Zacapu y la tercera desaparición

Por Oscar Méndez Oceguera

Imagen ilustrativa tomada de El Siglo de Torreón

Vox sanguinis fratris tui clamat ad me de terra.

Gn 4, 10

I. El cedazo

En Zacapu, en tierra purépecha, unas mujeres aprendieron a cernir la tierra. Lo hacen con el gesto que sus abuelas reservaban para la harina: un bastidor de malla, un vaivén paciente, la mirada fija en lo que se queda. Lo que la malla retiene no es salvado ni piedra. Son astillas de hueso que el fuego volvió grises y quebradizas, y entre ellas, piezas tan pequeñas que al principio parecen granos de cal. Las mujeres dicen que son dientes. Dicen que son dientes de leche. Dicen que, desde 2021, han reunido cerca de mil seiscientos.

Ninguna eligió este oficio. Hace unos años no sabían qué era una cadena de custodia ni cómo se distingue la tierra removida de la que lleva siglos quieta; hoy hablan de cuadrantes y perfiles genéticos con la naturalidad terrible de quien aprendió un idioma porque no le dejaron otro. Cada una salió a buscar a alguien suyo, y lo que encuentran rara vez es lo que buscaban. Siguen cribando porque descubrieron algo que el resto del país todavía no termina de admitir: si un hueso no es de tu hijo, es del hijo de alguien.

Conviene decir enseguida lo que se sabe, porque en esta materia la exactitud es la primera forma del respeto. La cifra procede del colectivo Buscando Cuerpos en Todo México y de su fundadora, Margarita López Pérez, madre buscadora y antigua diputada local, quien sostiene que las piezas se recuperaron junto con huesos y dientes de adultos en un predio que el colectivo señala como lugar de incineración. La Fiscalía de Michoacán responde que no tiene registro de semejante hallazgo; su vicefiscal añadió que, según sus archivos, los restos infantiles en las fosas del estado son escasos o inexistentes. La Fiscalía General de la República dice que los estudios siguen pendientes y que no ha validado ni el número de piezas ni su origen. No existe, a la fecha, un dictamen odontológico forense público que diga cuántas son, cuáles son humanas, a cuántos niños corresponderían ni dónde están hoy. El colectivo calcula unos ochenta niños. Es su estimación, no una conclusión pericial.

Mil seiscientos dientes no son mil seiscientos niños: cada niño tiene veinte piezas temporales y las pierde a lo largo de años, y el número mínimo de individuos es una operación de la ciencia, no de la indignación. Nadie tiene derecho a inflar esa cifra para conmover. Nadie tiene derecho tampoco a usar su incertidumbre como sedante, porque la duda sobre cuántos no disuelve la pregunta sobre quiénes. Y para entender por qué esa pregunta no puede esperar, hay que detenerse primero en el objeto mismo que la malla retuvo.

II. El hueso que nace para despedirse

De todos los restos humanos, el diente de leche es el único que nuestra imaginación nunca ha colocado en el osario. El cráneo pertenece al memento mori, el fémur al anfiteatro, la mandíbula a la arqueología. El diente de leche pertenece a la casa. Se mueve durante días bajo la lengua de un niño que no deja de tentarlo; cae una tarde cualquiera, entre el susto y el orgullo; pasa una noche bajo la almohada y a veces termina en una cajita donde una madre guarda también la pulsera del hospital y un rizo del primer corte de pelo, inventario de cosas sin precio que sólo el amor sabe tasar. Es el único hueso que nace para despedirse, y que se despide sin morir.

Por eso la imagen de Zacapu hiere de un modo particular. No por lo que tiene de macabro, sino por lo que tiene de inversión. Lo que debía caer para dejar sitio a otro diente habría caído, si la denuncia se confirma, porque ya no habría otro. El diente hecho para la sonrisa torcida de la fotografía escolar sería llamado a declarar en lugar de la boca que lo llevaba.

Mapa generado con inteligencia artificial

En esa intuición hay una doctrina. El niño no es un adulto incompleto al que le faltan años para merecer plenamente; es un hombre entero en estado de dependencia. Y esa dependencia —la mano para cruzar la calle, el techo, la voluntad ajena que decide por la suya mientras la suya madura— no es una deficiencia que la política deba corregir, sino un título presente a nuestra protección. La debilidad no disminuye lo que se le debe a alguien: aumenta la deuda de quien puede protegerlo.

La tradición catequética reservó para ciertas maldades una expresión que los siglos no han logrado domesticar: pecados que claman al cielo. La sangre de Abel, el clamor del oprimido, la voz de la viuda y del huérfano. No es que Dios necesite ser informado. Es que hay injusticias tan contrarias al orden debido que el lenguaje sagrado sólo acierta a representarlas como un grito que sube desde la tierra. Pero un grito supone oídos, y la historia de los desaparecidos en México es, ante todo, la historia de lo que ocurre cuando los oídos faltan.

III. Las dos primeras desapariciones

Decimos que un niño desaparece como si nombráramos un instante. En realidad abrimos una serie.

Primero desaparece de la vista. Queda la cama hecha, la mochila en la silla, el vaso a medio beber; un teléfono que se vuelve a la vez promesa y tormento; un padre que recorre por undécima vez la misma calle porque acaso hoy vea lo que ayer no vio. La familia entra en un tiempo que no es el nuestro: nosotros contamos días; ellos, llamadas que no llegaron.

Después el niño puede morir, y uno creería que el mal ha tocado fondo. No lo ha tocado. El cuerpo puede ser ocultado, quemado, fragmentado, mezclado con otros; puede ser hallado y levantado sin método, reducido a una clave alfanumérica, olvidado en una gaveta sin que nadie lo confronte con la denuncia que una madre presentó a doscientos kilómetros. Según la Comisión Interamericana, más de setenta mil cuerpos aguardan sin nombre bajo la custodia de las propias instituciones públicas. Están encontrados y siguen perdidos. Exhumar no es devolver: un diente puede estar perfectamente numerado y el niño seguir sin nombre. La primera desaparición arrebata al niño de su casa; la segunda arrebata a lo que queda de él su identidad.

Hay una tercera. Pero para nombrarla con justicia hay que mirar antes otra cosa: la manera en que miramos.

IV. La aritmética del corazón

Suponemos, con una ingenuidad casi tierna, que la compasión obedece a la aritmética: si la muerte de un niño nos estremece, la de cien debería estremecernos cien veces más. Paul Slovic y sus colaboradores han demostrado lo contrario. La respuesta afectiva no crece con el número de víctimas, sino que se aplana, y en ciertos experimentos empieza a decaer en cuanto se pasa de uno a dos. Un niño con nombre y fotografía cabe entero en la imaginación; cien forman un grupo; mil, una estadística. El uno tiene cumpleaños; los miles tienen porcentaje. El número que debería medir el horror acaba sirviéndonos de muralla contra él.

La psicología describe el mecanismo; no lo absuelve. La filosofía clásica pronuncia aquí una corrección que la sensibilidad moderna olvidó: la justicia no pregunta cuánto siento, pregunta qué debo. Es, según la vieja definición que Santo Tomás hizo suya, la voluntad constante de dar a cada uno lo suyo. Voluntad, no emoción; constante, no intermitente. El sentimiento puede despertar a la voluntad, pero no puede ser su regla, porque el sentimiento se cansa y lo debido no. Un niño sigue siendo un niño cuando nuestra atención se ha fatigado de mirarlo, y una madre conserva su derecho a la verdad aunque el algoritmo haya encontrado algo más reciente que ofrecernos.

Si la emoción no basta, queda la pregunta incómoda de qué hacemos con lo que sabemos. Y para eludirla tenemos preparada, desde hace mucho, una frase.

V. Las manos quietas

La frase cabe en cuatro palabras: yo no hice nada. Tiene la rara virtud de servir a la vez de absolución y de confesión.

Los psicólogos saben que juzgamos menos reprochable el daño causado por omisión que el causado por acción, y que la responsabilidad se diluye a medida que aumentan los testigos: la quietud de los demás se vuelve, para cada uno, prueba de que no hay emergencia. Así se fabrica, sin que nadie lo decida, el silencio de una nación. El ciudadano espera al periodista, el periodista a la fiscalía, la fiscalía discute su competencia, la dependencia aguarda un oficio, el extranjero una reacción del país y el país una reacción del extranjero. Todos esperan a alguien. Nadie miente. Y el silencio termina alimentándose de su propio movimiento.

Margarita López Pérez
Foto: Facebook

Los antiguos moralistas no necesitaron laboratorios para saberlo. Santo Tomás, al enumerar a quienes cooperan al daño ajeno, no se detiene en el que manda, aconseja o participa: añade al que calla, al que no impide y al que no denuncia, mutus, non obstans, non manifestans, siempre que tuviera obligación de hablar, de impedir o de denunciar. Todo pende de esa cláusula. La omisión culpable no es cualquier inactividad, sino dejar de hacer un bien debido cuando se podía y se debía hacerlo. Esa precisión impide dos injusticias. La primera sería declarar culpable a cada lector del crimen de otro: la culpa no se reparte por partes iguales, y el fiscal, el perito, el juez y el vecino cargan deberes de peso muy distinto. La segunda sería servirse de esa verdad para declararse exento de todo. Yo no puedo practicar una identificación genética, pero puedo preguntar por qué no se practica. No puedo buscar a todos los desaparecidos de México. Puedo impedir que desaparezcan de mi memoria y de mi juicio.

Nunca supimos tanto del dolor lejano, y nunca tuvimos un gesto tan cómodo para hacerlo desaparecer. La fosa comparte pantalla con un restaurante y un perro gracioso; no es que ignoremos, es que sabemos durante quince segundos. Lo extraño es que este mismo país sabe, cuando quiere, sostener la atención durante días enteros.

VI. El puño en alto

En septiembre de 1985, y otra vez en septiembre de 2017, cuando la ciudad se vino abajo, desconocidos formaron cadenas para pasarse piedras de mano en mano; hubo estudiantes que organizaron brigadas antes que las autoridades, médicos que corrieron, cocinas improvisadas en las aceras. Y hubo un gesto que la memoria nacional guarda como pocos: alguien alza el puño y cientos callan, porque bajo los escombros quizá respira una persona. Nadie pregunta su partido ni su apellido. Hay alguien abajo. Basta.

¿Por qué sabemos callar para escuchar a un desconocido bajo una losa y no hemos sabido formar una cadena igual de obstinada para sacar a nuestros desaparecidos del anonimato de las fosas? Sospecho que la respuesta es incómoda. El terremoto nos concede una inocencia inmediata: el enemigo es la tierra, y la tierra no tiene cómplices. Una fosa nos obliga a mirar hacia dentro de la ciudad. Son dos silencios que sólo se parecen en la forma: uno calla para escuchar; el otro calla para no haber oído. Y el segundo no sería posible si quienes tienen el deber de romperlo primero lo hubieran roto.

VII. Para qué existe el poder

En pocos países se pronuncia tanto la palabra pueblo desde el poder como en el México de estos años: cada mañana. No hace falta burlarse de ella; hace falta tomarla en serio. Si pueblo significa algo más que una fuente de legitimidad, estos niños —si la pericial confirma que fueron niños— también eran pueblo, su porción más indefensa: un pueblo que todavía no votaba, que no llenaba plazas, que no podía aplaudir al gobernante ni castigarlo en las urnas. No es por ser pueblo por lo que se les debía protección, sino por ser hombres e inocentes; pero quien invoca al pueblo cada mañana no puede olvidar que también lo eran. Una comunidad no demuestra cuánto ama al pueblo por la frecuencia con que lo nombra, sino por cómo trata a la parte del pueblo que no puede devolverle nada.

La tradición que nutre estas páginas nunca entendió la comunidad política como una suma de voluntades que de tarde en tarde producen una mayoría. Danilo Castellano ha insistido en que la política tiene una naturaleza y un fin, y en que el bien común no es un proyecto pactado ni una suma de intereses, sino el bien de cada hombre en cuanto hombre, común precisamente porque a todos conviene por naturaleza. Miguel Ayuso ha mostrado la vaciedad de un orden jurídico reducido a forma cuando el poder y la ley se desprenden de la justicia. Y Jean-Michel Gleize recuerda que la ciudad existe para procurar al hombre lo que necesita para perfeccionarse y para establecer el orden de justicia en que consiste el bien común temporal, que no es el último fin del hombre, sino escalón hacia Aquel a quien finalmente se le debe todo.

Dicho sin lenguaje de escuela: el poder no existe para contemplarse funcionando. Puede haber oficinas abiertas, presupuestos ejercidos y conferencias diarias, y existir sin embargo un fracaso concreto respecto de aquel a quien se debía proteger. La pregunta no es técnica. Es esta: ¿le fallaron el Gobierno y sus instituciones a este niño? Un niño no necesita que el Gobierno cumpla una estadística; necesita llegar vivo a adulto. Su madre no necesita saber qué calificación obtuvo la fiscalía en un índice internacional; necesita que busquen a su hijo y, si ha muerto, que alguien pueda decirle dónde está. El Gobierno y sus instituciones fallan —este o cualquiera de los anteriores, que en esta materia nadie llega con las manos limpias— cada vez que, pudiendo y debiendo sostener el orden de justicia, dejan al inocente a merced del fuerte. Ninguna política de transferencias suple ese deber, porque la justicia empieza antes que el ingreso: empieza en que un niño pueda existir sin convertirse en presa.

El derecho internacional ocupa aquí un lugar segundo: a veces coincide con lo justo, pero no es su fuente ni su medida. Aun así, sus instancias han hablado con una claridad que debería bastar. En mayo, la Comisión Interamericana cifró en más de ciento veintiocho mil las personas desaparecidas en el país, más de dieciocho mil de ellas menores de edad, y aunque no halló evidencia de una estrategia gubernamental para desaparecer personas, describió una impunidad estructural. En abril, por primera vez en su historia, el Comité de Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada halló indicios fundados de desapariciones forzadas cometidas en México como crímenes de lesa humanidad, y pidió llevar el asunto a la Asamblea General, que se prevé lo examine este otoño. Esa decisión no convierte a Zacapu en nada. Basta para que la denuncia no pueda despacharse como un exceso de las redes.

Madres buscadoras
Imagen tomada de El Imparcial

VIII. Lo que se debe

No pido indignación. La indignación es una emoción inestable y, en nuestro tiempo, una mercancía: produce un día de furia y a la mañana siguiente busca otro objeto. Lo que hace falta es una virtud, y la primera es la justicia. Al niño se le debía protección. Al desaparecido, búsqueda. Al muerto, identificación y sepultura. A la familia, verdad. Al culpable, un juicio justo. A la comunidad, el orden que le fue quebrantado.

En Zacapu eso tiene un contenido preciso y poco literario: que especialistas independientes inventaríen las piezas, determinen cuáles son humanas y cuáles infantiles, establezcan cuántos individuos representan, reconstruyan su cadena de custodia, intenten recuperar ADN y confronten los resultados con los registros de desaparecidos. Y que, si parte de la versión pública resultara falsa, se diga también sin reservas. Una causa justa no necesita mentiras. La verdad no es enemiga de las víctimas: es su primera deuda.

Esto no es una concesión de la caridad a la justicia, sino su consecuencia. La caridad, que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Él, es forma de las virtudes porque ordena sus actos al último fin; por eso no se confunde con la ternura sin verdad ni con el abrazo que reemplaza al juez. Gleize advierte que la falsa misericordia, la que disuelve el orden de justicia, contradice el bien que dice procurar. La caridad quiere el bien real del inocente, y por eso no tolera que lo que le hicieron se vuelva indiferente. Quiere también el bien real del culpable, y por eso no le niega la pena justa ni la posibilidad de su conversión. Ante una posible fosa de niños, la caridad no dice qué triste. Dice: busquen, identifiquen, devuelvan, juzguen. Y quienes hoy lo están diciendo, con la pala en la mano, no son los que tendrían que decirlo.

IX. Las madres con pala

Las madres buscadoras desmienten, una por una, nuestras coartadas. No conocen la difusión de responsabilidad: no dicen otro buscará. No conocen la impotencia como excusa: no dicen como no puedo resolverlo todo, no haré nada. No permiten que una cifra se vuelva abstracción. Nosotros convertimos personas en estadísticas; ellas devuelven las estadísticas a la condición de personas.

Su figura encierra, además, una inversión del orden. La Comisión Interamericana lo consignó con sequedad administrativa: la carga de investigar se ha desplazado hacia las familias. Quien debía ser auxiliada auxilia a las instituciones. Quien perdió a su hijo aprende antropología forense. Quien debería estar de duelo está de pie, con una pala, en un predio donde otros quemaron cuerpos. El poder público no debería mirarlas con gratitud ceremonial, sino con vergüenza institucional, porque cada una formula con la pala una pregunta que ningún comunicado acalla: ¿por qué estoy haciendo yo aquello para lo que ustedes existen?

Pero esa pregunta no se dirige sólo a ellos. Tarde o temprano, rebota en nosotros.

X. La tercera desaparición

Hay una etapa primitiva del mal en que necesita esconderse: el asesino oculta el cuerpo, el corrupto el documento, el cómplice el vínculo. Y hay otra, más avanzada y más temible, en que descubre que ya no necesita esconderse del todo. Le basta repetirse. Una fosa, otra fosa; una madre, otra madre; una promesa oficial, otro aniversario. Lo que habría sido insoportable al ocurrir una vez se vuelve paisaje al ocurrir cien.

La moral clásica conoce el mecanismo mejor que la estadística: los actos repetidos engendran hábitos, y el vicio oscurece la razón hasta corromper su juicio sobre el bien y el mal. La psicología lo llama desensibilización. La tradición tiene una palabra más severa: endurecimiento. El hombre endurecido no necesita pensar que el crimen es bueno; le basta con que no le interrumpa la cena.

El jurista cuida aquí las palabras. Terror y terrorismo no son sinónimos, y la información disponible sobre Zacapu no permite afirmar los medios y fines que la ley penal exige para el segundo. Pero hay algo que el código no define y la vida sí. Una sociedad en la que la desaparición se vuelve posibilidad ordinaria reorganiza su existencia en torno del miedo: cambia rutas y horarios, aprende de quién no hablar, aprende qué conviene no saber. El criminal obtiene entonces una victoria mayor que el botín de su delito: gobierna, mediante el miedo, una parte de la conducta ajena. Y la comunidad empieza a obedecer a una autoridad que nunca fue legítima, mientras la autoridad constituida redacta comunicados.

Esa es la tercera desaparición. No ocurre en un predio ni en un anfiteatro, sino en nosotros. Primero quisieron desaparecer al niño. Después, su cuerpo y su nombre. Nosotros completamos la obra cuando dejamos que desaparezca también el escándalo. De las tres, es la única que todavía podemos impedir. Por eso es la única de la que somos enteramente responsables.

XI. El espejo diario

López Velarde le pidió a la patria: «sé siempre igual, fiel a tu espejo diario». La súplica admite hoy una lectura que el poeta no imaginó. Una nación fiel a su espejo diario tendría que mirarse también en la tierra removida de Zacapu, y no apartar los ojos cuando la imagen le devuelva lo que no quiere ver.

Vuelvo a las mujeres y a su cedazo. Todo cedazo es, en el fondo, una teoría de lo que importa: deja pasar lo que no se busca y retiene lo que se busca. Ellas cerraron la malla hasta que no se les escapara lo más pequeño. Quizá al final de una pericial rigurosa los dientes sean menos; quizá la verdad obligue a contar más. Que la ciencia reduzca la cifra si debe reducirla y la multiplique si la evidencia lo exige. Lo que no puede ocurrir es que se pierda otra vez entre los dedos de un país que ya sabe.

Los dientes no pueden hablar. La pregunta que Zacapu le hace a México no es cuántos cupieron en el cedazo de unas madres.

Es de qué tamaño se ha vuelto la malla del nuestro.

Nota sobre las fuentes y el método

El estado de la cuestión sobre Zacapu se reconstruyó con las declaraciones públicas del colectivo Buscando Cuerpos en Todo México, el comunicado de la Fiscalía General del Estado de Michoacán y las declaraciones de su vicefiscal, así como con el comunicado de la Fiscalía General de la República del 18 de septiembre de 2026, según los recogió la prensa nacional entre el 18 y el 30 de septiembre de 2026. Toda cifra relativa al hallazgo se atribuye al colectivo; ninguna se presenta como conclusión pericial. «Segunda» y «tercera desaparición» se emplean como categorías morales, no como figuras típicas.

Fuentes doctrinales: Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 51, a. 2 y q. 85, a. 3; II-II, q. 23, a. 8; q. 58, a. 1; q. 62, a. 7; q. 79, a. 3. Catecismo Mayor de San Pío X, sobre los pecados que claman al cielo. Danilo Castellano, La naturaleza de la política. Miguel Ayuso, El Estado en su laberinto. Las transformaciones de la política contemporánea. Jean-Michel Gleize, estudios sobre bien común, justicia y misericordia en Courrier de Rome. Ramón López Velarde, «La suave Patria» (1921).

Fuentes empíricas y jurídicas: D. Västfjäll, P. Slovic et al., «Compassion Fade: Affect and Charity Are Greatest for a Single Child in Need», PLoS ONE (2014); M. Spranca, E. Minsk y J. Baron, «Omission and Commission in Judgment and Choice», Journal of Experimental Social Psychology 27 (1991); J. Darley y B. Latané, «Bystander Intervention in Emergencies: Diffusion of Responsibility», Journal of Personality and Social Psychology 8 (1968). Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Desaparición de personas en México (11 de mayo de 2026). Comité contra la Desaparición Forzada, Decisión en virtud del artículo 34 de la Convención: México (2 de abril de 2026).

Una respuesta a «Mil seiscientos dientes»

  1. Avatar de mprodriguezd
    mprodriguezd

    Es horroroso lo que sucedió allí. Y no es posible callarnos ante tal infanticidio. México ¿en qué nos estamos convirtiendo? en salvajes, en sordos y ciegos, en inhumanos.

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REFLEXIÓN DE LA SEMANA

«Aquí se encuentra una de las operaciones más graves de la modernidad: convertir el deseo en identidad. Mientras el deseo permanece como deseo, puede ser examinado, educado, ordenado, purificado, vencido o elevado. Pero cuando el deseo se convierte en identidad, toda corrección parece agresión. Si el hombre dice “esto me ocurre”, todavía puede preguntarse qué hacer con ello. Pero si dice “esto soy”, entonces toda llamada al orden parece una negación de su persona».

Oscar Méndez Oceguera

Jueves 2 de julio de 2026:

Entrevista al investigador del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), Isaac Cruz.

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