La medida de las obras y la medida del hombre

Por Oscar Méndez Oceguera
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial
I. La pregunta que nadie se atreve a hacer
Imaginemos a una traductora de cuarenta y ocho años. Lleva dos décadas afinando su oído, leyendo, corrigiendo, perdiendo noches enteras por una sola palabra bien elegida. Un día, su cliente más antiguo le comunica, con amabilidad, que en adelante un sistema generará los borradores y ella solo los revisará, por hora de revisión y a una fracción de la tarifa anterior. Nadie la ha ofendido. Nadie ha dudado de su honradez ni de su carácter. Y, sin embargo, la pregunta que le quema por dentro no es cuánto va a ganar, sino otra que no se atreve a formular en voz alta: entonces, ¿qué valía yo?
La escena se repite con variaciones. El diseñador que ve cómo su portafolio compite con imágenes producidas en segundos. El programador joven que estudió cinco años para un puesto que ya no se convoca. La pasante de derecho cuyo trabajo de investigación hoy se obtiene con una instrucción bien redactada. El padre de familia que vuelve a casa con la noticia de que su puesto se «reestructura» y no sabe cómo decírselo a sus hijos, no tanto por el dinero como por la vergüenza.
En todos estos casos ha cambiado el precio de una destreza. Pero lo que más duele no es el precio: es la sospecha de que ha cambiado el valor de la persona. Y esa sospecha no es un accidente psicológico. Es la consecuencia lógica de una idea que nuestra sociedad adoptó hace tiempo sin examinarla: que cada uno vale lo que produce.
Quien hoy se siente a salvo debería leer esto con atención. La idea que está en crisis es la misma que sostiene su tranquilidad. Y si el criterio con que se mide a los demás es el mismo con que él se mide, su seguridad dura exactamente lo que dure su ventaja técnica.
II. La consagración del resultado
La inteligencia artificial ha introducido una perturbación singular en una sociedad que había hecho del rendimiento una de las principales justificaciones de sus jerarquías. Conocimientos adquiridos durante años, destrezas cultivadas con disciplina prolongada y operaciones intelectuales que conferían prestigio pueden ser reproducidos, al menos en parte, por instrumentos cuya eficacia altera el valor económico de aquellas capacidades. La obra conserva su utilidad; el reconocimiento de quien antes la producía puede disminuir. No ha cambiado necesariamente su inteligencia, ni su rectitud, ni la responsabilidad con que ejercía su oficio. Ha cambiado la estimación de sus resultados.
La contradicción afecta al fundamento moral de la meritocracia. Su promesa original parecía irreprochable: sustituir el privilegio por la capacidad, la herencia por el esfuerzo, la influencia por la competencia. Pero de la conveniencia de confiar ciertas funciones a los más aptos se pasó a creer que las posiciones alcanzadas expresaban lo que cada hombre merecía. Un criterio particular de selección se transformó en principio general de legitimación social. No es casual que el sociólogo Michael Young, que acuñó la palabra en 1958, la concibiera como una advertencia y no como un elogio.
El desplazamiento es decisivo. Que un médico posea mayores conocimientos que otro puede justificar que se le prefiera para una intervención. No demuestra que sea moralmente superior. Que una empresa produzca beneficios puede acreditar su eficacia y, según las circunstancias, justificar determinadas ganancias; no prueba que su propietario posea una virtud proporcional a su fortuna. La regularidad de una competencia tampoco convierte sus resultados en medida universal de justicia.
Sin embargo, la sociedad meritocrática ha tendido a convertir el éxito en una forma de absolución y el fracaso en una sospecha. La prosperidad aparece como testimonio de merecimiento; la necesidad, como indicio de insuficiencia. Basta escuchar cómo se habla del desempleado («algo habrá hecho», «debería haberse actualizado») o con qué naturalidad se pregunta a un desconocido, en la primera conversación, a qué se dedica. El individuo termina por asumir esa valoración y por confundir el reconocimiento de sus capacidades con el reconocimiento de su persona. Hay quien, al perder el empleo, siente que ha perdido algo más que un ingreso: ha perdido su nombre.
La inteligencia artificial no crea este desorden. Lo descubre mediante una experiencia histórica difícil de eludir: lo que ayer confería prestigio puede mañana ser realizado por un instrumento. Si el valor de la persona disminuyera por esa sola circunstancia, su medida dependería de la fortuna cambiante de los procedimientos productivos. Lo que parecía una doctrina de la excelencia revela entonces una insuficiencia en su concepción del hombre.
III. Qué es, en verdad, el mérito
La dificultad procede de haber confundido realidades que la filosofía clásica distingue con cuidado. La capacidad, el hábito, la virtud, el mérito y la recompensa no son nombres distintos de una misma magnitud.
La capacidad permite realizar determinadas operaciones. El hábito es una disposición estable de una potencia. La virtud perfecciona esa potencia conforme a su objeto y, cuando es moral, dispone al hombre a obrar rectamente. El mérito, por su parte, presupone un orden de atribución dentro del cual un acto puede fundar una recompensa. No toda capacidad es virtud; no toda virtud genera un crédito económico; no toda recompensa legítima expresa excelencia moral.
La distinción tomista entre arte y prudencia penetra en el núcleo del problema. El arte es la recta razón de lo factible; la prudencia, la recta razón de lo agible. El primero considera la obra que debe producirse; la segunda dirige el acto humano conforme al bien que debe realizarse. Una producción técnicamente perfecta puede proceder de una voluntad desordenada. Una decisión moralmente recta puede no alcanzar el resultado exterior esperado. La perfección de la obra y la perfección moral del agente no se identifican.
Esto no vuelve indiferentes los actos para quien los realiza. Mediante sus actos libres el hombre adquiere hábitos y se perfecciona o se desordena. Lo que la distinción exige es no confundir el producto exterior con el acto humano considerado según su objeto, su fin y sus circunstancias.
La inteligencia artificial hace visible esa diferencia como nunca. Un estudiante puede entregar un ensayo impecable sin haber aprendido a pensar. Un abogado puede presentar un escrito formalmente persuasivo sin haber ejercitado el juicio que distingue lo que se puede argumentar de lo que es justo. Un directivo puede firmar un informe brillante que no entiende. Se obtiene el resultado, pero no se obtiene la perfección personal que antes se suponía acreditada por producirlo. Y a la inversa: la enfermera que sigue cuidando con paciencia a un enfermo difícil, aunque ningún indicador lo registre, está perfeccionándose en lo que más importa.
Pero la cuestión del mérito no se resuelve solo distinguiendo arte y prudencia. Exige determinar qué corresponde justamente a cada uno. La justicia distributiva atiende a la proporción pertinente en la atribución de bienes comunes; la conmutativa, a la igualdad debida en los intercambios. Los honores, los cargos, los salarios y los beneficios patrimoniales responden a títulos distintos. Pretender repartirlos todos con una misma escala de rendimiento es desconocer la naturaleza de los bienes que se juzgan.
Aquí cobra fuerza la concepción clásica del derecho como lo justo concreto. Lo que corresponde a una persona no resulta de aplicar mecánicamente una fórmula: exige conocer la realidad de las relaciones, los títulos jurídicos y las circunstancias relevantes. Las reglas son necesarias, pero su recta aplicación pertenece a la razón práctica. La inteligencia artificial puede asistir en esa determinación; no convierte la probabilidad de una solución en fundamento de su justicia.
La misma confusión que sustituiría el juicio jurídico por la regularidad de un procedimiento se encuentra en la pretensión meritocrática de considerar justo todo resultado obtenido mediante una competencia formalmente correcta. La justicia del procedimiento no agota la justicia de lo atribuido.
IV. Nadie se hizo solo
La meritocracia moderna ha presentado con frecuencia el éxito como manifestación de una capacidad individual suficientemente autónoma. La educación, la disciplina y el talento explicarían las diferencias de posición; las recompensas expresarían el valor relativo de las contribuciones personales.
Pero ninguna capacidad humana se desarrolla al margen de las condiciones concretas de la existencia. El hombre recibe la vida y la primera formación en una familia; adquiere conocimientos de maestros e instituciones; aprende oficios en tradiciones profesionales; ejerce sus actividades en comunidades y relaciones que no creó. Quien llegó a ser un buen profesional suele deberlo a una madre que le leía, a un maestro que no lo dio por perdido, a un jefe que le enseñó el oficio sin cobrárselo. El individuo autosuficiente de ciertas construcciones económicas es una abstracción. Reconocerlo no niega la libertad, el esfuerzo ni la responsabilidad: los sitúa dentro del orden real de causas que hace posible su ejercicio.
La inteligencia artificial modifica profundamente ese orden. El acceso a instrumentos capaces de multiplicar operaciones intelectuales puede convertirse en condición decisiva de productividad. Dos profesionales igualmente diligentes pueden obtener resultados muy distintos solo porque uno dispone de las herramientas, la formación para usarlas y el entorno que lo anima a hacerlo, y el otro, no. Dos estudiantes con el mismo talento pueden separarse porque uno creció en un hogar con conexión, tiempo y consejo, y el otro estudia en un teléfono compartido.
Esas diferencias pueden tener títulos económicos legítimos. Pero no autorizan a deducir una diferencia equivalente de virtud o de merecimiento personal. El fenómeno pone de manifiesto la contingencia de una relación que la meritocracia había elevado a principio moral: la correspondencia entre capacidad, rendimiento y recompensa.
También revela una contradicción en la concepción moderna del trabajo. Si la actividad humana se estima exclusivamente por sus productos, la automatización aparece como una disminución del trabajador. Pero el trabajo no es solo una operación destinada a producir bienes exteriores. Es también una actividad mediante la cual el hombre ejercita sus facultades, adquiere hábitos, cumple obligaciones y participa en la vida de las comunidades a las que pertenece. El carpintero que enseña el oficio a su hijo, la contadora que sostiene con su trabajo la casa de sus padres, el maestro que forma carácter además de transmitir temario, hacen mucho más que producir.
La pérdida de demanda de una destreza puede ser una dificultad económica gravísima, y debe tratarse como tal, con justicia y con urgencia. Pero no implica que la actividad anterior careciera de valor humano ni que quien la ejercía haya perdido su dignidad.
La familia, el municipio, las corporaciones profesionales y los demás cuerpos intermedios permiten comprender esa diferencia. No son agregados de individuos que compiten, sino ámbitos de responsabilidades, saberes y fines compartidos donde la persona desarrolla bienes irreductibles a la remuneración. Una sociedad que los debilita, y deja al individuo solo frente al mercado y frente al aparato administrativo, facilita que el reconocimiento personal quede sometido a criterios externos de rendimiento. La cuestión meritocrática deja entonces de ser exclusivamente económica: afecta a la constitución misma del orden social.
V. Cuando el mérito justifica el poder
Cuando una sociedad interpreta sus jerarquías como expresión de merecimientos individuales, las diferencias de posición tienden a presentarse como justificadas por sus propios resultados. El poder económico aparece como consecuencia natural de la superioridad productiva; el poder administrativo, como ejercicio neutral de una competencia técnica. En ambos casos se corre el riesgo de sustituir el examen de los fines por la valoración de los procedimientos.
La inteligencia artificial amplía extraordinariamente esa posibilidad. Un sistema que filtra currículos y descarta a miles de candidatos antes de que una persona los lea. Un modelo que decide quién recibe un crédito, una beca o una entrevista. Una plataforma que califica a un repartidor o a un empleado con métricas que él no puede ver ni discutir. En cada caso hay una clasificación que se presenta como objetiva, y quien queda del lado equivocado recibe, junto con la negativa, la insinuación de que se lo tiene merecido. Pero ninguna perfección del cálculo determina por sí misma la justicia de los criterios empleados. Un algoritmo puede aplicar con precisión impecable un criterio equivocado.
La cuestión es especialmente grave en una concepción del Estado que atribuye al poder político la facultad de ordenar la sociedad desde una voluntad central, prescindiendo de la naturaleza y de las competencias propias de sus comunidades constitutivas. La técnica puede perfeccionar esa capacidad de administración. No puede conferirle legitimidad.
La autoridad política encuentra su razón de ser en el bien común, entendido no como suma de intereses ni como maximización del bienestar material, sino como bien moral de la comunidad, conforme a la justicia y al orden natural. Desde esta perspectiva, el mérito individual no puede convertirse en principio supremo de organización social. La comunidad no existe para certificar quién ganó una competencia, sino para procurar las condiciones de una vida humana ordenada. Eso no elimina las diferencias legítimas; las somete a una medida superior. La competencia puede justificar la atribución de determinadas funciones. No permite desconocer las obligaciones de justicia que nacen de relaciones anteriores a cualquier procedimiento de selección.
Los padres deben cuidar a sus hijos sin exigirles méritos productivos. Nadie pide al recién nacido un currículo. El enfermo conserva su dignidad cuando pierde sus capacidades. El anciano que ya no es útil para el mercado no deja de ser sujeto de deberes de justicia; quien lo cuida no hace un favor, cumple una deuda. Una sociedad que condicionara el reconocimiento fundamental de las personas a su rendimiento habría confundido la finalidad de la convivencia con uno de sus instrumentos.
La inteligencia artificial no crea esa confusión política. Puede hacerla más eficaz y, por ello mismo, más difícil de advertir.
VI. La restitución del orden
El error de fondo no está en premiar el esfuerzo, sino en tomar el éxito por medida del hombre. Cada cosa tiene la suya: las obras se miden por su calidad, los actos por su rectitud, las recompensas por la justicia de sus títulos. La persona no se mide: su dignidad no se gana con resultados ni se pierde con ellos.
El hombre no es autor absoluto de sí mismo. Recibe una naturaleza y está llamado a un destino que ninguna productividad compra: la gracia no es el premio de una competencia, y pensarlo así es un pelagianismo social. Pero ese fin superior no dispensa de la justicia temporal; impide, más bien, que el dinero, la técnica o el cargo se vuelvan fines últimos.
- Quien hoy gana: que no confunda su ventaja con su valor; lo que una herramienta da, otra lo quita.
- Quien hoy pierde: conserva su dignidad y tiene derecho a justicia y a reconversión con apoyo real.
- Quien dirige: que se pregunte a qué fines sirven los instrumentos que adopta, y no solo cuánto ahorran.
- Quien estudia: que cuide lo que la herramienta no puede hacer por él: juicio, hábito y carácter.
La inteligencia artificial no ha hecho al hombre menos digno: ha mostrado la fragilidad de una civilización que confundió la medida de sus obras con la medida del hombre. La traductora de nuestra primera escena sigue valiendo lo que valía. Lo que está en juego es si sabremos decírselo y organizar la vida común para que ella también pueda creerlo. ●




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