en esta tierra hasta los edificios se convierten—, y lo más delicioso de todo es que Dávalos pagaba cada año más caro el remate justo en los años en que el gobierno central y muchos ayuntamientos se desvivían por prohibir toda lid de animales en que corriera sangre. La ley decía una cosa; la feria decía otra; y la feria, como suele ocurrir en México, tenía más público.
En el siglo XX el negocio fue de José Concepción Arvizu, a quien todo el mundo conocía como el Naco, que tuvo en sus manos el palenque y las apuestas desde 1933 hasta 1962, con un casino donde se jugaban sumas que no se decían en voz alta y adonde, según se cuenta, llegaba el propio gobernador. Terminó asesinado por un tal Güero Matías, porque las ferias también tienen su tragedia y suele llegar con pistola.
—De eso no hablamos mucho —me dijo don Eusebio.
—¿Por qué?
—Porque eso no es de gallos. Es de hombres.
Y siguió con lo que sí era de gallos. Con Saturnino Herrán, hijo de Aguascalientes, que pintó a su gallero con el ave en brazos, como un santo pinta a su santo. Con el chileno Juan S. Garrido, que llegó a la feria en los años cuarenta, vio lo que vio y compuso el son que desde entonces cantan de pie los hidrocálidos aunque nunca hayan visto una pelea. Con el traje típico del estado, que el diseñador Ramón Valdiosera bordó con la balaustrada del jardín, las uvas de los viñedos y los gallos del palenque. Con la universidad del estado, cuyos estudiantes se llaman a sí mismos gallos, quizá sin saber del todo por qué.
—Ahí ya no es que haya gallos en la feria —dijo el viejo—. Es que sin ellos a la gente le faltaría algo que no sabría decir qué es.
Una costumbre se vuelve cultura, pensé, el día en que la gente empieza a reconocerse en ella sin necesidad de practicarla.
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La Revolución tampoco los borró. John Reed, el periodista norteamericano que anduvo con las tropas por Chihuahua, dejó escrito que por las tardes Pancho Villa se iba a la gallera a atender a sus propios animales.
—Pues hasta ese sabía de gallos —dijo don Eusebio, en un tono que no era de elogio.
—¿Hasta Villa?
—¿Qué tiene? Uno puede andar en malos pasos y saber cargar un gallo. Lo uno no quita lo otro.
Tenía razón. Los monumentos nos maleducan: nos hacen creer que los hombres históricos se pasaban el día haciendo historia, de pie sobre un pedestal, con la mano en el pecho. Villa podía andar en la bola por la mañana y revisarle las patas a un gallo por la tarde. Santa Anna podía perder Texas y desvelarse por Cola de Plata. La vida nunca ha respetado demasiado los capítulos de los libros de texto.
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Le conté entonces, porque la tarde lo estaba pidiendo, lo que se cuenta del Indio Fernández. Dicen que una noche llegó a su casa de Coyoacán tarde, mal acompañado y bien servido: media docena de amigos detrás y varios tequilas de ventaja, con esa hambre imperiosa de los hombres que han bebido y necesitan que el mundo se entere. Pidió de comer a gritos. Su mujer, que lo había esperado toda la noche y había tenido tiempo de sobra para pensar, no discutió. Sirvió. Un mole espeso, oscuro, perfumado, de ésos que se hacen con paciencia y con rencor. Los amigos comieron como se come a esas horas, sin preguntar y repitiendo, y el Indio, dicen, alabó la carne: firme, sabrosa, de animal bien criado. Fue hasta la mañana siguiente, ya con la cabeza en su sitio, cuando bajó al patio y encontró vacíos los corrales de sus gallos de pelea.
Don Eusebio se quedó serio un instante. Luego soltó una risa larga, la única de ese tamaño que le oí en todo el día, y se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Pues ésa sí supo pelear —dijo.
Doña Chayo, que lo había oído todo desde la puerta, no se rio. Recogió las tazas y, antes de entrar, le dirigió a su marido una mirada breve y perfectamente clara.
—Nomás que conste —dijo— que la receta ya la sé.
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Pasó por el patio un muchacho con una cubeta en cada mano. Era Rosendo, el nieto, el Chendo, diecisiete años, la gorra al revés y los audífonos colgando del cuello, que don Eusebio miraba con la desconfianza cariñosa con que los viejos miran a los jóvenes que van a heredarles algo.
—¿Ya tienen agua los de atrás?
—Sí, abuelo.
—¿Todos?
El muchacho se detuvo. Bajó una cubeta. Lo pensó.
—Me faltan dos.
—Entonces no tienen todos.
El Chendo regresó sin decir nada. Don Eusebio lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina del corral.
—Ese va aprendiendo —dijo.
—¿Por el agua?
—Porque dijo la verdad. El agua la aprende cualquiera.
Y entonces, de pronto, toda aquella historia —las dos naos, las doce gallinas, la misa de las doce, Santa Anna y el Naco, Villa y el mole del Indio— me cupo entera dentro de una cubeta de agua limpia que un muchacho de diecisiete años regresaba a llevar porque su abuelo le había enseñado que dos que faltan no son todos.
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—¿Qué es, entonces, un gallero?
Era ya la tarde. Empezaban a llegar las camionetas, los compadres, los curiosos. Don Eusebio tardó en contestar, y comprendí que no tardaba por falta de respuesta, sino por exceso.
—La palabra es grande —dijo al fin.
—Usted lleva setenta años en esto. Ya puede contestarla.
—Por eso me cuesta.
Miró hacia los corrales, donde el Chendo terminaba de llenar los bebederos.
—Criar. Cuidar. Aprender. Cumplir la palabra. Saber perder sin echarle la culpa al gallo.
Se quedó callado un rato.
—Y seguir queriendo aprender cuando ya todos le dicen que sabe.
—¿Y entonces?
—Entonces a lo mejor es uno gallero.
A lo mejor. Después de setenta y tres años, ochenta y dos de edad y cuatro generaciones de sangre colorada, don Eusebio Romo todavía no se atrevía a afirmarlo sin un a lo mejor por delante. Me dio envidia aquella humildad, que sólo se consigue madrugando.
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Se levantó para irse a los corrales. Antes de que diera dos pasos, lo llamé.
—Don Eusebio. La pluma. ¿De qué color era?
Se regresó. Sacó la pluma de la bolsa de la camisa, donde la había guardado desde la mañana, y la puso otra vez contra la luz, que ahora era la luz dorada y oblicua de las cinco. Negra. Verde. Azul. Una sombra de violeta que se fue enseguida. La movió una vez más, y volvió a ser negra.

—No aprendió nada —me dijo.
—Enséñeme.
Me la devolvió.
—Es de gallo.
Y se fue.
Desde el fondo lo llamó un muchacho que no era el Chendo: don Eusebio, venga a ver este. El viejo se acercó despacio, tomó al animal con aquella maniobra suya que no parecía maniobra, y lo miró largo. No preguntó cuánto había ganado, ni cuánto costaba, ni cómo se llamaba. Preguntó:
—¿De dónde viene?
Y entonces comprendí que esa había sido la conversación entera. Que el gallo que tenía en las manos venía de otro gallo, y aquel de otro, y detrás de todos ellos venían hombres: padres, abuelos, compadres, criadores, amigos de otros ranchos, muertos que ya nadie nombra, un niño de nueve años frente a un comedero vacío, un virrey que contaba gallinas, un marinero que oyó cantar un gallo en medio del Atlántico y creyó por un instante que había tierra.
Yo había llegado a aquel rancho creyendo que iba a aprender por qué pelean los gallos.
Don Eusebio se había pasado el día enseñándome algo mucho más difícil: por qué hay hombres que todavía los quieren.
Guardé la pluma en la libreta. Todavía la tengo. Cuando la abro, a veces es negra ●




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