Pornografía: odio a Cristo y subversión espiritual

De la primera revolución sexual de la República de Weimar a la segunda revolución sexual de los años 60 y 70

Por Jorge Santa Cruz

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial

Alemania fue convertida en un burdel por sus vencedores cuando concluyó la Primera Guerra Mundial.

Como apunté en mi anterior artículo, el objetivo era demoler su fundamento cristiano. Los ejecutores de esta otra revancha (adicional a las de índole militar, territorial, económica, financiera y política) le impusieron la primera revolución sexual a gran escala conforme a los planes del Iluminismo (1776), de la Revolución Francesa (1789) y del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels (1848). El objetivo era aniquilar la vieja moral.

El momento para los vencedores era perfecto, pues se había derrumbado el II Reich. Declararon, entonces, una «apertura cultural sin precedentes» que abolió la censura previa y permitió la difusión irrestricta de contenidos eróticos en tiempo real, la impresión de revistas de desnudos y la exhibición de películas pornográficas. Se ufanaron de que la «libertad de expresión» era por fin una realidad en Alemania.

La difusión de la pornografía a gran escala en la República de Weimar fue controlada, principalmente, por los hermanos Ulstein, así como por Rudolf Mosse y Magnus Hirschfeld, todos ellos de origen judío.

La llegada al poder de Adolfo Hitler y del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán en 1933 paró en seco la revolución sexual impuesta a Alemania; la derrota de Hitler en Segunda Guerra Mundial, sin embargo, permitió a los teóricos de la Escuela de Frankfurt y a sus aliados empresariales afinar sus estrategias para aplicar la versión corregida y aumentada de la revolución sexual en Estados Unidos a partir de 1960.

Los promotores del «poder sexual» aprovecharon la pausa de 27 años entre la caída de la República de Weimar y su ofensiva contra las familias estadounidenses para preparar un lenguaje terso y envolvente que fuera capaz de destruir los cimientos familiares, sociales y legales de Estados Unidos, primero, y del resto de las naciones occidentales, después.

El abogado mexicano Oscar Méndez Oceguera lo explica muy bien en un artículo publicado el 18 de diciembre de 2025 en Periodismo Sin Compromisos:

Las campañas frontales fracasan; las campañas lingüísticas perseveran. Para mover la ley, primero se mueve el oído. Antes de discutir el acto, se discute el término. Antes de pedir permiso, se pide que “no se estigmatice”. Es la aplicación, casi de manual, de la ventana de Overton (Overton window).

Los estrategas y tácticos del porno lo aprendieron bien y comenzaron su guerra cobijados por personajes que fueron elevados por su sistema a la categoría de autoridades intelectuales como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Roland Barthes y Gilles Deleuz, entre otros.

Méndez Oceguera agregó que la fase discursiva no solo sirve para manipular mentes y conciencias, sino que sirve también para nulificar el derecho positivo construido a partir del derecho natural:

Lo más inquietante de nuestro tiempo no es que existan crímenes —la historia humana es pródiga en abismos—, sino que ciertos crímenes hayan aprendido a presentarse como “cuestión”: materia de seminario, dilema de expertos, conflicto de “derechos”, litigio de etiquetas.

Cuando una cultura admite discutir lo que antes repudiaba sin necesidad de debate, no es que haya adquirido matices; es que ha perdido el sentido de la frontera. Y sin frontera, el derecho deja de ser custodia para convertirse en procedimiento. En ese punto la ley no es negada: es usada como carcasa.

El error típico del observador moderno consiste en buscar un decreto donde, en realidad, hay un marco. La normalización rara vez comienza con una derogación. Comienza con vocabularios, guías, “orientaciones”, matrices pedagógicas, recomendaciones “no vinculantes”. El derecho duro (hard law) se toca al final, cuando el oído público ya fue educado para desconfiar del límite. Entonces el crimen ya no necesita gritar: le basta con ser pronunciable.

Así se comenzó a insinuar en la década de 1950. Y así se impuso en los años 60 y 70 con la participación convergente de asociaciones médicas, psicológicas y psiquiátricas; de pedagogos y docentes, y de funcionarios de los poderes ejecutivo, legislativo y federal.

Los ejes discursivos fueron los siguientes:

  • todo individuo tiene derecho a ejercer su sexualidad como decida;
  • la sexualidad está exenta de responsabilidades éticas, morales y legales, las cuales son «represivas»;
  • la sexualidad puede ejercerse a la par que el consumo de drogas;
  • la corporalidad solo está sujeta a decisión individual;
  • toda mujer es dueña de su cuerpo y tiene derecho a la anticoncepción y al aborto;
  • el feminismo es producto de la liberación cultural;
  • se deben reconocer y respetar todas las preferencias sexuales;
  • niños y jóvenes tienen derecho a ejercer su sexualidad con adultos, siempre y cuando den su «consentimiento».

Las consecuencias de la segunda revolución sexual (la primera, como dijimos antes, fue la de Weimar) laceran todos los días a nuestra sociedad:

  • uniones libres, divorcio, ideología de género, familias disfuncionales, etc.;
  • erotismo rampante y sexualidad irresponsable;
  • feísmo, obscenidad y blasfemia;
  • corrupción de menores y soterrada iintención de hacer legal (que no legítima) la pederastia.

La pornografía suele ser presentada por sus ideólogos, promotores y mercaderes como ejercicio pleno de la libertad de expresión; también como un cambio social y cultural positivo. Evidentemente, tales argumentos son falsos. Esto no obsta para que sean muy rentables en lo ideológico y lo comercial.

El triunvirato del porno

Los principales productores y mercaderes de pornografía entre 1960 y 1980 fueron Al Goldstein, Reuben Sturman y Larry Flynt. Presentaré una breve semblanza de los tres.

Al Goldstein nació en 1936, en el seno de una familia judía afincada en Brooklyn, Nueva York. A menudo se le presenta como un «transgresor político» y un «crítico feroz de las instituciones religiosas y conservadoras».

En 1968, fundó llevó la revista Screw (Tornillo).

Goldstein gustaba de publicar contenido obsceno y blasfemo. El 12 de mayo de 1970, tituló el editorial del número 62 de Screw de la siguiente manera: «Christ sucks», es decir, «Cristo apesta». En el texto, acusaba a la religión de ser «la madre de todas las censuras» y afirmaba que la represión sexual en Estados Unidos era consecuencia de la imposición religiosa

Goldstein tenía también un programa de televisión por cable en Nueva York («Midnight blue», esto es, «Azul de medianoche») que utilizaba, entre otros fines, para promocionar su revista Screw. En uno de sus programas declaró lo siguiente:

La razón por la que los judíos tienen éxito en la pornografía es porque odiamos a Cristo. Odiamos a la Iglesia. Odiamos todo lo que tiene que ver con la religión cristiana organizada.

Goldstein dejó un testimonio aún más concreto a Luke Ford, autor del libro A History of X: 100 years of sex in Film (Una historia de X: 100 años del sexo en el cine), publicado en 1999 por la editorial Prometheus Books. Esta es la parte fundamental de la conversación:

Luke Ford: ¿Por qué cree que hay tantos judíos involucrados en la industria de la pornografía?

Al Goldstein: La única razón por la que los judíos están en la pornografía es porque pensamos que Cristo apesta (Christ sucks). El catolicismo apesta. No creemos en el autoritarismo. Hay una razón por la que el 90% de los ejecutivos en el negocio de las películas para adultos en el Valle de San Fernando son judíos. Es una rebelión contra la autoridad cristiana.

Las páginas donde usted puede encontrar estos párrafos son la 188 y 189. Al Goldstein murió en 2013.

El segundo integrante del triunvirato del porno fue Reuben Sturman (1924-1997). Está considerado como la figura más influyente y poderosa en la historia económica de la pornografía porque diseñó la logística que la colocó en todo el territorio estadounidense.

Sturman nació en Cleveland en una familia de origen judío. Su interés principal se enfocó, por un lado, en la distribución masiva de máquinas que funcionaban con monedas y que reproducían contenidos pornográficos. Sus redes de distribución se expandieron a Europa.

Reuben Sturman se involucró, por el otro, en la distribución de la pornografía impresa; se estima que en la década de 1970 llegó a controlar cerca del 80 por ciento del reparto de impresos pornográficos en los Estados Unidos.

La tercera figura fue Larry Flynt (1942-2021). Nacido en Kentucky, comenzó su carrera en la industria pornográfica como dueño de clubes de striptease en Ohio. En 1974, inició la publicación de la revista Hustler (Estafadora) cuyos contenidos eran en extremo explícitos, agresivos y groseros.

Flynt se autodefinió como «un vendedor de basura con conciencia» y un «defensor de la libertad de expresión». Su criterio lo resumió en la frase siguiente:

La libertad de expresión no sirve para proteger las ideas que nos gustan, sino precisamente para proteger aquellas que nos resultan odiosas.

Larry Flynt no era judío de origen, pero hizo múltiples negocios con Al Goldstein, Reuben Sturmer y otros negociantes del porno, de los cuales fue un aliado ideológico y vital.

Dentro del triunvirato del porno, Al Goldstein fue el provocador público; Reuben Sturman, el «cerebro» y el «músculo», y Larry Flynt, el que declaró la guerra a la «mayoría moral», o sea, al protestantismo evangélico.

Nathan Abrams, profesor de cine en la Universidad de Bangor (Gales) publicó un revelador artículo en el número 196 la revista Jewish Quarterly (invierno de 2004) al que tituló «Triple-Xthnics: Jews in the American Adult Film Industry» («Triple-Xthnics: Judíos en la industria estadounidense del cine para adultos»).

En la parte medular, Abrams expone lo siguiente:

Aunque los judíos constituyen solo el 2 por ciento de la población de los Estados Unidos, han tenido una presencia asombrosamente desproporcionada en la industria de la pornografía. Si bien muchos de los que se encuentran en el lado de la producción son judíos seculares, su trasfondo cultural ha jugado un papel determinante. La participación judía en la pornografía tiene una larga historia en los Estados Unidos, ya que los judíos han ayudado a transformar una sociedad con una moralidad cristiana conservadora en una cultura más abierta y sexualmente permisiva. En este sentido, la pornografía se convirtió en un medio para desafiar la hegemonía de los valores cristianos y una forma de promover una agenda de libertad de expresión que, en última instancia, hacía que la sociedad estadounidense fuera más segura para una minoría religiosa.

A reserva de continuar con el tema, vale concluir afirmando que la pornografía (eje más visible de la revolución sexual) lo que intenta es subvertir absolutamente el orden cristiano. Así, sin más.

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