Con el primer compás, la banqueta se vuelve río y la Alameda se mece como un kiosco de provincia en domingo

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
Frente a las balaustradas de mármol de Bellas Artes, allí donde la Alameda extiende sus fresnos como un notario viejo que da fe de cuatro siglos de paseantes, la Ciudad de México se entrega a lo suyo, que es el estruendo. El Eje Central es un concierto para claxon y desesperación: el trolebús avanza con su paciencia de animal eléctrico, los automovilistas se insultan en un idioma que todos entendemos y nadie confiesa, y la multitud camina con los ojos hundidos en una pantalla, como si entre una notificación y otra fuera a aparecérsele, por fin, el sentido de la vida. Es la modernidad de neón y de plástico, que todo lo quiere tragar y nada alcanza a digerir.
Y, sin embargo, basta medio giro de manivela para que el tiempo se detenga y se quite el sombrero.
Ahí está el cilindrero, con su uniforme caqui de soldado de un ejército que se disolvió hace mucho y que nadie se ha tomado la molestia de dar de baja, encorvado bajo una caja de madera que huele a laca vieja, a trementina y a secreto doméstico. La armaron italianos avecindados en Berlín, cruzó el Atlántico en la bodega de algún vapor decimonónico y aquí, bajo este sol que no perdona, aprendió a desafinar con acento nacional. Porque conviene decirlo de una vez, con la franqueza que la crónica exige: el organillo desafina. Desafina con la dignidad de los tíos que cantan en las bodas, con la convicción de quien sabe que la nota exacta es asunto de técnicos y la nota verdadera es asunto del alma. Que me perdonen los afinadores, pero el que esto escribe no cambia un semitono chueco de cilindro por todas las orquestas sinfónicas de Viena.
Su compañero recorre la banqueta con la gorra extendida. No mendiga: cobra. Cobra el impuesto de la memoria, que es el único que los mexicanos pagamos sin buscarle la vuelta al fisco. Y en el fondo de la gorra las monedas suenan como quería López Velarde que sonara la patria: «Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía».
Uno se queda entonces absorto en la banqueta, mira girar los engranajes con su paciencia de relojero antiguo y se atreve a la pregunta que da título a estas líneas: «¿De qué me hablas, cilindrero, cuando cantas?».
La respuesta no cabe en la acústica. Cada cilindro guarda ocho o diez melodías escritas en púas de latón, una especie de braille para que la eternidad lea a ciegas, y cada vuelta de manivela es una página de ese libro que México se sabe de memoria aunque crea haberlo olvidado.
Abre el vals de Juventino Rosas, Sobre las olas. Aquel muchacho otomí de Santa Cruz de Galeana, que murió en Cuba a los veintiséis años, escribió un vals tan perfecto que Europa, incapaz de creer que viniera de aquí, se lo atribuyó a Strauss, que es la manera europea de aplaudir. Con el primer compás la banqueta se vuelve río y la Alameda se mece como un kiosco de provincia en domingo: vuelven las serenatas de vuelta y vuelta, los muchachos en un sentido y las muchachas en el otro, con la vigilancia de las tías como única policía y alguna prima Águeda, de almidón y luto ceremonioso, haciendo sonar el corazón de un adolescente como una campana de pueblo. Y uno, que jamás asistió a una serenata de provincia, la recuerda con precisión de testigo. Así trabaja la memoria de la patria: nos presta los recuerdos que no tuvimos.
El cajón cambia de registro y entra en la alta aristocracia del sentimiento. Es Júrame, de María Grever, aquella leonesa que se fue a vivir a Nueva York y nunca terminó de salir de México. La madera pide lo que todos hemos pedido alguna vez sin saber muy bien a quién: Júrame que aunque pase mucho tiempo / no olvidarás el momento / en que yo te conocí. La señora del mandado se detiene, la bolsa de jitomates en vilo, y en esa súplica reconoce el latido de todas las ausencias. Nadie jura ya nada en esta ciudad, salvo ante notario y con dos testigos; por eso conmueve que una caja de madera lo siga exigiendo, sin protocolo ni firma, con la sola autoridad de la melancolía.
¿De qué me hablas, cilindrero, cuando las notas se quiebran y me devuelven los pasos de los abuelos?
El ritmo se adentra en la noche. Llega Agustín Lara, el Flaco de Oro, con su cicatriz en la mejilla y su piano de cabaret ilustrado, en Noche de ronda: el hombre que, asomado al balcón, le encarga a la luna un recado para la mujer que anda en la calle. Lara nos enseñó que la cursilería, llevada a su extremo, se convierte en metafísica. El aire de la Alameda se espesa; huele a gardenia marchita, a humedad de zaguán, a tequila bebido a solas. Las casonas porfirianas del Centro encienden sus ventanas fantasmas para escuchar, mientras —otra vez López Velarde, que todo lo vio antes que nosotros— «sobre tu Capital, cada hora vuela / ojerosa y pintada, en carretela».
El trayecto desemboca en la elegancia señorial de Ignacio Fernández Esperón, Tata Nacho, oaxaqueño de buena cuna que bajó a la capital y nunca acabó de llegar. Su Íntima trae a la plancha de concreto el rumor de los campos lejanos: es la provincia que se niega a morir en quienes cambiaron el verdor de los cerros por el laberinto de las avenidas y las oficinas grises. El poeta de Jerez lo había advertido: «Mejor será no regresar al pueblo, / al edén subvertido que se calla / en la mutilación de la metralla». Tenía razón, pero no del todo. Al pueblo no se vuelve regresando; se vuelve así, en una banqueta de la capital, cuando un desconocido de uniforme caqui le da vueltas a una manivela.
Cilindrero de los caminos, ¿de qué me hablas cuando el pasado se me mete por los ojos y me desarma el alma?
Aflora entonces Mario Ruiz Armengol, el músico de los músicos, aquel veracruzano cuyos acordes parecían escritos para un piano que todavía no se inventaba. Ningún organillo le hace justicia —el cilindro no sabe de armonías de séptima ni de modulaciones furtivas— y, sin embargo, en esa versión pobre y conmovedora de Muy junto al corazón sobrevive lo esencial: la ternura dicha en voz baja, el afecto que no necesita gritar para durar. Ése es el milagro de los grandes: aun maltratados por una caja de púas, siguen siendo ellos.
Con Alfonso Esparza Oteo llega la hondura contenida. Era hidrocálido, de aquella Aguascalientes donde un seminarista de Jerez llamado Ramón López Velarde estudió latín y descubrió que lo suyo no era la sotana sino la zozobra. Un viejo amor encierra la tragedia doméstica de los cariños que se desgastan sin perder su grandeza, esa verdad que cualquier abuela confirma desde su mecedora: hay amores que ni el tiempo ni la ausencia consiguen jubilar. El bullicio de los coches se disuelve en esa confesión, y uno comprende que el mexicano ama con una entrega absoluta, casi trágica, con una fidelidad que no siempre practica pero que siempre canta.
Sin pedir permiso, el cilindrero nos lleva al sureste. Peregrina, de Luis Rosado Vega y Ricardo Palmerín, nació por encargo de Felipe Carrillo Puerto, gobernador de Yucatán, enamorado de una periodista de San Francisco llamada Alma Reed. El fusilamiento llegó antes que la boda, y la canción quedó como el único anillo de aquel compromiso: Peregrina que dejaste tus lugares, / los abetos y la nieve virginal, / y viniste a refugiarte en mis palmares / bajo el cielo de mi tierra tropical. La banqueta gris se puebla de ceibas y de luz meridiana, y uno descubre que este país es un archipiélago de nostalgias que sólo la música consigue unir en tierra firme.
Con la misma madera se asoma Joaquín Pardavé, el de Pénjamo, cómico de carpa y actor de cine, que sabía hacer reír y hacer llorar en la misma escena. Varita de nardo nos mete de lleno en la vecindad: los lavaderos, la portera, el radio encendido desde temprano, la muchacha esbelta como el tallo de la flor que da nombre a la canción, que pasa sin mirar a nadie sabiéndose mirada por todos. Es la patria de López Velarde en su versión más chilanga: «Como la sota moza, Patria mía, / en piso de metal, vives al día, / de milagro, como la lotería». El cilindrero también vive así: al día, de milagro, sostenido por la generosidad de los que pasan.
Casi al final resuena Guty Cárdenas con Nunca digas, y el oído atento advierte una simetría que ningún compositor planeó. Guty, el yucateco de voz de terciopelo, murió baleado en una cantina del Centro a los veintiséis años, la misma edad con que Juventino Rosas se despidió del mundo en Cuba. El cilindro empieza y casi termina con dos muchachos que no llegaron a viejos, como si la patria quisiera recordarnos que sus mejores voces suelen irse temprano y que la música es el único sitio donde no envejecen. Su melancolía desafía la distancia y el tiempo, y deja en el aire esa tristeza peninsular que es, al mismo tiempo, una forma exquisita de la cortesía.
Y finalmente, cuando el crepúsculo empieza a teñir de morado las cúpulas del Centro y las luces del Eje Central parpadean como estrellas cansadas, la madera adquiere una solemnidad catedralicia. El organillo despide su jornada con Dios nunca muere, el vals que Macedonio Alcalá compuso en Oaxaca, según cuenta la tradición, entre la pobreza y la enfermedad, y que los oaxaqueños cantan desde entonces como su verdadero himno. La calle se convierte en altar abierto; las campanadas de algún templo cercano caen, como en el poema, igual que centavos, y se confunden con las monedas que tintinean en el fondo de la gorra.
Conviene ser precisos, porque aquí la emoción podría tentarnos a una herejía. No digo que México sea eterno: eso sólo puede decirse de Dios, y ya lo dijo Macedonio Alcalá en el título. Digo que México se sostiene en lo eterno, como la nota se sostiene en la madera y la madera en la mano que gira. La patria no es inmortal, pero participa de Aquel que no muere, y por eso resiste: porque su raíz no está en el tráfico ni en el neón, sino en una verdad que no depende de nosotros.
Al escuchar ese eco profundo y doliente que cruza los cielos de la memoria, todos —el oficinista de maletín gastado, el buhonero, el estudiante, el viejo que descansa en la banca de hierro forjado— comprendemos por fin de qué nos habla el cilindrero.
Nos habla de nosotros mismos. De los muertos que nos acompañan, de las esquinas donde fuimos felices, de las mujeres de rebozo que mecieron nuestra infancia y de esta patria insobornable que se aferra a la vida con la terquedad de una manivela que gira contra el tiempo. Nos habla, sobre todo, de la fidelidad. Porque el cilindro no improvisa: repite cada día las mismas melodías, en el mismo orden, con la misma desafinación, y en esa repetición humilde está su grandeza. López Velarde lo dejó escrito como quien deja una receta de felicidad: «Patria, te doy de tu dicha la clave: / sé siempre igual, fiel a tu espejo diario; / cincuenta veces es igual el AVE / taladrada en el hilo del rosario, / y es más feliz que tú, Patria suave».
El organillo es eso: un rosario de madera que reza a vuelta de manivela.
Mientras la madera cante y esta música siga habitando el secreto de la banqueta, México —amparado en lo que no muere— seguirá caminando. Desafinado, como su organillo. Pero fiel a su espejo diario. ●
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Los versos citados pertenecen a «La suave Patria» y «El retorno maléfico», de Ramón López Velarde; a «Júrame», de María Grever, y a «Peregrina», de Luis Rosado Vega y Ricardo Palmerín.




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