La transmisión de la fe ante la crisis de la verdad y las promesas de la renovación pastoral

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
Hay una diferencia esencial entre una lengua que ha dejado de hablarse y una verdad que ha dejado de enseñarse. La primera puede morir con sus últimos hablantes; la segunda permanece, aunque una generación entera pierda la capacidad de reconocerla. Confundir ambas cosas conduce a un singular equívoco: creer que, porque los hombres ya no comprenden lo que recibieron, aquello que recibieron debe ser reconstruido a la medida de su incomprensión.
La distinción adquiere particular gravedad cuando se trata de la fe católica. Ninguna generación cristiana ha sido propietaria de la Revelación. Los apóstoles recibieron lo que debían transmitir; los Padres lo defendieron de las primeras adulteraciones; los concilios determinaron con creciente precisión su significado; los doctores procuraron esclarecer sus relaciones internas. En este prolongado trabajo, la Iglesia no se entendió jamás como autora de la verdad confiada a su custodia, sino como depositaria de una herencia cuya autoridad procede de Dios.
La publicación de Venite ad me por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el 22 de octubre de 2026, devuelve esta cuestión al centro de la discusión eclesial. El documento examina las dificultades de transmitir el cristianismo en una civilización marcada por la secularización, el individualismo, la fragmentación de la familia y la omnipresencia de las tecnologías digitales: la fe ha dejado de pasar espontáneamente de padres a hijos, y muchas familias conservan recuerdos religiosos sin el conocimiento de las verdades que esos recuerdos expresaban. Para remediarlo, propone recuperar la centralidad del primer anuncio —el kerygma—, favorecer el encuentro personal con Jesucristo y conceder particular importancia al testimonio, la cercanía, la belleza, la liturgia y la experiencia comunitaria. Sería injusto desconocer cuanto hay de verdadero en esa propuesta: nadie recibe fructuosamente la fe como quien memoriza un inventario indiferente; la gracia actúa en personas concretas, la caridad es inseparable de la vida sobrenatural y la evangelización exige palabras que puedan ser entendidas por quienes las escuchan.
Pero un remedio pastoral debe ser juzgado también por aquello que conserva. Si alguien ha dejado de comprender una verdad, se podrá revisar el modo de explicársela; no por eso habrá cambiado la verdad. De ahí la cuestión que gobierna este examen: ¿la experiencia del creyente ayuda a recibir la Revelación, o termina convirtiéndose en medida de lo que merece ser anunciado? La distancia entre ambas posibilidades es la que separa una pedagogía fiel de una mutación silenciosa del depósito recibido. Y como sapientis est ordinare, lo que está en juego no es sólo la presencia de tal o cual verdad en el texto, sino el orden en que cada una ocupa su lugar.
La verdad no nace de la experiencia
El numeral 5 de Venite ad me distingue entre la fides qua, el acto personal de creer, y la fides quae, las verdades creídas. Concentra su atención en la primera y reserva a la catequesis sistemática el desarrollo ordenado de la segunda. El propio texto afirma después, en los numerales 74 y 138, que ambas dimensiones son inseparables. La precisión es importante: no permite atribuirle una negación formal de la doctrina objetiva. La cuestión está en el uso que se hace de esa distinción.
Para comprenderla sin vocabulario especializado, piénsese en tres cosas diferentes: la verdad que se comunica, la razón por la cual merece crédito y el camino humano por el que alguien llega a conocerla. Quien cree a un testigo no lo cree por lo que su relato le hace sentir, sino por la veracidad de quien habla; si confundiera ambas cosas, tendría por cierto lo que lo conmueve y por dudoso lo que lo incomoda. La fe posee esa misma estructura de testimonio, con una diferencia infinita: el testigo es Dios, y en el asentimiento interviene un principio sobrenatural, la gracia. La experiencia puede preparar el encuentro con la verdad o acompañarlo; no constituye la razón formal de su certeza.
Santo Tomás resolvió la cuestión con una precisión que conserva intacta su fuerza: el acto de fe pertenece al entendimiento, al que la voluntad —movida por la gracia— determina a asentir (Summa Theologiae, II-II, q. 2, a. 9; q. 4, a. 2). Su objeto no es el estado interior del creyente, sino la verdad revelada; su motivo formal, la Verdad primera que revela (II-II, q. 1, a. 1). El Concilio Vaticano I lo definió con palabras que no admiten paráfrasis: creemos verdadero lo revelado non propter intrinsecam rerum veritatem naturali rationis lumine perspectam, sed propter auctoritatem ipsius Dei revelantis, qui nec falli nec fallere potest (Dei Filius, c. III). No se cree porque una afirmación resulte reconfortante, sino porque se reconoce a Dios como su autor. Así entendido, el asentimiento no excluye la libertad, el afecto ni la caridad: los sitúa en el orden que les corresponde.
La distinción permite reconocer el valor de la experiencia sin convertirla en fundamento. Una persona puede acercarse al cristianismo movida por la belleza de una iglesia, la caridad de un sacerdote o el recuerdo de la oración de su madre. Tales circunstancias pueden disponerla a creer. Pero el motivo por el cual finalmente cree no es la emoción que experimentó, sino la autoridad divina que reconoce en la Revelación.
Por eso merece atención una fórmula que el documento toma de los obispos de Chile: la fe, que ya no puede presuponerse como herencia, habría de acogerse libremente y validarse en la existencia (n. 63). La primera mitad es verdadera; la segunda requiere una distinción que el texto no hace. Que la fe dé frutos en la vida es su confirmación; que la vida sea el tribunal que la acredita sería invertir su fundamento. El mismo Concilio Vaticano I excluyó expresamente que los hombres deban moverse a la fe sola interna cuiusque experientia aut inspiratione privata (Dei Filius, can. 3, 3). Los frutos confirman lo que la autoridad de Dios funda; no al revés.
La misma cuestión reaparece en el itinerario que el documento propone: primero el anuncio, después la experiencia interior de la presencia de Cristo y sólo entonces el camino del conocimiento y del amor (n. 76). La tradición conoce otro orden. Trento describe el camino del adulto hacia la justificación comenzando por la fe que nace del oído —los pecadores, movidos por la gracia, se vuelven a Dios credentes vera esse, quae divinitus revelata et promissa sunt— y continuando por el temor saludable de la justicia divina, la esperanza, el amor naciente y el arrepentimiento (ses. VI, c. 6). Santo Tomás enseña que fides praecedit spem, et spes caritatem (I-II, q. 62, a. 4), y reserva el conocimiento experimental de Dios —quasi sapida scientia, una ciencia que se saborea— al don de sabiduría, fruto maduro de la caridad (I, q. 43, a. 5, ad 2). Lo que en la tradición es cumbre, el documento lo coloca en el umbral. La consecuencia pastoral no es pequeña: quien no siente creerá que no cree, y quien siente creerá que ya cree.
El numeral 138 invoca la triple distinción clásica: credere Deum, credere Deo, credere in Deum. Credere Deum señala a Dios como objeto de la fe; credere Deo, la autoridad de Dios revelador como motivo formal del asentimiento; credere in Deum, el movimiento hacia Dios como fin, perfeccionado por la caridad (Summa Theologiae, II-II, q. 2, a. 2). Esta última dimensión no convierte retroactivamente al sentimiento en fundamento de certeza.
En el documento, credere Deo aparece asociado, junto con credere in Deum, a la «implicación personal y activa» del creyente. La formulación admite una lectura recta, pero necesita ser afinada: creer a Dios no significa primordialmente vivir una relación afectiva con Él, sino asentir a su palabra porque Él es quien habla. La implicación personal sigue a ese principio y le da expresión vital. Si se pierde la diferencia, el «encuentro» puede ocupar inadvertidamente el lugar reservado a la Revelación. Bien entendida, en cambio, la tríada es la llave con que debe leerse el documento entero: todo cuanto en él se dice de la experiencia ha de entenderse bajo el credere Deo.
Esta diferencia explica la severidad con que san Pío X examinó el modernismo en Pascendi dominici gregis. Lo que allí condenó no fue la existencia de una experiencia religiosa ni la importancia de la vida interior, sino la inversión por la cual el sentimiento termina constituyendo la fuente de la religión y las fórmulas dogmáticas quedan subordinadas a su evolución. Sería doctrinalmente improcedente identificar sin más Venite ad me con aquel sistema, puesto que el documento reconoce la Revelación y conserva explícitamente la relación entre experiencia y verdad; pero precisamente por ello resulta necesario que sus orientaciones pastorales estén gobernadas por las distinciones que su conclusión reconoce.
Esto no significa que el primer paso de una conversión deba ser una lección de metafísica. El relato de Emaús es más instructivo: el Señor abrió a los discípulos el sentido de las Escrituras, sus corazones ardieron mientras escuchaban y lo reconocieron al partir el pan. Hay palabra, movimiento interior y signo sacramental, y en ese orden; ninguno necesita ocupar el lugar del otro. Puede preceder una inquietud religiosa a la instrucción completa, pero el acto de fe se especifica por aquello que cree y por la autoridad de quien revela. Esa es la frontera entre una pedagogía legítima y una religión medida por la conciencia de quien la profesa.
San Bernardo, maestro incomparable del amor de Dios, nunca necesitó oscurecer esta frontera: su teología afectiva exige humildad, purificación, obediencia y conocimiento de sí, porque el amor verdadero no dispensa de la verdad, sino que conduce hacia ella. Tampoco san Agustín hizo de la interioridad un recinto cerrado sobre sus propias impresiones. Su consigna no termina en el noli foras ire, in te ipsum redi; continúa: et si tuam naturam mutabilem inveneris, transcende et te ipsum (De vera religione, 39, 72). Y el propio santo Tomás, que conoció las alturas de la contemplación, dejó escrito en el Adoro te devote el principio que gobierna todo este capítulo: visus, tactus, gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur. La tradición cristiana conoce el corazón humano demasiado bien para abandonarle la medida última de lo verdadero.
El Cristo que consuela es también el Cristo que juzga
La primera consecuencia de esa distinción se advierte al anunciar a Jesucristo. El documento sitúa en el centro el amor divino: el Señor sale al encuentro de los hombres, comparte sus sufrimientos y revela la misericordia del Padre. Nada hay que objetar a la verdad de esa presentación. Pero una predicación puede ser verdadera en lo que afirma y, sin embargo, dejar incompleto el misterio que pretende comunicar.
El Evangelio no anuncia solamente que el hombre es amado; anuncia que necesita ser redimido. La misericordia presupone una miseria de la que debe ser liberado; el perdón, una culpa verdadera; la reconciliación, una ruptura objetiva que la sola benevolencia sentimental no puede reparar. Por eso la predicación apostólica, desde Pentecostés, reúne elementos que no deben separarse: Jesucristo murió por nuestros pecados, resucitó, ha sido constituido Señor y Juez de vivos y muertos, llama a la penitencia y ofrece, mediante la gracia y los sacramentos, el perdón y la vida eterna. El primer sermón de Pedro no terminó en una invitación a sentirse amado, sino en un mandato: Paenitentiam agite, et baptizetur unusquisque vestrum in nomine Iesu Christi in remissionem peccatorum vestrorum (Hch 2,38).
El primer anuncio no tiene que contener materialmente todos los tratados de teología, pero debe introducir en el misterio de Cristo sin amputar, por principio, aquello que permite comprender la necesidad de la salvación. La dificultad de ciertas fórmulas pastorales contemporáneas reside en su tendencia a hablar extensamente del consuelo y mucho menos del pecado, de la acogida y apenas de la conversión, del amor de Dios y escasamente de su justicia. Se produce así una paradoja: se anuncia con particular insistencia la respuesta divina mientras se vuelve imprecisa la naturaleza del problema humano al que esa respuesta corresponde. Trento salió al paso de esa reducción con una fórmula que conserva toda su actualidad, al condenar a quien dijera que Cristo fue dado a los hombres como redentor en quien confiar, non etiam ut legislatorem, cui oboediant (ses. VI, can. 21).
La Cruz ofrece el ejemplo más decisivo. Venite ad me describe la condena de Jesús dentro del conflicto entre su predicación y las autoridades políticas y religiosas de su tiempo. La perspectiva posee fundamento histórico y evangélico, pero es necesario distinguir la ocasión histórica de la causa salvífica. Jesús padeció bajo una autoridad concreta; no murió únicamente como víctima de esa autoridad. Según la fe de la Iglesia, entregó libremente su vida por nuestros pecados: el Hijo encarnado ofreció voluntariamente al Padre un sacrificio redentor, y sua sanctissima passione in ligno crucis nobis iustificationem meruit, et pro nobis Deo Patri satisfecit (Trento, ses. VI, c. 7).
Santo Tomás examinó la eficacia de la Pasión bajo las razones de mérito, satisfacción, sacrificio y redención (Summa Theologiae, III, q. 48). Expresan aspectos distintos de una misma obra: la obediencia de Cristo merece para los hombres la gracia; su entrega repara sobreabundantemente la ofensa del pecado; su oblación es verdadero sacrificio; su sangre constituye el precio de nuestra liberación. No se trata de artificios de una teología jurídica incapaz de comprender el amor. Sin tales distinciones, el Calvario corre el riesgo de parecer tan sólo una lección sublime de generosidad.
Tampoco supone esta doctrina imaginar a un Padre cruel que necesitara ser persuadido para amar al hombre por un Hijo inocente y contrario a su voluntad. El amor de Dios es anterior a la satisfacción: de él procede la iniciativa redentora. El Padre envía al Hijo; el Hijo se entrega libremente en su humanidad; la obra entera pertenece a la economía trinitaria de nuestra salvación. La satisfacción no hace nacer la misericordia; expresa el modo admirable en que la misericordia restaura, mediante la obediencia de Cristo, el orden de la justicia herido por el pecado. Santo Tomás llega a decir que redimirnos de ese modo fue abundantioris misericordiae que perdonar los pecados sin satisfacción alguna (III, q. 46, a. 1, ad 3): la justicia, lejos de limitar la misericordia, le dio ocasión de mostrarse más grande.
La misma arquitectura debe conservarse al hablar de misericordia. Dios ama a los pecadores y quiere antecedentemente la salvación de todos; no por eso se convierte la perseverancia en una posesión automática ni desaparece la posibilidad del juicio. Santo Tomás distingue la voluntad antecedente de Dios de su voluntad consecuente, que considera también el orden de la justicia (Summa Theologiae, I, q. 19, a. 6, ad 1). La distinción no introduce contradicción en Dios: permite hablar rectamente de la universalidad de su bondad sin anular la libertad de la criatura ni la seriedad del pecado. Por eso no basta afirmar, como el documento, que el sí de Dios al hombre nunca se vuelve un no (n. 20), sin añadir lo que la Iglesia siempre ha añadido: que la oferta de la gracia no se retira mientras dura la vida, y que nadie puede tener por cierta, sin especial revelación, su perseverancia final (Trento, ses. VI, can. 16).
La Iglesia predica a un Cristo que perdona, pero que también enseña, manda y juzga; que acoge al pecador para rescatarlo del pecado y no confunde el amor debido a toda persona con la aprobación de todos sus actos. La severidad de esta doctrina no procede de una sensibilidad religiosa particularmente austera, sino de tomar en serio la libertad humana, la gravedad de nuestras decisiones y la realidad sobrenatural del destino eterno.
El altar no es un escenario
De la Cruz pasamos naturalmente al altar. El numeral 90 de Venite ad me reconoce que en la liturgia el misterio de Cristo se celebra y comunica sacramentalmente, pero añade que la liturgia es «ante todo una experiencia de fe», incluso antes que una enseñanza. La dificultad no reside en reconocer que el fiel vive interiormente lo celebrado, sino en decidir si esa vivencia describe la naturaleza del culto o uno de sus frutos. Trento, que no ignoraba el valor formativo de los ritos, lo situó en su lugar: aunque Missa magnam contineat populi fidelis eruditionem, los Padres no juzgaron conveniente que se celebrara por doquier en lengua vulgar (ses. XXII, c. 8). La Misa instruye, pero no existe para instruir; y menos aún para conmover.
En el orden teológico, la liturgia pertenece al culto debido a Dios: la virtud de religión dispone al hombre a rendirle reverencia y honor (Summa Theologiae, II-II, q. 81). El culto litúrgico de la Iglesia participa de la acción sacerdotal de Jesucristo y se ordena a la gloria divina y a la santificación. En su centro, la Misa hace presente sacramentalmente el único sacrificio del Calvario: no lo repite ni lo reduce al recuerdo compartido de una comunidad, porque una enim eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotum ministerio, qui se ipsum tunc in cruce obtulit, sola offerendi ratione diversa; y ese sacrificio es vere propitiatorium (Trento, ses. XXII, c. 2). Adorar no es una modalidad intensa de sentirse acompañado: es reconocer y honrar objetivamente a Aquel de quien depende nuestro ser.
Pío XII explicó en Mediator Dei que el culto cristiano procede del sacerdocio de Cristo y que la liturgia profesa la fe de la Iglesia. Su enseñanza contiene una advertencia de excepcional actualidad: es un error tener la liturgia por piedra de toque de las verdades de fe, como si la Iglesia hubiera de declarar verdadera una doctrina por los frutos de piedad que parezca producir una celebración (n. 46). De ahí su precisión del antiguo adagio: lex credendi legem statuat supplicandi (n. 48). La fe norma el culto, aunque el culto la exprese y la transmita.
La doctrina sacramental confirma esta prioridad. Los sacramentos confieren gracia ex opere operato en virtud de la acción de Cristo, siempre que concurran las condiciones exigidas (Trento, ses. VII, can. 8); no la producen por la elocuencia del celebrante ni por la intensidad afectiva de los asistentes. El estado y las disposiciones del receptor importan para acoger fructuosamente esa gracia, pero no fabrican el misterio. Una persona puede salir de Misa sin sentir especial consuelo y haber participado verdaderamente de la acción sagrada; otra puede conmoverse profundamente y necesitar todavía conversión. La experiencia es real y valiosa; pero es fruto del culto, no su definición.
Lo mismo vale para la belleza. La música sagrada no alcanza su dignidad simplemente porque conmueva, sino porque su forma conviene a la santidad de la acción que sirve; san Pío X le asignó tres notas que siguen siendo la mejor regla: la santità e la bontà delle forme, onde sorge spontaneo l’altro suo carattere, che è l’universalità (Tra le sollecitudini, 1903). La arquitectura cristiana no se reduce a la producción de atmósferas espirituales. La solemnidad de los signos, la disciplina de los gestos y el silencio tienen un significado anterior a los gustos individuales.
En este punto, el propio documento recoge un testimonio extraordinario de Romano Guardini sobre la liturgia de Monreale: aquellos fieles participaban permaneciendo ante el misterio, con una atención que no necesitaba manifestarse continuamente mediante palabras o acciones exteriores (n. 93). El episodio permite comprender algo que la cultura contemporánea encuentra cada vez más difícil: no toda participación consiste en intervenir, ni toda comprensión exige convertir inmediatamente lo sagrado en una experiencia familiar. No es casual que la expresión participación activa la acuñara san Pío X en ese mismo motu proprio, precisamente para pedir que el pueblo volviera a cantar el gregoriano. A veces es necesario educar la inteligencia para que alcance el sentido del símbolo, y no modificar indefinidamente el símbolo hasta reducirlo a lo que la sensibilidad presente puede comprender sin esfuerzo.
Por eso, al hablar de diversas sensibilidades litúrgicas (n. 94), conviene no olvidar que los ritos son algo más que preferencias estéticas: constituyen formas objetivas del culto eclesial, depositarias de una memoria doctrinal y espiritual que pertenece también a las generaciones que nos precedieron, y no pueden juzgarse sólo por su capacidad de satisfacer las expectativas de los fieles actuales. Nada de esto niega la competencia legítima de la autoridad eclesiástica para regular la disciplina ritual; exige, en cambio, que sus decisiones sean examinadas a la luz de la continuidad doctrinal y de la naturaleza del culto.
Sería igualmente imprudente atribuir, sin investigación histórica suficiente, la crisis de la fe a determinadas reformas litúrgicas: una sucesión cronológica no demuestra por sí misma causalidad. Pero el estudio de esa relación no es una tesis polémica impuesta desde fuera al documento; se sigue de su propio principio. Venite ad me invoca el antiguo adagio lex orandi, lex credendi (n. 92) para afirmar que la celebración transmite la fe de la Iglesia. Si así es —y así es—, resulta ineludible preguntar si la transformación de las formas de oración ha contribuido, junto con otros factores, a modificar las disposiciones religiosas y el sentido de lo sagrado.
La liturgia educa precisamente porque es algo más que educación. Su fuerza más alta consiste en ordenar al hombre hacia Dios, no en colocar la satisfacción espiritual del hombre en el centro del misterio.
El dogma no es una lengua muerta
Un problema de naturaleza semejante aparece cuando se propone adaptar la formulación de la fe a las categorías culturales contemporáneas. La necesidad de explicar la doctrina en lenguaje inteligible es evidente: los apóstoles predicaron a pueblos diferentes; los Padres emplearon instrumentos de la filosofía de su tiempo; los misioneros aprendieron lenguas y costumbres que les eran desconocidas. La Iglesia nunca estuvo obligada a conservar intactas todas las formas accidentales de una sola civilización. Pero una lengua nueva no confiere permiso para sostener un juicio nuevo y contrario al anterior: traducir una afirmación es conservar lo que ella dice, no sustituirlo por algo que resulte más aceptable.
El numeral 104 de Venite ad me recuerda la necesidad de comunicar el Evangelio a hombres cuyas categorías culturales no coinciden con las del mundo en que fueron formuladas las Escrituras. La observación es legítima. Se vuelve delicada cuando se extiende, sin las distinciones necesarias, a las categorías filosóficas que la Iglesia incorporó después a sus definiciones dogmáticas: no es lo mismo reemplazar una expresión poco comprensible por otra equivalente que abandonar una distinción metafísica indispensable para la integridad de una doctrina.
Las nociones de persona y naturaleza no son curiosidades del vocabulario antiguo. La Iglesia las necesitó para confesar que Jesucristo es una Persona divina en dos naturalezas, plenamente Dios y plenamente hombre, sin mezcla ni separación. La noción de sustancia, en la enseñanza eucarística, permite afirmar que no cambia solamente el significado del pan para la comunidad: por la consagración se realiza una conversión sustancial, mientras permanecen las especies sensibles. Es posible explicar esos términos mediante ejemplos, traducciones y analogías. No es posible negarlos y seguir afirmando, sin contradicción, el mismo juicio dogmático.
El Concilio Vaticano I recogió la regla clásica del desarrollo homogéneo, formulada por san Vicente de Lérins: crecer in eodem scilicet dogmate, eodem sensu eademque sententia, en el mismo dogma, con el mismo sentido y el mismo juicio (Dei Filius, c. IV). La fórmula no inmoviliza el trabajo de la inteligencia. El propio Lerinense la ilustró con la imagen del cuerpo que crece con los años sin dejar de ser el mismo: los miembros se desarrollan, pero no se mudan en otros (Commonitorium, 23). Lo que la regla excluye es la mutación que hace decir al dogma lo contrario de aquello que la Iglesia había definido, y el Concilio la anatematizó expresamente: jamás puede atribuirse a los dogmas, secundum progressum scientiae, un sentido distinto de aquel quem intellexit et intelligit Ecclesia (can. 4, 3).
Pío XII volvió sobre la cuestión en Humani generis. Reconoció que los términos pueden ser perfeccionados, pero advirtió que abandonar los conceptos trabajados durante siglos por fórmulas fluctuantes sería una imprudencia suma, capaz de convertir el dogma mismo en caña agitada por el viento (n. 17). La verdad no queda prisionera de una lengua histórica; pero tampoco puede sobrevivir intacta cuando desaparecen las distinciones necesarias para expresarla.
La misma lógica gobierna el uso que el documento hace de la jerarquía de las verdades (n. 84), cuando aconseja no dispersarse en muchos ámbitos doctrinales con los catecúmenos y con quienes regresan a la fe. La expresión tiene un sentido legítimo: las verdades reveladas guardan relaciones diversas con el fundamento del misterio cristiano, y el Vaticano I habla del nexo de los misterios inter se et cum fine hominis ultimo (Dei Filius, c. IV). Pero esa jerarquía es un orden de conexión, no una escala de obligación. Todas las verdades reveladas se creen por el mismo motivo, la autoridad de Dios; por eso enseña santo Tomás que quien rechaza por juicio propio un solo artículo ya no conserva el hábito de la fe (Summa Theologiae, II-II, q. 5, a. 3). Empezar por el centro es pedagogía; quedarse en el centro sería mutilación.
En este contexto merece una consideración particular el numeral 80 de Venite ad me, que aconseja revisar modalidades catequéticas calificadas de escolásticas, dogmáticas o moralistas. Es razonable corregir una enseñanza fría, repetitiva o incapaz de mostrar la relación entre la doctrina y la vida; pero resulta desafortunado designar sus defectos con palabras que nombran algunos de los instrumentos intelectuales más importantes de la tradición cristiana. La escolástica no fue el arte de convertir a Dios en un silogismo, sino un esfuerzo de la inteligencia para ordenar lo conocido, distinguir el sentido verdadero del falso y evitar que los misterios fueran confundidos con las impresiones humanas. Por eso León XIII pudo llamar a santo Tomás, inter Scholasticos Doctores, omnium princeps et magister (Aeterni Patris); y el mismo Doctor que escribió la Summa compuso el Pange lingua: precisión conceptual y profundidad contemplativa en una sola alma.
La formación dogmática tampoco se opone a la caridad: enseña al creyente qué debe creer, qué debe amar y cómo debe ordenar su existencia hacia su fin último. Juan Pablo II recordó en Catechesi tradendae (n. 30) que quien recibe la fe tiene derecho a conocer íntegramente su contenido, sin mutilaciones. Esa integridad no obliga a enseñar todas las cuestiones al mismo tiempo: la pedagogía admite grados; la verdad, una vez propuesta como revelada, no admite convertirse en facultativa por el hecho de resultar menos atractiva.
San Pío X atribuyó en Acerbo nimis la decadencia de la vida cristiana, ante todo, a la ignorancia de las cosas divinas, y su remedio no fue abreviar la doctrina, sino enseñarla. Una generación educada en la fragmentación intelectual necesita más que mensajes breves y expresivos: necesita recuperar la atención, la memoria, la paciencia de la lectura, la capacidad de distinguir conceptos y el hábito de argumentar. La catequesis que renunciara a esas exigencias por temor a resultar demasiado difícil terminaría adaptándose a la misma debilidad que está llamada a corregir. La pregunta no es si enseñaremos una verdad ardua a inteligencias fatigadas, sino de qué manera ayudaremos a esas inteligencias a recobrar su fuerza para reconocerla.
Una civilización no se descristianiza por accidente
Hasta aquí hemos hablado de la fe que recibe una persona y de los medios por los que llega a conocerla. Pero nadie nace en un vacío social. La transmisión tiene también una historia: la de hogares, escuelas, parroquias, leyes y costumbres que pueden sostener el aprendizaje de la verdad o volverlo excepcionalmente difícil. En este terreno aparece otra insuficiencia del documento, no necesariamente doctrinal, sino relativa a la arquitectura histórica de su diagnóstico.
Venite ad me describe con atención diversos síntomas de la secularización: la ruptura generacional, el aislamiento, el individualismo, las transformaciones tecnológicas, el debilitamiento de la vida comunitaria. Declina, sin embargo, entrar en la complejidad de sus causas (n. 53), aunque reconoce la necesidad de una investigación ulterior sobre el declive religioso en los países antiguamente católicos (n. 119). Distinguir síntomas de causas es aquí una exigencia de rigor, no un lujo metodológico: scire est rem per causam cognoscere, y no hay remedio proporcionado sin diagnóstico.
Una sociedad no deja de transmitir la fe únicamente porque sus habitantes pierdan interés por determinadas prácticas. Puede haber cambiado también la concepción del hombre que gobierna sus instituciones, la relación entre autoridad y libertad, el fundamento de sus leyes, la estructura de la familia y el ideal de educación que propone a las nuevas generaciones.
La modernidad no constituye una realidad doctrinal uniforme. En ella conviven aportaciones científicas y técnicas verdaderas con sistemas filosóficos diversos, algunos compatibles con la doctrina cristiana y otros abiertamente contrarios a sus principios. Sería intelectualmente pobre condenarla en bloque; pero no lo sería menos abstenerse de examinar aquellas corrientes que han convertido la autonomía individual en medida última del bien, separado la libertad de la verdad o reducido la religión a una preferencia estrictamente privada.
Aquí las encíclicas de León XIII conservan una actualidad que excede ampliamente su contexto decimonónico. Immortale Dei y Libertas examinan la naturaleza de la autoridad, la libertad humana y las obligaciones morales de la sociedad política, y la primera lo dice con una sobriedad que no admite atenuantes: civitates non possunt, citra scelus, gerere se tamquam si Deus omnino non esset. Pío XI, en Quas primas, recordó que el reconocimiento de la realeza de Cristo no puede quedar confinado a la conciencia individual.
De ello no se sigue que toda organización histórica de la cristiandad posea dignidad dogmática: las formas de gobierno, las instituciones y los procedimientos jurídicos pertenecen en buena medida al orden prudencial. Pero tampoco puede deducirse que el orden público sea moralmente indiferente ante Dios. La comunidad política posee responsabilidades relativas al bien común; la familia, derechos naturales; la escuela, deberes de formación intelectual y moral. Una cultura que disuelve esas referencias transforma también las condiciones ordinarias de recepción de la fe.
Santo Tomás ofrece aquí los principios que la sociología pastoral, por sí sola, no alcanza. La ley no es sólo un límite exterior: proprius effectus legis est inducere subiectos ad propriam ipsorum virtutem (Summa Theologiae, I-II, q. 92, a. 1). Y la costumbre, ley no escrita de un pueblo, et habet vim legis, et legem abolet, et est legum interpretatrix (I-II, q. 97, a. 3). De ahí una pregunta que el documento no formula: ¿qué ocurre cuando la sociedad ya no se limita a dejar de enseñar el cristianismo, sino que comienza a formar a sus miembros, por sus leyes y sus costumbres, según principios antropológicos incompatibles con él? Lo que Venite ad me llama en otro lugar el automatismo perdido de la transmisión no era un mecanismo: era una costumbre cristiana, y la costumbre educa.
La respuesta exige estudiar la familia, las leyes, los programas educativos, los hábitos culturales y los modelos de vida difundidos por los medios de comunicación. Exige también una investigación honrada sobre la propia historia eclesial contemporánea: la evolución de la catequesis, la formación del clero, la disciplina sacramental, las prácticas litúrgicas y las decisiones pastorales adoptadas durante las últimas décadas.
Ninguna causa única explica un proceso tan vasto. La transformación de las familias puede disminuir la práctica religiosa; un cambio educativo puede debilitar el conocimiento de los dogmas; ciertas filosofías políticas pueden relegar la religión a la intimidad; las tecnologías pueden modificar los hábitos de atención; y las decisiones litúrgicas o pastorales pueden influir, según sus circunstancias, en la manera de entender lo sagrado. Son hipótesis de distinto orden, que exigen documentación y no pueden confundirse con una demostración causal por simple coincidencia de fechas. Sería tan ligero atribuir la descristianización exclusivamente a una reforma ritual como prohibirse investigar las consecuencias de las reformas por temor al resultado. La prudencia histórica exige reconocer causas concurrentes y probar, donde sea posible, su alcance respectivo.
La Iglesia no evangeliza solamente a individuos aislados: se dirige a hombres que nacen y crecen dentro de familias, reciben educación, viven bajo leyes, participan en costumbres y adquieren hábitos de pensamiento. La transmisión de la fe posee, por eso, una dimensión civilizadora. Cuando esa dimensión se pierde, cada generación parece obligada a comenzar de nuevo, como si el cristianismo no hubiera creado durante siglos formas duraderas de vida, instituciones educativas, tradiciones litúrgicas, obras de caridad, asociaciones religiosas y una cultura capaz de sostener públicamente sus convicciones.
Es significativo que el mismo documento reconozca el renovado interés por las peregrinaciones, las cofradías y la piedad popular. Estas prácticas poseen una importancia que excede su capacidad para producir experiencias conmovedoras: son, cuando conservan su integridad, formas de memoria viva. Una cofradía no transmite únicamente el afecto hacia una imagen venerada; puede transmitir una doctrina, una disciplina, un calendario religioso, una práctica de caridad, un sentido del deber, una pertenencia comunitaria y una continuidad entre los muertos y los vivos.
Algo semejante ocurre con la familia cristiana. La oración de los padres no es solamente una experiencia de intimidad religiosa: es reconocimiento público, dentro del hogar, de una autoridad superior a todas las autoridades humanas. Pero la familia no transmite una fe propia. El Ritual Romano abría el bautismo con un diálogo que zanja la cuestión mejor que cualquier argumento: Quid petis ab Ecclesia Dei? — Fidem. La fe se pide a la Iglesia y se recibe de ella; los padres la enseñan como Iglesia doméstica, ministros de una maternidad que no es suya. La familia tiene prioridad ordinaria en la educación temprana, como enseñó Pío XI en Divini illius magistri, sin que esa precedencia cronológica la convierta en origen autónomo de la Revelación ni relegue a la Iglesia, como sugiere el documento, a una segunda etapa del proceso (n. 39). La tradición vive precisamente en esa relación entre lo recibido y lo comunicado.
La misión de una Iglesia que no se pertenece
Queda todavía por precisar quién transmite. Una familia reza, una escuela enseña, una cofradía conserva una devoción; pero ninguna de ellas inventa el contenido de la fe ni constituye, por sí sola, la autoridad por la que ese contenido se propone. Así, la reflexión desemboca en la naturaleza de la Iglesia que transmite.
El cristianismo no comenzó como una comunidad reunida en torno a recuerdos edificantes de Jesús. Nuestro Señor constituyó un cuerpo apostólico, comunicó potestades, instituyó sacramentos y confió a su Iglesia una misión docente que no depende de la aprobación del mundo. La itinerancia de Cristo, su cercanía a los pobres y su misericordia hacia los pecadores pertenecen plenamente al Evangelio, pero no agotan la figura del Salvador: el mismo Cristo que se acercó a quienes sufrían anunció la necesidad de convertirse, habló del juicio, exigió obediencia y fundó una sociedad visible. San Agustín, el gran convertido, lo dejó dicho sin ambages: Ego vero Evangelio non crederem, nisi me catholicae Ecclesiae commoveret auctoritas (Contra epistolam Manichaei, 5, 6).
León XIII, en Satis cognitum, enseñó que la unidad eclesial comprende una misma fe y una autoridad instituida por Cristo. Pío XII desarrolló en Mystici Corporis Christi la inseparabilidad entre la naturaleza sobrenatural de la Iglesia y su constitución visible. Esta doctrina permite comprender los límites de una evangelización definida exclusivamente por la atracción o la convivencia fraterna. La santidad atrae; la caridad dispone; el testimonio conmueve. Pero ninguna de estas realidades sustituye el mandato de enseñar y bautizar: Euntes ergo docete omnes gentes (Mt 28,19).
El rechazo de toda coacción religiosa no equivale al abandono del deber misionero. La fe debe ser aceptada libremente, pero esa libertad no excluye la persuasión racional ni la proclamación de una verdad que obliga moralmente a la conciencia.
La misma distinción vale para el diálogo ecuménico. La búsqueda de la unidad y el reconocimiento de bienes verdaderos fuera de la plena comunión católica no pueden convertir las diferencias dogmáticas en simples preferencias confesionales. Como advirtió Pío XI en Mortalium animos, la unidad cristiana no se alcanza mediante una reducción indefinida del contenido de la fe.
Tampoco los testimonios individuales constituyen, por sí solos, una demostración de la suficiencia de determinado procedimiento evangelizador. Las conversiones narradas en Venite ad me merecen respeto: la gracia puede servirse de una amistad, una melodía, una oración o un acto de hospitalidad. Pero la profundidad de una conversión no se mide por su intensidad inicial; debe atenderse también a la formación recibida, a la perseverancia, a la vida moral y a la participación sacramental. El propio documento reconoce que no pocos neófitos vuelven pronto a la indiferencia (n. 64): la experiencia sin formación no persevera. La experiencia religiosa tiene sus frutos verdaderos; no es el tribunal ante el que comparece el dogma.
Aquí aparece la diferencia entre la tradición y el simple apego sentimental al pasado, aquel amor desmedido por lo antiguo que Pío XII reprobó en Mediator Dei. La tradición católica no exige conservar por nostalgia todas las formas históricas que alguna vez acompañaron a la fe; exige reconocer aquello que, por proceder de la Revelación o expresar necesariamente su contenido, no pertenece a la disponibilidad de cada generación. No es una religión inmóvil: es una religión que puede crecer porque permanece fiel a su principio.
Los santos no fueron idénticos entre sí. La espiritualidad de san Benito no fue la de san Francisco; la predicación de santo Domingo no fue la de san Felipe Neri; la teología de santo Tomás no reprodujo mecánicamente la de san Agustín. Hubo diversidad de temperamentos, métodos, instituciones y obras. Pero esa diversidad no nació de considerar facultativa la verdad recibida, sino de su fecundidad.
La Iglesia puede y debe examinar críticamente sus métodos pastorales, corregir defectos pedagógicos, renovar su lenguaje y buscar a quienes se han alejado. La fidelidad no obliga a hablar siempre con las mismas palabras ni a reproducir las mismas circunstancias históricas. Le exige no convertir las expectativas del oyente en criterio para decidir qué parte de la Revelación merece transmitirse.
Esta frontera impone también justicia con el propio Venite ad me. El texto declara expresamente que no abandona el depósito de la fe; sería falso atribuirle una negación formal que no contiene. Pero sería igualmente insuficiente concluir que una salvaguarda doctrinal vuelve irrelevantes todas las ambigüedades del lenguaje pastoral. La pregunta rigurosa no es si cada frase puede recibir una interpretación ortodoxa, sino si el conjunto orienta de manera suficientemente clara hacia ella y qué enseñarán efectivamente quienes lo utilicen.
Este es, finalmente, el orden que importa restituir: la verdad revelada como objeto de la fe; la autoridad de Dios como motivo del asentimiento; la gracia como principio sobrenatural; la Iglesia como custodia y maestra de lo recibido; la catequesis como formación íntegra; la liturgia como culto divino; la familia y las instituciones como ámbitos de educación; y la cultura como realidad que el Evangelio puede iluminar y purificar. Ninguno de estos bienes resulta menor porque ocupe su lugar: precisamente de su orden nace su fecundidad. San Agustín definió la virtud, con brevedad insuperable, como ordo amoris (De civitate Dei, XV, 22); la transmisión de la fe no es otra cosa que ese orden, comunicado de una generación a otra.
Al término de Venite ad me aparece la Santísima Virgen como modelo de transmisión. Difícilmente podría encontrarse una imagen más adecuada, siempre que se advierta toda su profundidad teológica. María no creyó porque hubiera descubierto en sí misma una experiencia satisfactoria: creyó a una palabra que venía de Dios, y por eso Isabel la llamó bienaventurada, quae credidisti, quoniam perficientur ea, quae dicta sunt tibi a Domino (Lc 1,45). La acogió con libertad, la conservó en su corazón —conservabat omnia verba haec: palabras, y no sólo vivencias (Lc 2,19)— y ordenó a ella toda su existencia. Su contemplación no disolvió el contenido recibido; su obediencia no disminuyó su libertad; su amor no necesitó emanciparse de la verdad. En esa unidad descansa una enseñanza que la Iglesia no debería olvidar.
La transmisión de la fe no consiste en reproducir indefinidamente las sensibilidades religiosas de los antepasados, sino en comunicar a los hombres la misma verdad sobrenatural para que produzca, en almas nuevas, sus frutos propios. La respuesta a la crisis no será ni una doctrina reducida a consuelo ni una repetición de fórmulas desprovistas de vida interior. Exige inteligencias formadas para la verdad, voluntades educadas en la virtud, una liturgia orientada a Dios, familias capaces de enseñar con palabras y ejemplo, instituciones que no destruyan aquello que dicen respetar y una predicación que ofrezca íntegramente a Cristo, también cuando sus exigencias incomodan.
La Iglesia no necesita hacerse un lugar entre las ofertas contemporáneas de experiencia espiritual: su misión pertenece a otro orden. Ha recibido una verdad que no creó, una gracia que no produce por sus propias fuerzas y unos misterios de los que no es propietaria. Puede modificar sus medios, perfeccionar sus palabras y abrir de nuevo las puertas que la negligencia haya cerrado; no puede alterar lo que custodia tras ellas. Su responsabilidad ante los hombres consiste en hacerles posible el encuentro con una verdad que no envejece, aun cuando cada época tenga que aprender de nuevo a escucharla.
La verdad no necesita hacerse contemporánea para seguir siendo verdadera. Somos nosotros quienes necesitamos volvernos capaces de recibirla. ●
Fuentes doctrinales y lugares principales: Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Venite ad me (22-X-2026), nn. 5, 20, 39, 53, 63-64, 74, 76, 80, 84, 90-94, 104, 119 y 138; Sagrada Escritura (Vulgata): Hch 2,38; Mt 28,19; Lc 1,45; 2,19; san Agustín, De vera religione, 39, 72; Contra epistolam Manichaei, 5, 6; De civitate Dei, XV, 22; san Vicente de Lérins, Commonitorium, 23; santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 19, a. 6, ad 1; q. 43, a. 5, ad 2; I-II, q. 62, a. 4; q. 92, a. 1; q. 97, a. 3; II-II, q. 1, a. 1; q. 2, aa. 2 y 9; q. 4, a. 2; q. 5, a. 3; q. 81; III, q. 46, a. 1, ad 3; q. 48; himno Adoro te devote; Concilio de Trento, ses. VI, cc. 6-7, cann. 16 y 21; ses. VII, can. 8; ses. XXII, cc. 2 y 8; Concilio Vaticano I, Dei Filius, cc. III-IV, cann. 3, 3 y 4, 3; Rituale Romanum, Ordo baptismi; León XIII, Aeterni Patris, Immortale Dei, Libertas y Satis cognitum; san Pío X, Tra le sollecitudini, Acerbo nimis y Pascendi dominici gregis; Pío XI, Quas primas, Mortalium animos y Divini illius magistri; Pío XII, Mystici Corporis Christi, Mediator Dei, nn. 46-48, y Humani generis, n. 17; Juan Pablo II, Catechesi tradendae, n. 30. El documento examinado se declara a sí mismo no doctrinal (n. 8); estas páginas se ofrecen, conforme al c. 212 § 3 del Código de Derecho Canónico, como contribución filial a su recta recepción. Texto del documento romano: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20261022_venite-ad-me_sp.html.




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